@españoles: La democracia está tan sobrevalorada

Rajoy deja el gobierno

 

>Por Adolfo Álvaro Martín* exclusivo para MIX POLÍTICO

Para referirme a la situación de mi país, he formulado el título de esta entrada con una recreación de la frase atribuida al genial personaje de ficción Frank Underwood, protagonista de House of Cards, para someter a su consideración si lo que a continuación se les expone le sería de aplicación esta frase lapidaria.

La crisis económica que golpeó España desde principios de esta década generó un enorme desgaste para los dos grandes partidos que, desde los años ochenta del pasado siglo se habían estado alternando en el poder; el Partido Socialista Obrero Español – PSOE- (de tendencia socialdemócrata) y el Partido Popular -PP- (de centro derecha). Las duras medidas económicas para evitar la intervención de la Unión Europea y la incapacidad de estos partidos para ofrecer soluciones a los retos derivados de la crisis económica, política, social e institucional, dieron lugar a la aparición en el tablero político nacional de nuevas formaciones que pretendían desalojar a PP y PSOE.

De un lado, Podemos, un partido de izquierda que se dio a conocer en las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, recogiendo el impulso del movimiento nacido en torno a la acampada en la Puerta del Sol de Madrid en mayo de 2011 (Movimiento 15-M), y que en las elecciones generales de diciembre de 2015 ya se convirtió en la tercera fuerza política del país. Del otro, Ciudadanos, nacido algunos años antes como partido regional en Cataluña y que, gracias a la notoriedad que le dio su posición firme contra el nacionalismo disgregador, se situó como cuarta fuerza política en las elecciones de 2015. Los otrora grandes partidos, PSOE y PP, si bien mantenían su posición hegemónica, se dejaban casi un 25% del total de sus votantes que recalaban en las nuevas formaciones.

La falta de mayorías generada por estos resultados electorales impidió la formación de gobierno y forzó la celebración de nuevos comicios en junio de 2016, que permitieron a Mariano Rajoy, del PP, volver al Gobierno de España, gracias a la abstención del PSOE.

La legislatura ha resultado convulsa por las dificultades del PP para alcanzar mayorías parlamentarias suficientes para garantizar la estabilidad y por los continuos casos de corrupción que afectaron al partido y sus miembros. Además, las encuestas mostraban una alarmante caída tanto para el PP como para el PSOE, y un crecimiento que parecía imparable del partido Ciudadanos, que recogía apoyos tanto en el centro derecha como en el centro izquierda, especialmente a raíz del desafío independentista en una región del país, Cataluña

En este escenario de incertidumbre, hace apenas 15 días, el PP consiguió acordar con un partido nacionalista (PNV) tras otorgarle importantes concesiones económicas, la aprobación de los presupuestos generales del Estado, que supuestamente allanaba el camino al partido de gobierno para tener un plácido final de legislatura en 2020. Sin embargo, en un solo día, todo aparentemente cambió.

Veinticuatro horas después de la aprobación de los presupuestos se conoció una sentencia de un caso de corrupción que afectaba al PP, cuyos hechos se remontaban a principios de este siglo. Con esta excusa, el PSOE presentó una sorpresiva moción de censura al día siguiente, la cual, se tramitó de forma inusualmente acelerada por la Presidencia del Congreso (controlada por el PP) y que, en cinco días consiguió aglutinar los votos suficientes para prosperar. Todos los analistas y gran parte de la opinión pública consideraban que, tras los ímprobos esfuerzos del gobierno del PP para aprobar los presupuestos con el fin de garantizar cumplir la legislatura, el Presidente Rajoy haría uso de la potestad constitucional de dimitir para evitar que la moción de censura prosperase, y que el secretario general del PSOE, Pedro Sanchez alcanzase el poder. Sin embargo Mariano Rajoy, que compareció en la sesión de mañana en el Congreso para la moción, se refugió al mediodía con sus leales en un restaurante hasta altas horas de la tarde, dejando para la historia la vergonzosa imagen de su escaño vacío ocupado por el bolso de la entonces Vicepresidenta del Gobierno. Y así, el PP dejó que la moción prosperase y el PSOE llegase al poder apenas dos años después.

Ya antes de que se llevara a cabo la moción de censura, políticos del que a la postre parece el partido mas perjudicado (Ciudadanos) alertaron de que nos encontrábamos ante un acuerdo no explícito entre PP y PSOE[1].

Tras el éxito de la moción, analistas como Roberto Muñoz Bolaños[2] y Carlos Ruiz Miguel[3], han señalado que lo ocurrido de forma vertiginosa en estas tres semanas no es fruto de la casualidad si no el resultado de un plan de alternancia en el poder diseñado entre los dos grandes partidos (PP y PSOE) para garantizar su propia supervivencia y el status quo vigente desde la restauración de la democracia en 1978. Su origen, como vimos antes, estaría en los resultados de las elecciones generales de finales de 2015 y junio de 2016, donde la composición fragmentada del Parlamento parecía indicar que una “gran coalición” entre PP y PSOE era la única fórmula que podría dar estabilidad política y parlamentaria al país. Pero el miedo a que la “gran coalición” beneficiara a los partidos emergentes que disputaban electorado al PP y al PSOE (Ciudadanos y Podemos), alejó a las direcciones de los dos grandes partidos de formalizar esta coalición.

Bolaños y Ruiz Miguel creen que en España se ha producido un pacto “a la israelí”, como el ocurrido en ese país en 1984 donde se alternaron en el poder durante una legislatura los dos grandes partidos, solo que en España este acuerdo habría sido secreto, permitiendo al PP gobernar los dos primeros años (2016-2018) y al PSOE los siguientes (2018-2020).

Lo cierto es que gracias a la moción de censura los dos grandes partidos de la democracia española, que parecían abocados a un derrumbe en apenas un año, han monopolizado la agenda política y han dejado apartados y sin discurso a los partidos emergentes, especialmente a Ciudadanos, al que las encuestan mostraban como el favorito para alcanzar el poder en las próximas elecciones generales.

El nuevo gobierno del PSOE tras la moción, compuesto por funcionarios de la Unión Europea, burócratas de los gobiernos territoriales o escritores con pasado en tertulias televisivas, es el que menos influencia del partido ha tenido en los últimos años, que ha recibido el inmediato beneplácito de los principales agentes económicos del país y de la Unión Europea. Los analistas, consideran que dada la debilidad parlamentaria del PSOE, se ha diseñado para que el Presidente Pedro Sánchez, tome en este periodo protagonismo político.

Democracia: Pedro Sánchez y Mariano Rajoy

El nuevo presidente español, Pedro Sánchez, despide a Rajoy el viernes pasado, tras ser destituido. [AP]

Es mas, desde diversos medios de comunicación ya se ha tildado a este nuevo ejecutivo surgido de la moción de censura como el “gobierno naranja”, porque su presumible orientación podría haber sido perfectamente asumible por Ciudadanos, cuyo color corporativo es el naranja. Y, ello nos lleva a considerar la posibilidad que en las próximas elecciones nos encontrásemos con candidatos muy similares; Pedro Sánchez (PSOE), Albert Rivera (Ciudadanos) y probablemente Núñez Feijoo (PP), que perfectamente podrían intercambiar sus proyectos electorales.

De ser cierta esta situación y los análisis de lo ocurrido antes expuesto, en España estaríamos ante lo que Peter Mair pronosticó en su obra Gobernando el vacío (2015) como el fin de la era de la democracia de partidos. En su lugar, las élites de poder habrían optado por actores políticos con pocas diferencias ideológicas, pero que pelearían sin cuartel en las campañas electorales. Una situación que, en palabras del politólogo Fernando Vallespín[4], provocaría una “gran coalición de facto”, con una creciente interpenetración entre Estado y partidos, que convierte a estos últimos en férreas organizaciones de tecnócratas, mas preocupados de su supervivencia que de las necesidades del electorado.

Juzguen ustedes, pues a lo mejor otra vez, Frank Underwood tenía razón.

 

 

[1] https://disidentia.com/la-mocion-de-censura-una-farsa-montada-por-pp-y-psoe-para-mantener-el-poder/

[2] https://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20180601/rajoy-no-dimitio-censurado/311838820_12.html

[3] http://blogs.periodistadigital.com/desdeelatlantico.php/2008/10/13/el-autor-carlos-ruiz-miguel

[4] https://elpais.com/cultura/2015/11/19/babelia/1447935691_352404.html

La puja por el poder en Colombia

Discursos y propuestas en un escenario de polarización

La polarización entre derecha e izquierda caracteriza la campaña electoral colombiana. Las propuestas y discursos de los candidatos son marcadamente antagónicas. Iván Duque, el delfín de Álvaro Uribe, pretende modificar aspectos importantes de los acuerdos de paz. Aunque se autodefine como un candidato de centro, recibe apoyo de los sectores más conservadores. Gustavo Petro, el candidato de la izquierda, lo secunda en las encuestas. Su programa plantea modificaciones en el modelo económico para superar el extractivismo y lograr la transición hacia energías sustentables. Desde la derecha se lo acusa de ser un «castrochavista». A este escenario polarizado se suman otros candidatos. Aquí se exhiben los principales rasgos de sus programas y de sus discursos electorales.

Colombia

>Por María Fernanda González

Las campañas electorales suelen ser extensas en el tiempo. Y el caso colombiano parece demostrarlo a la perfección. La contienda electoral comenzó con el debate sobre los acuerdos de paz en octubre de 2016, cuando Juan Manuel Santos abrió la puerta para que la población ratificara lo negociado en La Habana entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).Los actores centrales en el debate sobre la aprobación o el rechazo a dichos acuerdos han sido también los principales contendientes en la carrera presidencial. En el país, asediado hoy por una lógica binaria, se ha establecido una coyuntura de polarización. Por una parte, la Colombia conservadora, patriarcal y tradicionalista, añora el retorno del proyecto del ex presidente Álvaro Uribe. Este sector ha sido, evidentemente, muy crítico del gobierno actual. Por otro lado, una serie de proyectos más liberales y progresistas compiten por la sucesión de Juan Manuel Santos sin buscar reconsiderar los acuerdos de paz sino, más bien, buscando plantear un proceso de consolidación de los mismos para alcanzar la reconciliación entre los colombianos.

En la carrera a la presidencia también tuvieron un papel importante las pasadas elecciones legislativas del 11 de marzo. Si bien todos los partidos reivindicaron como positivos los resultados, las fuerzas ganadoras fueron aquellas que ubicadas en el centro del espectro político, tanto las que se escoran más hacia la izquierda como las que miran más hacia la derecha. El nuevo congreso es el reflejo, no solo de las maquinarias políticas tradicionales, sino de una avanzada del voto de opinión a través de figuras alejadas de la política tradicional. Se trata de un Congreso más joven, con más representantes de la sociedad civil y en favor de la reconciliación.

¿Cómo entender el discurso de la campaña electoral? ¿Es posible encontrar diferencias entre las visiones de los candidatos? ¿El debate refleja la ruptura ideológica tradicional entre izquierda y derecha? ¿Cuáles son los temas de mayor interés de los candidatos?

Un análisis de estadística textual de los discursos de los candidatos desde octubre de 2016 hasta hoy, da cuenta de las preferencias temáticas de cada uno en la campaña. Si bien los debates han mostrado coincidencias en la necesidad de reformar el sistema tributario, invertir en la primera infancia, proteger el medio ambiente, realizar las necesarias reformas en el sector de la salud, y lograr la educación gratuita para el ámbito universitario, las palabras más queridas de cada uno describen el inconsciente ideológico y presentan la visión de país de los pretendientes a la Casa de Nariño.

En la derecha, los temas económicos y la infraestructura los más apremiantes

Iván Duque, el pupilo del expresidente Álvaro Uribe (2002-2010) es quien lidera las encuestas. En varias oportunidades ha afirmado que realizará «un cambio estructural de los acuerdos». Sin dudas, sus principales críticas a la impunidad y la falta de justicia en una sociedad que sufrió por más de cincuenta años la violencia tanto de las guerrillas como de los paramilitares, constituyen, no sin razón, un discurso de mucho peso en la población colombiana posicionada, de manera general, en el espectro de derecha. En una entrevista Duque afirmaba: «Nuestra crítica no es que exista un proceso de negociación para la desmovilización, el desarme y la reinserción. La discrepancia está en los beneficios que se le han entregado a las FARC. Las discrepancias están en haber relativizado la justicia en función de una ideología de los victimarios. La discrepancia está en igualar ante la justicia a quienes han defendido la paz como un principio constitucional para defender la vida y honra de los colombianos, las discrepancias están en que ellos crearon una justicia a la medida de sus pretensiones de impunidad»1.

Este candidato de tan solo 41 años representa la renovación del uribismo y se erige como una figura nueva y carismática. Lejos de la radicalidad de una parte de su partido, evita utilizar los eslóganes huecos de campaña como el «castrochavismo», con el cual se busca generar el miedo de una posible «venezolanización» del país si llegara a triunfar el candidato de la izquierda. Duque, que se autodefine como de centro pero que tiene importantes apoyos de un conservatismo profundo, desea conquistar el corazón de los indecisos y los abstencionistas con un discurso sin estigmatizaciones ni odios y a través de una apuesta por la «legalidad, el emprendimiento y la equidad». Insiste, como el presidente francés Emmanuel Macron, que es importante dejar de lado la ruptura y el viejo debate de izquierda y derecha. En su espacio ideológico defiende, sobre todo, una economía de mercado y el apoyo a los más vulnerables. Este líder ha venido construyendo su propia figura a pesar del gran patriarca, el expresidente Álvaro Uribe. Los temas más queridos por este candidato son los económicos y la crítica al proceso de paz. Los ejes más repetidos en el campo económico son: la creación de empleos y su formalización, la lucha contra la informalidad, el apoyo a la inversión, el ahorro y la revisión de un sistema tributario ineficiente.

En el espectro de la derecha se encuentra también Germán Vargas Lleras, el consentido del establishment. Miembro de una familia tradicional de la política colombiana, Vargas Lleras ha vivido para la política. Fue concejal, senador, ministro y vicepresidente. Fue el ministro estrella del gobierno de Juan Manuel Santos, dada su capacidad para modernizar la infraestructura del país y realizar una importantísima obra de vivienda de interés social. Sus palabras lo delatan: viviendas, acueducto, inversión, aeropuerto, construcción, obra, hospitales, ejecución, alcantarillado, cobertura, agua potable. Tiene el discurso más técnico de los candidatos, no menciona el proceso de paz y podría afirmarse que fue el que mejor preparó la propuesta programática. En una entrevista para la revista Bocas, confesó que fue él quien redactó los documentos de políticas públicas que definirán la guía de su gobierno, un documento de alrededor de 1500 páginas apoyado por un grupo de expertos. Es el candidato «perfecto» para la política tradicional de Colombia: buen orador, nacido en una familia aristocrática y de derecha. Sin embargo, las encuestas no lo favorecen. A pesar de las buenas calificaciones, es un líder con carisma y poder de seducción limitado y representa la continuidad del santismo. En un momento de cambio en el que la transparencia, los valores y la llegada al poder de nuevos referentes tienen peso, su candidatura peligra y podría ser dejada de lado desde la primera vuelta por fomentar su capital político con la política tradicional, basada en las maquinarias, que hoy es fuertemente discutida.

La izquierda a fondo por la reconciliación

En la izquierda, Gustavo Petro lidera el segundo puesto en las encuestas. Este exguerrillero del M19, senador y ex alcalde de Bogotá, es amado con pasión en los sectores populares y temido por las élites. Petro ha logrado conquistar el corazón del pueblo desde joven ayudando a los sin techo a construir barrios populares. Su discurso expone con agudeza los desafíos del cambio climático y la industrialización. En su corpus ideológico no aparecen ni el comunismo ni la Venezuela de Chávez como sus referentes. Pero sus críticos pretenden encasillarlo allí, dirigiendo sus dardos hacia su pasado como revolucionario. Su retórica rebelde lo posiciona en la izquierda radical. Amante de las lecturas de Michel Foucault y de Toni Negri, apuesta a la reconciliación de los colombianos pero, sobre todo, a darle una voz y un lugar en el poder a los más humildes. Retomando las palabras del asistente de Michel Foucault en el Collège de France, François Ewald, se podría atribuir a Petro lo que este intelectual afirmaba de Foucault: «El verdadero aporte de su pensamiento no es el de entender a qué poder obedecer sino crear más bien las condiciones y la capacidad de construirse como sujeto y tener una palabra propia»2. Ha realizado una campaña sin equívocos a pesar de un volumen importante de fake news sobre su candidatura y proyecto político. Tiene la virtud de conectar fácilmente con los auditorios, por su inteligencia y carisma. Se trata de un buen orador en la plaza pública que ha sabido conectar con los nuevos tiempos.La utilización personal de la red social Twitter le ha habilitado conseguir una audiencia joven y militante que conecta con sus propuestas, basadas fundamentalmente en modificaciones en el modelo económico para superar el extractivismo y lograr la transición hacia energías sustentables.

El outsider de la campaña

En el espectro ideológico de los progresistas aparece en las encuestas en tercer lugar el candidato Sergio Fajardo. Profesor de lógica matemática, ex alcalde de Medellín y ex gobernador de Antioquia, se define ante todo como un científico y como el «hombre del cambio». Su autopercepción es la de una figura novedosa que representa la nueva política, que está lejos de las maquinarias, las componendas burocráticas y la compra de votos. Su propuesta central de lucha contra la corrupción es en realidad una verdadera revolución de los valores con la que se busca romper no solo con la política tradicional colombiana, sino generar un verdadero cambio en la mentalidad de los ciudadanos. Los valores pregonados por Antanas Mockus, el segundo congresista más votado el 11 de marzo, como la honestidad y la confianza son el estandarte de su propuesta política. Sergio Fajardo es el outsider de la campaña. Su discurso se centra en primer lugar en una vasta descripción de su recorrido. Las palabras así lo demuestran: «yo», «nosotros», «Medellín», «profesor», «alcalde», «gobernador». Sus ejes temáticos le dan una gran prioridad al mundo educativo y a la necesidad de reconstruir el tejido social colombiano a partir de los valores: la transparencia y la ética. Sergio Fajardo no es de discursos con grandes manifestaciones. Hace su trabajo saliendo a caminar, entregando volantes de su programa, hablando con los ciudadanos y generando confianza. Su campaña se parece más a una clase deuniversidad que a la lógica de la política tradicional. ¿Cómo ha hecho la campaña?: «Sin comprar un solo voto, explicándole a la gente (…) salimos a caminar, a buscar a la gente en los espacios públicos. Está lejos de los manuales o los programas técnicos»3.

El liberalismo, la apuesta a la reconciliación

El liberal Humberto de la Calle es el último de los candidatos. Jefe negociador de la paz y reconocido como estadista, es un abogado que ha tenido importantes cargos a lo largo de las últimas décadas. De la Calle, el mayor del grupo, es en realidad el más experimentado por su largo e importante recorrido en la actividad pública y privada. Las encuestas lo favorecen muy poco y puede ser por el costo de un proceso de paz que ha sido visceralmente criticado por el ex presidente Álvaro Uribe, generando incredulidad y temor en buena parte de la población. Su corpus ideológico pasa indefectiblemente por el apoyo irrestricto a la paz, saldar la deuda social con los más desfavorecidos y mantener la palabra empeñada en los acuerdos de La Habana. Carismático, inteligente expone con claridad sus propuestas y visión de país. Su principal característica es la de construir un discurso a través de la razón y la reflexión.

¿Qué sucederá?

Hasta ahora, resulta imposible saber que sucederá en las elecciones. Sin lugar a dudas, cada uno de los candidatos ha expuesto sus propuestas programáticas y, casi todas ellas, coinciden en la necesidad de luchar contra la corrupción y lograr mayores beneficios para los ciudadanos en materia de empleo, salud y educación. Cada uno de ellos manifiesta, sin embargo, diferentes formas de encarar esas propuestas, y esto es algo que solo podrémos saber con el rodaje gubernamental.

El verdadero desafío, sin embargo, parece ser el de darle vida y espacio a un proyecto equilibrado que permita superar la potente polarización existente entre derechas e izquierdas. Los colombianos darán el veredicto el próximo 27 de mayo. Entonces, se verificará si esto ha sido posible.

Notas:

 

1.MF. González: Los Pretendientes de la Casa de Nariño, Intermedio Editores, Bogotá, 2018.
2.Íbid
3.Íbid

 

 

NUSO

Gobiernos modelo siglo veinte

Gobiernos

>Por Mario Riorda

Estamos en épocas de cambios y reformas. “Reformismo permanente” acuñó el presidente Mauricio Macri. Pero los que menos se reforman son los gobiernos. Hablo de los gobiernos en sentido figurado cuando debería hablar de los gobernantes. Pero igual continúo. Son perezosos o cargan con una inercia alarmante, estructural. Los gobiernos trabajan (en promedio) de 8 a 15 horas. Lo demás es excepción, horas extras y guardias. Vale decir, son gobiernos de medio día para problemas de tiempo completo. Y encima con una demanda digital a tiempo real. Ante consultas en redes, un tercio de los ciudadanos no están dispuestos a esperar más de 5 minutos para una respuesta. Se está lejos.

Las incorporaciones son pensadas más para los cargos que para las funciones. Por eso, diseños organizacionales de tres décadas atrás van dejando un montón de áreas no previstas en los organigramas que no se adaptan a los tiempos, sino que hacen que los tiempos se adapten a ellos (frenándolo, obviamente). Los concursos, siempre prometidos, son excepcionales o sólo en áreas específicas. La capacitación dista mucho de la profesionalización y reducida a pocas áreas.

Hay un predominio del papel para los trámites. Lo más innovador son determinados procesos de e-gobierno para cobrar impuestos. Ahí sí están a la orden del día. Las redes no forman parte de las respuestas de gestión. Su uso principal es publicitario. Piensan más en la publicidad de sus gobernantes y sus actos (así, en ese orden) que en la escucha y la interacción ciudadana. Las redes deberían funcionar como una gran mesa de entrada, pero no. Sólo el 2% de los posteos y tuits de gobiernos preguntan algo. Eso es un monólogo. Sólo el 10% de las interacciones de ciudadanos son respondidas por los gobiernos, nos dice el estudio Gobernauta del BID.

Los protocolos son herramientas de hace siglos, expresiones cuasi monárquicas que cada vez aportan más distancia a gobernantes de gobernados. Son una celebrada novedad los políticos que se los saltan. En los protocolos, herencia de otros tiempos, todavía se reproducen las jerarquías y los privilegios. Así se diseñan actos, discursos y puestas en escena: el poder simbólico que se ve y se palpa se ofrece distante.

Los gobiernos abiertos todavía están más cerca de la moda y la exquisitez que de su uso entendido como transformador de una cultura organizacional. La rendición de cuentas de la mano de la transparencia es incipiente. La apertura de datos se hace por temor (a ser etiquetados como opacos) y con temor (por goteo y con reticencias). El IDC Government Insights nos aporta optimismo de que en algunos países el gasto en tecnología cívica crece 14 veces más que el gasto en tecnología digital. Pero aquí la inversión todavía está centrada en la publicidad. Siempre descendiente y unidireccional (aun la que se invierte en el mundo digital).

El big data es un concepto pretencioso que muchos resaltan como el presente del futuro, pero en los gobiernos la mayor cantidad de bases de datos son analógicas, no digitales. Y cada dato es propiedad de un área de un gobierno que se apropia cual feudo. Ante este panorama, la gestión predictiva que permite el diseño de políticas y respuestas para adelantarse a problemas, como el control temprano del dengue en Río de Janeiro por ejemplo, todavía es ciencia ficción.

La trazabilidad de un trámite, es decir saber en qué estado está y saber cuándo concluirá, no es algo usual. Un expediente entra a un gobierno y navega en mares desconocidos o bien se topa con circuitos de gestión que tienen todo menos fluidez. Un expediente demorado es una “no solución” o una “no política pública”. Y no sólo que no hay estándares y tiempos de respuesta por áreas, sino que de hecho, hay áreas que retrasan expedientes adrede porque no podrían satisfacer demandas que pueden ir desde tapar un bache, garantizar una prótesis u otorgar un crédito para microemprendimiento. Ni hablar tampoco que la mayoría de las políticas no tienen mecanismos de evaluación de su eficacia. “Lo que se mide se puede mejorar”, dice CONEVAL, el organismo mexicano que evalúa las políticas sociales. Saquemos nuestras conclusiones… Y, por si fuera poco, los gobiernos son egoístas y cerrados. Se imaginan en otra época haciendo todo solos. En su cabeza la co-gestión es algo excepcional y excéntrico. Los gobernantes no terminan de asumir que ya no llegan a la solución de todo o la prestación de todo. Ni hablar de la falta de confianza en torno a ellos que hace que, aunque lleguen, muchas veces llegan deslegitimados. La aplicación de una cultura del riesgo no llegó a los gobiernos (aclaro: tampoco a las universidades). Cualquier política preventiva se convierte en política pública predominante. En todas las áreas.

Pero los gobiernos, aun dentro de la dificultad de un margen de riesgo de 360 grados, no atinan a modificar hábitos que eviten trabajar solo en la remediación, siempre tardía y más costosa. Ni hablar de la gestión ante crisis que expande la conmoción por la mala reacción como respuesta pública. La profesionalización en estos ámbitos es sólo un anhelo.

La síntesis de esto es que los gobiernos se miran más a sí mismos que a los ciudadanos. Y aunque haya gobiernos que avanzaron, lejos están de ser el promedio. Este escrito no tiene que ver con ajustar. Tampoco con gobiernos más chicos. Sólo apunta a gobiernos mejores.

 

 

CLARIN

Honduras: el bipartidismo y el péndulo

Las autoridades electorales de Honduras postergaron la declaración del ganador de las elecciones presidenciales. La crisis política se hace evidente y el candidato progresista denuncia irregularidades. ¿Qué puede pasar con el bipartidismo hondureño? ¿Tiene posibilidades el progresismo de ganar la contienda?

Honduras

>Por Sergio Fernando Bahr

Desde hace más de un siglo, el Partido Nacional (PN) y el Partido Liberal (PL) han controlado el sistema político hondureño. A pesar de las interrupciones provocadas por los gobiernos militares (con complicidad de los partidos), esta situación derivó en la consideración de Honduras como uno de los países con los sistemas bipartidistas más estables de América Latina.

En buena medida, ese éxito se debe a la capacidad de sus élites políticas para la negociación y el pacto en coyunturas críticas. Un elemento clave para entender la fragilidad democrática hondureña actual es que esa capacidad de negociación y acuerdos no siempre se hace efectiva a través de las instituciones (que en una democracia deberían cumplir esa función), sino en los propios espacios ocultos de esas élites gobernantes. También han sido posibles porque el PN y el PL no han expresado verdaderas diferencias políticas e ideológicas profundas, salvo en momentos muy puntuales de su historia (como durante el gobierno interrumpido de Manuel Zelaya Rosales).

Las relaciones incestuosas de los partidos políticos hondureños tienen su génesis en el nacimiento de los mismos: a inicios del siglo XX, el Partido Nacional surge como una división del Partido Liberal. Entonces, se trataba de estructuras que giraban alrededor de un caudillo o líder local que movilizaba a la población para las elecciones o para alzarse en armas según fuera necesario. Como afirmaba Patricia Otero Felipe, “las lealtades políticas se mantenían sobre un sistema clientelar y de influencias políticas que premiaba con puestos políticos a los más cercanos colaboradores, un sistema de prebendas que con pocos cambios se mantuvo a lo largo del tiempo”

Ambas estructuras partidarias se sumaron a las políticas de seguridad nacional durante el siglo pasado y, desde hace años, han pasado por un proceso de uniformización neoliberal. Sus plataformas políticas y económicas son indistinguibles en su conservadurismo moral y social, su neoliberalismo económico y su mojigatería religiosa.

Sin embargo, esa uniformidad no está delimitada por una línea ideológica. Las dirigencias de los partidos tradicionales se sientan en las mesas directivas de las grandes empresas, comparten la propiedad de grandes medios de comunicación, y han sido cómplices de los grandes desfalcos al erario en la historia del país. De ambos partidos han sido dirigentes y socios los líderes de los carteles del narcotráfico en Honduras.

A pesar de esa historia compartida, en 2009 se evidenció la incapacidad de las débiles instituciones democráticas hondureñas para solucionar un conflicto que se gestaba entre las élites políticas. El resultado fue un golpe de estado, y ocho años después, la continuidad de la polarización política y social, y la pérdida de legitimidad institucional.

El gobierno de Porfirio Lobo Sosa (2009 a 2013) buscó recuperar la legitimidad internacional perdida durante el golpe. A partir de 2014, Juan Orlando Hernández intentó estabilizar la nueva situación política del país, movida por el descalabro del socio histórico, el Partido Liberal, que había dejado su lugar como segunda fuerza política del país a LIBRE, el partido con tendencias progresistas surgido de la resistencia al golpe de Estado y bajo el liderazgo absoluto del ex presidente Manuel Zelaya Rosales.

Ya a partir de 2009, Juan Orlando Hernández del PN controlaría el Congreso Nacional (cuyo presidente tiene importantes facultades para la toma de decisiones) y, desde ahí, al mismo gobierno de Porfirio Lobo Sosa. Su elección en el 2009 solo hizo oficial el control del Estado que de facto mantenía.

Desde el poder, el PN reformó la Corte Suprema de Justicia y el Ministerio Público, el Comisionado de Derechos Humanos, el Tribunal Supremo Electoral (clave en este momento) y profundizó su influencia sobre los medios de comunicación masivos (impresos, radiales y televisivos). Como ex militar, además, aseguró la lealtad de un Ejército que, en lugar de tomar café en los cuarteles como solía decirse, retomó su vocación de ser actor fundamental de las dinámicas políticas del país.

El control de las estructuras del Estado es absoluto y los empleados públicos se convierten en activistas de partido en un reflejo perverso de las luchas obreras: defendiendo sus puestos de trabajo. Los medios masivos de televisión y prensa hacen coro a las narrativas oficiales, las iglesias –que gozan de prebendas del erario- envían mensajes no tan sutiles a la feligresía para llamarles a apoyar al poder.

Las dimensiones planteadas son constitutivas de la política hondureña caracterizada por el bipartidismo y, por tanto, deben ser consideradas por aquellos opositores que desean ponerle fin. En horas de la noche del 26 de noviembre –cuando se presentaba el primer anuncio oficial desde el Tribunal supremo electoral (TSE)— el bipartidismo en Honduras pendía de un hilo: los primeros resultados, tardíos, daban como ganador a la Alianza de Oposición formada por LIBRE y el Partido Innovación y Unidad (PINU), cuyo su candidato es el presentador de televisión y comentarista de fútbol, Salvador Nasralla.

El TSE y la emergencia del «voto rural»

Durante las elecciones de 2013 se prolongó el horario de votación durante una hora para dar oportunidad a todos los ciudadanos de ejercer su derecho al sufragio. En 2017, sin embargo, esa oportunidad ya no es considerada prioritaria y, a pesar de la alta afluencia de votantes desde muy temprano en la mañana que continuaban haciendo las filas de votación, el TSE ordenó el cierre de las urnas a las cuatro de la tarde en punto. Sería la primera de una serie de señales que desde ese organismo indicaban irregularidades en el proceso.

A veinticuatro horas de las elecciones en 2013, el TSE –presidido por un viejo activista del Partido Nacional David Matamoros Batson- había hecho cinco anuncios oficiales. Había manifestado una tendencia «clara» y, con menos del 30% de los votos escrutados, había declarado un ganador.

El 27 de noviembre de 2017 y con el mismo Batson como presidente, el Tribunal Supremo Electoral hizo un pronunciamiento tardío y para anunciar que con un 56% de las actas escrutadas no podía anunciarse una tendencia ni declararse un triunfador. En ese primer escrutinio, la votación favorecía a la Alianza nacional de Oposición con poco más de un 5% de diferencia.

A partir del lunes 27 de noviembre empezó a construirse la narrativa para legitimar una posible reversión de resultados a favor de Juan Hernández. «El voto rural apoya al Partido Nacional»- era la frase privilegiada para construir dicha idea. Pero el voto rural es un concepto novedoso en Honduras. En ninguna elección presidencial en la historia moderna del país se ha hablado de un «voto rural» que pueda revertir tendencias en primer lugar porque las actas electorales se procesan proporcionalmente y no necesariamente a partir de departamentos «centrales» y «rurales». De hecho, en ninguna de las tres últimas elecciones se ha producido una reversión de tendencias después del 30% de votos escrutados, sean los votos urbanos o no.

Sin embargo, esta narrativa impuesta desde el lunes 27 fue replicada por medios televisivos, radiales e impresos. El TSE continuaba su silencio, mientras la Alianza de Oposición y el Partido Nacional se declaraban victoriosos, con la diferencia importante de que la oposición basaba su posición en actas electorales contadas y no en encuestas a boca de urna o futuro voto rural como lo hacía el partido de gobierno.

El TSE se autoimpuso como límite el jueves 30 de noviembre para dar a conocer resultados finales. Entre el día de las elecciones y esa fecha lo que siguió fue como observar un atraco cometido en cámara lenta y transmitido en vivo a todos los hogares del país. A partir del martes 28 de noviembre la ventaja de la oposición empezó a verse disminuida, a medida que se ingresaban las actas electorales del ahora famoso voto rural. Los observadores electorales, la comunidad internacional, la sociedad civil y los partidos políticos exigían al tribunal declarar la victoria de la oposición, refrendada ahora por un Partido Liberal con resultados catastróficos (tercera y lejana fuerza política del país) cuyo propio conteo de actas confirmaba el triunfo opositor. Pérdidas de energía eléctrica y «apagones» del sistema de cómputo se incorporaron al drama. Jamás una página web en Honduras fue tan visitada como la del TSE tras las elecciones generales, con la población asistiendo al espectáculo hipnótico del aumento de votos a favor del candidato de gobierno, y la disminución de la ventaja de la Alianza.

En la tarde del 29 de noviembre y por primera vez, el PN empezó a liderar el conteo de votos. Ese mismo día la policía nacional y el ejército de Honduras militarizaron las principales calles y puentes del país. Mientras la población empezaba a salir a protestar, se producían en la madrugada del día 30 los primeros actos de represión, mientras en los cómputos del TSE Juan Hernández mantiene una ventaja de 25.000 votos, con un 9% de actas electorales por sumar.

Los resultados y los escenarios posibles

Si el péndulo realmente se está moviendo hacia el progresismo en Honduras y finalmente la Alianza de Oposición triunfa en las elecciones, la situación será de extrema dificultad para impulsar su agenda a través del poder legislativo. Aunque el Partido Nacional a lo largo de ocho años de gobierno ha incrementado considerablemente los poderes de la figura de la presidencia, muchas de las propuestas más importantes del gobierno de la Alianza tendrían que ser aprobadas por un Congreso Nacional en el que se enfrentarían a una mayoría del PN en dura oposición (61 cuando menos) aupados por la extrema derecha de la Alianza Patriótica Hondureña (4) y los votos que históricamente le han acompañado en el congreso: Democracia Cristiana (1), Unificación Democrática (1), Partido Liberal (26). Esto le da a la oposición mayoría calificada en el Congreso, y poder de veto sobre políticas presidenciales.

Aún así, contando con la presidencia y con el control de las secretarías de Estado y sus estructuras, la Alianza de oposición podría implementar algunas de las medidas propuestas en su plan de gobierno. Fundamental importancia tendría el cambio de la relación antagónica del Estado y sus fuerzas de seguridad hacia los movimientos sociales de defensa del territorio y el ambiente, de las que el asesinato de la ambientalista y feminista Berta Cáceres ha sido la mayor expresión.

De confirmarse la tendencia actual, sin embargo, los movimientos sociales y las fuerzas progresistas de Honduras se aproximan a un escenario catastrófico. La derecha tendría la presidencia del país, la mayoría en el Congreso Nacional y en autoridades municipales. Eso oxigenaría a un desgastado gobierno y le permitiría desarrollar, sin controles institucionales, una profundización de las medidas neoliberales en el país, así como la continuidad del despojo ambiental, la venta del territorio nacional, la militarización de la seguridad y la criminalización y violencia contra defensores y defensoras de los derechos humanos ambientales. La tendencia actual representa la estabilidad del régimen, la consolidación de políticas militarizadas de seguridad y, en términos de política exterior, la protección de intereses estratégicos de Estados Unidos.

Aún, sin embargo, no está dicha la última palabra.

 

NUSO

Libros: Empleo en América Latina y el Caribe. Textos seleccionados 2006-2017

Empleo

Desde la publicación del documento La hora de la igualdad: brechas por cerrar, caminos por abrir, en 2010, la CEPAL ha subrayado que la desigualdad representa un obstáculo fundamental para el desarrollo de América Latina y el Caribe. Ha señalado también que el trabajo es la “llave maestra” para la reducción de esa desigualdad y, por lo tanto, una de las variables clave para el análisis del desarrollo económico y social.
La importancia del empleo se ha subrayado explícitamente en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que orientan los esfuerzos de la comunidad internacional. En el ODS 8 se acordó “promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos”. Sin embargo, los países de América Latina y el Caribe se enfrentan a grandes desafíos para poder cumplir con este Objetivo. Tras producirse avances significativos a partir de la primera mitad de la década de 2000, en los últimos años la situación en los mercados laborales de muchos países de la región se ha deteriorado y los ha alejado del cumplimiento de las metas establecidas en el ODS 8.

 

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Compilador: Jürgen Weller
Editorial: CEPAL
Tipo: Páginas Selectas de la CEPAL
Colección: Libros y Monografías

Richard J. Evans: “Es vital comprender de qué modo mueren las democracias”

Evans escribió La llegada del Tercer Reich, El Tercer Reich en el poder y El Tercer Reich en guerra

Evans escribió La llegada del Tercer Reich, El Tercer Reich en el poder y El Tercer Reich en guerra

>Por Oscar Ranzani

Nacido en Londres en 1947, Richard J. Evans es uno de los especialistas más destacados en la historia de la Alemania moderna. De 1989 a 1998 fue profesor de Historia en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y entre 1998 y 2014, profesor de Historia Moderna en la Universidad de Cambridge, entre otros pergaminos que posee. Desde hace veinte años se dedica a estudiar el fenómeno del nazismo. Algunos de sus libros sobre el tema son In Hitler’s Shadow, Telling Lies about Hitler y la indispensable trilogía sobre el monstruoso poder que tuvo Hitler que ahora la editorial Península acaba de reeditar para la Argentina: el primero es La llegada del Tercer Reich, donde Evans parte del 1900 y se pregunta cómo si en el inicio del siglo XX Alemania era considerada una de las naciones más progresistas, dinámicas y admirables del mundo, en pocos años, guiada por Hitler y sus partidarios, condujo a la ruina a Europa, causó la mayor destrucción inimaginable y destrozó, para siempre, el sueño y la vida de millones de seres humanos. El segundo volumen de la trilogía, El Tercer Reich en el poder, analiza su historia una vez al frente de los órganos de gobierno y las instituciones alemanas, mientras que el tercer libro El Tercer Reich en guerra relata el desarrollo del nacionalsocialismo político y militar desde el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, hasta su final en Europa, el 8 de mayo de 1945.

“El nazismo fue con toda seguridad la más perversa y destructiva fuerza de la Historia. Por eso es importante conocerla. Con la trilogía, apunto a presentarle al público lector en general los más recientes conocimientos sobre el tema, por lo que hacerlo de un modo legible y fácilmente comprensible eran metas significativas”, señala Evans en la entrevista exclusiva con PáginaI12, sobre los objetivos que lo llevaron a investigar tan profundamente al nazismo desde su prehistoria, pasando por su apogeo del terror y hasta llegar a su final. “También traté de que se comprendan cabalmente las implicancias que tuvo para la gente común, incluyendo para ello anécdotas y diversos tipos de documentos”, agrega el prestigioso historiador.

–Después de todo lo que se ha investigado, ¿por qué sigue usted tan interesado en continuar con sus investigaciones acerca del Tercer Reich?

–En verdad, a largo de mi carrera abarqué un amplio espectro de temas dentro de la historia alemana, que exceden en su mayoría a éste. Mi tesis doctoral cubrió el período entre los años 1894 a 1933, analizando la decadencia de los valores liberales en Alemania, tomando como ejemplo el movimiento feminista. Luego, escribí un estudio acerca de la epidemia de cólera de 1892 en Hamburgo, utilizándola como punto de comparación entre los enfoques inglés y alemán de las relaciones entre la sociedad y el Estado, y de la libertad individual (Hamburgo se enorgullece de ser una ciudad de impronta liberal, al estilo “inglés”). Pero también dicté un curso sobre la Alemania nazi, y cuando los abogados del caso de Irving por difamación (ver recuadro) me pidieron que les recomendara una Historia del Tercer Reich generosa en detalles, al encontrarme imposibilitado de hacerlo, decidí utilizar esta experiencia que me dio la enseñanza como punto de partida para desarrollar una historia general. Sucede entonces que solo estuve estudiando el Tercer Reich durante las últimas dos décadas. Ahora mismo, estoy trabajando en las teorías conspirativas que involucran a Hitler, como parte de un proyecto a larga escala que dirijo en Cambridge, basado precisamente en este tipo de teorías. Ya que surgieron muchas investigaciones acerca de la Alemania nazi en los últimos veinte años, y muchas nuevas fuentes de información se hicieron públicas, es un tema del que siempre estamos aprendiendo algo nuevo.

–En la primera parte de su trilogía, La Llegada del Tercer Reich, narra cómo los nazis destruyeron la democracia y se adueñaron del poder en Alemania. ¿Por qué es tan importante conocer el origen de los nazis?

–Especialmente hoy, en que la democracia se halla bajo amenaza en casi todas partes como no lo estaba desde los años 30, es vital comprender de qué modo mueren las democracias y a dónde nos pueden conducir los regímenes totalitarios.

–¿Por qué los nazis encontraron una oposición tan débil a sus planes de transformar Alemania en un Estado totalitario? ¿Por qué tantos se dejaron seducir por Hitler?

–Los nazis, que nunca sacaron más del 37 por ciento de los votos en una elección abierta, transformaron el gobierno (al que accedieron el 30 de enero de 1933) en una dictadura, combinando básicamente la acción sobre las masas y la violencia criminal contra sus opositores, e incorporando ciertas medidas legales (o pseudolegales) destinadas a dotar de legitimidad a su destrucción de la democracia y de las libertades civiles. En ese marco, donde el desempleo trepaba a más del 30 por ciento de la fuerza laboral, sus oponentes eran débiles y se hallaban divididos. La poderosa retórica de Hitler, unida a su sofisticada propaganda, convencieron a muchos de que él iba a devolverle la grandeza a Alemania, resolvería el problema del desempleo, y restauraría tanto la estabilidad como el orden.

–Su trilogía cubre cultura, economía, industria, comercio, arte, educación, religión… ¿Cómo fue afectada cada una de estas áreas por el nazismo? ¿Alguna lo fue más que otras?

–Como sistema totalitario, el nazismo afectó todas las áreas de la vida. Se clausuraron todas las instituciones y establecimientos independientes (exceptuando aquellos que dependían del ejército o de la Iglesia), a la vez que se los forzó a unirse al partido nazi, o a alguna de sus fuerzas afines. Los objetivos de los nazis eran: utilizar la educación y la cultura para preparar a los alemanes para una nueva guerra por la conquista de Europa y el exterminio racial, administrar la economía de modo tal que se les hiciese viable proveer al país de armamento a gran escala, poner los templos religiosos al servicio de estas metas, diseñar activamente los principios centrales y rectores de la sociedad y de la política social, antes que estudiarlos meramente de modo pasivo. Tal como lo cuento en mi libro, su éxito sólo fue parcial: los nazis no pudieron dominar totalmente las iglesias, la economía no logró sostener el reabastecimiento de armas al ritmo y la escala que ellos requerían, y los alemanes, en general, no se mostraron muy entusiasmados con otra guerra, dada su experiencia con la Primera Guerra Mundial.

–¿En los orígenes del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (Nsdap) estaban ya presentes las raíces del antisemitismo alemán?

–El antisemitismo alemán tuvo sus raíces en la aparición de teóricos y agrupaciones políticas de finales del siglo XIX. Hasta fines de la Primera Guerra Mundial, siguió siendo un fenómeno marginal. La mayoría de los alemanes no era antisemita, mucho menos los socialistas, comunistas y liberales, quienes se oponían firmemente al antisemitismo. Solo una vez que los nazis llegaron al poder esta tendencia se generalizó, especialmente como resultado de la propaganda de su régimen.

–En La llegada del Tercer Reich usted analiza, entre otros aspectos, los primeros seis meses del gobierno de Hitler. En ese periodo específico, ¿se puede ya observar la destrucción metódica del sistema democrático?

–Sí, por supuesto: desde la asunción de Hitler, el 30 de enero de 1933 hasta la creación del Estado de Partido Unico, en julio, se da una combinación de fuerza, chantaje, amenazas y decretos.

–En el segundo volumen de su trilogía, usted trata específicamente la cuestión del racismo. ¿Cómo elaboró este capítulo en particular?

–Quería demostrar como el régimen nazi desplegó sus políticas de racismo a todo nivel, desde la selección eugenésica de la raza “aria” por medio de la esterilización forzada de los discapacitados mentales y de los minusválidos hasta la discriminación contra los supuestos “degenerados”: gente como los gitanos, los criminales, los homosexuales y otros tantos. Pero sobre todo, por supuesto, contra la escasa minoría judía de Alemania, a quienes se percibía (bastante erróneamente) como una potencial amenaza contra la Nación en la guerra que se avecinaba.

–¿Las Leyes de Nuremberg de 1935 fueron las que establecieron los principios básicos de la política racial en el Estado nazi?

–Las Leyes de Nuremberg hicieron foco únicamente en los judíos, considerados por los nazis como una amenaza palpable. Efectivamente, se los marginó y se les privó del derecho al voto. Pero hubo muchas otras medidas antisemitas no cubiertas por estas leyes, destacándose la “arianización”, o expropiación de los negocios de los judíos, y luego también la discriminación hacia otras minorías raciales.

–En su libro queda claro que la llamada “Solución Final” estuvo orientada no solamente hacia los judíos, sino también hacia los discapacitados (tanto físicos como mentales). ¿Los métodos de persecución y aniquilamiento fueron los mismos?

–No, la expresión “Solución Final para el problema judío en Europa” era explícita. Todos los judíos, según se decidió en 1941, habían de ser exterminados, porque todos ellos estaban supuestamente envueltos en una conspiración para destruir a Alemania. Los minusválidos y otros eran vistos como meros obstáculos para que Alemania ganase la guerra, a los que había que barrer del camino como si fuesen “subhumanos”. La inhalación de gas se utilizaba para ejecutar a los discapacitados en los hospitales mentales, y cuando la Iglesia Católica la objetó en 1941, los grupos que se especializaban en ejecución por gas fueron redestinados a matar judíos. Pero también hubo judíos asesinados en grandes cantidades por fusilamiento en fosas, o por confinamiento en los ghettos, donde se morían de hambre.

–Más allá del Holocausto, usted ha estudiado en profundidad la sociedad alemana. ¿Cómo la describiría? ¿Era consciente del horror?

–La mayoría de los alemanes sabía acerca del exterminio judío. Muchos estaban disconformes con eso, pero no podían hacer nada, dadas las condiciones dictatoriales imperantes. Los alemanes sentían culpa, y luego de la guerra negaron haberse enterado del exterminio.

–¿Qué pasó con la cultura? ¿Fue de vital importancia para sumar a la sociedad a la causa nazi?

–La cultura fue subordinada a la propaganda, pero Hitler también inició una cruzada contra el modernismo artístico, como artista fallido que era, por lo cual sus políticas culturales fueron más que meras políticas. Se suponía que los artistas alemanes debían servir a los propósitos raciales, políticos y militares del régimen. El grueso de los artistas modernistas abandonó el país en 1933, o poco después.

–¿Cuándo se rebelaron los alemanes contra el régimen nazi? ¿Fue cuando sus pueblos y grandes ciudades empezaron a ser bombardeados por las fuerzas de los Aliados?

–La moral y la confianza del público alemán en el régimen empezó a flaquear con la derrota de Stalingrado, y luego, más que otra cosa por la destrucción que los bombarderos aliados causaron a las ciudades alemanas. Hamburgo, en julio de 1943, con 40 mil muertos y cuyo centro de la ciudad fue totalmente arrasado por una tormenta de fuego, significó un punto de inflexión. Pero los alemanes siguieron adelante porque se reafirmaron en la creencia de que luchaban por Alemania, y no por los nazis. En los últimos meses, cayeron en una completa desilusión pero el régimen los mantuvo bajo control por medio de una oleada final de terror.

–La naturaleza violenta que constituía al nazismo, ¿al final se volvió contra la propia Alemania?

–Si, al final Hitler creyó que el pueblo alemán le había fallado y que no merecía sobrevivir, por lo que ordenó que todo fuera destruido. Por fortuna, fue mayormente desobedecido.

–Según su opinión, ¿existe alguna garantía de que nunca habrá un Cuarto Reich? A pesar de todo el horror pasado, en estos tiempos la ultraderecha e incluso los partidos neonazis están creciendo y tienen representantes en los Parlamentos de toda Europa.

–A los partidos populistas y anti inmigrantes les está yendo mejor que antes, pero más que nada en el antes llamado bloque del Este, donde las raíces de la cultura democrática son poco profundas. En Alemania, incluso, el partido de extrema derecha Alternativa Para Alemania (AFD) tiene simpatizantes de Europa del Este. Pero los verdaderos neonazis siguen siendo un movimiento completamente marginal.

–En el mismo sentido, ¿piensa usted que hoy en día se debería reafirmar la conciencia colectiva y la memoria histórica?

–Sí, aunque ya son muy fuertes dentro de la mismísima Alemania. Sin embargo, me preocupa seriamente la reivindicación de los antisemitas y los simpatizantes nazis, como Stepán Bandera en Polonia. Y no me siento cómodo con la extendida creencia (que en algunos países, recibe apoyo oficial), de que Stalin era tan malo, o peor incluso, que Hitler. Ambos eran muy diferentes, y aunque Stalin era, en verdad, un genocida a gran escala, no consideraba a otras razas como si fueran inferiores, y tampoco trató de conquistar el mundo, ni siquiera Europa.

–Más allá de su investigación histórica, ¿siente usted que sus libros contribuyen a reafirmar la conciencia contra el nazismo?

–Ciertamente, espero que sí.

 

P12

Manipulación y autoengaño en la comunicación política

Las 3 barreras en la comunicación: prejuicios, escucha selectiva y manipulación del mensaje.

Manipulación en Comunicacion Politica

>Por Cristóbal Paus

Recientemente se hacía eco este mismo diario de las conversaciones privadas entre altos cargos de la Generalitat en las que reconocían que la deseada independencia estaba muy verde. Nada nuevo. La historia nos muestra numerosos ejemplos de manipulación y que del dicho al hecho va un trecho. Y es que, en la carrera por el poder, los dirigentes solo nos contarán “su” verdad, toda “su” verdad y nada más que “su” verdad. Ya lo advertía Ieyasu, emperador Tokugawa de Japón: “si se desea decir mentiras que puedan ser creídas, no hay que decir la verdad que no se quiere creer”.

Pero ¿qué es primero en la comunicación? ¿La sutil manipulación del emisor que no quiere indisponer al receptor, o la reticencia de este último a abrirse a nuevos planteamientos? En efecto, la comunicación humana presenta diversas barreras que la dificultan tanto por el lado del emisor como por el del receptor. Me centraré en tres de ellas: prejuicios, escucha selectiva y manipulación del mensaje.

1. Prejuicios y marco de referencia

Cada uno de nosotros tiene su propio marco de referencia, generado por nuestras experiencias a lo largo de nuestra vida, con el que valoramos la información que emitimos y recibimos. De ahí que un mismo hecho sea interpretado y atacado de forma diferente, según se sienta uno de derechas o de izquierdas, de la patronal o del sindicato, del Real Madrid o del Barça…

2. Escucha selectiva

Y relacionado con ese marco de referencia, añadimos otra barrera: la escucha selectiva. Esto es, tendemos a percibir y escuchar lo que queremos percibir y escuchar, valorando el mensaje en función de quién es el interlocutor y su afinidad con nosotros. En palabras de Julio César, “estamos dispuestos a creer lo que deseamos, e imaginamos que los demás también piensan lo mismo que nosotros”.

La historia del alquimista Bragadino: hacia finales del siglo XVI, la República de Venecia empezó a decaer. El eje del comercio y de la riqueza había dejado el antiguo Mediterráneo y se desplazó hacia el Nuevo Mundo. Sus bancos y su comercio comenzaron a derrumbarse. La depresión, la tristeza y la nostalgia de tiempos pasados recientes se apoderaron de sus ciudadanos. ¿Qué podían hacer?

En ese momento apareció un misterioso alquimista llamado Il Bragadino; su fama descansaba en que decían que podía multiplicar el oro utilizando una secreta sustancia. Tanto es así que el Senado de la República pensó que con su ayuda Venecia recuperaría su esplendor, y votó casi unánimemente a favor de que se instalara en la ciudad a cambio de una cuantiosa suma de oro que le permitiera vivir con lujo y desahogo. Bragadino se instaló en un suntuoso palacio, pero no parecía tener ninguna prisa por empezar a fabricar el tan deseado oro que salvaría de la ruina a Venecia. Al principio esto incluso acrecentó su fama, pero con el tiempo la impaciencia empezó a aparecer.

El alquimista respondió que ya había depositado en la ceca de la ciudad la misteriosa sustancia, pero advirtió que aunque ya podía producir el doble de oro, si se la dejaba durante siete años, sellada en un cofre, la sustancia multiplicaría el oro de la ceca por treinta. La mayoría aceptó posponer el milagroso evento, pero otros muchos creían que era inadmisible mantener a Bragadino siete años más a expensas del erario público. Finalmente, se le exigió una prueba inmediata de la veracidad del experimento. En ese momento, Bragadino arguyendo que no se confiaba en él, dejó Venecia y se trasladó primero a Padua, y finalmente a Munich en 1590 a la corte del duque de Baviera donde siguió viviendo de sus promesas.

3. Manipulación del mensaje

No es de extrañar entonces que cuando se quiere obtener algo, se filtre la información proporcionada para que sea bien recibida por el receptor de la misma. Por ello, ¿qué es lo que hace todo dirigente? Promete, por lo pronto, a sus electores todo lo que pueda halagarlos, nos recuerda Zweig, en su biografía de Fouché. De hecho, el filósofo empírico Hume, afirmaba que “ningún hombre tiene que desesperarse pensando que no obtendrá conversos para las hipótesis más extravagantes si tiene el arte suficiente para representarla con colores favorables”.

Como siempre hay oportunidad para la mejora, y descontento con la situación presente, es relativamente fácil construir una estrategia que nos hable de un futuro mejor. Este es el campo de acción típico de cualquier campaña, y con ello, nos advierte Balladur, primer ministro francés entre 1993-95, se cuenta con una gran ventaja: no se necesita tomar postura de manera detallada ante los problemas inmediatos, evitando así contradicciones y levantar polémicas e inquietudes. Todos prometen la luna, aunque solo el presidente Nixon fue el primero en ofrecerla de verdad.

Decía el psicólogo francés Gustavo Le Bon que los pueblos viven sobre todo de esperanzas y sus revoluciones tienen por objeto sustituir con esperanzas nuevas las antiguas que perdieron su fuerza. Ahora bien, ¿es posible alcanzar y perdurar siempre en el poder con la simple promesa de un futuro mejor? Retomando la historia de Il Bragadino, cuentan las crónicas que los bávaros no fueron tan pacientes como los venecianos y en 1592 fue ahorcado.

Siempre hay quien quiere que pensemos y actuemos como ellos quieren. Pero nosotros no estamos exentos de responsabilidad para calibrar la situación. Como en el timo de la estampita, a veces jugamos a dejarnos engañar cuando pensamos que es en nuestro propio interés, y si al final perdemos, volvemos a engañarnos echando la culpa al otro. Así se escenificaba magníficamente por Toni Leblanc y Antonio Ozores, en la película Los tramposos.

 

LA VANGUARDIA

La encrucijada socialdemócrata

Entre la globalización y el Estado nacional

La socialdemocracia es una de las principales víctimas de los cambios globales. Una nueva oposición entre cosmopolitas y nacionalistas –entre anywheres y somewheres– atraviesa la alianza de clases compuesta por los trabajadores y las clases medias ilustradas que constituyó históricamente la apuesta de la centroizquierda. El trabajador común se siente cada vez menos representado por este espacio ideológico. Si quiere sobrevivir, la socialdemocracia debe pensar un proyecto de emancipación de los individuos de la coacción económica, política y social, por fuera del populismo y del liberalismo de izquierda.

Socialdemocracia

>Por Ernst Hillebrand

La socialdemocracia europea está viviendo tiempos difíciles. Las elecciones de 2017 no han sido buenas para ella: en los Países Bajos, el Partido del Trabajo (pvda, por sus siglas en holandés) obtuvo 5,7% de los votos. En Francia, el Partido Socialista llegó en las elecciones parlamentarias de junio apenas a 5,68% de los sufragios. Poco antes, su candidato había tenido un desempeño calamitoso en las elecciones presidenciales. El Partido Socialdemócrata alemán (spd, por sus siglas en alemán) ha sido vencido en tres elecciones regionales consecutivas y al momento de escribir este artículo rondaba un 25% en las encuestas para las elecciones parlamentarias de septiembre. En el pasado verano boreal, el Partido Democrático (pd) italiano ha sufrido una clara derrota en las elecciones municipales. Más hacia el este, la situación está aún peor: desde hace años, los socialdemócratas han dejado de ser verdaderamente relevantes en un vasto sector de Europa oriental. Como única excepción europea aparece paradójicamente el Partido Laborista británico, que bajo el mando de Jeremy Corbyn, representante de una «vieja izquierda», logró un resultado sorprendentemente bueno en las elecciones parlamentarias del 8 de junio.

Estos resultados electorales son una prueba más de una evolución que puede observarse desde hace ya años: los partidos europeos de izquierda pierden el contacto con los sectores populares. Su visión del mundo tiene cada vez menos cosas en común con la de los obreros o los empleados de salarios más bajos. La «alianza de clase» entre los sectores medios «ilustrados» y los trabajadores de base que encarnó la socialdemocracia europea duró más de un siglo y marcó todo el siglo xx, con sus enormes progresos sociales y políticos. Pero este periodo está llegando a su fin.

Una nueva constelación política

La causa de este fenómeno es la aparición de una nueva constelación política de base: si el siglo xx estuvo marcado por conflictos de distribución, cuya naturaleza era esencialmente socioeconómica, ahora pasa al primer plano una línea de conflictos políticos de cuño más sociocultural. La discusión política ya no está caracterizada por la pugna entre izquierda y derecha, sino por la creciente oposición entre «cosmopolitas» entusiasmados por la globalización y la inmigración, y «comunitaristas» más orientados al Estado nacional tradicional. David Goodhart denomina a estos grupos anywheres y somewheres: unos están bien en cualquier parte (anywhere) y cuentan con un capital educativo para tener éxito en todos lados; los otros dependen de un lugar fijo que les es conocido (somewhere), donde pueden sacar provecho de sus redes familiares y de su capital educativo y social, espacialmente acotado1. Los amigos de la apertura tienen mayores recursos económicos, mejor formación, mejor seguro social, ven «interesante» la inmigración, celebran el multiculturalismo y envían a sus hijos a cursar estudios universitarios en el extranjero. Los otros suelen provenir de sectores con menores ingresos y socialmente más relegados y consideran que la inmigración y la globalización intensifican la competencia por salarios, trabajo y recursos. Esta nueva fractura atraviesa a las sociedades, pero también a los partidos de las democracias occidentales. El espacio político se está reestructurando: los viejos campos ideológicos y patrones explicativos pierden significado y surgen nuevos. Esto no significa que desaparezca la dimensión socioeconómica, sino que esta se articula de otra manera. Hace poco, el politólogo alemán Michael Zürn escribió al respecto que «la nueva oposición se expresa, por ello, menos como ‘izquierda versus derecha’ que como ‘los de arriba’ y ‘nosotros, los de abajo’»2.

Este proceso, que la politología observa desde hace casi dos décadas, se ha acelerado sustancialmente en los últimos años. Las consecuencias sociales y económicas de las crisis financieras y la crisis del euro han provocado que aumenten sustancialmente las dudas en torno de la globalización y la integración europea. A esto se suman los conflictos en los márgenes de Europa, que favorecen la impresión de que el mundo se halla sumergido en un caos, que en forma de terrorismo e inmigración irregular se difunde también en el interior de las sociedades europeas. De manera análoga, las expectativas frente a la política han cambiado drásticamente. La promesa del «cambio» –el núcleo conceptual de la política «progresista» de modernización y reforma– ha dejado de ser tal: en un mundo caótico, el cambio no significa promesa alguna, sino una amenaza. En lugar de apertura y transformación, los ciudadanos esperan protección y cuidado.

Hasta ahora, la política tradicional no ha sabido reaccionar ante este cambio de expectativas. Goodhart describe esta separación entre la política y las expectativas de los ciudadanos con estas palabras:

Una promesa implícita de las democracias modernas es que todo ciudadano podrá controlar su propia vida hasta un cierto grado (…) [Esto] postula implícitamente también un derecho básico a una cierta estabilidad y continuidad en cuanto al mundo en el que se vive y al propio estilo de vida. En el mundo actual, esta es una promesa que a la política democrática le cuesta cumplir cada vez más o que quiere cumplir cada vez menos.3

La nueva fractura de la socialdemocracia

Las principales víctimas de este cambio de clima político son hasta ahora los partidos de la centroizquierda europea. La nueva oposición entre apertura y abroquelamiento, entre anywheres y somewheres, atraviesa la alianza socialdemócrata de clases compuesta por los trabajadores y las clases medias ilustradas. El trabajador común se siente cada vez menos representado por los partidos de centroizquierda, pues estos defienden en gran parte las posturas de los «cosmopolitas». Como no hay nadie más que sea receptivo a sus demandas de fronteras, pertenencia y cuidado del Estado nacional en tanto espacio de protección social y económica, algunos trabajadores terminan recurriendo nolens volens a los viejos enemigos de la derecha. Casi en todos los países, la proporción de trabajadores dentro del electorado de partidos populistas de derecha está aumentando de manera continua.

Las consecuencias de este proceso para la socialdemocracia son graves y, a largo plazo, amenazan a los partidos en su esencia misma. La cuestión de las migraciones no perderá en absoluto dinámica ni relevancia. Por el contrario, el problema de cómo manejar el enorme deseo de migrar a Europa amenaza con convertirse en uno de los temas políticos absolutamente centrales de las próximas décadas. En esta nueva constelación política, altamente antagonística, la centroizquierda deberá decidir a qué grupos de la población deseará representar en el futuro: los segmentos liberales y «cosmopolitas» de las clases medias o los somewheres con orientación a Estados e identidades nacionales. Pareciera que ya no es posible representar a ambos. También en este sentido, el «siglo socialdemócrata» (como lo llamó Ralf Dahrendorf) está terminado.

Esta es una decisión muy difícil. La idea de reconvertirse en una fuerza política representativa de los sectores populares implica una profunda reconfiguración ideológica de la centroizquierda y una despedida del liberalismo de izquierda de las últimas décadas. Para los funcionarios y los mandatarios, este sería quizás un proceso casi inaceptable. En Francia, el think tank Terra Nova, allegado al ala liberal del ps, puso esto en negro sobre blanco hace ya unos años. Según su tesis, el ps tiene que despedirse de los sectores obreros y forjar una nueva mayoría «progresista», compuesta por las clases medias urbanas, empleados públicos y sectores de la inmigración. De hecho, este es el camino que ha seguido con éxito Emmanuel Macron, quien se llevó consigo porciones nada insignificantes de las viejas elites (y del electorado) del ps. Pero en otros países, con una situación distinta por ser diferentes los sistemas electorales, esta vía no funcionaría así. El resultado sería solo partidos más pequeños (pero completamente estables), que perderían una parte del histórico potencial de votantes a manos de movimientos «populistas» de izquierda y derecha.

Anclaje en el senso comune

La alternativa a esto sería una reconfiguración político-ideológica que refleje la nueva fractura de la sociedad entre anywheres y somewheres e intente volver a armonizar más intensamente las posiciones programáticas con las expectativas y los intereses de los sectores más débiles. Quizás sea útil en este contexto recordar las ideas de Antonio Gramsci, uno de los grandes pensadores de izquierda del siglo xx. Muchas de sus reflexiones giraban en torno de la cuestión de cómo el pensamiento de izquierda podría lograr la hegemonía en la sociedad. Una de las condiciones de la hegemonía ideológica, según expresa Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel, es que la «filosofía» de las elites no esté completamente desacoplada del «sentido común» (senso comune) de las masas populares. Se necesita una conexión orgánica entre ellas. Lo que estamos viviendo ahora en el mundo occidental es lo contrario: un proceso de desacople entre la filosofía de las elites y el senso comune comunitarista de la gente común.

El éxito del populismo y la implosión de los índices de confianza en las elites y sus instituciones son expresiones de este proceso. En tal situación, la izquierda –en todas sus variantes– está obligada a volver a preguntarse claramente cómo quiere posicionarse. Un (re)anclaje más fuerte de sus propias posturas en el senso comune es uno de los requisitos para que no termine aplastada en este proceso y no resulte pulverizada entre un hiperliberalismo de las elites y un neonacionalismo de los movimientos populistas.

Pero para formular un proyecto emancipador para el siglo xxi no basta con regresar al sentido común de la población. El sentido común hoy está orientado a la preservación, contra la permanente presión hacia el cambio ejercida por el capitalismo globalizado. Un proyecto político y social de la izquierda debe ir más allá de este deseo de permanencia y oponer un proyecto de cambio político positivo a los negativos cambios que impone el capitalismo. En su centro deben estar la emancipación de los individuos, su liberación de la coacción económica, política y social, y una ampliación de los márgenes de libertad y autorrealización de las personas. La socialdemocracia actual está muy lejos de un proyecto de estas características. En el centro de sus programas no está el «empoderamiento» de las personas, sino una fijación con los temas y los instrumentos políticos de la fase histórica del capitalismo clásico del siglo xx. Se trata, en el fondo, de la protección colectiva del Estado social contra la pauperización de los trabajadores y las trabajadoras. Ya hace tiempo que los conflictos político-sociales de esta época han dejado de ser lo esencial. Lo que hoy está en el centro de la insatisfacción de quienes viven en las sociedades de Europa occidental ya no es una genuina necesidad material, sino una desautorización política y cultural, una devaluación simbólica del trabajo y de los proyectos de vida de las personas normales.

La respuesta a estos problemas en un nuevo proyecto emancipador de izquierda solo puede basarse en una profunda democratización de las sociedades, que otorgue más que nunca el poder de decisión en cuestiones políticas, económicas y sociales al soberano: los ciudadanos. Esta democratización debe incluir un mayor uso de la democracia directa por medio de plebiscitos y referendos, al igual que la mayor descentralización posible de los procesos de toma de decisiones políticas. El progreso tecnológico dado por la digitalización y la utilización de redes ofrece condiciones extraordinariamente propicias para ello. La comunicación horizontal de las redes sociales hace que surjan nuevas posibilidades para formular un consenso de la opinión pública más allá del poder de control y normalización de los tradicionales «guardianes» de los medios masivos clásicos.

A fin de cuentas, el objetivo es, mediante procesos democráticos, volver a colocar la dinámica del capitalismo globalizado en un marco político centrado en las personas y sus preocupaciones, en el que sea posible articular eficientemente los intereses de los ciudadanos. En la actualidad, el Estado nacional democrático, producto de la historia, parece seguir siendo el único marco imaginable en el que tal proceso puede funcionar eficientemente. Una izquierda «cosmopolita» que no entienda esto perecerá por su incapacidad para lograr cambios positivos en el marco de los procesos transnacionales (o europeos) de la política. Las dramáticas derrotas que han sufrido en los últimos meses y años los partidos de centroizquierda en Europa se explican en gran medida porque no han sido capaces de ofrecer respuestas convincentes a los desafíos del presente ni un proyecto emancipador positivo para el futuro. Su postura en referencia a la ampliación de los márgenes democráticos para los ciudadanos está marcada por un escepticismo creciente, fruto de sus frecuentes derrotas electorales y plebiscitarias. Así, no ofrecen algo muy distinto de lo que ofrecen las elites de la economía y del poder del capitalismo globalizado, salvo por el complemento de un Estado social fuerte de cuyo financiamiento, sin embargo, participan cada vez menos los ganadores de la globalización. Para muchos de los que se sienten más víctimas que ganadores de los cambios producidos en las últimas décadas, esto es demasiado poco. Y para aquellos, más jóvenes, que esperan de la vida algo más que solo trabajo (por ejemplo, autodeterminación y autorrealización), también. En estas circunstancias, el futuro de los partidos europeos de centroizquierda aparece altamente precario.

  1. D. Goodhart: The Road to Somewhere: The Populist Revolt and the Future of Politics, Hurst, Londres, 2017.
  2. M. Zürn: «Jenseits der Klassenfrage. Neue Konfliktlinien zeigen sich in Europa, der Türkei und Amerika» en wzb-Mitteilungen Nº 154, 2017.
  3. D. Goodhart: «‘Postliberalismus‘ oder ein Plädoyer für einen populären Liberalismus», fes, Berlín, 2/2015, disponible en http://library.fes.de/pdf-files/id/ipa/12384.pdf.

 

*Traducción del alemán de Carlos Díaz Rocca. Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad 271, Septiembre – Octubre 2017, ISSN: 0251-3552

Nueva Sociedad

Informe: Elecciones en Chile

Elecciones en Chile

Ivan Alvarado (REUTERS)

El próximo 19 de noviembre, se desarrollará la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Chile y los principales sondeos de opinión indican una interesante ventaja del ex-presidente Sebastián Piñera.

Para profundizar sobre el desarrollo de la campaña electoral, compartimos un completo informe realizado por Comitia Consulting.

Leer informe aquí > Elecciones-Chile-2017

Cuando los líderes climáticos protegen inversiones sucias

Los mismos gobiernos que lideran la lucha contra el cambio climático siguen respaldando y protegiendo la inversión en exploración, extracción y transporte de combustibles fósiles.

>Por Nathalie Bernasconi-Osterwalder y Jörg Haas

Las soluciones para la crisis climática suelen estar asociadas con las grandes conferencias, y las próximas dos semanas, sin duda, aportarán muchas «respuestas». Unos 20.000 delegados ya han llegado a Bonn, Alemania, para la última ronda de conversaciones sobre el cambio climático de las Naciones Unidas.

Las conversaciones en Bonn deberían centrase en la implementación del acuerdo climático de París. Y el camino por adelante es claro. La única manera de mantener el ascenso de las temperaturas globales dentro del límite fijado en París -«muy por debajo de 2°C» por sobre los niveles preindustriales- es desviar el capital de los combustibles fósiles y dirigirlo a los proyectos de carbono cero. Para hacerlo, debemos cambiar la manera en que se administran las inversiones en energía a nivel global.

En este momento, los mismos gobiernos que lideran la lucha contra el cambio climático siguen respaldando y protegiendo la inversión en exploración, extracción y transporte de combustibles fósiles. En lugar de invertir en viviendas eficientes, movilidad de carbono cero, energía renovable y mejores sistemas de uso de la tierra, esos gobiernos dicen una cosa pero siguen haciendo otra.

Según el informe más reciente sobre Inversiones en energía en el mundo de la Agencia Internacional de Energía, el gasto global en el sector de petróleo y gas alcanzó un total de 649.000 millones de dólares en 2016. Esa cifra fue más del doble de los 297.000 millones de dólares invertidos en la generación de electricidad renovable, aunque alcanzar el objetivo del acuerdo de París implica dejar por lo menos tres cuartos de las reservas de combustibles fósiles conocidas bajo tierra. Tal como sugieren estos números, la inercia institucional y los intereses arraigados de la industria siguen interponiéndose en el desvío de la inversión hacia la energía sustentable.

Gran parte del problema tiene sus raíces en los tratados de inversión bilaterales y en las reglas de inversión incluidas en pactos comerciales más amplios, como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el Tratado de la Carta de la Energía y el Acuerdo Integral sobre Economía y Comercio (CETA por su sigla en inglés) entre Estados Unidos y Canadá. Como estos tratados estaban diseñados para proteger a los inversores extranjeros de la expropiación, incluyen mecanismos de resolución de disputas entre inversores y estados (ISDS por su sigla en inglés) que les permiten a los inversores buscar compensación de los gobiernos, a través de tribunales de arbitraje internacionales, si algún cambio en las políticas afecta sus negocios.

Esto ha esposado a los gobiernos que buscan limitar la extracción de combustibles fósiles. La compensación de los casos de ISDS puede ser impactante. En 2012, un inversor norteamericano presentó una demanda legal contra la decisión del gobierno de Quebec de negar un permiso para realizar fracturamiento hidráulico en el río Saint Lawrence. Con el argumento de que la negativa era «arbitraria, caprichosa e ilegal» según el TLCAN, la firma de energía con sede en Delaware exigió una compensación de 250 millones de dólares por daños.

En enero de 2016, la compañía de energía TransCanada utilizó el TLCAN para demandar a Estados Unidos, con un reclamo de 15.000 millones de dólares en pérdidas después de que el presidente Barack Obama negó un permiso para el oleoducto Keystone XL. (La compañía suspendió su demanda después de que el presidente Donald Trump aprobó el proyecto en enero de 2017).

Y, en julio de 2017, Quebec acordó pagar casi 50 millones de dólares en compensación a compañías después de cancelar contratos de exploración de petróleo y gas en la isla de Anticosti en el Golfo de Saint Lawrence. Estos y otros pagos se suman a los cientos de miles de millones de dólares en subsidios que siguen destinados a la industria de combustibles fósiles.

Los grandes desembolsos no sólo drenan las arcas públicas; la sola amenaza de que existan desalienta a los gobiernos a implementar políticas climáticas más ambiciosas, debido al temor de que las industrias dependientes del carbono puedan demandarlos en tribunales internacionales.

Afortunadamente, esta situación no es definitiva. Muchos gobiernos ahora ven la reforma del régimen de inversiones no sólo como una posibilidad, sino como una necesidad. El mes pasado, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo convocó a una reunión de alto nivel en Ginebra, con el objetivo de desarrollar opciones para una reforma integral del régimen de inversiones, incluida la renegociación o la cancelación de unos 3.000 tratados caducos.

Los gobiernos deberían empezar por revisar o abandonar el Tratado de la Carta de la Energía, el único pacto de inversiones específicamente energéticas del mundo. Las protecciones de las inversiones del TCE y la falta de cláusulas climáticas ya no son apropiadas. Desde su inicio, el TCE ha servido de fundamento para más de 100 demandas por parte de firmas energéticas contra los países sede, y algunas de ellas impugnaron políticas ambientales nacionales, como la eliminación nuclear gradual en Alemania. Rusia e Italia ya se han retirado del TCE; otros países deberían hacer lo mismo o comprometerse a renegociarlo.

Es más, los países deberían colocar las preocupaciones climáticas en el centro de sus negociaciones comerciales y de inversión, por ejemplo excluyendo los proyectos de combustibles fósiles de las cláusulas de inversión. Eso es esencialmente lo que propuso recientemente Francia, cuando el ministro de Ecología, Nicolas Hulot, anunció la intención de su país de implementar un «veto climático» al CETA. Hulot dijo que Francia ratificaría el tratado sólo si contenía garantías de que sus compromisos climáticos no podrían ser impugnados ante tribunales de arbitraje. Los proyectos de combustibles fósiles también podrían estar exceptuados de la protección de inversiones en los nuevos acuerdos ambientales, como el Pacto Global para el Medio Ambiente presentado por el presidente francés, Emmanuel Macron, ante la Asamblea General de la Naciones Unidas en septiembre.

Reequilibrar el régimen de inversiones globales no es más que el primer paso hacia una economía de carbono cero. Para desviar el capital de iniciativas con una alta carga de combustibles fósiles hacia proyectos de energía verde, los países necesitarán nuevos marcos legales y de políticas a nivel regional, nacional e internacional. Estos acuerdos deberían promover y facilitar las inversiones de carbono cero. Las grandes reuniones como la que se lleva a cabo esta semana y la Cumbre Climática de París el mes próximo pueden impulsar estas conversaciones.

 

Project Syndicate