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Populismo. Un fantasma recorre el mundo

Populismo. Un fantasma recorre el mundo

¿Es Trump populista? Con su triunfo en EE.UU. se reabre el debate sobre un término que hoy se aplica a izquierda y derecha, muchas veces como sinónimo de demagogia.

populismo
>Por Agustín Cosovschi

La preocupación que ha generado en los analistas el reciente triunfo electoral de Donald Trump se origina no sólo en las posibles consecuencias de su presidencia en los Estados Unidos, sino también en las implicancias que su triunfo puede tener en un mapa político mundial atravesado por el fortalecimiento de alternativas nacionalistas, autoritarias y antiliberales con capacidad de movilización popular. En este contexto, el término “populismo” aparece en el vocabulario cotidiano de muchos comentaristas para hablar de fuerzas políticas tan diferentes como las del Frente Nacional en Francia y Podemos en España, Fidesz en Hugría y el movimiento de Bernie Sanders en Estados Unidos. Pero, si el término es tan vasto y permite agrupar experiencias tan diversas, ¿de qué hablamos cuando hablamos de populismo?

Para quien quiera indagar los significados del populismo, la experiencia rusa es ineludible. En la Rusia del siglo XIX, el populismo fue un movimiento que articuló no sólo una práctica política sino también un desarrollo teórico. Buscando una alternativa a la autocracia pero desilusionados también por el fracaso del ciclo revolucionario de 1848 en Europa, pensadores como Aleksandr Herzen y Nikolai Chernishevsky pusieron en cuestión la hegemonía del pensamiento occidental y postularon la necesidad de que Rusia avanzara hacia el socialismo construyendo su propio camino, es decir, atendiendo a sus propias condiciones históricas. De allí la necesidad de salir en busca del verdadero pueblo para determinar cuál sería el rumbo propio que llevaría hacia el socialismo, lo que en el contexto fuertemente rural de la Rusia zarista implicaba un vuelco hacia la comuna agraria tradicional.

El pensamiento populista tendría además una fuerte influencia en una Europa del Este marcada por la opresión de los imperios ruso, austrohúngaro y otomano. En un clima intelectual atravesado también por el influjo de las ideas románticas, el populismo sería el tamiz a través del cual los intelectuales de la región pensarían la cuestión nacional, identificando en el campesinado no sólo al sujeto depositario de la soberanía política, sino también al portador de la identidad nacional que permitiría legitimar los nuevos Estados surgidos a partir de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

De esta manera, el populismo surgido de la periferia europea en el siglo XIX planteó una temprana reflexión sobre las alternativas que la historia ofrecía a aquellos países que no participaban de la vía occidental hacia la modernización. Además, estas ideas tendrían una fuerte influencia sobre el pensamiento socialista a lo largo del siglo XX, y en este sentido podría considerarse que experiencias tan diversas como la del titoísmo en Yugoslavia y la del maoísmo en China, por ejemplo, compartían una serie de preocupaciones de raíz populista al plantearse la necesidad de desarrollar estrategias de desarrollo que se adaptaran a las condiciones históricas específicas de sus países.

En nuestras latitudes, el término populismo no ha dejado de ocupar el centro del debate político hasta la actualidad. Podría decirse incluso que las experiencias de América Latina, de Cárdenas en México a Perón en la Argentina, constituyen el tipo-ideal del concepto de populismo tal y como se reproduce en el discurso contemporáneo de muchos medios y analistas. A lo largo del siglo XX, los populismos latinoamericanos pusieron en tensión la democracia al conjugar reformas sociales y económicas democratizantes con una inclinación por el autoritarismo y el nacionalismo, generalmente concibiendo la democracia como un régimen basado sólo en la legitimación popular, planteando la política como un enfrentamiento descarnado contra las oligarquías y descuidando la institucionalidad republicana.

Pero Europa occidental tampoco ha escapado a esta forma radical de entender la política bajo la imagen legitimadora de un pueblo virtuoso. En su clásico Pensar la revolución francesa, François Furet examinó el movimiento de 1789 como la cuna de una ideología democrático-popular que entrelazó inextricablemente igualitarismo y revolución, y que concibe la democracia no como un conjunto de procedimientos que organizan el funcionamiento de las instituciones sobre la base de la consulta electoral, sino como el modo de emancipación del pueblo, actor central del drama revolucionario, contra la resistencia de sus enemigos. En este sentido, el trabajo de Furet permite pensar que, puesto que algunos de sus rasgos constitutivos arraigan en la historia misma de la democracia europea, quizás el populismo no debería pensarse como antagonista de la democracia moderna, sino más bien como una de sus figuras posibles.

Una mirada desde la teoría

Hoy parecería que el término “populismo” es usado por la mayoría de los analistas para agrupar a fuerzas políticas que coinciden en cuestionar el orden liberal articulando una crítica contra los partidos tradicionales y apelando a la legitimidad de un pueblo que se postula como el depositario auténtico de la soberanía. La palabra se ha instalado además en el discurso no especializado, con un sentido generalmente negativo, empleada en la mayoría de los casos para designar un estilo demagógico de conducción política. Sin embargo, el concepto remite a experiencias y procesos que, aún con problemáticas y rasgos comunes, tienen grandes diferencias entre sí. Quizás sea por eso que tradicionalmente el término ha demostrado ser particularmente resistente a las definiciones teóricas, generando disputas y causando contradicciones.

En marzo de este año, el historiador norteamericano Michael Kazin abordó este problema en un artículo en el New York Times, donde se preguntaba cómo era posible que los medios calificaran de “populistas” tanto a Bernie Sanders, un orgulloso socialista, como a Donald Trump, un multimillonario arrogante. Allí el autor apelaba a las tradiciones políticas estadounidenses para explicar que, si bien ambos candidatos apelaban a un discurso antisistema para movilizar a sus votantes, cada uno abrevaba en tradiciones discursivas históricamente distintas: mientras que Sanders reactualizaba elementos del viejo populismo estadounidense, un movimiento que nació con el People’s Party de fines del siglo XIX para defender a los trabajadores y pequeños agricultores de los abusos de los bancos y la gran industria, el lenguaje de Trump se entroncaba más bien con el discurso xenófobo y nativista del Know-Nothing Party de los años 1850.

Pero, si el uso del término populismo iguala discursos que abrevan en tradiciones políticas diferentes, ¿qué es lo que designa? El mismo Kazin lo respondía en una entrevista publicada el mismo año por Slate al dar una definición que quizás nos permita avanzar un paso en la comprensión del problema: el populismo, afirmaba, es el lenguaje de quienes ven a la gente común como un grupo noble no sólo unido por la clase y a sus enemigos de la élite como antidemocráticos e interesados, e intentan movilizar a los primeros contra los segundos. El populismo no es una ideología, sino una forma de expresión.

En una línea emparentada ha trabajado el argentino Ernesto Laclau, una referencia ineludible de la teoría política contemporánea, quien ha afirmado que la resistencia del populismo a ser definido es un rasgo estructural de su constitución. Según Laclau, el populismo no es un contenido específico sino una lógica política. Cuando una serie de demandas sociales no encuentran respuesta por parte del poder político, la exclusión de todas ellas permite su igualación en lo que el autor denomina una lógica de equivalencia. Si esta cadena de demandas es articulada bajo una identidad popular y el campo de lo social se divide de manera antagónica, están dadas las condiciones para la emergencia del populismo.

La articulación de estas demandas, sin embargo, precisa de un significante capaz de organizar la unificación. Y este significante, sostiene Laclau, puede ocupar ese rol precisamente porque su contenido no depende de un contenido a priori, sino que resulta de la misma operación de unificación de las demandas. En otras palabras, se trata de un significante vacío. Esta indeterminación no sólo permite ejercer una atracción irresistible sobre todas aquellas demandas que se identifiquen como “excluidas del sistema”, sino que también impide que se pueda controlar qué demandas se incluyen en la cadena. Es precisamente de esta indefinición del populismo, que tantos problemas genera a los teóricos, de donde se derivan su eficacia y su potencial como lógica política.

Quizás sea más fácil dotar al concepto de populismo de un contenido específico en otros campos que no sean el de la historia y la teoría política. En el terreno de la economía, por ejemplo, Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards han analizado el fenómeno en un artículo clásico titulado “Macroeconomía del populismo en América Latina”. Examinando el Chile de Allende y el Perú de Alan García en los años 80, los autores definieron el populismo como un enfoque económico que, al privilegiar el crecimiento y la redistribución y minimizar los riesgos de la inflación y el déficit, dispara una secuencia más o menos previsible de decisiones que, en diferentes países y diferentes épocas, generan los mismos resultados y con efectos perniciosos para sus supuestos beneficiarios. En este sentido, el trabajo deja de lado la dimensión política del fenómeno populista, pero tiene el mérito de volver a llenar de sentido el concepto y reivindicar así su valor analítico.

Una operación distinta realiza el francés Pierre Rosanvallon, quien ha identificado las raíces del populismo contemporáneo en las tensiones estructurales de la democracia moderna. En la democracia, sostiene el autor, el pueblo tiene un estatuto contradictorio: es fuente de la legitimidad política pero constituye una entidad imposible de definir. Sobre esta condición “inalcanzable” del pueblo se monta el populismo, cuya eficacia se basa en una triple simplificación. En primer lugar, considera el pueblo como un sujeto evidente, cuando su definición está siempre en disputa. En segundo lugar, desprecia los procedimientos institucionales, apelando sólo a la consulta popular como forma real de la democracia. Y finalmente el populismo postula que la cohesión de una sociedad se deriva únicamente de su identidad, y no de la calidad de sus lazos internos. Si el peligro del populismo reside en la simplificación, afirma Rosavallon, la solución radica justamente en complejizar la democracia. En otras palabras, desarrollarla mediante la multiplicación de las instancias de expresión y participación, convirtiéndola en un régimen cada vez más interactivo y deliberativo.

Una mirada sobre la historia y los sentidos del término populismo nos conduce a una conclusión un tanto ingrata: aunque es posible identificar algunos sentidos más o menos estables del término, se trata de un concepto sometido al debate permanente y altamente resistente a las definiciones. Sin embargo, la reflexión acerca de sus significados posibles ayuda a establecer algunas coordenadas para comprender mejor su uso. Y, más importante aún, permite poner en primer plano este carácter polémico y estimulante que el concepto de populismo sigue ofreciendo al pensamiento político, precisamente en un momento de la historia en el que quizás sea más importante articular las preguntas que apresurarse por dar las respuestas.

 

Publicado en: LA NACIÓN

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