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Lecturas: “Un socialista a la conquista de la Casa Blanca”

Lecturas: “Un socialista a la conquista de la Casa Blanca”

Las primarias estadounidenses comienzan el 1º de febrero. Aunque Hillary Clinton parece bien encaminada para ganar la candidatura demócrata, su adversario “socialista” Bernie Sanders logró un avance notable en los últimos meses. A pesar de la oposición del establishment, sus ideas le dan voz a una izquierda casi inaudible en Washington.
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>Por Bhaskar Sunkara*

Para los electores de izquierda en Estados Unidos, uno de los rasgos más sobresalientes de Bernie Sanders es su trayectoria eminentemente familiar. El senador por Vermont y precandidato presidencial en las primarias del Partido Demócrata –del cual no es miembro– para las elecciones de noviembre de 2016 asomó a la escena pública de la misma manera que la mayoría de los progresistas de su país, es decir, a través de organizaciones agonizantes que sobreviven al margen de la vida política estadounidense.

Nacido en Brooklyn en 1941 de padres judíos emigrados de Polonia, Sanders era estudiante universitario cuando se unió a la Liga de Jóvenes Socialistas (Young People’s Socialists League, YPSL), la sección estudiantil del Partido Socialista de Estados Unidos. En los años siguientes, mientras la YPSL se hundía bajo el peso de sus divisiones, se lanzó de lleno en los combates de su época: lucha por los derechos cívicos, contra la guerra de Vietnam, etc. Luego, se implicó en el Partido de la Unión y la Libertad, una pequeña formación implantada en el estado montañoso de Vermont donde, en varias ocasiones, se postuló, sin éxito, para los cargos de senador y gobernador.

A fines de los años 1970, se alejó de la política y se involucró en proyectos de educación popular. Luego, en 1979, grabó para el sello Folkway Records los discursos del quíntuple candidato del Partido Socialista de Estados Unidos para la elección presidencial, Eugene V. Debs. Resucitó así declaraciones tales como “Yo no soy un soldado capitalista, soy un revolucionario proletario” o “Me opongo a todas las guerras, con excepción de una”. Profesiones de fe a contracorriente en un país que se preparaba para abrazar la contrarrevolución reaganiana.

Dos años más tarde, sin embargo, para sorpresa general, Sanders logró hacerse elegir alcalde de Burlington, la ciudad más grande de Vermont; una proeza aplaudida por The Vermont Vanguard Press, el semanario local, que proclamó en una edición especial la “república popular de Burlington”. El nuevo alcalde colgó en la pared de su escritorio un retrato de Debs. Reelegido en tres ocasiones a la cabeza de la comuna, se entusiasmó y logró imponerse en 1990 como diputado independiente en la Cámara de Representantes. Conservaría su banca hasta 2006, año en que fue elegido como senador por Vermont. El retrato de Debs adorna ahora su escritorio del Capitolio, en Washington.

“Revolución ciudadana”

Como independiente, Sanders no dudó en postularse como candidato contra el Partido Demócrata. Su visión del socialismo recuerda no obstante más al ex primer ministro sueco (1982-1986) Olof Palme que a su mentor, el probolchevique Debs. Le gusta destacar los éxitos del Estado de Bienestar sueco en contraste con las desigualdades que dividen a la sociedad estadounidense, insistiendo siempre en la pobreza infantil y la ausencia de una cobertura de salud eficaz y accesible.
En su boca, el término “socialismo” permite sobre todo transmitir la larga y rica historia del campo progresista en Estados Unidos, ampliamente silenciada por los discursos oficiales. En los hechos, su línea política como senador por Vermont sigue de cerca la línea del ala izquierda del Partido Demócrata. Como lo proclamaba el 22 de mayo de 2005 Howard Dean, entonces jefe del Comité Nacional del Partido Demócrata, en el programa Meet the Press, “se trata simplemente de un demócrata progresista. La realidad es que el 98% de las veces Bernie Sanders vota con los demócratas”.

El único miembro independiente del Congreso no es pues un partidario de la revolución, ni siquiera un radical del temple de Jeremy Corbyn en el Reino Unido (1).

Su lucha se centra en la redistribución de las riquezas, no en su propiedad o su control. Así, en un discurso reciente, recordó que no creía en la “propiedad pública de los medios de producción” (2). No por ello su compromiso progresista deja de demarcarse claramente de la posición pro-patronal de su adversaria Hillary Clinton.

Todo opone a la dirigente demócrata y su rival socialista. No se trata sólo de una cuestión de estilo, aun cuando el lenguaje cuidadoso de la dama, cuyas palabras parecen haber sido sopesadas una por una por sus consejeros en comunicación, contrasta con el verbo sin florituras del otro. Tampoco se trata de una cuestión de trayectoria, aun cuando, en la época en que Sanders militaba por los derechos cívicos –en 1964–, Clinton apoyaba al candidato republicano ultraconservador Barry Goldwater. La diferencia fundamental se basa en la esencia misma de sus visiones políticas. Clinton que, en 2003, votó “sí” a la guerra en Irak, no deja pasar una ocasión de recordar a su público que ella “representaba a Wall Street” cuando era senadora por Nueva York. Su competidor, ferviente militante pacifista, pretende una “revolución política”; con esta expresión entiende no la construcción de una sociedad socialista, sino la implicación del pueblo en la vida democrática del país, un poco a la manera de la “revolución ciudadana” invocada en Francia por Jean-Luc Mélenchon.

Para cualquier observador resulta sorprendente que un socialista pueda ser popular en los Estados Unidos del siglo XXI. La existencia de personalidades políticas ancladas en la izquierda no es una anomalía en Europa, pero lo es en Estados Unidos, que no tuvo jamás un partido popular de masas capaz de llegar al poder y de instaurar un régimen distributivo de gran amplitud. Sin embargo, durante la mayor parte del siglo XX, fueron muchos los militantes demócratas que cimentaron las premisas de un sistema semejante. Sindicatos obreros, organizaciones de derechos cívicos, asociaciones, etc.: las fuerzas sociales comprometidas con este proyecto no desaparecieron. Pero como no ejercen ningún control sobre un partido dedicado fundamentalmente a la defensa de los intereses del capital, se las aparta del debate público, a menudo sin que opongan resistencia. Mientras el abismo que las separa de las personalidades destacadas del partido se profundiza cada día más, no es sorprendente que la palabra de un Bernie Sanders despierte un interés cada vez mayor.

Transformar la política

Las posiciones ideológicas de Clinton se basan principalmente en la tradición de la “tercera vía” establecida por los Nuevos Demócratas. Éstos se formaron a fines de los años 1980 bajo los auspicios del extinto Consejo de Dirección Demócrata (Democratic Leadership Council, DLC). Su plataforma, concebida para responder al conservadurismo triunfante de la era reaganiana, postulaba que la decadencia de los movimientos sociales anunciaba el fin de una política de justicia fiscal y que convenía aliarse al principio de un Estado chico, centrado en la ayuda a las empresas más que en la protección a los ciudadanos –a los que se limitaría a conceder algunas migajas simbólicas–.

A lo largo de los años 1990, la pareja formada por el presidente William Clinton y su esposa contribuyó poderosamente al cumplimiento de esta mutación ideológica. Fue Clinton, y no Ronald Reagan, quien proclamó el “fin del Estado de Bienestar tal como lo conocemos”. La que entonces era la primera dama –y abogada– no escatimó su apoyo a las reformas inspiradas por los Nuevos Demócratas, como la ley de 1996, que recortó la ayuda social a los más pobres (3). En cuanto a Barack Obama, a pesar de que prometió el cambio cuando se enfrentó a ella durante las primarias del partido, en 2008, su política en la Casa Blanca alteró muy poco el programa del ex DLC –si exceptuamos la reforma, inacabada, del seguro médico–. Su voluntad permanente de compromiso con el sector empresarial ha decepcionado a una parte de la base demócrata.

Algunos movimientos de izquierda intentaron subvertir la línea presidencial estos últimos años, sobre todo después de la crisis de 2008. El surgimiento de Occupy Wall Street, la huelga de docentes de Chicago, la movilización de los trabajadores de comida rápida, las protestas callejeras contra la violencia policial, los debates públicos sobre la desigualdad de ingresos, son todas erupciones sociales (no tan mencionadas por los medios de comunicación como las pedanterías del Tea Party o los delirios de Donald Trump) que sugieren que la izquierda estadounidense, a la que se imagina agonizante, podría estar en vías de resurgir.

El propio Sanders describió su candidatura como una tentativa de consolidar y de organizar esta izquierda dispersa que se esfuerza en hacerse oír: “Si me presento, es para contribuir a formar una coalición que pueda ganar, que pueda transformar la política” (4). Nadie puede predecir los efectos a largo plazo de su campaña; pero seis meses después de su entrada en la arena, parece haber tocado una cuerda sensible en el país. Algunos de sus convocatorias atraen a varias decenas de miles de personas. A una distancia de una decena de puntos en Iowa, está a la cabeza en New Hampshire, donde debe desarrollarse la segunda primaria demócrata. Más sorprendente aun es que el candidato socialista haya logrado reunir tantos fondos –una condición sine qua non para sobrevivir en la vida política estadounidense; ya recaudó 41,5 millones de dólares entre 681.000 donantes–. Su progresión impulsó a Clinton a modificar algunas de sus posiciones: en octubre, por ejemplo, anunció su oposición al proyecto del gran mercado transatlántico, que antes apoyaba.

Influir en el debate público

Los obstáculos que se le presentan a Sanders son, de todos modos, considerables, por no decir infranqueables. En la mayoría de los Estados tradicionalmente favorables a los demócratas, los electores consideran que sus chances de ganar son menores que las de Clinton –aun cuando las encuestas lo dan ganador frente a un candidato republicano–. Además, no puede contar con el apoyo de ninguno de los “super delegados”, ese grupo de notables y representantes o antiguos representantes que significan, por sí solos, un quinto de los delegados de una convención demócrata. Aun las figuras más progresistas del partido, como Elizabeth Warren, Jesse Jackson o Bill de Blasio, se abstuvieron de apoyarlo públicamente.

Para complicar más el panorama –y ofrecer un indicio del estado actual del movimiento sindical en Estados Unidos–, las organizaciones de trabajadores tampoco se pelean por apoyar a Sanders. En noviembre, el poderoso Sindicato Internacional de Empleados de Servicio (SEIU), que representa a dos millones de asalariados, tomó partido por Clinton, a pesar de los vivos debates internos (5). Dos meses antes, la Federación Americana de Docentes (AFT) había hecho lo mismo. Clinton ya puede exhibir el apoyo de 9,5 millones de sindicados, o sea los dos tercios de la cifra total.

Ciertamente, hay excepciones notables: National Nurses United, el principal sindicato de enfermeras y enfermeros con 180.000 adherentes, o el Sindicato Americano de Trabajadores Postales (APWU), que cuenta con 200.000 afiliados, se enrolaron detrás de Sanders. Pero las grandes centrales consideran más prudente apostar a la favorita. Sucede lo mismo con una buena parte de las redes de la sociedad civil –en particular los pastores negros, muy escuchados en sus parroquias–, poco dispuestos a asumir riesgos. Clinton no tiene pues de qué inquietarse demasiado. Además de su gran notoriedad, saca provecho de las resonantes actuaciones de Trump, que incitan a muchos estadounidenses a volcarse sobre la candidata aparentemente más seria y más tranquilizadora. Los Nuevos Demócratas supieron mantener siempre su dominio presentándose como el mal menor…

La campaña de Sanders no apunta ni a transformar el Partido Demócrata desde adentro, como esperaban hacerlo Eugene McCarthy en 1968 o George McGovern en 1972, ni a construir una fuerza de izquierda comparable a la “coalición arco iris” que emergió en los años 1980 en torno a la candidatura de Jesse Jackson. Pero ofrece a millones de excluidos la ocasión de alzar la voz y de exigir algo más que una política de connivencia con Wall Street. Por esa razón, el candidato socialista seduce a los electores con la idea de que un Estado puede salir en ayuda de los desfavorecidos, por poco que se apoye en movimientos sociales capaces de instaurar una relación de fuerzas con el poder del dinero.

Aunque no dejó de crecer durante los últimos meses, la cantidad de militantes comprometidos en la campaña del candidato socialista no supera los pocos miles. Sobre una población de 330 millones de personas, es poco. Pero quizás no haga falta muchos más para infundir ideas de izquierda en el debate público y dar argumentos a los que sienten confusamente que la “clase de los multimillonarios”, como la llama Sanders, no es ajena a sus desgracias.
Dada la naturaleza y la historia del Partido Demócrata, participar en sus primarias es una estrategia seguramente osada. Pero el senador independiente por Vermont no tiene mucho que perder y sí mucho por ganar, comenzando por el nacimiento de un nuevo público interesado en la temida “palabra con S”.

1. Véase Alex Nunns, “Jeremy Corbyn, el hombre a derribar”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, noviembre de 2015.
2. Discurso en la Universidad Georgetown, Washington, DC, 19-11-15.
3. Véase Loïc Wacquant, “Quand le président Clinton ‘réforme’ la pauvreté”, Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1996.
4. “Bernie Sanders is thinking about running for president”, The Nation, Nueva York, 18-3-14.
5. Brian Mahoney y Marianne Levine, “SEIU endorses Clinton”, Político.com, 17-11-15.

Publicado Originalmente en EL DIPLÓ

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