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Lecturas: “La nueva cultura juvenil”

Lecturas: “La nueva cultura juvenil”

Los jóvenes de hoy enfrentan nuevos desafíos que no pueden resolver recurriendo a viejos modelos. En esta transición entre un mundo que se termina –y del cual están desencantados– y otro en plena construcción, se valen de las nuevas tecnologías para vincularse con la experiencia y configurar sus identidades.

Escuela

Una generación en plena transformación

>Por Fernando Peirone*

Se podría decir que los jóvenes actuales participan de un movimiento tectónico transnacional y trans-clasista cuyos efectos y alcances aún no podemos prever ni evaluar. El modo errático con que se los refiere, con denominaciones tales como “jóvenes y”, “generación multitasking”, “nativos digitales”, “generación Einstein”, “generación multimedia”, “i-generation”, “bárbaros”, “generación post-alfa”, “generación app”, etc., refleja lo inquietante y enmarañado que se han vuelto estos jóvenes para la cultura dominante. Cada uno de estos heterónimos intenta describir y comprender un proceso colectivo de desclasificación de lo sociológicamente identificable que altera desde la lógica familiar, hasta los procesos cognitivos, pasando por la vida institucional, la producción cultural y los dominios del mercado. En cada territorio, en cada sector social, esta alteridad se manifiesta con un registro diferente y vinculado a su coyuntura, pero siempre potente, esquivo, interconectado y resignificando categorías. A propósito de esta irrupción, y asumiendo la responsabilidad de generar una instancia de comunicación y entendimiento, voy con las tecnologías interactivas, refleja las destrezas para plantearse y alcanzar metas personales, pero también revela la capacidad social de reaccionar ante la percepción de injusticias y desajustes entre aspiraciones y logros (2). En la misma línea argumental, Fernando Calderón y Alicia Szmukler realizan un aporte que nos ayuda a dimensionar a esta generación tecnosocial. Dicen que ya “es posible pensar en un nuevo tipo de politicidad, entendida como la búsqueda de un nuevo sentido de la vida y de la política” (3), y que esta emergencia se debe en buena medida al uso socialmente incluyente que los jóvenes hacen de las TIC, generando: 1) una expansión inédita de los medios horizontales, 2) un incremento cualitativo de la auto-comunicación de masas y 3) una “modificación en los patrones de conocimiento y aprendizaje”. Antes de seguir, es bueno aclarar que si bien los jóvenes son quienes más se ajustan a este carácter social, la edad no es un indicador de hierro ya que su alcance se difumina en un espectro etario amplio. Asimismo, hay que decir que entre los jóvenes también “se observan tendencias hacia la inacción, la contracción o incluso hacia la anti-agencia”. En otras palabras, no hablamos de un fenómeno homogéneo sino de una transición que aún no comprendemos acabadamente, ni ha terminado de manifestarse. Mundos desencontrados Entre los jóvenes actuales se observa una clara conciencia de la brecha experiencial que se abre entre su modo de habitar el mundo y la cultura hegemó- nica. Lo que resulta novedoso respecto de otras postas generacionales es el modo en que asumen esta situación. Hernán Casciari, sin ser joven pero a la vez siéndolo, lo expresa de manera contundente y desembozada: “No hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer” (4). Esta desafectación de lo real-hegemónico es un rasgo que caracteriza a buena parte de la generación tecnosocial. ¿Es posible deducir las formas y consecuencias de esa operatoria? Lo intentaré a partir de algunos apuntes de investigación. En “la lógica de los campos”, Pierre Bourdieu contempla al recién llegado que “trata de romper los cerrojos del derecho de entrada”, y al dominante que, instalado en el poder, “trata de defender su monopolio y de excluir a la competencia” (5). Considera, incluso, a quien intenta subvertirlo. Lo llama “hereje” y es quien plantea una ruptura crítica, en general ligada a las crisis. Pero aún en esta situación “la lucha presupone un acuerdo entre los antagonistas sobre aquello por lo cual merece la pena luchar”. De tal modo que quienes participan en la lucha, aun desde un contracampo, contribuyen a reproducir el juego pues acuerdan sobre el valor de lo que se disputa. ¿Pero qué sucede si quienes teniendo edad para ingresar en el juego, con plena conciencia de lo que se disputa, deciden no participar? ¿Cómo se metaboliza una desafectación del campo social, entendiéndolo como la yuxtaposición de campos heterogé- neos? No hablamos, claro está, de aquellos que quedan afuera del campo por la exclusión o porque en la estructuración del capital valorado no tienen nada para aportar (6). Hablamos de quiea compartir un remixado de apropiaciones y reflexiones sobre el devenir de la cultura juvenil. El impacto de las tecnologías El concepto “generación” nunca alcanzó a reflejar cabalmente formas de conciencia o procesos de identificación. Sin embargo, últimamente, esta idea ha sido revisitada. El norteamericano Howard Gardner y el italiano Franco Berardi, entre otros, vinculan la idea de generación a la tecnología, como el factor que establece un instrumental común, un tipo de sociabilidad y una duración. Antes, dice Berardi, podían pasar “dé- cadas o quizá siglos para que las personas se habituasen a usar una técnica que pudiera modificar las formas de pensamiento y las modalidades de acercamiento a la realidad” (1). Pero con el paso de la cultura alfabética a la cultura digital, la tecnología se convirtió en el común denominador de experiencias vitales, identitarias y transversales. Estas nuevas consideraciones hicieron que se comenzara a hablar de una generación tecnosocial enriquecida al compás de la proliferación de los dispositivos mó- viles, las aplicaciones y las redes sociales. Es el caso, sin ir más lejos, de Michel Serres. En su libro Pulgarcita, cuyo tí- tulo refiere a la generación que convirtió a sus pulgares y a los “mensajitos” de texto en una herramienta comunicativa, nos presenta un subtítulo sugestivo: “el mundo cambió tanto que los jóvenes deben reinventar todo”. A poco de empezar, el famoso epistemólogo francés nos revela que “las ciencias cognitivas muestran que el uso de la Red, la lectura o la escritura de mensajes con los pulgares, la consulta de Wikipedia o Facebook, no estimulan las mismas neuronas ni las mismas zonas corticales que el uso del libro, de la tiza o del cuaderno”. Es decir, no sólo se trata de una generación que, como sostiene Manuel Castells, está produciendo “cambios socioculturales de gran calado”, sino que además está experimentando un proceso cognitivo diferenciado y novedoso. El Informe 2009-2010 del PNUD sobre Desarrollo Humano para Mercosur, dice que los jóvenes de la región suramericana presentan una alta capacidad para actuar y provocar cambios en función de valores, aspiraciones y objetivos propios, siendo las mujeres las que más han desarrollado esa potencia social. Esta “capacidad de agencia”, que presenta una importante vinculación con las tecnologías interactivas, refleja las destrezas para plantearse y alcanzar metas personales, pero también revela la capacidad social de reaccionar ante la percepción de injusticias y desajustes entre aspiraciones y logros (2). En la misma línea argumental, Fernando Calderón y Alicia Szmukler realizan un aporte que nos ayuda a dimensionar a esta generación tecnosocial. Dicen que ya “es posible pensar en un nuevo tipo de politicidad, entendida como la búsqueda de un nuevo sentido de la vida y de la política” (3), y que esta emergencia se debe en buena medida al uso socialmente incluyente que los jóvenes hacen de las TIC, generando: 1) una expansión inédita de los medios horizontales, 2) un incremento cualitativo de la auto-comunicación de masas y 3) una “modificación en los patrones de conocimiento y aprendizaje”. Antes de seguir, es bueno aclarar que si bien los jóvenes son quienes más se ajustan a este carácter social, la edad no es un indicador de hierro ya que su alcance se difumina en un espectro etario amplio. Asimismo, hay que decir que entre los jóvenes también “se observan tendencias hacia la inacción, la contracción o incluso hacia la anti-agencia”. En otras palabras, no hablamos de un fenómeno homogéneo sino de una transición que aún no comprendemos acabadamente, ni ha terminado de manifestarse. Mundos desencontrados Entre los jóvenes actuales se observa una clara conciencia de la brecha experiencial que se abre entre su modo de habitar el mundo y la cultura hegemó- nica. Lo que resulta novedoso respecto de otras postas generacionales es el modo en que asumen esta situación. Hernán Casciari, sin ser joven pero a la vez siéndolo, lo expresa de manera contundente y desembozada: “No hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer” (4). Esta desafectación de lo real-hegemónico es un rasgo que caracteriza a buena parte de la generación tecnosocial. ¿Es posible deducir las formas y consecuencias de esa operatoria? Lo intentaré a partir de algunos apuntes de investigación. En “la lógica de los campos”, Pierre Bourdieu contempla al recién llegado que “trata de romper los cerrojos del derecho de entrada”, y al dominante que, instalado en el poder, “trata de defender su monopolio y de excluir a la competencia” (5). Considera, incluso, a quien intenta subvertirlo. Lo llama “hereje” y es quien plantea una ruptura crítica, en general ligada a las crisis. Pero aún en esta situación “la lucha presupone un acuerdo entre los antagonistas sobre aquello por lo cual merece la pena luchar”. De tal modo que quienes participan en la lucha, aun desde un contracampo, contribuyen a reproducir el juego pues acuerdan sobre el valor de lo que se disputa. ¿Pero qué sucede si quienes teniendo edad para ingresar en el juego, con plena conciencia de lo que se disputa, deciden no participar? ¿Cómo se metaboliza una desafectación del campo social, entendiéndolo como la yuxtaposición de campos heterogé- neos? No hablamos, claro está, de aquellos que quedan afuera del campo por la exclusión o porque en la estructuración del capital valorado no tienen nada para aportar (6). Hablamos de quienes reconocen la lógica de los campos porque crecieron bajo su gravitación y vigencia, pero no se sienten atraídos por el valor de lo que está en juego. ¿Por qué? Porque se saben damnificados directos, como en muchos casos lo fueron sus padres, que postergaron sueños y ofrendaron años de sus vidas sin recompensas personales ni la conquista de un futuro promisorio para legarles. Pero también –y este es el argumento más abarcador y potente– porque no advierten una utilidad práctica ni espiritual en lo que ofrecen los campos. Este escenario, con evidentes connotaciones políticas, no es un producto unilateral. Así como los jóvenes no le encuentran sentido a participar del diagrama de poder que estructura el espacio social, del mismo modo la configuración de los campos no concibe una representación por fuera de la estructuralidad en la que se inscribe. Son dos có- digos culturales. Uno hegemónico y respaldado por una larga tradición, pero tan incapaz de reconocer cualquier valor que no lo reafirme como de concebir la posibilidad de un capital cultural más allá de sus efectos. El otro, incipiente y asumiendo su debilidad, pero consciente de lo infructuoso que le resultan los intentos de entendimiento. Entonces: ¡ya fue! No vale la pena invertir energías en algo que no es viable, como tampoco tiene sentido disputar algo que no es una moneda de cambio válida en su realidad cotidiana. Lógica pragmática La desafectación tiene una relación directa con lo que expresan las investigaciones empíricas sobre los jóvenes actuales. Tienen escasa paciencia y viven dilemas nuevos que no pueden resolver basándose en modelos vivos anteriores. La combinación de estas dos variables hace que sus evaluaciones sean proseguidas por un decisionismo raudo. Los resultados de esta práctica no necesariamente son los mejores, pero sus yerros no son vividos como frustración: lo heurístico, adoptado del aprendizaje interactivo, ya forma parte de su modo de relacionarse con el mundo. Cuando algo demuestra cierto agotamiento o se vuelve disfuncional, dicen “ya fue”, y comienzan a evaluar la posibilidad de cambiarlo. No lo hacen como un tránsito hacia lo ideal. Sus cambios son pragmá- ticos, motivados por la necesidad de resolver inconvenientes y de producir significados nuevos. Entonces, cuando ya no hay “upgrades”, pasan a la versión 2.0  porque crecieron bajo su gravitación y vigencia, pero no se sienten atraídos por el valor de lo que está en juego. ¿Por qué? Porque se saben damnificados directos, como en muchos casos lo fueron sus padres, que postergaron sueños y ofrendaron años de sus vidas sin recompensas personales ni la conquista de un futuro promisorio para legarles. Pero también –y este es el argumento más abarcador y potente– porque no advierten una utilidad práctica ni espiritual en lo que ofrecen los campos. Este escenario, con evidentes connotaciones políticas, no es un producto unilateral. Así como los jóvenes no le encuentran sentido a participar del diagrama de poder que estructura el espacio social, del mismo modo la configuración de los campos no concibe una representación por fuera de la estructuralidad en la que se inscribe. Son dos có- digos culturales. Uno hegemónico y respaldado por una larga tradición, pero tan incapaz de reconocer cualquier valor que no lo reafirme como de concebir la posibilidad de un capital cultural más allá de sus efectos. El otro, incipiente y asumiendo su debilidad, pero consciente de lo infructuoso que le resultan los intentos de entendimiento. Entonces: ¡ya fue! No vale la pena invertir energías en algo que no es viable, como tampoco tiene sentido disputar algo que no es una moneda de cambio válida en su realidad cotidiana. Lógica pragmática La desafectación tiene una relación directa con lo que expresan las investigaciones empíricas sobre los jóvenes actuales. Tienen escasa paciencia y viven dilemas nuevos que no pueden resolver basándose en modelos vivos anteriores. La combinación de estas dos variables hace que sus evaluaciones sean proseguidas por un decisionismo raudo. Los resultados de esta práctica no necesariamente son los mejores, pero sus yerros no son vividos como frustración: lo heurístico, adoptado del aprendizaje interactivo, ya forma parte de su modo de relacionarse con el mundo. Cuando algo demuestra cierto agotamiento o se vuelve disfuncional, dicen “ya fue”, y comienzan a evaluar la posibilidad de cambiarlo. No lo hacen como un tránsito hacia lo ideal. Sus cambios son pragmá- ticos, motivados por la necesidad de resolver inconvenientes y de producir significados nuevos. Entonces, cuando ya no hay “upgrades”, pasan a la versión 2.0 sin añoranza, sin conflictos morales, sin solución de continuidad. Tal y como se criaron en un ambiente mediado por tecnologías configuradas con esa dinámica. En este sentido, y como se desprende de su propio lenguaje, lo real-hegemónico podría ser homologable a un sistema operativo. Por eso, ante un sistema que se mantiene vigente más por el apego a lo conocido y los favores prebendados que por su efectividad frente a las necesidades comunes, no es extra- ño que el reflejo de los jóvenes actuales sea primero la desafectación y después –simbólicamente– vociferar que “acá hace falta un nuevo sistema operativo”. Ante las evidencias de instituciones que “atrasan” y se vuelven disfuncionales, los jóvenes sencillamente resignifican lo político-social en el marco conceptual de la tecnología que define a su generación. Para ellos los recursos tecnológicos exceden lo meramente instrumental. La tecnología es una mediación conceptual con el mundo. Es un elemento constitutivo de su subjetividad que les permite abordar situaciones que no pueden dominar individualmente y que requieren de una capacidad cognitiva colectiva que sólo alcanzan con las tecnologías interactivas. Por eso cuando piensan en “sistema operativo”, piensan en una interfaz variable que permite gestionar recursos y aplicaciones de la más diversa índole. Porque esa es la ló- gica de su entorno, con renovaciones y cambios de patrones permanentes. Porque forma parte de las habilidades cognitivas y las destrezas sociales que desarrollaron para enfrentar “los desajustes entre aspiraciones y logros”. Estas prácticas sociales participan de un ethos epocal en el que la disposición al cambio es una herramienta de supervivencia. Lo podemos ver en los procesos de subjetivación con la incorporación de identidades múltiples y dinámicas, en la forma de organizar los proyectos laborales, en la impronta rizomática de la lógica relacional, pero también en la producción y circulación de saberes que devienen de prácticas inaugurales. Un pensamiento plural Los jóvenes actuales tienen su propio capital simbólico, y a pesar de la extraterritorialidad en la que se desarrolla, presenta una utilidad fundamental para la interacción con el orden cultural en el que ellos gestionan su identidad, proyectan sus sueños y encuentran sus interlocutores. Se trata de un “pensamiento plural” que está resignificando la idea de trabajo, futuro, familia, amistad, aprendizaje, dinero, sexualidad, intimidad, política, conocimiento, etc. ¿Cómo lo hacen? Asociando esos significantes maltrechos a otras prácticas y otros contextos. Entendiendo que participan de una serie de experiencias colectivas comunes que se desplazan de la intimidad a la extimidad, del tiempo secuenciado a un presente extenso y simultáneo, de los gentilicios condicionantes al ejercicio de una ciudadanía ubicua, de las identidades reificadas a las identidades móviles, de lo grave a lo liviano, de lo serio a lo divertido; adoptando una racionalidad de lo visible (imago) que no se subordina a lo decible (logos), pero que porta una gran potencia comunicativa y deliberativa que abre instancias de inter-comprensión anómalas, por fuera de la sujeción gramatical dominante. En este complejo juego de desafectación, desplazamientos y resignificación se encuentra la producción del saber juvenil. Apartamiento de la univocidad del logos. Adopción de una multiplicidad rizomática, en donde las referencias culturales previas se remixan con audacia y diversión. Resignificación colaborativa del sentido que ya no es homogéneo ni refiere a un centro de legitimación, sino que se construye en el “entre” de trayectorias nómades, invertibles, y heurísticas. Por todo lo dicho, estaríamos ante un acontecimiento múltiple, que no sólo altera la relación causa-efecto, aturde la composición disciplinar y hace caducar a las instituciones a un ritmo vertiginoso; también afecta la capacidad que tenía la sociedad para actuar sobre sí misma y (re)producirse. En términos de Bourdieu, podríamos decir que asistimos a una “revolución simbólica” que subvierte las estructuras cognitivas y cambia el orden representativo inoculando su virus en “la percepción y apreciación del universo social” (7). En palabras de los propios protagonistas de este cambio, se está “reseteando” el modo de producir sociedad en la medida en que se está generando “un modo de conocimiento, un tipo de acumulación y una imagen de la creatividad: un modelo cultural” (8). Esta es la dinámica del entorno de aprendizaje donde los adolescentes producen y recogen más de la mitad de los conocimientos significativos –que antes confería la escuela–, como un ejercicio indispensable para (inter)actuar en su sociedad. Es, a su vez, el contexto que los ha conminado a explorar un nuevo estatuto epistemológico, que a esta altura posee un nivel de desarrollo procedimental y didáctico nada despreciable. Todavía no ha sido desagregado ni debidamente explorado, pero resulta fundamental para reconocer sus procesos cognitivos e integrarlos a modelos escolares más acordes a los desafíos del siglo XXI, donde ellos desarrollarán sus propias variaciones de los campos, y donde sus prácticas estructurarán los modos de relacionarse con el nuevo capital valorado.

1. Franco Berardi, Generación Post Alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, Buenos Aires, Tinta Limón Ediciones, 2007, p. 76. 2. PNUD, Innovar para incluir: jóvenes y desarrollo humano. Informe sobre Desarrollo Humano para Mercosur 2009-2010, Buenos Aires, Libros del zorzal, 2009, p. 34. 3. Fernando Calderón y Alicia Szmukler, “Los jóvenes en Chile, México y Brasil. ‘Disculpe las molestias, estamos cambiando el país’”, Revista Vanguardia, Dossier Nº 50, Barcelona, enero-marzo 2014, p. 90. 4. Disponible en línea: http://editorialorsai. com/blog/post/para_ti_lucia 5. Pierre Bourdieu, “Algunas propiedades de los campos”, Sociología y cultura, México, Conaculta-Grijalbo, 1990, p. 136. 6. Este sería el caso de lo que Gayatri Spivak, inspirada en Gramsci, llama el “subalterno”, para referir a aquellos sujetos que no tienen posibilidad de expresarse ni de ser escuchados. 7. Pierre Bourdieu, El efecto Manet. ¿Qué es una revolución simbólica?, disponible en http://ssociologos.com 8. Alain Touraine, Producción de la sociedad, México, UNAM-IFAL, 1995, p. 38.

*Director del Programa de Saber Juvenil Aplicado de la Universidad Nacional de San Martín. Autor de Mundo extenso. Ensayo sobre la mutación política global, Fondo de Cultura Económica, 2012. Publicado por © Le Monde diplomatique, edición Cono Sur y UNIPE:  Universidad Pedagógica.

 

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