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La ceguera intelectual de la izquierda

La ceguera intelectual de la izquierda

Todos buscan ahora explicaciones al fenómeno Trump. Y las encuentran pronto. Lo que en la madrugada del 9 de noviembre se disparó desde Estados Unidos al mundo como un balde de agua fría y pareció una sorpresa tenía un fundamento -o varios-, pero sin embargo no aparecían con frecuencia en los análisis previos y la idea de “elegir al monstruo” no pasaba por las cabezas de los biempensantes, siempre tan dispuestos a creer que lo “malo” (el neoliberalismo o la globalización como etapa ultracodiciosa del capitalismo, en este caso) sólo se combate desde lo “bueno” (la izquierda progresista en alguna de sus variantes). Hay tres opciones para que lo que ahora se ve con tanta claridad (el enojo y el dolor de los caídos del sistema, el desprecio hacia las elites políticas, el resentimiento de los sumergidos sin educación) haya pasado inadvertido durante la campaña hasta el punto de imaginar un eventual triunfo de Trump como un accidente en la historia: la ignorancia, la mala fe o la ceguera. Hablemos de la ceguera.

izquierda
>Por Hinde Pomeraniec

En 1998, el filósofo estadounidense Richard Rorty publicó Forjar nuestro país: el pensamiento de izquierdas en los EE.UU. del siglo XX, un pequeño libro que despertó polémica porque se atrevía a pelearle a la ideología de lo políticamente correcto dominante por entonces. Lo que Rorty sostenía era que la izquierda en su país había elegido convertirse en espectadora de los hechos y refugiarse en la academia en lugar de seguir ligada a los movimientos sociales y a los sindicatos como hasta la guerra de Vietnam, y que había optado por proclamar las teorías de Derrida y a Foucault en vez de concentrarse en seguir peleando por lo que estaba ocurriendo en el terreno social y económico (una brecha entre ricos y pobres cada vez mayor, una falta de oportunidades rampante), algo que él advertía que podía traer consecuencias nefastas en el futuro. Esto escribía Rorty: “(…) Miembros de sindicatos y trabajadores no calificados y no organizados se darán cuenta tarde o temprano de que su gobierno ni siquiera intenta evitar el hundimiento de los salarios o la exportación de los puestos de trabajo. Más o menos al mismo tiempo comprenderán que los oficinistas suburbanos no van a permitir que les impongan impuestos para dar beneficios sociales a otros. Llegado este punto, algo va a romperse. El electorado no suburbano decidirá que el sistema ha fracasado y comenzará a buscar un hombre fuerte a quien votar -alguien dispuesto a asegurarles que, una vez elegido, ya no serán los burócratas engreídos, los abogados tramposos, los vendedores de bonos de salarios excesivos y los profesores posmodernos quienes tomen las decisiones. (…) Lo que es muy probable es que las conquistas obtenidas en el pasado por parte de los norteamericanos negros y castaños, así como por los homosexuales, serán liquidadas. El desprecio jocoso hacia las mujeres volverá a ponerse de moda. Las palabras nigger (insulto contra los negros) y kike (insulto contra los judíos) volverán a escucharse en el trabajo. Todo el sadismo que la izquierda académica ha intentado volver inaceptable para sus estudiantes retornará en cascada. Todo el resentimiento que los norteamericanos pobremente educados sienten hacia los graduados universitarios que les dicen cómo comportarse encontrará una válvula de escape”.

Si cambiáramos la frase en la que Rorty habla del insulto hacia los judíos por el insulto hacia los musulmanes y los latinos, podríamos obtener una suerte de crónica de nuestros días pero escrita hace veinte años. Mientras los olvidados por la globalización económica elegían creerle (y votar) a un personaje de la TV que les prometió devolverles el sueño americano, la izquierda cultural ombliguista que describía Rorty se obstinaba en ver a Hillary ingresando el próximo 20 de enero en la Casa Blanca. Claramente estaban viendo otro canal.

 

Publicado originalmente en: LA NACIÓN

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