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El bicentenario de una independencia que no pudo ser

El bicentenario de una independencia que no pudo ser

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>Lic. Luciano Martín Espinosa*

Argentina, tierra de historias heroicas y gestas épicas, de la experiencia del autogobierno a la declaración de independencia de 1816, pasando por el despojo completo y la entrega absoluta de hombres como Moreno, Belgrano o San Martin. Ellos forjaron a fuego el imaginario nacional de los pueblos libres del sur, tiñeron además con sus glorias el temple del nativo: sujeto impreciso, que imaginarían rebelde y contestador ante los designios mezquinos y arbitrarios de las coronas del momento. El tiempo siguió avanzando, y de apoco estas declaraciones de grandeza han cedido espacio al ahora: Un país que detenta innumerables promesas inconclusas con sus ciudadanos y, por sobre todas las cosas, con sus padres libertadores.

Bien informado se encuentra aquel, que pueda presuponer que la Argentina, a lo largo de su historia, se ha caracterizado por bruscos virajes de timón, que le imposibilitaron un experiencia de suyo acumulativa. Pareciera difícil incluso encontrar un elemento que se haya mantenido invariable en estos doscientos años, a menos claro si hablamos de dependencia.

El acta de independencia de 1816 firmado en la ciudad de San Miguel de Tucumán, es un documento de exquisita trascendencia y probado valor; su riqueza radica en declarar la emancipación de las provincias del sur de una corona cuya fuerza militar se encontraba a escasos kilómetros de distancia del congreso. Aquí no había nada relegado a la imaginación: desde lejos el viento traía consigo el pestilente olor a pólvora y al caer el sol, las sombras en los valles jugaban malas pasadas a paisanos desatentos. El rey Fernando VII ya había vuelto al trono de España, luego de languidecer las campañas napoleónicas, parecía cierta la reinstauración monárquica que pretendían las coronas más poderosas del mundo, amén de que la independencia de los Estados Unidos (1776) había contado incluso con el reconocimiento del Reino Unido[1] (1783), pareciera ser más bien un tiempo particularmente complejo para nuevas experiencias libertarias y aún la reconquista de Nueva Granada (1814) se mantenía viva entre los temores de los independentistas.

Dado el tiempo, los argentinos hemos sabido suplir la dependencia ante la corona española por otras potencias imperiales, si bien el modo puede haberse pulido, las formas prevalecen. Es realmente necesario aclarar que no es un fenómeno enteramente nuestro, en la medida que la amplia mayoría de los países de sur han experimentado circunstancias semejantes. Así los días nos trajeron nuevas metrópolis, que no precisaban de una sumisión política absoluta, se contentaban con unas desproporcionadas ventajas comerciales, y la vana admiración de funcionarios serviles y domésticos.

Es así como la Argentina entra al mercado mundial de la mano de una división internacional del trabajo que la alentaba a la producción de bienes primarios, carentes por completo de valor agregado. La sumisión estaba totalmente asegurada a la potencia de la época: El Reino Unido, período retratado a fuego por el reinado de Victoria[2]. Como se sabe, la dominación no era formal, sino implícita, se labra un nuevo pacto colonial[3] que recuerda la coincidencia de intereses de las clases terratenientes locales, con Londres: mediante la misma la burguesía inglesa, colocaba sus bienes manufacturados que merced a la revolución industrial, se contaban de a millones en el mundo. Por tanto la dominación en este período no requería más de yugos medievales, se contentaba con las ventajas industriales para imponer una política económica al gobierno de Buenos Aires.

La segunda revolución industrial de finales del siglo XIX traerá  consigo importantes cambios en la esfera internacional, y como no podía ser de otra manera (?) un cambio de metrópolis para las administraciones latinoamericanas. El derrumbe del Reino Unido como potencia hegemónica, coincidió con el despegue imparable de tres economías que estaban decididas a cambiar su posición en el globo: Estados Unidos (luego de la Guerra de Secesión 1861-1865), El Imperio Alemán (luego del proceso de unificación que culminaría el 18 de enero de 1871) y el Imperio Japonés (luego de la Restauración Meiji de 1868). Por una política activa de Washington y la innumerable ventaja de la contigüidad territorial, los pueblos latinoamericanos conocerías la intervención degenerada y desproporcional en sus asuntos internos de la administración estadounidense, si aislamos por un momento la experiencia cubana, Centroamérica se mantuvo totalmente dependiente de Estados Unidos, no por nada este lo apodaba su “patio trasero”.

El imperialismo estadounidense en la región, llegaría casi sin sobresaltos hasta la actualidad manteniendo algunas de sus formas: golpes blandos, desembarcos militares, instauración de dictaduras, financiamiento de tiranos en gobiernos fraudulentos, bloqueos, etcétera, etcétera, etcétera.

La tercera revolución industrial que se suele identificar con la crisis del petróleo (1974) y la pronta incorporación de tecnologías de informática y comunicación (TICs) al interior de los sistemas productivos, supondría el marco donde se plantea un nuevo sistema mundo, caracterizado más bien por la multipolaridad o pluripolaridad de actores. Un mapa un tanto más flexible y líquido que supone más, una serie de desafíos, que de soluciones. Sin bien se supone estar ante un margen de acción más amplio difícilmente el sistema internacional podría tolerar una revolución iraní en México, un ingreso a la OTAN de Georgia, Ucrania o Taiwán, entre muchos otros.

La pregunta es ¿está lista la Argentina para ser artífice de su propio destino? Como sociedad, ¿alcanzamos la suficiente madurez política para generar instituciones que trasciendan las personalidades y apellidos? Y como país ¿estaremos listos para declarar nuestra independencia?

 

*Sobre el autor: Nacido en General Pico, La Pampa. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Nacional de Río Cuarto, realiza una maestría en la Universidad Federal do Tocantins, becado por la Organización de Estados Americanos, actualmente reside en Palmas (Brasil).

NOTAS:

[1] Tratado de París de 1783: La presente supone nada menos que el fin de la guerra de independencia de los Estados Unidos y su reconocimiento formal ante Londres. Fue firmada por el parlamentario David Hartley en representación del rey Carlos III del Reino Unido  y los revolucionarios contaron con la representación de John AdamsBenjamin Franklin y John Jay.

[2] Fue además uno de los períodos más brillantes del imperialismo británico, coincidente con la “etapa victoriana” en alusión a su bien amada monarca.

[3] Tulio Halperin Dongui. Historia contemporánea de América Latina. 1970

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