El voto electrónico garantiza la celeridad pero no la transparencia

El presidente de la Cámara Nacional Electoral, Alberto Dalla Vía, cuestionó el proyecto impulsado por la gestión de Mauricio Macri y advirtió que la iniciativa no permite a los jueces “ejercer suficientes controles” de los comicios.

Reforma ElectoralDesde el gobierno actual impulsan la implementación de nuevas tecnologías para los escrutinios como el “voto electrónico”. En este marco el representante de la Cámara Nacional Electoral advirtió sobre las consecuencias de tal medida y sostuvo: “Ese proyecto establece que nosotros tendremos la facultad de controlar el hardware, es decir, las máquinas que comprará el Poder Ejecutivo; el software que usarán las máquinas y que comprará el Gobierno; el escrutinio de los votos, y la trazabilidad de la distribución de las urnas. Sin embargo, no sólo nosotros no diseñamos ese sistema -a diferencia de Brasil, donde la justicia desarrolla el software y las máquinas, para evitar trampas-, sino que no nos dan los recursos necesarios para hacerlo”.

En declaraciones a un matutino porteño Dalla Vía advirtió que así los jueces estarían “trabajando a ciegas” y agregó: “Nosotros, los jueces, no podemos privatizar la soberanía popular y rendirnos frente a una urna electrónica”.

Por otro lado consideró “positiva” la intención del Gobierno de modificar el proyecto que se trata en la Cámara de Diputados para que la Cámara Nacional Electoral pase a estar a cargo del escrutinio provisorio, pero evaluó que eso “no alcanza”. “Sí, esa modificación es positiva, pero no alcanza. Tenemos que poder auditar todos los pasos de la elección, para seguridad de la población. La Argentina tiene una tradición de control judicial y no debemos desaprovechar esa experiencia”, remarcó.

Según evaluó, para cubrir todo el país se necesitarían, de acuerdo al proyecto oficial, “unas 100.000” urnas electrónicas, es decir “tantas como mesas hay en el país”. “Nosotros, para poder auditar todo el sistema, necesitamos que la futura ley nos asigne un presupuesto propio y que esas partidas estén garantizadas en el presupuesto nacional y no dependa de la voluntad del titular de Hacienda”, explicó y agregó: “Necesitamos contratar ingenieros y personal que audite las urnas, y un técnico y un fiscal por cada establecimiento de votación, para seguir la distribución de las urnas y solucionar cualquier problema que surja”.

Por su parte el magistrado indicó que el Renaper toma fotos y huellas y pasa esa información para que se hagan los padrones. “Nosotros debemos confiar en su veracidad, porque no tenemos forma de chequearla ¿Ahora nos va a pasar lo mismo con la urna electrónica?”, cuestionó.

Además, advirtió que “en la mayor parte del mundo se sigue votando con papel”, si bien señaló que la Cámara “siempre sostuvo que hay que dejar de lado la lista sábana y pasar a una boleta única, de papel o electrónica”. “El problema no está en el sistema, sino en asignarle a esa BUE un efecto mágico, ilusorio y de transparencia, que no lo tiene. El escrutinio será más rápido, pero no más transparente”, subrayó.

“El proyecto tampoco encara una verdadera reforma política, porque no modifica la ley de partidos políticos, que deberían ser fortalecidos”, concluyó.

Publicado originalmente en NUEVA CIUDAD

Pequeños grandes cambios

Reforma 2>Por Juan Rodil*

De una lectura profunda sobre los fundamentos del proyecto de reforma electoral enviado por el Poder Ejecutivo a la Cámara de Diputados, se desprende la pregunta: ¿cuál es la mejor forma de garantizar al ciudadano tanto su derecho a elegir como a ser elegido?
De una lectura profunda sobre los fundamentos del proyecto de reforma electoral enviado por el Poder Ejecutivo a la Cámara de Diputados, se desprende la pregunta: ¿cuál es la mejor forma de garantizar al ciudadano tanto su derecho a elegir como a ser elegido?

El Gobierno se responde esta pregunta creando el sistema de voto electrónico al que denomina Sistema de Emisión de Sufragio con Boleta Electrónica (Sesbe). El Sesbe supone una forma de votar análoga a la que se utilizó en la provincia de Salta y en la última elección a jefe de Gobierno en la Ciudad de Buenos Aires. Estos métodos de votación utilizan una pantalla para seleccionar la preferencia electoral, que luego es impresa en una boleta de papel junto a un mecanismo de soporte digital (chip, código QR, etc.) para facilitar el recuento de los votos en el escrutinio provisorio que se realiza inmediatamente después de los comicios.

La utilización de boletas impresas de papel cumple la función de garantizar que en el momento de la votación la opción elegida por el ciudadano sea la que efectivamente va a la urna y es contada en escrutinio provisorio. Funcionan como resortes para asegurar confianza ante un cambio de mayor magnitud, dado que con la utilización de este tipo de sistemas, la responsabilidad de garantizar la
presencia de todas las opciones electorales pasa de las agrupaciones políticas (actuales responsables de distribuir y reponer las boletas partidarias) al Estado (garante de la inclusión en la pantalla de toda la oferta electoral disponible).

En los fundamentos del proyecto que el Gobierno envió al Parlamento se afirma que este sistema de voto electrónico evitaría problemas como el robo de boletas, el voto cadena y una serie de prácticas clientelares vinculadas a las boletas partidarias (mal conocidas como boletas sábana). Más adelante, en el mismo texto, puede leerse que en la Argentina se han utilizado distintas soluciones a este tipo de problemas. Una de ellas es el mencionado voto electrónico y otra es la boleta única (BU), aplicada por las provincias de Santa Fe y Córdoba, y uno de los instrumentos de votación más utilizados en el mundo. La BU consiste en una plancha de papel en la que se encuentra plasmada toda la oferta electoral y donde el ciudadano hace una marca para señalar su preferencia. En este tipo de boletas también es el Estado el responsable de garantizar la presencia de todas las opciones en cada mesa de votación.

En el artículo 95 dedicado a cláusulas transitorias, aparece una contradicción fuerte respecto de los problemas que el propio proyecto de reforma electoral pretende subsanar. Allí se propone que si por algún motivo no llegase a implementarse el Sesbe en algún distrito, allí será utilizado el viejo sistema de boletas partidarias, reproduciendo todos los problemas que la propia reforma pretende solucionar. En Argentina Elige nos preguntamos entonces, ¿por qué no regular la utilización de un sistema de boleta única en papel allí donde no pudiese implementarse el sistema de voto electrónico propuesto por el Gobierno? Si a esta pregunta sumamos que en todas las recomendaciones de incorporación de tecnología al voto, se aconseja avanzar en implementaciones de tipo gradual con el fin de ir depurando la aplicación del sistema y sentando las bases de la confianza necesaria a la hora de definir la representación política, la boleta única de papel representa una muy buena solución alternativa que permitiría al Estado garantizar la oferta electoral en aquellos distritos donde no se pueda utilizar el Sesbe.

En la discusión parlamentaria bien podría encararse esta simple modificación que significaría un gran avance en materia de modernización del sistema electoral en Argentina, garantizando al ciudadano a lo largo y a lo ancho del territorio, el derecho a elegir y ser elegido.

*Director de Argentina Elige.

 

Publicado en: DIARIO PERFIL

 

Lecturas: El secreto del voto y la reforma electoral

Smaldone-01

>Por Javier Smaldone

“Si mi peón hubiera tenido la misma acción que yo para resolver los problemas económicos internacionales, o políticos del país, habríamos estado viviendo bajo un régimen absurdo. No ha sido así, gracias a Dios, porque yo he dirigido a mi peón. Pero el voto secreto lo independiza, al privarlo de una influencia saludable y legítima… Y lo malo es que a menudo no tenemos un solo peón sino varios, y que algunos tienen muchos”.

Carlos Rodríguez Larreta, 1912(1)

Así se oponía el estanciero, ex ministro del autonomismo y profesor de Derecho Constitucional de la UBA al punto más importante del proyecto de Sáenz Peña. Y, dados los intereses que defendía, razón no le faltaba.

De esta forma relató las consecuencias de la primera votación en un cuarto oscuro, con voto secreto, el historiador Félix Luna:

Así llega el 7 de abril. Se vota con tranquilidad en todo el país. En la Capital Federal la Unión Nacional compra votos descaradamente. No pocas incidencias ocurren con este motivo. Los comités de la Unión Nacional están atestados de ciudadanos. En uno de ellos don Tomás de Anchorena pregunta uno por uno a los votantes:

—¿Votaste bien, m’hijito…?
—Sí, doctor —era la respuesta obligada.
—Bueno, tomá diez pesos…

En esas condiciones resultó inexplicable para muchos el resultado de la Capital: triunfo radical, minoría socialista… La oligarquía, los círculos oficiales no comprendían que el pueblo porteño, con su escondida picardía, se había dado el gusto de “burlar a los eternos burladores y al mismo tiempo, votar a la novia del corazón: Hipólito Yrigoyen…”, como dice agudamente un escritor antiyrigoyenista. (2)

Tiempo después, en el Congreso, Sáenz Peña resumiría magistralmente en una frase los efectos que causó la instauración del secreto del voto:

“Si hubo votos pagados, no hubo votos vendidos”. (2)

Estancieros modernos

Todos hemos visto numerosos informes periodísticos sobre el accionar de la versión moderna de don Tomás de Anchorena y sus esbirros: flotas de automóviles de alquiler, incluso motos, usados como transporte de votantes, quienes reciben bolsones de alimentos, dinero en efectivo y hasta viviendas a cambio de “votar bien”. El llamado “clientelismo político” sigue estando, un siglo después, a la orden del día.

Pero, ¿por qué funciona? Porque cuando el sistema de votación era novedoso desconcertó a quienes querían cometer fraude, pero con el paso del tiempo estos fueron “tomándole la mano”. Lo mismo ocurre con cualquier sistema: cuando es puesto en funcionamiento, salvo fallas evidentes, todo marcha bien. Pero luego van apareciendo formas de explotar sus vulnerabilidades o de trampearlo. Y al sistema actual de votación se le han encontrado varias.

“Tomá esta boleta. Es la que tenés que poner en el sobre. Tiene una marquita aquí, ¿la ves?”. “Nuestro fiscal va a firmar tu sobre de forma en que podamos saber a quién votaste. Más te vale que cumplas con el trato”. Frases como estas son pronunciadas por los “punteros políticos” —delegados de la versión moderna de aquel estanciero— a los votantes al entregar el dinero en efectivo, el bolsón, o el plan social.

¿Podrá el fiscal identificar la boleta con la supuesta marca entre más de 200 que habrá en la urna? ¿Será cierto que tiene una forma de “firma codificada” para saber a qué votante pertenece cada sobre? Posiblemente no, pero… ¿estará dispuesto quien recibió un pago por su voto a correr el riesgo de traicionar al puntero? ¿O el voto comprado se transformará, ante la duda y el temor, en voto vendido? Dados los ingentes recursos que se destinan a estas maniobras, todo parece indicar que esto último es lo que en efecto sucede. La coerción resulta efectiva.

La garantía del secreto

Para que el secreto del voto ocasione el efecto deseado —nada menos que la libertad de elegir— es el votante quien debe estar seguro de su garantía. Y el sistema debe permitírselo. Si quien es presionado no puede asegurarse por sus propios medios de que nadie puede saber cómo votó, la presión surtirá efecto. En esto, el sistema electoral es como la esposa de Julio César: “además de ser honesta, debe parecerlo”.

La reforma electoral impulsada desde el Gobierno actual —y que cuenta con el apoyo mayoritario de fuerzas políticas y el público en general— introduce un nuevo elemento entre el votante y la expresión de su voluntad: un sistema informático. El procedimiento de emisión del voto parece bastante robusto desde el punto de vista de asegurar que el escrutinio reflejará la selección realizada por el ciudadano frente a la computadora. La máquina permite seleccionar los candidatos en la pantalla, y luego imprime y graba el voto en una boleta con un chip. El votante tiene la posibilidad de leer lo impreso, y hasta de ver lo que está grabado (o lo que la máquina le muestra que está grabado) en el circuito electrónico embutido en el papel. Luego, en el escrutinio, los votos deberán contarse verificando que lo impreso coincida con lo almacenado digitalmente. Ante la discrepancia o la duda deberá prevalecer lo escrito en el papel (en una instancia posterior, ya que el resultado de la mesa se basará no en lo que sus integrantes puedan leer, sino en lo que la computadora pueda contar).

Más allá de las particularidades técnicas de este sistema propuesto (llamado “boleta única electrónica”, del cual existe sólo una implementación en el mundo, perteneciente a una empresa privada), ¿cómo puede el votante estar seguro de que su voto es secreto, cuando debe emitirlo mediante una computadora? La respuesta corta es: no, no puede. Y aquí de nada sirven las auditorías (menuda tarea, si acaso posible, para un sistema de tal complejidad). No se trata de si un grupo de personas con los conocimientos técnicos y los recursos apropiados pueden —dado un tiempo razonable— asegurarse de que el sistema garantiza el secreto. Se trata de que el votante, parado frente a una computadora, puede estar seguro de que la amenaza del puntero —“votá bien, porque tenemos las computadoras tocadas y vamos a saber a quién votaste”— puede tener asidero. Y esto, lamentablemente, no es posible.

¿Cómo puede violarse el secreto mediante una computadora de votación? Las formas son variadas y sorprendentes. Desde la decodificación de emisiones electromagnéticas (técnica conocida como interferencia de Van Eck), hasta la utilización de componentes no previstos ni auditados que permitan almacenar el orden y la composición de cada voto. Y en el caso de usar chips como el de la “boleta única electrónica”, hasta con la posibilidad de leer el contenido de la boleta desde cierta distancia. Ni qué decir de las nuevas formas en que se puede obligar a un votante a demostrar si “votó bien”, algunas tan simples como la utilización de un celular oculto.

Puede argüirse —en un ejercicio de ingenuidad— que estas prácticas son demasiado complejas o rebuscadas. Ante cada posibilidad de vulnerar el secreto puede ofrecerse una solución a modo de paliativo. Pero el hecho es que el ciudadano común (y aun el experto en informática) no podrá, parado frente a una computadora en el momento de elegir a sus representantes, saber a ciencia cierta que nadie lo está espiando a través de ese sistema.

Fácil y rápido, como antes de 1912

Antes de la Ley Sáenz Peña votar era muy fácil. La gente desfilaba ante la mesa, expresaba su voluntad de viva voz y las autoridades de la misma tomaban nota (en 1873 se cambió el voto oral por el escrito, pero seguía siendo público). Los resultados estaban disponibles ni bien finalizaba el comicio, sin demoras. Y nadie podía sospechar que se había cambiado su voto, ya que todo estaba a la vista. Pero llegó el secreto, y cambió de raíz el sistema de votación.

Estamos a 100 años de ese cambio, y celebramos que gracias a él pudimos finalmente tener elecciones libres y justas, aun tolerando ciertas demoras en conocer los resultados. Y también, sabiendo que es posible que algunos votos sean adulterados, pero buscando la forma mejorar el sistema (y la fiscalización) para minimizar esos casos.

Hoy se nos propone votar usando computadoras. Con la promesa de tener resultados provisorios más rápidamente. Y con la esperanza de que sea más difícil adulterar el resultado de la votación (esperanza que muchas veces radica en una forma de pensamiento mágico). A cambio, la posibilidad del votante de cerciorarse de que su voto es secreto, se ve severamente comprometida. ¿Puede alguien que esté bajo presión correr el riesgo de creer en la palabra autorizada de un grupo de auditores que le asegura que todo se hace correctamente? ¿Debe un ciudadano confiar en una élite al realizar el acto vital y primigenio de una democracia republicana? Claramente, no.

Mejorando el sistema

El sistema actual tiene problemas, eso es evidente. Pero en la búsqueda de la solución, no debe debilitarse el pilar del secreto del voto. ¿Hay robo de boletas o boletas falsas en el cuarto oscuro? Usemos boletas únicas —como la mayoría de los países del mundo—, papeles con grillas donde aparezcan todas las opciones, que sean retiradas de la mesa de votación por el votante (lo que también elimina el “voto cadena”). ¿Alguien duda sobre la posibilidad de boletas marcadas? Que la boleta única sea retirada por el ciudadano de una pila colocada al lado del presidente de mesa, eligiendo la que más le plazca. ¿Se adulteran boletas en el escrutinio? Pensemos en métodos para evitarlo (no, ninguno funcionará sin fiscalización, por más que usemos los sistemas electrónicos más rebuscados). ¿El escrutinio provisorio parece una “caja negra” en donde pueden alterarse los resultados? Usemos los medios que proveen la informática y las telecomunicaciones para abrirlo a la ciudadanía, de modo que todos podamos controlar.

En la mejora del sistema de votación, debemos buscar más transparencia. Debemos dar más control al votante sobre su voto, y no menos. Interponer entre el votante y su voluntad un elemento tan opaco (u obscuro) como una computadora, va exactamente en el sentido opuesto: no ofrece transparencia, necesita auditorías; no brinda confianza, la requiere. Y la experiencia mundial así lo evidencia: el uso de computadoras para emitir el voto está en franco retroceso en la inmensa mayoría de los países. Actualmente, sólo en Brasil, Venezuela, India y la mitad de Bélgica se vota usando computadoras. En los EE.UU., pionero mundial del uso de máquinas —inicialmente mecánicas, luego electrónicas— para votar, cada vez son más los estados que se vuelcan al uso de boletas de papel. Israel, en 2010, descartó el uso de un sistema muy similar al de la “boleta única electrónica“. Y en el caso extremo de países como Alemania, Holanda, Irlanda y el Reino Unido, después de probar en mayor o menor grado alternativas de este tipo, las erradicaron completamente.

Es particularmente esclarecedor el fallo de 2009 de la Corte Constitucional de Alemania, que declaró inconstitucional el uso de computadoras para votar (el énfasis es agregado):

1. El principio de la publicidad de la elección del artículo 38 en relación con el art. 20 párrafo 1 y párrafo 2 ordena que todos los pasos esenciales de la elección están sujetos al control público, en la medida en que otros intereses constitucionales no justifiquen una excepción.

2. En la utilización de aparatos electorales electrónicos, el ciudadano debe poder controlar los pasos esenciales del acto electoral y la determinación del resultado de manera fiable y sin conocimientos técnicos especiales. (3)

A esta altura de la historia, es claro que el secreto del voto es esencial. Es vital fortalecerlo, para seguir preservando la máxima de Sáenz Peña, y que un voto comprado no pueda transformarse en un voto vendido, si el votante así lo dispone.

Nota del autor

Si el lector está interesado en las objeciones técnicas específicas al sistema de “boleta única electrónica” Vot.Ar, puede revisar los artículos de su blog sobre el tema.

Referencias

  1. “Constitución y Pueblo”, Arturo Sampay (1974).
  2. “Yrigoyen”, Félix Luna (1954).
  3. Sentencia 2 BVC 3/07 – 2 BVC 4/07, Corte Constitucional Alemana (traducción de Manfredo Koessl).

Publicado originalmente en: https://blog.smaldone.com.ar/2016/03/05/el-secreto-del-voto-y-la-reforma-electoral/

Lecturas: “¿Técnica y Democracia? Las alertas sobre el voto electrónico”

Aunque tomado muchas veces por un mero instrumento técnico que mejorará sustancialmente el recuento de votos y evitaría costos y clientelismos, el voto electrónico requiere de una discusión amplia en varios niveles que discuten su confiabilidad y garantías. Conversamos con el especialista Daniel Penazzi al respecto.

IMG_7010_FrenteAbierta2-785x544> Por Mariano Barsotti

Si tenemos un dolor fuerte en el pecho o algún síntoma gripal, difícilmente recurramos al visitador médico: sabemos que sus conocimientos no son médicos y que su interés no es mejorar nuestra salud. Sin embargo, cuando se trata del voto electrónico, hemos venido aceptando la palabra de quienes pueden beneficiarse sectorialmente de su utilización, se trate de un rédito político o económico. Es decir, políticos o vendedores de sistemas informáticos. Rara vez se toma como válida la palabra de especialistas neutrales, programadores o criptógrafos. Es aún más extraño si consideramos que estamos hablando de la máxima instancia participativa que tiene la comunidad para elegir sus representantes y que ignoramos de forma escandalosa, sobre todo en este caso, cuáles son los intersticios donde la discrecionalidad, por decirlo elegantemente, puede intercalar sus uñas. El llamado voto electrónico, al común de los ciudadanos, nos coloca en la situación de no poder auditar el recorrido que sigue nuestra elección. Al no entender (o no saber) cómo funcionan determinados procesos nos quita la posibilidad de verificar el destino de nuestra decisión. En algunas versiones del voto electrónico la boleta en la urna desaparece, o ya no es la sustancia última del escrutinio. Y lo hace del peor modo posible: erigiéndose como reaseguro de la transparencia. Este acto de ilusionismo político, avalado por la fascinación que provocan las nuevas tecnologías, puede llegar también a sacrificar requerimientos constitucionales del voto.

Daniel Penazzi es Doctor en Matemática, docente de FAMAF y criptógrafo. En el año 2011 logró ubicarse entre los 25 mejores criptógrafos del mundo, desplazando a especialistas de IBM e Intel, en un certamen organizado por la Agencia de Seguridad de EE. UU. Desde la Facultad donde trabaja ha participado en discusiones sobre el voto electrónico, junto a otros matemáticos, programadores e investigadores. Su testimonio pretende ser un primer paso de un acercamiento al tema que Deodoro irá desandando en sucesivas ediciones.

¿Podría describir el procedimiento de voto electrónico que se utilizó en CABA el pasado 5 de julio y cuáles han sido sus puntos cuestionables?

–Fue bastante parecido al sistema usado acá de Boleta Única, con la diferencia que al elector en vez de dársele una boleta de papel se le daba una “boleta electrónica”. A la vista de todos, pero de forma que no se viera cómo elegía, se acercaba a una máquina, introducía la boleta, hacía su elección, la máquina la grababa en la boleta electrónica y además imprimía en el voto. Esto es una gran ventaja sobre sistemas en donde el voto es 100% electrónico. Además, otra buena idea (en principio) era que el elector podía “verificar” el voto, pidiéndole a la máquina que le dijera lo que estaba grabado en la boleta. Pero pedirle a la misma máquina que grabó que verifique lo que grabó no es una gran idea, obviamente. Luego de lo cual el elector introducía la boleta en una urna, pero antes tenía que acercarla a un lector que contabilizaba el voto electrónicamente.

Hubo varios problemas. Uno de ellos fue que la Fundación Vía Libre encontró una falla en el programa que permite un ataque consistente, simplificando un poco, en reescribir el chip de la boleta mediante algunos tipos de celulares para que la máquina en vez de contar un solo voto, cuente varios. El lector cuenta más votos para ese candidato, sin alterar el total de votos globales, por lo que las autoridades de mesa sólo se pueden dar cuenta del ataque si efectivamente suman a mano los totales de cada candidato, cosa que casi nadie hizo. Un ataque más sofisticado, y que requiere la colaboración de dos personas, es que la primera le agregue digamos 20 votos al candidato A mientras que la segunda vote por el candidato B con -20 votos (votos “negativos”). Ahora incluso la suma dará bien, pero habrá una diferencia de 40 votos relativos respecto a lo que realmente se votó. La empresa se defendió diciendo que es imposible montar el ataque porque el voto se hace a la vista de las autoridades. Pero, aparentemente, bastaría acercar el celular a la boleta electrónica. Además, los chips venían identificados individualmente, lo cual puso en riesgo el secreto de voto.

Otro problema fue que se filtraron los certificados de seguridad con los que se iban a transmitir los datos. Esto fue advertido por una persona que le avisó a la empresa encargada de contar los votos para que cambiara los certificados antes de la elección (supongo que lo hicieron). En vez de agradecerle, le allanaron la casa y le secuestraron todas las computadoras (Joaquín Sorianello, quien trabajó para Machinalis, una de las primeras empresas de software incubada en FAMAF).

Con anterioridad se había dicho que el lector electrónico servía sólo para dar un conteo inicial más rápido, pero que el voto definitivo se haría contando las boletas de a una, mirando la impresión. Más aún, se decía que las autoridades de mesa debían leer los votos uno a uno y anotarlos y ver si coincidían con el total electrónico. Si hubiera sido así, y si estuviera explícito en la ley que en caso de discrepancia lo que vale es el voto impreso, se tendría un sistema híbrido de conteo electrónico provisorio y conteo a mano definitivo, al cual no le veo en este momento nada que objetar, salvo porque lo más probable que ocurra es lo que en realidad ocurrió: en la mayoría de las mesas se leyeron solo 10 o 15 votos, y lo que se usó para el acta fue el conteo electrónico. En el escrutinio definitivo no se reabren las urnas, salvo en casos específicos de denuncia. Incluso en las 500 máquinas, donde hubo un problema a la hora de contabilizar el voto electrónico por algunas fallas, en vez de simplemente contar las boletas a mano, se mandaron todas las máquinas a la sede central donde se “arregló” el problema de alguna forma y se contabilizaron electrónicamente. Si lo iban a hacer así se debería haber requerido que un porcentaje de urnas se abriera al azar y se contabilizaran los votos a mano, y que si hubiera discrepancia con el conteo electrónico este se anulaba y se contaba todo a mano. Pero no tuvieron la precaución de implementar esta mínima salvaguarda.

En definitiva, pese a que el macrismo dijo que esto era sólo una “boleta electrónica” y no un “voto electrónico” (distinción lingüística que tuvo que hacer porque si no necesitaba una mayoría de 2/3 para aprobar esta forma de realizar la elección), en la práctica fue claramente un voto casi 100% electrónico. Y como tal, tiene todos los problemas usuales.

Cuando se pretende ponderar las “bondades” del voto electrónico se menciona indefectiblemente la rapidez del escrutinio ¿Ha sido efectivamente de ese modo en las experiencias realizadas en Argentina? ¿Representa alguna ventaja en relación a la transparencia del acto eleccionario?

–La votación en Buenos Aires comenzó muy rápidamente, pero luego se “colgó” con el 97% de los votos escrutados, que si bien no afecta a los candidatos a intendente, dejó sin resolver uno de los asientos de concejales, el cual fue determinado recién un par de días después.

Independientemente de esto, respecto de la rapidez, la Constitución Argentina no dice nada acerca de que el voto deba ser “rápido”. Como bien dice la pregunta, lo más importante es la transparencia del acto eleccionario, no la rapidez con la cual se efectúe.

¿Cuáles son las garantías que un sistema de voto adoptado (sea o no electrónico) debe asegurar? ¿Lo hace el voto electrónico?

–Lo que se requiere (además de universal, obligatorio e igualitario) es que sea secreto.

A lo cual hay que agregar un requerimiento que es tan obvio que no está listado: el sistema debe ser fidedigno, es decir, los resultados mostrados deben ser los que la ciudadanía realmente expresó al momento de emitir el voto.

Pero además se desea un segundo nivel de fidelidad: que el votante pueda votar realmente lo que quiera. Esto es lo importante del requerimiento de que el voto sea secreto. Por ejemplo, el voto cantado de antes de la Ley Sáenz Peña es muy fidedigno respecto del primer significado de “fidedigno” pero al no ser secreto, no podemos saber si la gente votaba lo que realmente quería. Dicho sea de paso, un voto cantado sería muy rápido (se van contando los votos a medida que se emiten), así que si lo que buscamos es “rapidez” podemos simplemente eliminar la Ley Sáenz Peña.

El voto electrónico tiene problemas con ambos requerimientos. En Holanda demostraron que podían leer lo que la gente votaba a decenas de metros de distancia. En Brasil también podían ver lo que la gente votaba (desde más cerca). En Estados Unidos hubo votaciones con más votos que electores.

Aquí en Córdoba en dos localidades se votó a través de voto electrónico, y casi todos los periodistas sacaron a relucir la gran rapidez con la cual se hizo el escrutinio. Nadie, que yo sepa, demostró que la votación fuera secreta, ni hicieron referencia a los problemas encontrados en Holanda o Brasil.

Para ejemplificar el gran problema del voto electrónico podemos recordar la elección para gobernador de Córdoba en 2007, efectuada con boletas tradicionales, la cual perdió Luis Juez por muy pocos votos, y denunció que Schiaretti le robó la elección cambiando votos, actas, etc., en lugares donde Juez no tenía fiscales. Supongamos por un momento que hubiera estado en lo correcto. La única razón por la cual Schiaretti podría haberle robado la elección es que la cantidad de votos para uno u otro era muy pareja. Pero por ejemplo para Aguad, que salió tercero a bastante distancia de ambos, le habría sido muy difícil si es que hubiera querido, poder cambiar un número suficiente de votos para llevarse la elección. La cantidad de gente que debería haberse involucrado sería impráctica.

Mientras que si se hubiera usado voto electrónico todas las apuestas son posibles. El número de personas que hay que sobornar es mucho más reducido, y los resultados pueden alterarse no solo en unos miles de votos, sino en centenares de miles. Alguien (ya no recuerdo quien) hizo una analogía hace unos años: con el voto en papel se pueden cambiar algunas pesas; con el voto electrónico se puede tomar el control de la balanza misma.

El problema es que queremos por un lado ser capaces de auditar lo que pasó sin romper el secreto del voto. Esto tiene enormes problemas, y aunque en teoría podría hacerse, el sistema sería tan complicado que es difícil que sea implementado. Además, aún en ese caso, la ciudadanía tendría que confiar en un número reducido de personas, técnicos, que les aseguran que sí, que todo está bien. La salvaguarda del eslabón más fundamental del sistema democrático pasaría a manos de una élite, y de compañías privadas. Por esta razón en Alemania todo sistema de voto electrónico ha sido declarado inconstitucional: el ciudadano común debe poder verificar el sistema de votación. El voto electrónico no garantiza esto, como sí lo hacen otros sistemas, por ejemplo el sistema de Boleta Única que tenemos en Córdoba.

Le menciono un par de ventajas que habitualmente se esgrimen para defender el voto electrónico: más económico, “ecológico” y permite romper con prácticas punteras (voto en cadena, etc.). ¿Qué opina al respecto?

El “voto en cadena”, el problema de la falta de boletas en el cuarto oscuro y el exceso de impresión de boletas, se resuelven con la boleta única como la que se usa en Córdoba, la cual es diez veces más económica que la boleta electrónica que se usó en Buenos Aires.

En el caso particular de la boleta única en nuestra provincia existe el problema de seguridad de que tienen un código de barra numerado que permitiría identificar quién emitió tal voto con el simple expediente de anotar el orden de votación, con lo cual se viola el secreto del voto (este problema también lo tiene la boleta electrónica de Buenos Aires, con el agravante que la identificación del chip puede ser hecha a distancia, con un celular). Pero esto es algo fácilmente modificable, ya sea cambiando la ley, o declarando el artículo de la ley inconstitucional. No es razón suficiente para cambiar a un voto electrónico que tiene defectos esenciales a su naturaleza.

Por eso es inentendible para mí, cómo puede ser que un político tan hábil como De la Sota, que está enfrentado a Macri, y que tiene en sus manos la posibilidad de comparar ambos sistemas y mostrar que el de Córdoba es mejor… ¡luego hace declaraciones diciendo que debemos adoptar el sistema de Buenos Aires! No sé quién es su consejero, pero ahí hicieron la gran Higuaín.

Publicado en: http://deodoro.unc.edu.ar/2015/08/13/tecnica-y-democracia-las-alertas-sobre-el-voto-electronico/

Lecturas: “Algunas reflexiones sobre el voto electrónico”

Ésta es una de las columnas más extensas que he publicado en LA NACION. Pero prefiero pecar por exceso que por defecto (y eso que corté párrafos completos). El tema del voto electrónico tiene docenas de facetas, es extremadamente técnico y está altamente politizado. Es el caldo perfecto para las simplificaciones y las verdades a medias. He querido evitar ambas porque lo que está sobre la mesa es uno de los procesos más críticos de una democracia occidental: los comicios.

IMG_7010_FrenteAbierta2-785x544> Por Ariel Torres

Por completud, ya que sería imposible tratar todos los matices aquí, quiero destacar un meticuloso artículo de Enrique Chaparro y el que Javier Smaldone publicó en Perfil.com. Smaldone (@mis2centavos) ha sido, junto con Beatriz Busaniche (@beabusaniche), de la Fundación Vía Libre, dos de los críticos más activos del voto electrónico.

Vía Libre, con el apoyo de la Fundación Heinrich Böll, publicó en 2009 el libro “Voto electrónico, los riesgos de una ilusión”, que puede descargarse aquí: http://www.vialibre.org.ar/wp-content/uploads/2009/03/evoto.pdf

A los coletazos legales y políticos directamente relacionados con el sistema que se estrenó en Buenos Aires el domingo último se sumaron las repercusiones en el extranjero. Cubrieron el tema Der Spiegel, BoingBoing, TechDirt y ArsTechnica.

Por último, y para atajar de antemano la falacia de afirmación del consecuente, mis reservas respecto del voto electrónico no significan que ignore los defectos del voto en papel. De hecho, y como se verá enseguida, los conozco en primera persona.

***

Fui autoridad de mesa en 4 ocasiones. Durante las PASO y las elecciones presidenciales de 2011, y nuevamente en 2013. Aprendí mucho, sentí que hacía un aporte a la República, y vi cosas. Muchas cosas. Desde fiscales que apenas sabían leer y escribir hasta delegados de la autoridad electoral desbordados. Hoy sé que aprendí algo más: no se puede opinar sobre el voto electrónico sin haber pasado por esa larga y extenuante jornada en la que tenés los 5 (o 6) sentidos puestos en que cada voto sea secreto y aparezca asentado en las planillas. Y en que nadie haga trampa, claro. Con todo y la rusticidad de la boleta de papel y el conteo manual, tengo la impresión de que esta tarea es, todavía, cosa de humanos, no de máquinas.

Pero lo entiendo. En primera instancia es difícil no estar de acuerdo con los que defienden el voto electrónico. Es más barato para los partidos chicos, más eficiente y más a tono con los tiempos. Para el ciudadano, según oí decir a muchos el domingo, es “más rápido y práctico”.

El único problema es que el voto electrónico no es electrónico. Es informático.

La radio y el velador

La diferencia entre eléctrico, electrónico e informático puede parecer una sutileza semántica. No lo es.

Empecemos por lo más simple. El velador en tu mesa de luz es un dispositivo eléctrico, porque no hay ningún componente activo, excepto la lamparita en sí, que es, escasamente, un filamento que se calienta hasta ponerse incandescente cuando circula corriente por él.

En cambio, una radio a transistores es electrónica. En su interior funcionan circuitos compuestos por resistencias, transistores y capacitores. Su función es mucho más compleja que la de calentarse y brillar; sintoniza señales, las amplifica y las envía al altavoz.

La informática es electrónica por definición, porque nuestras computadoras -al revés que el ábaco o la inconclusa máquina de Babbage- no son mecánicas, sino que usan circuitos con (de nuevo) transistores, resistencias, capacitores, etcétera. La diferencia con la radio a transistores es que en las computadoras hay, además, un componente muy especial, el microprocesador, también conocido como “cerebro electrónico”. ¿Y por qué esto es diferente de una radio a transistores?

Primero, porque los cerebros electrónicos pueden ejecutar una tarea mucho más amplia y poderosa que sintonizar señales o amplificarlas. Su función es hacer cálculo numérico y evaluar proposiciones lógicas.

Pero, además, la radio nunca va a poder hacer otra cosa que sintonizar estaciones y pasar el sonido por el altavoz. No podés programar su electrónica para que en lugar de captar AM y FM haga cálculo numérico. Opuestamente, los cerebros electrónicos son, por definición, programables. La única tarea para la que han sido diseñados es para que alguien los programe para hacer algo. Suena absurdo, porque durante 100.000 años diseñamos nuestras herramientas pensando en su función y no al revés. Pero este concepto, el de una herramienta que es todas las posibles herramientas, revolucionó el mundo en los últimos 30 años.

Por eso, tu computadora o tu smartphone pueden ser usados para un número no sólo muy grande de tareas (WhatsApp, Twitter, escribir, jugar, dibujar el plano de una casa, crear películas en 3D, sacar fotos, navegar por GPS, hablar por teléfono), sino que ese número no tiene techo. Si la tarea puede expresarse por medio de algoritmos, entonces puede programarse.

Puesto que la matemática y la lógica son destrezas propias del cerebro humano, solemos decir que un dispositivo programable es “inteligente”. Lamentablemente, esto es una exageración. Porque también se puede obligar a la computadora a hacer algo pernicioso o francamente insensato; es la función, por ejemplo, de la mayoría de los virus informáticos. Nunca hubo virus para radios o veladores, ¿o sí? No, porque no son dispositivos programables.

La delgada línea de código

Ahora, ¿cómo se instruye a un cerebro electrónico para que haga algo? Mediante los programas, el software. Existe un axioma respecto del software, uno que se prueba cierto cada día: es vulnerable a ataques informáticos.

Sólo durante junio y sólo desde el Computer Emergency Readiness Team de Estados Unidos (US-CERT) se emitieron 134 advertencias sobre vulnerabilidades muy graves en el software de, entre otros, Adobe, Apache, Blue Coat, Cisco, Dell, FusionForge, Google, IBM, Microsoft, Mozilla, SAP, Ubuntu, VMWare, tecnologías de cifrado (OpenSSL) y lenguajes de programación. Extrapolando, serían más de 1600 al año. Esto, sin contar las fallas menos críticas.

Las vulnerabilidades no son la excepción, sino la regla, y los programas pueden ser inseguros no sólo por estar mal hechos, sino porque una función normal, lícita, podría explotarse con fines maliciosos. Como me explicaron hace varios años en la sede de Microsoft, en Buenos Aires, algunas vulnerabilidades son como las ventanas; todos queremos ventanas, pero si son de fácil acceso desde el exterior, las enrejamos. Hace 30 años, no. Hoy, sí.

O sea que sí, las vulnerabilidades son también una cuestión de fechas.

El software habita en todos los rincones de una computadora, tablet, smartphone y prácticamente cualquier cosa que use corriente eléctrica. El sistema operativo es software. La aplicación que se ejecuta (para escribir o para votar) es software. Los controladores de dispositivos -indispensables, por ejemplo, para mostrar algo en una pantalla o para imprimir- son software. Los jueguitos, los virus y hasta las fuentes tipográficas son software. Es más: cuando una computadora arranca lo primero que hace es ejecutar un software conocido como POST (por Power On Self Test), que está embebido en el hardware. Sin software, sin código ejecutable, una máquina es un montón de plástico, cobre y silicio, inerte e inútil.

Conclusión: una computadora o no arranca o es vulnerable. No hemos alcanzado todavía el estado del arte para evitar esta disyuntiva de hierro que en el ambiente informático se conoce desde siempre; de allí que gran parte de la comunidad tecnológica se haya opuesto tan frontalmente al voto con computadoras. Conocen bien estos sistemas y saben de su fragilidad.

Opaco por definición

Entre las pocas cosas que no tienen código ejecutable se encuentran los documentos de texto plano o puro. Están compuestos sólo de texto. Pero aquí ingresa otro dilema de la computación. No hay -ni podría haber- en estas máquinas ninguna transparencia. Todo es opaco. ¿Por qué? Porque para poder visualizar (o imprimir) incluso un inocente documento de texto puro hace falta ejecutar un programa.

Dicho de otro modo, no hay modo de acceder a ningún dato en una computadora sin pedirle al cerebro electrónico que ejecute una serie extensa, compleja e invisible de instrucciones. Así que el hecho de que un TXT o un JPG no contengan código ejecutable no resuelve el pecado original de todo sistema informático: es opaco por definición.

Esto es porque en una computadora no hay ni letras ni colores ni sonido ni candidatos, sino sólo números. Extensas cadenas de unos y ceros que necesitan un sistema de hardware y software para mostrarse como algo inteligible. O para mostrar lo que el programador decidió que veamos. Es, en rigor, lo opuesto a la transparencia.

El grado cero de la democracia

Cuando se debate sobre el voto electrónico suele hacerse hincapié en la posibilidad de que facilite el fraude. Pero aunque éste sería el escenario más temido, hay un problema más grave, más insidioso y más escurridizo. Porque, a fin de cuentas, el voto ya es en gran medida informático hoy. De otro modo no tendríamos los resultados a las 9 o 10 de la noche.

La cuestión es que esa fracción del proceso que todavía se tramita con papel (elegir una boleta, ponerla en un sobre y colocarla dentro de una urna, contarlos y asentarlos a mano) es la salvaguardia de todo lo que luego harán los centros de cómputo. Se podrá después hackear computadoras o podrá haber error humano, pero allí están las urnas y sus boletas, más las planillas que las autoridades de mesa y los fiscales llenaron de puño y letra. Sé que suena antiguo y poco eficiente, sobre todo después de haber votado con una computadora. Lejos de eso.

Al revés que los bits, este polímero natural que usamos desde hace siglos no puede fraguarse sin que se note, y su contenido se puede fiscalizar a simple vista, sin que medien artilugios electrónicos. Nuestros cerebros son los intérpretes de la boleta impresa y nuestras manos asentarán exactamente aquello que hemos contado, sin que medie ningún software.

Es tan fundamental el rol del papel en los comicios que uno de los argumentos de la empresa Magic Software Argentina (MSA) para defender su cuarto oscuro digital y la boleta única electrónica (BUE) es que de todos modos se seguirán manteniendo el impreso y la urna. ¿Entonces estamos invirtiendo dinero exactamente en qué? ¿En relevar a las autoridades de mesa de un trabajo arduo? La democracia es un trabajo arduo. ¿En hacer el proceso más rápido? Ya es bastante veloz tal como está. ¿En que a la larga es más barato? Creo que la democracia es una de esas cosas con las que no deberíamos regatear (llegado el caso de que realmente sea más barato). ¿En que es más equitativo para los partidos chicos? Cierto, pero esto de ninguna manera implica que la boleta electrónica sea la única manera, ni la mejor, de reducir esa brecha. ¿Acaso es para que el acto de votar sea más expeditivo? Hasta donde recuerdo, la Constitución Nacional establece que “el sufragio es universal, igual, secreto y obligatorio”, no “práctico y expeditivo”.

Con la BUE también se implementan una serie de mecanismos para asegurarse de que lo que está en el chip de la boleta coincide con el impreso (leer en voz alta antes de pasar el chip), y se imprimen planillas para los fiscales, tal como se explica en el segundo de los comentarios de esta contundente nota de Delia Ferreira Rubio, firmado por el profesor de ingeniería en sistemas Daniel Alonso. Además, sí se pueden enmendar los errores, al revés de lo que se suele decir.

Todo esto está muy bien, pero no cambia el hecho de que se han interpuesto entre el ciudadano y su elección sistemas que el ciudadano no puede fiscalizar por sus propios medios, como se verá enseguida. Por otro lado, si, como ejercicio lógico, pongo en duda la transparencia de las computadoras, ¿por qué debería confiar en que lo que se asienta en las planillas es lo que se termina contabilizando? Hay un punto en el que, por más esfuerzo que se ponga, los comicios electrónicos terminan siendo máquinas hablando con máquinas. Esta es una de las cuestiones que más me preocupan.

Además, si hay fraude usando papel y no pasa nada, el problema no es el fraude, sino el que no pase nada. Dudo mucho que el voto electrónico vaya a resolver esta patología.

Oscuro y digital

Otro de los argumentos que se usaron para fundamentar la validez del sistema que se estrenó en la ciudad de Buenos Aires el último domingo (y en Salta, antes) es que la estación en la que el ciudadano vota no almacena nada, sólo imprime los datos en la boleta y los transmite al chip embebido. No parece una mala idea, pero, lamentablemente, no se puede imprimir nada en este mundo sin que haya software de por medio. Toda impresora es también una computadora, en este caso incorporada a la estación en la que se vota.

En todo caso, si realmente la máquina no almacena nada, ¿dónde se guardarán los registros de seguridad que podrían dar testimonio de que alguien intentó vulnerar el sistema? Estos logs, como se los llama técnicamente, son básicos en la seguridad informática.

Pero hay algo más. Cuando se elige una boleta de papel en el cuarto oscuro y se la deposita ensobrada en la urna, las posibilidades de revelar el secreto del voto son prácticamente nulas. Cualquiera que haya sido autoridad de mesa sabe que eso de que las boletas caen en el orden en que se las depositó y, por lo tanto, se podría establecer quién votó a quién es delirante.

Primero, porque la urna se agita varias veces durante la jornada, para que se asienten los sobres.

Segundo, porque al vaciar la urna el orden de llegada se pierde por completo al derramar el contenido sobre la mesa de recuento.

Tercero, porque, aun si todo esto no fuera así, habría que cotejar el contenido de cada sobre con el acta de los comicios y redactar una lista minuciosa de 200 o 300 nombres y sus respectivos votos -algo groseramente irregular-, y hacerlo delante de los fiscales de varios partidos.

Espiar los comicios electrónicos no es tampoco algo sencillo. El problema no está en la facilidad del fisgoneo, sino, de nuevo, en que podría resultar imposible detectarlo. En este caso, serían máquinas espiando a máquinas.

No digo que vaya a ocurrir. Pero podría hacerse y sin dejar huella, y esto es, por lo tanto, un retroceso. En manos de un gobierno autoritario, la sola posibilidad de un espionaje subrepticio alcanzaría para desalentar el disenso.

Auditoría

Como todo informático sabe que el software tiene vulnerabilidades y puede esconder métodos de espionaje, la frase “código fuente abierto” se menciona siempre como garantía del voto informático y el cuarto oscuro digital. Pero hay un problema también en este aspecto. Como correctamente observó Richard Stallman, sería imposible auditar el código que realmente se ha instalado en cada máquina de votar. No sólo por la enormidad del costo, sino porque habría que fiscalizar incluso el procedimiento de compilar e instalar ese código en cada máquina.

La solución que se implementó en los cuartos oscuros digitales que se usaron en la ciudad de Buenos Aires es arrancar la máquina desde un CD que se saca de un sobre lacrado. Es tecnología del siglo XI y quizá por eso nos suena segura. Es precisamente al revés.

Si existiera una conspiración para reemplazar los discos auditados por otros infectados, el operador, confiado del sello de lacre, no advertiría la diferencia; todos los CD son iguales. Por eso, sería más seguro, aunque ciertamente menos teatral, si en lugar de lacre se usara software firmado digitalmente y estaciones de voto que se negaran a arrancar con CD que no estuvieran firmados.

Le pregunté a MSA si los CD están firmados digitalmente, y me respondieron que no. En cambio, han corrido, me explicaron, una función hash sobre todo el contenido del CD. Es decir que las autoridades de mesa deberían chequear los hashes antes de iniciar los comicios, lo que requiere, desde luego, ejecutar un programa y disponer de cierto conocimiento de informática. “Lo más lógico -me confirmó Hugo Scolnik, fundador del Departamento de Informática de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires y experto en criptografía- sería firmar digitalmente esos discos. En mi experiencia, nadie se ocupa de cotejar los hashes”.

No se entiende

Ahora, ¿todo esto suena muy técnico, no? Ése es justamente el problema. Alemania estableció que el voto informático es inconstitucional porque el ciudadano promedio no entiende nada de estas cosas, ni las va a entender a menos que estudie ingeniería en sistemas. Por lo tanto, no está en condiciones de fiscalizar el acto comicial por sus propios medios. Es mi principal objeción al voto electrónico, el cuarto oscuro digital y la BUE. Aunque fueran infalibles o, al menos, ofrecieran un margen de error mucho menor que el tradicional, no cumplen con un precepto fundamental de la democracia.

El argumento de que el voto digital está más adecuado a las nuevas generaciones no sólo suena un poco discriminatorio (el sufragio debe ser igual), sino que es mayormente falso. Los más jóvenes usan sus equipos sin saber nada de arquitectura de microprocesadores, lenguajes de alto nivel, interpretación, compilación, sistemas operativos, funciones, estructuras de control, protocolos de telecomunicaciones, algoritmos de cifrado y unas cuantas cosas más. Saber que una aspirina te va a calmar el dolor de cabeza no te convierte en médico. Es lo mismo.

Viceversa, todos los ciudadanos entienden bien lo que es elegir una boleta de papel (que permanecerá inmutable), ponerla en un sobre cerrado (que no se abrirá espontáneamente ni revelará más tarde quién lo colocó en la urna) y depositarlo en una caja de cartón (cuyo contenido sólo pueden tocar durante el recuento, por ley, las autoridades de mesa).

De este lado

Aguardé para publicar esta columna porque quería pasar por la experiencia de usar la máquina de votar (la definitiva, no la preliminar que probé en las PASO) y ser testigo de la percepción que los ciudadanos tenían del cambio. Como predije, de lo que menos había que preocuparse era que las personas mayores no entendieran cómo usar el equipo. Hubo algo, en cambio, que me afectó profundamente.

Para evitar caer en el error más torpe de la seguridad informática (dejar solo a un potencial atacante con acceso físico al hardware) se eliminó por completo el cuarto oscuro. Votamos delante de las autoridades de mesa, los fiscales y los ciudadanos que, intrigados frente a la nueva modalidad, estiraban el cuello para ver de qué se trataba. Ese minuto de reflexión a solas sobre el destino de la patria que siempre tuvimos antes de emitir el voto nos fue arrebatado sin más. La exposición pública de ese momento de decisión podría, dicho sea de paso, permitir formas de coerción que ya han sido eliminadas hace décadas.

Oí a muchas personas ponderar lo “rápido y práctico” del sistema. Lo que me llevó a preguntarme qué hemos hecho mal para haber transformado la orgullosa participación democrática en algo tan carente de sentido que queremos despacharlo. Como si fuera un trámite. Creo que debemos reflexionar sobre esto, en especial la clase política.

Quizás en otra década

Como saben los que me leen desde hace algún tiempo, creo en el valor democratizador de las nuevas tecnologías. Creo que facilitan el acceso a la información y a la educación. Creo que el mundo es mejor con computadoras e Internet, del mismo modo que fue mejor con los libros y las ciencias que derivaron de ellos. Incluso creo que nos ayudan a estar menos solos y que hacen las separaciones menos difíciles de sobrellevar. Pero creo asimismo que hay cuestiones que las máquinas aun no pueden administrar sin intervención humana. El sufragio es una de ellas, en mi opinión. Me siento mucho más tranquilo, pese a ser un promotor infatigable de las nuevas tecnologías, si el primer paso de los comicios no lo dan máquinas hablando con máquinas, sino de personas entregando a otras personas su voto en papel.

Hace varios meses, cuando empecé a trabajar en esta columna, le pregunté su opinión sobre el voto electrónico a Brian Krebs, ex periodista de The New York Times y, hoy, uno de los principales expertos en ciberseguridad del mundo. Me dijo: “La mayoría de los que proponen el voto electrónico reclaman: ‘Prueben que es inseguro’. Y los que se oponen replican: ‘Prueben que no lo es’. Para bien o para mal, tiendo a alinearme con estos últimos, porque, francamente, la democracia no es algo que uno quiera delegar a unas líneas de código”.

También lo consulté a Scolnik, que me respondió: “El voto electrónico se puede implementar en forma inviolable. Pero es imprescindible auditar a fondo los sistemas propuestos. Creo que puede ser mucho menos costoso. O sea hacer un sistema, auditarlo en forma multipartidaria y ponerlo en marcha permitiría hacer el escrutinio muy rápidamente y conservar todos los datos firmados digitalmente por las autoridades de mesa. Pero como no vivimos en un país transparente, mejor dejar las cosas como están. Para hacerlo bien habría que implementar un sistema de auditoría y controles que daría lugar a muchas suspicacias”.

Mi opinión está a medio camino entre la de Krebs y la de Scolnik. Tengo la impresión de que el voto informático es lo que eventualmente vamos a terminar usando, porque es una tendencia universal. Todo va migrando lentamente hacia los bits. Pero todavía no tenemos la tecnología para enfrentar una misión tan crítica como la de los comicios. Faltan quizá décadas para desarrollar algo así. Y cuando lo hagamos -como bien observó Jorge Lanata, uno de los pocos periodistas que trataron estos temas de manera sostenida, informada y responsable- tendremos que debatirlo públicamente. E incluso en ese caso quedará pendiente la cuestión de que, aún con sistemas informáticos invulnerables e infalibles, las máquinas hablan en un idioma que los humanos, incluso los más preparados, no son capaces de comprender.

Publicado en La Nación