Otro triunfo del terrorismo

Terrorismo en España

Un policía de guardia afuera del Camp Nou antes del partido entre el Barcelona y el Betis, el 20 de agosto. (Santi Palacios/Associated Press)

>Por Martín Caparrós

El video es, por lo menos, inquietante. En la grabación de un móvil azaroso se ve a un hombre que va y viene confundido, levantando una mano como quien pide que no le hagan nada. Camina por una acera vallada y se diría que no sabe qué hacer; desde la calle, de este lado de la valla, alrededor de un coche blanco con un farol azul que echa destellos, presuntos policías, vestidos de pantalones cortos y chancletas, le gritan, le disparan. El hombre cae, parece herido, pero se levanta y vuelve a caminar. No se le ven gestos de amenaza. Cuando trata de cruzar la calle, más vacilante aún, a punto de caerse, por un paso peatonal unos metros más allá del auto blanco, uno de los hombres de pantalones cortos le vuelve a disparar dos o tres veces y el hombre cae: parece que está muerto.

El video apareció en las redes sociales el 18 de agosto, al día siguiente del atentado de las Ramblas de Barcelona: ya fue visto millones de veces. Se presenta como “Tiroteo y muerte del quinto terrorista en Cambrils” —o alguna variante aproximada— y todos los grandes medios españoles lo han reproducido. Y ninguno, que yo sepa, se ha preguntado nada. La policía catalana —ahora llamada “Mossos de Esquadra”— informó que el muerto era el quinto de los terroristas islámicos que sus efectivos interceptaron en Cambrils, un pueblo de la costa, en la noche del 17 de agosto. Ya habían matado a los cuatro anteriores y, sin contar mucho cómo, dijeron que ese quinto se les había escapado y lo encontraron y lo “abatieron” (la policía no mata, abate). Después dirían que todos tenían “cinturones explosivos simulados”. O sea: que, en rigor, estaban desarmados.

Alguien dijo alguna vez que la primera víctima de toda guerra es la verdad. Alguien dirá, alguna vez, que la primera víctima del terrorismo es la duda, el espíritu crítico. No muchos, que yo sepa, se han preguntado si era necesario matar a ese hombre. Si realmente ese hombre, en ese momento, representaba un peligro extremo, si no había formas de reducirlo sin matarlo.

Al contrario, los medios retomaron con júbilo la idea de que matarlo fue un éxito policial, un triunfo de las fuerzas del bien, y que ahora sí estamos más tranquilos: más seguros. Y ninguno parece considerar esa vieja regla del periodismo que dice que hay que buscar más de una fuente: como si en estos casos quedara suspendida. O a aquella, más vieja todavía, que dice que la tarea del periodista es tratar de contar la verdad.

Como si, en ciertas circunstancias —en medio del duelo, de la consternación por los asesinatos terroristas—, no valiera la pena o no fuera prudente cuestionar la versión oficial, averiguar qué pasó más allá de lo que te cuentan que pasó. (En España hay un ejemplo reputado: el 11 de marzo de 2004, cuando el atentado islamista más terrible de su historia mató a 192 personas en varios trenes suburbanos de Madrid, los diarios aseguraron que había sido la ETA porque el presidente de gobierno, José María Aznar, los había llamado para decirles eso; y al otro día tuvieron que desmentirlo y disculparse).

Pero el asunto es más amplio: la población en general hace lo mismo. No queremos saber. No hacemos preguntas, no nos hacemos preguntas: como si la violencia sin límites de los terroristas justificara que se ejerza contra ellos una violencia semejante. O, por lo menos, mucho mayor que la que estamos acostumbrados a tolerar, a justificar.

En general: hemos asumido que los terroristas se merecen la muerte porque buscan la muerte. Y que sólo su muerte nos salva: la lógica de ellos o nosotros, de que para ganarles todo vale. El mayor triunfo de los terroristas es imponer esa lógica que debilita la sociedad que atacan. Que debilita esa tolerancia y esas libertades que tanto declamamos, que nos legitiman, que nos ofrecen el pedestal moral que ahora usamos para matarlos. Y destruir ese pedestal.

Es casi lógico que unos desgraciados decididos a morir por una religión quieran conseguir ese efecto: es su única forma de influir en una sociedad de millones que no quieren nada de eso. Lo que no parece tan claro es por qué el Estado y ciertos medios magnifican este tipo de incidentes, los convierten en algo mucho mayor que lo que podrían ser. Es terrible que 13 personas sean asesinadas en una calle de Barcelona; pasan muchas otras cosas por lo menos igualmente terribles y no reciben una centésima parte de la atención que ésta recibe.

Y que crea un estado de cosas. Trece asesinados es intolerable —un asesinado es intolerable— pero la amenaza general es pequeña. En los últimos tres años hubo en toda Europa 360 muertos por ataques terroristas. Sobre 600 millones, cada año murieron por esa causa 120 personas: una cada cinco millones. Es relativamente más fácil —con perdón— ganarse la lotería que ser víctima de un ataque terrorista. Pero la atención hiperbólica del Estado y ciertos medios instala un miedo general que va tanto más allá de la amenaza real, que la agiganta: la convierte en un fantasma que pesa sobre nuestras cabezas, nos aterra.

Es difícil encontrar el justo punto de la reacción: cómo informar sobre estos actos, cómo procesarlos. Pero está claro que, si lo encontráramos, los actos terroristas producirían menos efectos, tanto menos terror; serían lo que son, gestos desesperados, patéticos, aislados.

Quizá la magnitud de esa construcción sea sólo un error de esas instituciones; quizás algunas crean que les sirve para algo. Cuando un hecho permite que los policías se conviertan en héroes, que puedan matar sin que les pidan cuentas, que se toleren cosas que normalmente no se tolerarían, el efecto puede ser buscado o no, pero sucede.

El peso que toma un atentado como éste termina, entre otras cosas, por legitimar el control social, la represión, la violencia del Estado. Costó muchos años y muchas muertes imponer ciertos valores y, gracias a la amenaza terrorista, ahora están en cuestión. Son esos valores que, si se vuelven relativos, dejan de existir. Si se acepta que a veces la policía puede matar impunemente, entonces la discusión sólo consiste en definir cuándo puede. Cuando alguien comete un acto de terrorismo, claro, o cuando alguien roba y corre, por ejemplo, o cuando trata de entrar a un lugar o a un país donde no lo quieren, o cuando su aspecto parece sospechoso por distinto, o cuando…

NYT

Psicología del terrorista suicida

Terrorismo

> Por Daniel Eskibel

Era la mañana del 11 de septiembre de 2001 y encendí el televisor mientras me vestía para ir a trabajar. La CNN transmitía su programación habitual y yo apenas le prestaba una atención periférica.

De pronto algo despertó mi curiosidad. Algo raro ocurría. El presentador de CNN informaba con cierta extrañeza sobre un accidente en las Torres Gemelas de Nueva York. Aparentemente una avioneta habría chocado contra una de las torres.

Me senté en la cama, todavía sin pantalones, y presté atención. Minutos después las cámaras de televisión mostraban en directo un segundo avión chocando contra las torres. Con la consciencia y el espanto de que algo terrible estaba ocurriendo, me quedé allí, a medio vestir, hipnotizado frente a la pantalla del televisor. Ese día no fui a trabajar.

Desde aquella mañana terrible el tema del terrorismo suicida quedó instalado en la agenda de la psicología política.

Cuando la política y la psicología se cruzan

Abundan los análisis del terrorismo suicida desde las explicaciones políticas, religiosas, económicas, históricas, sociales y culturales. Y son análisis extremadamente valiosos. Y explican buena parte del fenómeno, por cierto.

Pero son análisis que se detienen en un punto. Porque brindan explicaciones sobre el surgimiento y las características de determinados grupos que buscan impulsar violentamente su agenda política. Y esas explicaciones permiten entender el entorno del terrorismo suicida, el contexto del que se nutre.

Pero esas explicaciones no logran desentrañar qué procesos internos conducen a algunas de las personas de ese entorno a convertirse en terroristas suicidas, mientras otras personas de su mismo entorno no lo hacen.
¿Qué hay de específico en el terrorista suicida?
Para resolver esa interrogante es que la psicología se transforma en una herramienta imprescindible.

Ya sobre el final de aquel lejano año 2001 escribí un trabajo sobre la psicología del terrorista suicida. Fue lo mejor que pude avanzar entonces sobre el tema. Ahora retomo aquel trabajo, descarto algunas hipótesis, reformulo otras, desarrollo algunos aspectos y mantengo la mayoría de los conceptos.

El resultado final lo verás en 3 artículos:

  • Psicología del terrorista suicida
  • Psicoanálisis del terrorista suicida
  • Psicología social del terrorista suicida

Comencemos por definir claramente el objeto de estudio.

La esencia del terrorismo suicida

La psicología del terrorista suicida es aún una zona oscura de las ciencias humanas y sociales.
Este estudio pretende incursionar en dicha zona y generar hipótesis de trabajo que ayuden a comprender con mayor profundidad un fenómeno que conmociona al mundo.

El punto de partida consiste en identificar las notas esenciales que caracterizan al terrorismo suicida. Si dejamos entre paréntesis todo lo accesorio nos encontramos con unos pocos elementos que forman parte estructural de estos eventos.

Lo accesorio para una interpretación científica de estos casos está dado por todo aquello que diferencia unos episodios de otros: lo accidental, las coordenadas espacio-temporales, los detalles anecdóticos, la precisión del acto terrorista, las consecuencias del mismo, los blancos elegidos, la nacionalidad y la cultura de quienes cometen los atentados, la organización a la que pertenecen y los objetivos que declaran perseguir.

Más allá de esa superficie surgen regularidades, aspectos sin cuya presencia el terrorismo suicida no sería lo que es.
Las notas esenciales son las siguientes:

  1. Homicidio de una o más de una persona.
  2. Suicidio de los atacantes.
  3. Destrucción de bienes materiales.
  4. Fundamentación supraindividual del acto a través de explicaciones políticas, ideológicas, religiosas, históricas o sociales.
  5. Sentimiento de pertenencia a una organización militarizada rígidamente estructurada.
  6. Planificación minuciosa de los atentados.
  7. Búsqueda de la espectacularidad del evento.
  8. Explotación del factor sorpresa.
  9. Primacía absoluta de la acción sobre los otros lenguajes humanos.

Dejamos de lado, a los efectos de esta definición operacional de terrorismo suicida, otros fenómenos fronterizos con el mismo: el terrorismo sin suicidio ni directo ni indirecto del atacante, la acción violenta individual y la violencia espontánea ya sea individual o colectiva.

Metodología de análisis

El objetivo de este trabajo es profundizar en la psicología del terrorista suicida, apuntando hacia la construcción tanto de un perfil psicológico de quienes protagonizan estos actos como de un modelo explicativo de su conducta.

Se trata de un estudio exploratorio donde convergen diversas disciplinas: los estudios de laboratorio sobre el cerebro y la conducta, las ciencias del comportamiento, el psicoanálisis y la psicología social. Con esta caja de herramientas teórico-técnicas y con una concepción epistemológica basada en la conjunción y la integración de la diversidad, podemos abordar el fenómeno que nos ocupa.

Contamos con una dificultad metodológica por demás obvia: no podemos, por definición, realizar entrevistas ni análisis directos de ninguna clase al terrorista suicida. Simplemente porque muere al consumar su acto. Pero sí podemos aplicar el instrumental teórico-técnico sobre los datos disponibles respecto a su vida y al acto terrorista en sí.

El cerebro y la conducta del terrorista suicida

Hace varias décadas que Paul MacLean dio a conocer las conclusiones básicas de su estudio de laboratorio sobre la evolución cerebral y la conducta animal y humana (“A triune concept of the Brain and Behaviour”, University of Toronto Press, Toronto, Canadá,1973). Sus conceptos son un aporte inestimable a la hora de interpretar muchas conductas difíciles de entender.

MacLean elabora un modelo acerca de la estructura y el funcionamiento del cerebro humano. Lo concibe como si fueran tres ordenadores biológicos interconectados, cada uno de los cuales posee su propio sistema operativo diferente al de los otros dos. Cada uno de los tres “cerebros” que todos llevamos tiene singulares correspondencias con una etapa trascendente de la evolución de las especies:

  1. El ordenador más primitivo es el Complejo R, compartido en rasgos generales con reptiles y mamíferos y constituído por la médula, el cerebro posterior y zonas del cerebro medio.
  2. Rodeando al Complejo R se encuentra el Sistema Límbico, que en sus aspectos más desarrollados es característico de los mamíferos.
  3. Y el tercer ordenador, el más típicamente humano y el de más moderna evolución, es el Neocórtex.

En suma, y sobresimplificando: la conducta del ser humano es programada desde tres computadoras biológicas con sistemas operativos altamente diferenciados. Una de ellas opera con bases racionales y capacidad de abstracción, otra lo hace con las intensas emociones de los mamíferos y la otra con el comportamiento ritual de los reptiles. Es el modelo del Cerebro Trino, según MacLean.

Mi hipótesis en este aspecto es que en el terrorista suicida se registra un predominio funcional del Complejo R.

Para MacLean el Complejo R es vital en la determinación de la conducta agresiva, la territorialidad, los actos rituales y las jerarquías sociales. Si analizamos estas cuatro zonas de la conducta del terrorista suicida las encontramos altamente reforzadas y exacerbadas:

  • La agresividad no es adecuadamente contenida y canalizada, sino que se desborda y estalla en violencia contra otras personas, contra objetos materiales y contra sí mismo.
  • La territorialidad adquiere un peso enorme: trazar fronteras infranqueables entre los territorios reales y virtuales de “ellos” y “nosotros”, defender su propio territorio, atacar el de los otros, explorar la zona del ataque y planificar las acciones desde zonas protegidas o clandestinas que les brinden seguridad.
  • La vida cotidiana del terrorista suicida es plena de rituales: pensamiento ritualizado por factores políticos o religiosos que imponen fórmulas repetitivas y rígidas, ritos impuestos por el entrenamiento terrorista y por las peculiaridades de una vida clandestina, ceremoniales burocráticos de la organización que integra, y hasta el atentado como el último ritual que lo “purifica” y lo “salva” desde la primitiva ceremonia del sacrificio humano.
  • El establecimiento de jerarquías estrictas es otro de los nudos de su personalidad en la medida que la disciplina, la verticalidad del mando, el cumplimiento de las órdenes y el respeto a la autoridad de los jefes del grupo son factores siempre presentes en estas situaciones. El orden y la simplicidad del mando exigen ausencia de dudas y de críticas.

Este predominio funcional del Complejo R tiene dos caras complementarias. Por un lado la fuerza de los componentes reptílicos ya mencionados. Y por otro lado la debilidad de factores del Sistema Límbico y del Neocórtex que en condiciones normales podrían operar como controles o mecanismos de equilibrio y compensación.

Podríamos afirmar que hay elementos límbicos y corticales claramente bloqueados en estas personas: la empatía emocional con las personas que van a morir en el atentado,
el temor a la propia muerte, la compasión por las víctimas, la creatividad para escapar de los rígidos determinismos intelectuales y culturales, la libertad para pensar con cabeza propia y el amor por los seres queridos con el consiguiente deseo de compartir su vida con ellos.

¿Todo esto significa que el cerebro del terrorista suicida es diferente al de los demás seres humanos?
No. Su cerebro es igual al tuyo y al mío.
Nadie nace equipado mental y emocionalmente para convertirse en terrorista suicida.
Pero lo más perturbador es que todos tenemos la potencialidad para hacerlo. Nuestro cerebro tiene esa potencialidad.

Porque como explican los trabajos de MacLean, nuestro cerebro es al mismo tiempo humano, mamífero y reptiliano. Y nuestro cerebro es capaz de motivarnos para las conductas más maravillosas, pacíficas, solidarias y creativas. Pero ese mismo cerebro es capaz de empujarnos hacia las conductas más terribles.

En algunas personas (y no solo terroristas suicidas) se produce este predominio funcional del Complejo R. ¿Por qué ocurre en algunos y no en todos? ¿Qué es lo que provoca o desencadena ese predominio? ¿Qué es lo que bloquea el contrapeso de otras zonas del cerebro?

Son preguntas de alto valor académico y práctico, especialmente práctico. Porque como sabes, aquella fatídica mañana del 11 de septiembre de 2001 no fue un hecho aislado.
Pero para buscar más respuestas tendremos que pedirle auxilio al psicoanálisis, lo cual será motivo de un segundo artículo.

 

Maquiavelo & Freud

El mundo del terror: atentado sangriento en Kabul

Al menos 80 muertos en un atentado cercano a la embajada de Alemania ubicada en Kabul

Al menos 80 muertos en un atentado cercano a la embajada de Alemania ubicada en Kabul. (AP Photos/Rahmat Gul)

Al menos 80 muertos y 350 heridos por un atentado con coche bomba en Kabul

Al menos 80 personas murieron y 350 resultaron heridas en un atentado con coche bomba perpetrado hoy en una zona de alta seguridad de Kabul cerca del Palacio Presidencial, donde se encuentran varias embajadas y edificios del Gobierno, según el último recuento del ministerio de Salud Pública afgano.

La explosión se produjo hacia las 08.25, hora local (00.55 en Argentina), en el Distrito Policial 10, cerca de la plaza Zanbaq en una zona cercana a las embajadas de Alemania, Turquía y Japón, precisó otro representante ministerial, Wahidullah Majroh.

El portavoz de la Policía de Kabul Basir Mujahid indicó que las primeras investigaciones apuntan a que el vehículo, un pequeño camión del servicio de alcantarillado, fue cargado de explosivos y detonado en una zona de gran concurrencia de tráfico.

Atentado en Kabul - AFP

“El objetivo no está aún claro, pero fue cerca de la Embajada de Alemania”, indicó el portavoz policial, al señalar que la zona está acordonada y continúan las investigaciones.

La potente detonación, que se escuchó en varias zonas de la ciudad, se registró en pleno mes sagrado de Ramadán y en plena hora punta de ingreso a los edificios de oficinas, ya que durante esta época la gente entra una hora más tarde a trabajar.

Alrededor de una treintena de vehículos que circulaban por el lugar sufrieron el impacto de la explosión, según fuentes policiales.

Hasta el momento, ningún grupo armado se ha atribuido el ataque

El presidente de Afganistán, Ashraf Gani, pidió la semana pasada a todos los grupos insurgentes que respetaran la celebración del mes sagrado y detuvieran sus acciones armadas.

Sin embargo, ya el pasado domingo los talibanes cometieron un atentado con coche bomba en una parada de autobús en Khost (sureste) causando 13 muertos y 8 heridos, en su mayoría militares, en el primer día del Ramadán.
Al menos 80 muertos y 350 heridos por un atentado con coche bomba en Kabul.

Los dos últimos ataques de envergadura con bomba en Kabul, el último de ellos a principios de mes y ocurridos también en el área diplomática, fueron reivindicados por el ISIS.

El Ejecutivo afgano ha ido perdiendo terreno ante los talibanes y otros grupos insurgentes desde el final de la misión militar de la Alianza Atlántica y en este momento apenas controla un 57 % del país, según información de Washington.

Fuente: EFE

Frente al terrorismo

Los recientes atentados alrededor del mundo han traspasado los límites imaginables de violencia. Este nuevo terrorismo, que se puede denominar “hiperterrorismo”, tiene un alcance global y reivindicaciones poco claras. Las democracias se ven desafiadas a encontrarle respuestas que no amenacen la libertad y los derechos de sus pueblos.

Nota Terrorismo-01

>Por Ignacio Ramonet*

Lo preparó todo con minuciosidad. Cerró su cuenta bancaria. Vendió su auto. Evitó cualquier contacto con la organización. No acudió a ninguna reunión. No rezó. Se procuró el arma fatal sin que nadie pudiera sospechar el uso que haría de ella. La colocó en un lugar seguro. Esperó. Esperó. Llegado el día D, procedió al ensayo del crimen. Transitó y recorrió el futuro itinerario de sangre. Midió los obstáculos. Imaginó los remedios. Y cuando sonó la hora, puso por fin en marcha el camión de la muerte…

La inaudita bestialidad del atentado de Niza (1) el pasado 14 de julio –que se suma a otras recientes masacres yihadistas, en particular las de Orlando (50 muertos) y Estambul (43 muertos)– nos obliga, una vez más, a interrogarnos sobre esa forma de violencia política que llamamos terrorismo. Aunque, en este caso, habría que hablar de “hiperterrorismo” para significar que ya no es como antes. Un límite impensable, inconcebible, ha sido franqueado. La agresión es de tal desmesura que no se parece a nada conocido. Hasta tal punto que no se sabe cómo llamarlo: ¿atentado?, ¿ataque?, ¿acto de guerra? Como si se hubiesen borrado los confines de la violencia. Y ya no se podrá volver atrás. Todos saben que los crímenes inaugurales se reproducirán. En otra parte y en circunstancias diferentes sin duda, pero se repetirán. La historia de los conflictos enseña que, cuando aparece una nueva arma, por monstruosos que sean sus efectos, siempre se vuelve a emplear. Alguien, de nuevo, en algún lugar, lanzará a toda velocidad un camión de diecinueve toneladas contra una multitud de personas inocentes…

Historia de un método de lucha

Sobre todo porque este nuevo terrorismo tiene, entre sus objetivos, el de impactar las mentes, sobrecoger el entendimiento. Es un terrorismo brutal y global. Global en su organización, pero también en su alcance y en sus objetivos. Y que no reivindica nada muy preciso. Ni la independencia de un territorio, ni concesiones políticas concretas, ni la instauración de un tipo particular de régimen. Esta nueva forma de terror total se manifiesta como una suerte de castigo o de represalia contra un “comportamiento general”, sin mayor precisión, de los países occidentales.

El término “terrorismo” también es impreciso. Desde hace dos siglos es utilizado para designar, indistintamente, a todos aquellos que recurren, con razón o sin ella, a la violencia para intentar cambiar el orden político. La experiencia histórica muestra que, en ciertos casos, esa violencia resultó necesaria. “Sic semper tirannis”, gritaba Bruto al apuñalar a Julio César que había derribado la República. “Todas las acciones son legítimas para luchar contra los tiranos”, afirmaba igualmente, en 1792, el revolucionario francés Gracchus Babeuf.

Sobre ese irreductible fenómeno político, que suscita a la vez espanto y cólera, incomprensión y repelencia, emoción y fascinación, se han escrito miles de textos. Y hasta, por lo menos, dos obras maestras: la novela Los endemoniados (1872) de Fiódor Dostoievski y la obra de teatro Los justos (1949) de Albert Camus. Aunque, cuando el islamismo yihadista está globalizando el terror a niveles jamás vistos hasta ahora, el proyecto de “matar por una idea o por una causa” aparece cada vez más aberrante. Y se impone ese rechazo definitivo que Juan Goytisolo expresó magistralmente en su frase: “Matar a un inocente no es defender una causa, es matar a un inocente”.

Sin embargo, sabemos que muchos de los que, en algún momento, defendieron el terrorismo como “recurso legítimo de los oprimidos”, fueron luego hombres o mujeres de Estado respetados. Por ejemplo, los dirigentes surgidos de la Resistencia francesa (De Gaulle, Chaban-Delmas) que las autoridades alemanas de ocupación calificaban de “terroristas”; Menahem Begin, antiguo jefe del Irgún, convertido en primer ministro de Israel; Abdelaziz Bouteflika, ex responsable del FLN argelino, devenido presidente de Argelia; Nelson Mandela, antiguo jefe del African National Congress (ANC), presidente de Sudáfrica y premio Nobel de la Paz ; Dilma Rousseff, presidenta de Brasil ; Salvador Sánchez Cerén, presidente actual de El Salvador, etc.

Como principio de acción y método de lucha, el terrorismo ha sido reivindicado, según las circunstancias, por casi todas las familias políticas. El primer teórico que propuso, en 1848, una “doctrina del terrorismo” no fue un islamista alienado sino el republicano alemán Karl Heinzen en su ensayo Der Mord (El homicidio), en el cual declara que todos los procedimientos son buenos, incluso el atentado-suicida, para apresurar el advenimiento de… la democracia. En tanto que anti-monárquico radical, Heinzen escribe: “Si debéis hacer saltar la mitad de un continente y propiciar un baño de sangre para destruir el partido de los bárbaros, no tengáis ningún escrúpulo. Aquel que no sacrifica gozosamente su vida para tener la satisfacción de exterminar a un millón de bárbaros no es un verdadero republicano” (2).

La doble vara estadounidense

La actual “ofensiva mundial del yihadismo” y la propaganda antiterrorista que la acompaña pueden hacer creer que el terrorismo es una exclusividad islamista. Lo cual es obviamente erróneo. Hasta hace muy poco, otros terroristas estaban en acción en muchas partes del mundo no musulmán: los del IRA y los legitimistas en Irlanda del Norte; los de ETA en España; los de las FARC y los paramilitares en Colombia; los Tigres Tamiles en Sri Lanka; los del Frente Moro en Filipinas, etc.
Lo que sí es cierto es que la hiperbrutalidad alucinante del actual terrorismo islamista (tanto el de Al Qaeda como el de Estado Islámico, EI) parece haber conducido a casi todas las demás organizaciones armadas del mundo (excepto el PKK kurdo) a firmar apresuradamente un alto el fuego y un abandono de las armas. Como si, ante la intensidad de la conmoción popular, no desearan verse para nada comparadas con las atrocidades yihadistas.

También cabe recordar que, hasta hace muy poco, una potencia democrática como Estados Unidos no consideraba que apoyar a ciertos grupos terroristas fuese forzosamente inmoral. Por medio de la Central Intelligence Agency (CIA), Washington preconizaba atentados en lugares públicos, secuestros de oponentes, desvíos de aviones, sabotajes, asesinatos…

Contra Cuba, Washington lo hizo durante más de cincuenta años. Recordemos, por ejemplo, este testimonio de Philip Agee, ex agente de la CIA: “Me estaba entrenando en una base secreta, en Virginia, en marzo de 1960, cuando Eisenhower aprobó el proyecto que llevaría a la invasión de Cuba por Playa Girón. Estábamos aprendiendo los trucos del oficio de espía incluyendo la intervención de teléfonos, micrófonos ocultos, artes marciales, manejo de armas, explosivos, sabotajes… Ese mismo mes, la CIA, en su esfuerzo por privar a Cuba de armas antes de la inminente invasión de exiliados, hizo volar un buque francés, Le Coubre, cuando estaba descargando un cargamento de armas de Bélgica en un muelle de La Habana. Más de 100 personas murieron en aquella explosión. En abril del año siguiente, otra operación de sabotaje de la CIA con bombas incendiarias destruyó los almacenes El Encanto, principal tienda por departamentos de la capital, provocando decenas de víctimas. En 1976, la CIA planificó, con la ayuda del agente Luis Posada Carriles, otro atentado contra un avión de Cubana de Aviación en el que murieron las 73 personas a bordo. Desde 1959, el terrorismo de Estados Unidos contra Cuba ha costado unas 3.500 vidas y ha dejado a más de 2.000 personas lisiadas. Los que no conocen esta historia pueden encontrarla en la clásica cronología de Jane Franklin, ‘The Cuban Revolution and the United States’ (3)” (4).

En Nicaragua, en los años 1980, Washington actuó con igual brutalidad contra los sandinistas. Y en Afganistán contra los soviéticos. Allí, en Afganistán, con el apoyo de dos Estados muy poco democráticos –Arabia Saudita y Pakistán–, Washington alentó, también en la década de 1980, la creación de brigadas islamistas reclutadas en el mundo árabe-musulmán y compuestas por lo que los medios dominantes llamaban entonces los “freedom fighters”, combatientes de la libertad. Sabemos que fue en esas circunstancias cuando la CIA captó y formó a un tal Osama Ben Laden, quien fundaría luego Al Qaeda…

Los desastrosos errores y los crímenes cometidos por las potencias que invadieron Irak en 2003 (5) constituyen las principales causas del terrorismo yihadista actual. A ello se han añadido los disparates de las intervenciones en Libia (2011) y en Siria (2014).

Guerras de nuevo tipo

Algunas capitales occidentales siguen pensando que la potencia militar masiva es suficiente para acabar con el terrorismo. Pero, en la historia militar, abundan los ejemplos de grandes potencias incapaces de derrotar a adversarios más débiles. Basta recordar los fracasos norteamericanos en Vietnam en 1975 o en Somalia en 1994. En efecto, en un combate asimétrico, aquel que puede más no necesariamente gana: “Durante cerca de treinta años, el poder británico se mostró incapaz de derrotar a un ejército tan minúsculo como el IRA –recuerda el historiador Eric Hobsbawm–, ciertamente el IRA no tuvo la ventaja, pero tampoco fue vencido” (6).

Como la mayoría de las fuerzas armadas, las de las grandes potencias occidentales han sido formadas para combatir a otros Estados y no para enfrentar a un “enemigo invisible e imprevisible”. Pero en el siglo XXI, las guerras entre Estados están en trance de volverse anacrónicas. La aplastante victoria de Estados Unidos en Irak, a principios de los años 2000, no es una buena referencia. El ejemplo puede incluso revelarse engañoso. “Nuestra ofensiva fue victoriosa –explica el ex general estadounidense de los marines, Anthony Zinni– porque tuvimos la oportunidad de encontrar al único malvado en el mundo lo suficientemente estúpido como para aceptar enfrentarse a Estados Unidos en un combate simétrico” (7). Los conflictos de nuevo tipo, cuando el fuerte enfrenta al débil o al loco, son más fáciles de comenzar que de terminar. Y el empleo masivo de medios militares pesados no permite necesariamente alcanzar los objetivos buscados.

La lucha contra el terrorismo también autoriza, en materia de gobernabilidad y de política interior, todas las medidas autoritarias y todos los excesos, incluso una versión moderna del “autoritarismo democrático” que tomaría como blanco, más allá de las organizaciones terroristas en sí mismas, a todos los que se opongan a las políticas globalizadoras y neoliberales. Por eso, hoy es de temer que la caza a los “terroristas” provoque –como lo estamos viendo en Turquía después del extraño golpe de Estado fallido del pasado 16 de julio– peligrosos resbalones y atentados a las principales libertades y derechos humanos. La historia nos enseña que, bajo pretexto de luchar contra el terrorismo, muchos gobiernos, incluso democráticos, no dudan en reducir el perímetro de la democracia (8). Atención a lo que viene. Podríamos haber entrado en un nuevo período de la historia contemporánea, donde volvería a ser posible aportar soluciones autoritarias a problemas políticos…

1. Ochenta y cuatro muertos, entre ellos una decena de niños, y más de doscientos heridos, de los cuales unos veinte se encuentran entre la vida y la muerte…
2. Citado por Jean-Claude Buisson en: Emmanuel de Waresquiel (dir.), Le Siècle rebelle. Dictionnaire de la contestation au XXe (El siglo rebelde. Diccionario de la contestación en el siglo XX), Larousse, París, 1999.
3. Ocean Press, Minneapolis, 1997.
4. Philip Agee, “El terrorismo y la sociedad civil como instrumentos de la política de EE.UU. hacia Cuba”, Rebelión, 26-7-03, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=18132
5. Véase, por ejemplo, el “Informe Chilcot” que establece un balance de la intervención británica en Irak en 2003. Véase Le Monde, París, 6-7-16.
6. La Repubblica, Roma, 18-9-01.
7. El Mundo, Madrid, 29-9-01.
8. Véase Ignacio Ramonet, El Imperio de la vigilancia, Capital intelectual, Buenos Aires, marzo de 2016.

* Director de Le Monde diplomatique, edición española.

Publicado originalmente en: EL DIPLÓ