Elecciones en Francia: ¿Quién es Emmanuel Macron?

Macron 2017

>Por Andrés Fernández*

Con menos de cuarenta años, es la primera vez que Emmanuel Macron se presenta como candidato en un proceso electoral. Y sin pertenecer (según sus propias afirmaciones) a ningún partido político, triunfó este domingo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Francia, lo que le garantiza disputar el máximo cargo en la segunda vuelta de mayo.

Con 23,75% de los votos, este candidato atípico se enfrentará en el balotaje a Marine Le Pen, quien con 21,53% fue la segunda candidata mejor votada de la jornada del domingo 23.

Pero, ¿quién es Emmanuel Macron? ¿Cómo logró en menos de un año posicionarse como favorito en la segunda economía de la Unión Europea? ¿Y realmente es la opción más firme para vencer a Le Pen?

Veamos entonces quién es Macron

Macron saltó a la escena política primero como asesor económico del presidente socialista François Hollande y, desde 2014 como su ministro de Economía. Como es de público conocimiento, antes había trabajado como banquero de inversión en Rothschild & Cie.

Hace tan sólo un año, durante el mes de abril y sin haber dejado aún su cartera en el gobierno, lanzó el movimiento En Marche! (¡En marcha!) con un acto público en Amiens, su ciudad natal, en el norte del país.
En aquel momento aseguró que su intención era superar las diferencias tradicionales entre la izquierda y la derecha.
“Refundar desde abajo, de manera sincera, auténtica, verdadera. La idea de este movimiento político es una dinámica: ante el bloque de la sociedad, intentar avanzar”, afirmó en Amiens.

Macron se presenta como liberal en lo social, partidario de la desregulación económica y defensor a ultranza del actual modelo de Unión Europea. Cuando en noviembre pasado, seis meses después de la creación de En Marche!, el ya exministro anunció su candidatura, algunos analistas franceses vieron en esa decisión un salto al vacío.

Sin embargo, a medida que avanzó la campaña presidencial, Macron afianzó su liderazgo en las encuestas. Este domingo en tanto, confirmó su lugar en el balotaje contra la candidata del Frente Nacional.

Pero, ¿quién resultará vencedor en este duelo?

Macron se presenta como la mejor opción

“Hay gente que argumenta que Macron es la mejor opción para frenar a Marine Le Pen porque al ser más centrista puede recabar apoyos tanto a izquierda como a derecha”, según afirma el profesor Philippe Marlière, de la University College London en diálogo con BBC MUNDO. “Sin embargo, también se dice que su punto débil es que no se sabe bien de dónde viene, que no tiene experiencia… mientras que Le Pen es una buena competidora”, agrega.

No obstante, la mayor parte de los analistas duda de las posibilidades reales de Le Pen de llegar a la presidencia: en una segunda vuelta, señalan, la candidata del FN tendrá difícil superar el 50% de los votos necesarios para vencer.

Proyecciones segunda vuelta

Proyecciones para la segunda vuelta. G. Elliot Morris, The CrossTab.

Francia, elecciones y una situación inédita

En cualquier caso y más allá del resultado, las viejas claves de lectura política en Francia parecen no servir para interpretar concienzudamente los comicios realizados ayer.

La irrupción de Macron, la fortaleza de Le Pen, el ascenso de Mélénchon y la debilidad de los principales partidos tradicionales caracterizó a la jornada electoral francesa. Tal es de novedoso el escenario, que ninguno de los dos partidos tradicionales que se reparten el poder desde la instauración de la V República tendrá participación en la elección definitiva.

El segundo punto a destacar, obviamente, es el ascenso y triunfo de un movimiento político que no está constituido como partido y que no cuenta con representantes electos. Planteará sin duda, un desafío para Macron en caso de ser electo presidente; ya que dependerá para gobernar del apoyo de diputados de otros grupos, al menos hasta las elecciones legislativas de junio.

Para explicar la popularidad de Macron, sería necesario comprender la profunda crisis de representación que atraviesan los partidos tradicionales. Mientras el ganador de las primarias socialistas, Benoit Hamon, fue considerado como “demasiado de izquierdas” para muchos de sus históricos votantes, el conservador François Fillon perdió su condición de favorito en los sondeos por su presunta implicación en una serie de escándalos de corrupción que repelieron importantes apoyos.

Un voto descontento

Ante la evidente crisis de los grandes partidos, las denuncias cruzadas de corrupción y una imagen profundamente corroída de las clases políticas el líder de En Marche! se posiciona como una alternativa novedosa.
Desde la otra vereda, el Frente Nacional busca convencer también a los descontentos y desilusionados, pero en clave nacionalista con algunos postulados extremos que numerosos analistas no dudan en calificar como fascistas.

En todo caso, sería interesante aquí poner un signo de pregunta ante afirmaciones de algunos periodistas y académicos que proponen calificar a estos dos candidatos como “populistas”. Pareciera que cualquier liderazgo que no responda a las estructuras partidarias y mandatos políticos “herederos” del liberalismo, es automáticamente considerado como populista. El debate queda pues, abierto a consideraciones.

Sin embargo, es difícil encuadrar a Macron fuera del “establishment” político y económico francés. Es en definitiva, un “hombre del sistema”. Las grandes empresas y los grandes medios apostaron por “el representante del centro”, a veces solapadamente y otras, no tanto.

Es posible entonces, que el ganador de la primera vuelta se constituya en el principal garante de una serie de políticas que se aplican en Francia desde hace (al menos) veinte años. El principal éxito de Macron, es quizás, haber construido una imagen innovadora, juvenil, capaz de aglutinar apoyos más allá de las fronteras partidarias. Esa imagen puede verse opacada en parte, si se vincula demasiado con los líderes de la “vieja política” y su impulso renovador, puede perder fortaleza ante la candidata del Frente Nacional que parece tener muy en claro a “qué se juega” en esta segunda vuelta presidencial.

Desarrollo electoral del Frente Nacional

Desarrollo electoral del Frente Nacional desde 1974

 

Ver también:

  1. ¿Quién es el candidato francés Emmanuel Macron?
  2. El programa, de izquierdas y derechas, de Emmanuel Macron
  3. Emmanuel Macron: El fenómeno político de las elecciones 2017
  4. ¿Quién es Emmanuel Macron, el nuevo rostro de la política francesa?
  5. Emmanuel Macron, un OVNI de la política que pulverizó todas las reglas conocidas
  6. ¿Quién es Emmanuel Macron, el nuevo candidato a la presidencia de Francia?

*Director de MIX POLÍTICO

Contra el populismo, inclusión social

Jürgen Habermas diagnostica un nuevo desorden mundial y la impotencia de EE.UU. y Europa frente al terrorismo.

Jürgen Habermas

Después de que –a partir de 1989– se hablara de un “fin de la historia” en la democracia y en la economía de mercado, hoy vemos un fenómeno nuevo: el surgimiento –desde Putin y Erdogan hasta Donald Trump– de formas de liderazgo populistas y autoritarias. Ahora es evidente que una nueva “internacional autoritaria” logra determinar cada vez más el discurso público.

–¿Tenía razón entonces su coetáneo Ralf Dahrendorf cuando preveía un siglo XXI bajo el signo del autoritarismo? ¿Se puede o se debe hablar ya de un giro de los tiempos?

–Después del giro que se produjo hacia el 89-90, Fukuyama retomó el eslogan de la “post-historia” –que originalmente estaba ligado a un conservadorismo feroz. Esta interpretación suya del concepto daba expresión al triunfalismo miope de las élites occidentales que se basaban en la fe liberal en la armonía preestablecida entre democracia y economía de mercado. Estos dos elementos plasman la dinámica de la modernización social, pero están conectados con imperativos funcionales que continuamente tienden a entrar en conflicto. Sólo gracias a un Estado democrático digno de este nombre ha sido posible conseguir un equilibrio entre crecimiento capitalista y participación de la población en el crecimiento medio de economías muy productivas; participación esta que era aceptada, aunque solo en parte, en cuanto fuese socialmente equitativa. Históricamente, sin embargo, esta ecuanimidad, que sólo puede merecer el nombre de “democracia capitalista”, ha sido más la excepción que la regla. Ya por esto solo se entiende que la idea de que el “sueño americano” pudiera consolidarse a escala global no es más que una ilusión. Hoy son motivo de preocupación el nuevo desorden mundial y la impotencia de EE.UU. y Europa frente a los conflictos internacionales, y nos destrozan los nervios la catástrofe humanitaria en Siria o en Sudán del Sur y los actos terroristas de matriz islamista. Pero en cualquier caso, no alcanzo a distinguir una única tendencia directa hacia un nuevo autoritarismo: solo diversas causas estructurales y muchas casualidades. El elemento unificador es el nacionalismo, que entre tanto también tenemos en casa. Tampoco antes de Putin y Erdogan, Rusia y Turquía eran ciertamente “democracias impecables”. Con una política occidental solo un poco más astuta quizá hubiésemos podido establecer relaciones diferentes con estos países: quizá hubiéramos logrado también reforzar las fuerzas liberales presentes en la población de esos países.

–¿No se sobrevaloran así retrospectivamente las posibilidades que había en manos de Occidente?

–Claramente, para Occidente –solo a causa de sus intereses divergentes– no era fácil confrontar, de un modo racional y en el momento oportuno, con las pretensiones geopolíticas de la degradada superpotencia rusa o con las expectativas de política europea del irascible gobierno turco. Muy distinta es en cambio la situación en lo que se refiere al ególatra de Trump, un caso significativo para Occidente íntegro. Con su siniestra campaña electoral Trump llevó a consecuencias extremas una polarización que los republicanos, por abandono y de manera cada vez más descarada, han alimentado desde los 90; pero lo hizo de forma tal de que parezca como que este mismo movimiento finalmente se le escapaba de las manos al Grand Old Party, que no obstante sigue siendo siempre el partido conservador de Abraham Lincoln. Esta movilización del resentimiento también expresó las tensiones sociales que atraviesan a una superpotencia política y económicamente en declive. Lo que encuentro inquietante, entonces, no es tanto el nuevo modelo de una internacional autoritaria, a la que se aludía en la pregunta, como la desestabilización política en todos nuestros países occidentales. Al evaluar el paso atrás de Estados Unidos en el rol de gendarme global siempre dispuesto a intervenir no debemos perder de vista cuál es el contexto estructural en el cual eso se produce, contexto que comprende también a Europa. La globalización económica, puesta en marcha en los 70 por Washington con su agenda política neoliberal, arrojó como consecuencia un declive relativo de Occidente a escala global respecto de China y otros países Bric en ascenso. Nuestras sociedades deben desarrollar la percepción de este declive global y junto con eso la complejidad cada vez más explosiva de nuestra vida cotidiana, conectada con el desarrollo tecnológico. Las reacciones nacionalistas se fortalecen en los estratos sociales que no obtienen ningún beneficio –o que no los obtienen suficientemente– del aumento del bienestar medio de nuestras economías.

–¿Estamos presenciando una especie de irracionalización política de Occidente? Hay una parte de la izquierda ahora que se pronuncia a favor de un populismo de izquierda como reacción al populismo de derecha.

–Antes de actuar de manera puramente táctica hay que resolver un enigma: ¿cómo ha sido posible llegar a una situación en la cual el populismo de derecha priva a la izquierda de sus temas propios?

–¿Cuál debería ser la respuesta de la izquierda al desafío de la derecha?

–Hay que preguntarse por qué los partidos de izquierda no quieren asumir la dirección de una lucha decidida contra la desigualdad, que impulse formas de coordinación internacional capaces de domar los mercados no regulados. En mi opinión, ciertamente, la única alternativa razonable tanto al status quo del capitalismo financiero salvaje como al programa de recuperación de una presunta soberanía del estado nacional, que en realidad está desgastada ya de hace rato, es una cooperación supranacional capaz de dar una forma socialmente aceptable a la globalización económica. En una época la Unión Europea intentaba eso; la unión política europea podría entonces hacerlo.

–Hoy, sin embargo, parece peor incluso que el populismo de derecha en sí ser el “peligro de contagio” del populismo dentro del sistema de los partidos tradicionales, en toda Europa.

–El error de los viejos partidos consiste en admitir el frente que define el populismo de derecha: o sea “Nosotros” contra el sistema. Solo una marginalización temática podría desviar el agua al molino del populismo de derecha. Por lo tanto, se debería hacer reconocibles las oposiciones políticas, además de la contraposición entre el cosmopolitismo de izquierda –“liberal” en sentido cultural y político– y la peste etnonacionalista de la crítica de derecha a la globalización. La polarización política debería cristalizarse de nuevo entre los viejos partidos en torno a oposiciones reales. ¿Los partidos que le prestan atención al populismo de derecha, en lugar de despreciarlo, no pueden esperar que la sociedad civil sea quien prohíba los eslóganes y la violencia de la derecha?

 

Entrevista publicada por Blätter für deutsche und internationale Politik. Las preguntas fueron elaboradas por la redacción de MicroMega.Traducción del alemán al italiano: Giorgio Fazio; del italiano: Román García Azcárate.

 

Revista Ñ

Populismo. Un fantasma recorre el mundo

¿Es Trump populista? Con su triunfo en EE.UU. se reabre el debate sobre un término que hoy se aplica a izquierda y derecha, muchas veces como sinónimo de demagogia.

populismo
>Por Agustín Cosovschi

La preocupación que ha generado en los analistas el reciente triunfo electoral de Donald Trump se origina no sólo en las posibles consecuencias de su presidencia en los Estados Unidos, sino también en las implicancias que su triunfo puede tener en un mapa político mundial atravesado por el fortalecimiento de alternativas nacionalistas, autoritarias y antiliberales con capacidad de movilización popular. En este contexto, el término “populismo” aparece en el vocabulario cotidiano de muchos comentaristas para hablar de fuerzas políticas tan diferentes como las del Frente Nacional en Francia y Podemos en España, Fidesz en Hugría y el movimiento de Bernie Sanders en Estados Unidos. Pero, si el término es tan vasto y permite agrupar experiencias tan diversas, ¿de qué hablamos cuando hablamos de populismo?

Para quien quiera indagar los significados del populismo, la experiencia rusa es ineludible. En la Rusia del siglo XIX, el populismo fue un movimiento que articuló no sólo una práctica política sino también un desarrollo teórico. Buscando una alternativa a la autocracia pero desilusionados también por el fracaso del ciclo revolucionario de 1848 en Europa, pensadores como Aleksandr Herzen y Nikolai Chernishevsky pusieron en cuestión la hegemonía del pensamiento occidental y postularon la necesidad de que Rusia avanzara hacia el socialismo construyendo su propio camino, es decir, atendiendo a sus propias condiciones históricas. De allí la necesidad de salir en busca del verdadero pueblo para determinar cuál sería el rumbo propio que llevaría hacia el socialismo, lo que en el contexto fuertemente rural de la Rusia zarista implicaba un vuelco hacia la comuna agraria tradicional.

El pensamiento populista tendría además una fuerte influencia en una Europa del Este marcada por la opresión de los imperios ruso, austrohúngaro y otomano. En un clima intelectual atravesado también por el influjo de las ideas románticas, el populismo sería el tamiz a través del cual los intelectuales de la región pensarían la cuestión nacional, identificando en el campesinado no sólo al sujeto depositario de la soberanía política, sino también al portador de la identidad nacional que permitiría legitimar los nuevos Estados surgidos a partir de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

De esta manera, el populismo surgido de la periferia europea en el siglo XIX planteó una temprana reflexión sobre las alternativas que la historia ofrecía a aquellos países que no participaban de la vía occidental hacia la modernización. Además, estas ideas tendrían una fuerte influencia sobre el pensamiento socialista a lo largo del siglo XX, y en este sentido podría considerarse que experiencias tan diversas como la del titoísmo en Yugoslavia y la del maoísmo en China, por ejemplo, compartían una serie de preocupaciones de raíz populista al plantearse la necesidad de desarrollar estrategias de desarrollo que se adaptaran a las condiciones históricas específicas de sus países.

En nuestras latitudes, el término populismo no ha dejado de ocupar el centro del debate político hasta la actualidad. Podría decirse incluso que las experiencias de América Latina, de Cárdenas en México a Perón en la Argentina, constituyen el tipo-ideal del concepto de populismo tal y como se reproduce en el discurso contemporáneo de muchos medios y analistas. A lo largo del siglo XX, los populismos latinoamericanos pusieron en tensión la democracia al conjugar reformas sociales y económicas democratizantes con una inclinación por el autoritarismo y el nacionalismo, generalmente concibiendo la democracia como un régimen basado sólo en la legitimación popular, planteando la política como un enfrentamiento descarnado contra las oligarquías y descuidando la institucionalidad republicana.

Pero Europa occidental tampoco ha escapado a esta forma radical de entender la política bajo la imagen legitimadora de un pueblo virtuoso. En su clásico Pensar la revolución francesa, François Furet examinó el movimiento de 1789 como la cuna de una ideología democrático-popular que entrelazó inextricablemente igualitarismo y revolución, y que concibe la democracia no como un conjunto de procedimientos que organizan el funcionamiento de las instituciones sobre la base de la consulta electoral, sino como el modo de emancipación del pueblo, actor central del drama revolucionario, contra la resistencia de sus enemigos. En este sentido, el trabajo de Furet permite pensar que, puesto que algunos de sus rasgos constitutivos arraigan en la historia misma de la democracia europea, quizás el populismo no debería pensarse como antagonista de la democracia moderna, sino más bien como una de sus figuras posibles.

Una mirada desde la teoría

Hoy parecería que el término “populismo” es usado por la mayoría de los analistas para agrupar a fuerzas políticas que coinciden en cuestionar el orden liberal articulando una crítica contra los partidos tradicionales y apelando a la legitimidad de un pueblo que se postula como el depositario auténtico de la soberanía. La palabra se ha instalado además en el discurso no especializado, con un sentido generalmente negativo, empleada en la mayoría de los casos para designar un estilo demagógico de conducción política. Sin embargo, el concepto remite a experiencias y procesos que, aún con problemáticas y rasgos comunes, tienen grandes diferencias entre sí. Quizás sea por eso que tradicionalmente el término ha demostrado ser particularmente resistente a las definiciones teóricas, generando disputas y causando contradicciones.

En marzo de este año, el historiador norteamericano Michael Kazin abordó este problema en un artículo en el New York Times, donde se preguntaba cómo era posible que los medios calificaran de “populistas” tanto a Bernie Sanders, un orgulloso socialista, como a Donald Trump, un multimillonario arrogante. Allí el autor apelaba a las tradiciones políticas estadounidenses para explicar que, si bien ambos candidatos apelaban a un discurso antisistema para movilizar a sus votantes, cada uno abrevaba en tradiciones discursivas históricamente distintas: mientras que Sanders reactualizaba elementos del viejo populismo estadounidense, un movimiento que nació con el People’s Party de fines del siglo XIX para defender a los trabajadores y pequeños agricultores de los abusos de los bancos y la gran industria, el lenguaje de Trump se entroncaba más bien con el discurso xenófobo y nativista del Know-Nothing Party de los años 1850.

Pero, si el uso del término populismo iguala discursos que abrevan en tradiciones políticas diferentes, ¿qué es lo que designa? El mismo Kazin lo respondía en una entrevista publicada el mismo año por Slate al dar una definición que quizás nos permita avanzar un paso en la comprensión del problema: el populismo, afirmaba, es el lenguaje de quienes ven a la gente común como un grupo noble no sólo unido por la clase y a sus enemigos de la élite como antidemocráticos e interesados, e intentan movilizar a los primeros contra los segundos. El populismo no es una ideología, sino una forma de expresión.

En una línea emparentada ha trabajado el argentino Ernesto Laclau, una referencia ineludible de la teoría política contemporánea, quien ha afirmado que la resistencia del populismo a ser definido es un rasgo estructural de su constitución. Según Laclau, el populismo no es un contenido específico sino una lógica política. Cuando una serie de demandas sociales no encuentran respuesta por parte del poder político, la exclusión de todas ellas permite su igualación en lo que el autor denomina una lógica de equivalencia. Si esta cadena de demandas es articulada bajo una identidad popular y el campo de lo social se divide de manera antagónica, están dadas las condiciones para la emergencia del populismo.

La articulación de estas demandas, sin embargo, precisa de un significante capaz de organizar la unificación. Y este significante, sostiene Laclau, puede ocupar ese rol precisamente porque su contenido no depende de un contenido a priori, sino que resulta de la misma operación de unificación de las demandas. En otras palabras, se trata de un significante vacío. Esta indeterminación no sólo permite ejercer una atracción irresistible sobre todas aquellas demandas que se identifiquen como “excluidas del sistema”, sino que también impide que se pueda controlar qué demandas se incluyen en la cadena. Es precisamente de esta indefinición del populismo, que tantos problemas genera a los teóricos, de donde se derivan su eficacia y su potencial como lógica política.

Quizás sea más fácil dotar al concepto de populismo de un contenido específico en otros campos que no sean el de la historia y la teoría política. En el terreno de la economía, por ejemplo, Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards han analizado el fenómeno en un artículo clásico titulado “Macroeconomía del populismo en América Latina”. Examinando el Chile de Allende y el Perú de Alan García en los años 80, los autores definieron el populismo como un enfoque económico que, al privilegiar el crecimiento y la redistribución y minimizar los riesgos de la inflación y el déficit, dispara una secuencia más o menos previsible de decisiones que, en diferentes países y diferentes épocas, generan los mismos resultados y con efectos perniciosos para sus supuestos beneficiarios. En este sentido, el trabajo deja de lado la dimensión política del fenómeno populista, pero tiene el mérito de volver a llenar de sentido el concepto y reivindicar así su valor analítico.

Una operación distinta realiza el francés Pierre Rosanvallon, quien ha identificado las raíces del populismo contemporáneo en las tensiones estructurales de la democracia moderna. En la democracia, sostiene el autor, el pueblo tiene un estatuto contradictorio: es fuente de la legitimidad política pero constituye una entidad imposible de definir. Sobre esta condición “inalcanzable” del pueblo se monta el populismo, cuya eficacia se basa en una triple simplificación. En primer lugar, considera el pueblo como un sujeto evidente, cuando su definición está siempre en disputa. En segundo lugar, desprecia los procedimientos institucionales, apelando sólo a la consulta popular como forma real de la democracia. Y finalmente el populismo postula que la cohesión de una sociedad se deriva únicamente de su identidad, y no de la calidad de sus lazos internos. Si el peligro del populismo reside en la simplificación, afirma Rosavallon, la solución radica justamente en complejizar la democracia. En otras palabras, desarrollarla mediante la multiplicación de las instancias de expresión y participación, convirtiéndola en un régimen cada vez más interactivo y deliberativo.

Una mirada sobre la historia y los sentidos del término populismo nos conduce a una conclusión un tanto ingrata: aunque es posible identificar algunos sentidos más o menos estables del término, se trata de un concepto sometido al debate permanente y altamente resistente a las definiciones. Sin embargo, la reflexión acerca de sus significados posibles ayuda a establecer algunas coordenadas para comprender mejor su uso. Y, más importante aún, permite poner en primer plano este carácter polémico y estimulante que el concepto de populismo sigue ofreciendo al pensamiento político, precisamente en un momento de la historia en el que quizás sea más importante articular las preguntas que apresurarse por dar las respuestas.

 

Publicado en: LA NACIÓN

Lecturas: “¿De qué hablamos cuando hablamos de populismo?”

En discusiones políticas y en los medios, el concepto “populismo” suele mencionarse como una amenaza. Sin embargo no existen en el mundo movimientos que así se autodefinan. El historiador Ezequiel Adamovsky hace un recorrido cronológico sobre el término, arrancando en la Rusia de 1800, pasando por América Latina e incluyendo el sentido positivo que le dio Ernesto Laclau. ¿Sirve una categoría que se le puede aplicar tanto a la coalición de izquierda griega de Syriza como a sus enemigos del movimiento neonazi? Según el autor, “como concepto para entender la realidad, el populismo se ha extinguido”.

populismo_1_izqda> Por Ezequiel Adamovsky

Por todas partes se habla del “populismo” en los debates políticos y en los medios. No hay día en que no leamos columnas en la prensa norteamericana, europea o de América Latina que nos adviertan sobre alguna amenaza “populista”  en algún lado, de Venezuela a Grecia, de España a Argentina. Incluso dentro de los Estados Unidos se suele acusar a algunos políticos de ser “populistas”. Es como si fuera una especie de plaga desconocida: está por todas partes y nadie puede explicar del todo cómo se ha expandido tanto. ¿Pero qué quiere decir “populismo”? ¿Existe realmente una “amenaza populista” que esté afectando a las democracias de todo el planeta?   “Populismo” y el adjetivo “populista” fueron términos académicos antes de transformarse en expresiones de uso común. A su vez, como muchos otros conceptos académicos, nacieron como parte de vocabularios políticos de algún país en concreto. “Populismo” fue utilizado por primera vez hacia fines del siglo XIX para describir un cierto tipo de movimientos políticos. El término apareció inicialmente en Rusia en 1878 como Narodnichestvo, luego traducido como “populismo” a otras lenguas europeas, para nombrar una fase del desarrollo del movimiento socialista vernáculo. Como explicó el historiador Richard Pipes en un estudio clásico, ese término se utilizó para describir la ola antiintelectualista de la década de 1870 y la creencia según la cual los militantes socialistas tenían que aprender del Pueblo, antes que pretender erigirse en sus guías. Pocos años después los marxistas rusos comenzaron a utilizarlo con un sentido diferente y peyorativo, para referirse a aquellos socialistas locales que pensaban que los campesinos serían los principales sujetos de la revolución y que las comunas y tradiciones rurales podrían utilizarse para construir a partir de ellas la sociedad socialista del futuro. Así, en Rusia y en el movimiento socialista internacional, “populismo” se utilizó para designar un tipo de movimiento progresivo, que podía oponerse a las clases altas, pero –a diferencia del marxismo– se identificaba con el campesinado y era nacionalista.

Aparentemente sin conexión con el precedente ruso, “populismo” surgió también como término político en los Estados Unidos luego de 1891, para referir al efímero People’s Party (Partido del Pueblo) que surgió entonces, apoyado principalmente por los granjeros pobres, de ideas progresistas y antielitistas. Tal como en Rusia, el término también refirió allí a un movimiento rural y a una tendencia antiintelectualista; utilizado por los oponentes del nuevo partido, también adquirió de inmediato una connotación peyorativa. Como mostró Tim Houwen, “populismo” permaneció como un vocablo poco utilizado hasta la década de 1950. Sólo entonces fue adoptado por la academia –entre otros por el sociólogo Edward Shils– aunque con un sentido completamente novedoso. En la formulación de Shils, “populismo” no refería a un tipo de movimiento en particular, sino a una ideología que podía encontrarse tanto en contextos urbanos como rurales y en sociedades de todo tipo. “Populismo” para Shils, designaba “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura”. Como un fenómeno de múltiples caras, tal “populismo” se manifestaba en una variedad de formas: el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el Macartismo en Estados Unidos, etc. Movilizar los sentimientos irracionales de las masas para ponerlas en contra de las élites: eso era el populismo. En otras palabras, “populismo” pasó a ser el nombre para un conjunto de fenómenos que se apartaban de la democracia liberal, cada uno a su modo.    En las décadas de 1960 y 1970 otros académicos retomaron el término, en un sentido algo diferente, aunque conectado con el anterior. Lo utilizaron para nombrar a un conjunto de movimientos reformistas del Tercer Mundo, particularmente los latinoamericanos como el peronismo en Argentina, el Varguismo en Brasil y el Cardenismo en México. A pesar de que algunos de estos académicos valoraban positivamente la expansión de nuevos derechos para las clases bajas que había venido de la mano de estos movimientos, su tipo de liderazgo era el rasgo distintivo: era personal antes que institucional, emotivo antes que racional, unanimista antes que pluralista. En este sentido, se medían con la vara implícita de las democracias “normales” (es decir, liberales) del Primer Mundo. En eso, estos trabajos se conectaban con los de los académicos como Shils: implícitamente compartían una mirada normativa sobre cómo se suponía que debían ser y lucir las verdaderas democracias.   Así, en el mundo académico el concepto de “populismo” mutó de un uso más restringido que refería a los movimientos de campesinos o granjeros, a un uso más amplio para designar un fenómeno ideológico y político más o menos ubicuo. Para la década de 1970 “populismo” podía aludir a tal o cual movimiento histórico en concreto, a un tipo de régimen político, a un estilo de liderazgo o a una “ideología de resentimiento” que amenazaba por todas partes a la democracia. En todos los casos, el término tenía una connotación negativa.

Para complicar incluso más las cosas, el filósofo post-marxista Ernesto Laclau propuso un sentido más para nuestro término, completamente diferente a todos los anteriores. La influyente obra de Laclau planteó la necesidad de reemplazar la noción de “lucha de clases”, entendida como una oposición binaria fundamental que se generaba por la propia naturaleza de la opresión de clases, por la idea de que en la sociedad existe una pluralidad de antagonismos, tanto económicos como de otros órdenes. En tal escenario, no puede darse por sentado que todas las demandas democráticas y populares van a confluir como una opción unificada contra la ideología del bloque dominante. El plano político tiene un papel fundamental a la hora de “articular” esa diversidad de antagonismos. Y los discursos aquí son fundamentales, ya que son ellos los que “articulan” las demandas diversas, produciendo un Pueblo en oposición a la minoría de los privilegiados. Así entendido, el Pueblo es un efecto de la apelación discursiva que lo convoca, antes que un sujeto político pre-existente. En esta visión política, la articulación de un Pueblo en oposición al bloque dominante, es decir, el ordenamiento de una variedad de demandas en una oposición binaria, es fundamental para la “radicalización de la democracia” (una expresión que, para Laclau, tenía un sentido positivo). En uno de sus últimos trabajos, Sobre la Razón Populista (2005), Laclau utilizó el término “populista” para nombrar ese tipo particular de apelaciones políticas que recortaban un Pueblo en oposición a las clases dominantes. “El populismo comienza –escribió– allí donde los elementos popular-democráticos son presentados como una opción antagonista contra la ideología del bloque dominante”. Pero en verdad esa etiqueta no era indispensable. Laclau podría haber llamado al estilo específico de apelación política que le interesaba de otro modo, por ejemplo, “popular-democráticas” o alguna otra variante, en lugar de “populistas”. Pero el hecho es que decidió llamar a eso “populismo”, con lo cual, contrariamente a los académicos del pasado, le otorgó a ese término un sentido positivo. En su filosofía, el “populismo” era el nombre de la necesaria y esperada “radicalización de la democracia”. Como consecuencia de la propuesta teórica de Laclau, por primera vez algunos referentes e intelectuales de ciertos movimientos políticos (por caso el kirchnerismo en Argentina y Podemos en España) comenzaron a llamarse “populistas” a sí mismos, desafiando de ese modo el sentido común según el cual ser “populista” era algo malo. Y a su vez, eso alimentó a los liberales, dándoles más motivos para creer que existe una “amenaza populista” acechando la ciudadela de la democracia.   El término “populismo” tenía entonces una dinámica expansiva ya en sus usos académicos. Pero al volverse de uso común, especialmente en las últimas dos décadas, se descontroló completamente. Casi cualquier cosas puede ser llamada “populismo” en la prensa de hoy. “Populista” se ha vuelto una especie de acusación banal que se lanza simplemente para desacreditar a cualquier cosa o adversario, buscando asociarlo así con algo ilegal, corrupto, autoritario, demagógico, vulgar o peligroso. Algunos gobiernos latinoamericanos que en los últimos tiempos no se alinearon con Estados Unidos o con el FMI son por supuesto los blancos preferidos. Venezuela, Nicaragua, Argentina, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Brasil son o han sido atacados por la amenaza “populista” que proyectan sobre las democracias de la región. Y uno pensaría que ya entendió a qué se refiere el término, pero entonces comprueba que también Silvio Berlusconi –que no era ningún enemigo de los norteamericanos y mucho menos de los grandes empresarios– era un “populista”. ¿Y por qué? Para la revista The Economist, porque su gobierno se apoyaba en lazos de “patronazgo y corrupción” o, como otro comentarista argumentó, porque Berlusconi hablaba “en el lenguaje del hombre común de la calle”. Según el New York Times, en Europa es “populista” cualquiera que quiera poner límites a la migración interna o sea euroescéptico; con esos dos rasgos ya alcanza para ganarse el mote. El líder italiano Beppe Grillo es por supuesto un “populista” ya que critica al establishment político italiano. No importan las ideas que uno tenga en cualquier otro asunto: si uno habla como la gente común, si critica a Estados Unidos, si tiene problemas con el curso que está tomando la Unión Europea o con su establishment político local, uno es un “populista”. Y no importa si se trata de un izquierdista radicalizado o de alguien de extrema derecha. En Grecia, según nos informan, Syriza es por supuesto “populista”. Pero también lo son sus enemigos del movimiento neo-Nazi Amanecer Dorado. Las ideas de ambos grupos son totalmente opuestas en todas y cada una de las maneras posibles, pero sin embargo ambos se las arreglan para pertenecer a la misma familia política. Ambos son de “los populistas”.

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De toda esta proliferación de significados, uno creería al menos entender que, comoquiera que uno lo defina, el “populismo” es un fenómeno político. Pero sin embargo las cosas no son tan sencillas. Porque economistas como Rudiger Dornbusch y otros opinan que existe también un  “populismo macroeconómico”, según el cual son “populistas” aquellos que tienen una mirada económica que “prioriza el crecimiento y la distribución del ingreso y no se preocupa suficientemente por los riesgos de la inflación y del déficit en las finanzas, por las limitantes externas y por las reacciones de los agentes económicos frente a políticas agresivas que afectan el mercado”. Este “populismo macroeconómico” parecería referir entonces a un tipo específico de políticas económicas. Y sin embargo, en los debates recientes cualquier tipo de comentario o idea que no sea total y completamente amigable hacia los empresarios recibe el mote de “populista”. La Cámara de Comercio de los Estados Unidos declaró recientemente que son “populistas” todos los que tratan de “eliminar el sistema de capital libre y abierto.” A Obama se lo acusó de serlo sólo por decir que le gustaría que los millonarios paguen un poquito más de impuestos. El Wall Street Journal llamó “populista” a Hilary Clinton porque dijo que el Congreso debería “enfocarse en la creación de empleo y en los ingresos de las familias de clase media”. Eso era todo lo que el diario necesitaba escuchar. De hecho, para ese períodico, la mera preocupación por el tema de la “desigualdad de ingresos”  es síntoma de la enfermedad del “populismo” (porque los ingresos de cada cual son un asunto privado, claro).   Bien entonces. El “populismo” es un fenómeno político y también económico. ¿Así sería? Lamentablemente la saga continúa. Porque a todo lo anterior hay que agregar la idea que presentó hace tiempo Jim McGuigan, adoptada luego por muchos otros, según la cual existe también un “populismo cultural”, que sería aquél que valoriza la cultura popular por sobre otras formas de cultura “seria”. Está visto: el “populismo” ha penetrado todas las áreas de la vida social.     En todos estos usos variados, “populismo” parece poco más que un latiguillo que busca dar credibilidad conceptual a nociones más antiguas y menos sofisticadas, como “demagogia”, “autoritarismo”, “nacionalismo” o “vulgaridad”. Se utiliza con frecuencia simplemente para desacreditar ciertas ideas o decisiones de política económica heterodoxas, asociando a las personas o gobiernos que las llevan adelante a cosas desagradables, como el nazismo o la xenofobia. Para decirlo en otras palabras, “populismo” es un término que mete en una misma bolsa cosas que no pertenecen a un mismo conjunto y, al mismo tiempo, crea barreras mentales que nos impiden comparar cosas que son perfectamente comparables. ¿Por qué se agruparía bajo una misma etiqueta a los gobiernos sudamericanos que están construyendo la UNASUR y que en general tienen leyes benignas para la inmigración, con los xenófobos y racistas de la derecha euroescéptica? ¿Por qué aplicar impuestos a los ricos es “populismo” si lo hace un gobierno latinoamericano, pero sólo una medida “socialdemócrata” si lo hace Noruega? ¿Por qué las medidas económicas de Perón eran “populistas” pero el New Deal de Roosevelt –en el que Perón se inspiró– era apenas “keynesiano”? ¿Así que la corrupción y el patronazgo son rasgos populistas? ¿Entonces por qué en España lo son los muchachos de Podemos, pero no los corruptísimos del Partido Popular? Suele asociarse a Argentina con Venezuela como dos formas extremas de “populismo”. Pero en realidad, en términos de estilos políticos, arreglos institucionales y políticas concretas, el gobierno kirchnerista se parece más al del Frente Amplio uruguayo que al de Maduro. ¿Por qué entonces rara vez se dice que Uruguay forma parte de la “amenaza populista”? No hay motivo concreto, como no sea el hecho de que Uruguay continúa siendo un país amigable para los norteamericanos.

populismo_4_dcha “Populismo” se ha convertido en un término de combate profundamente ideologizado. Su valor como concepto para entender la realidad, si alguna vez lo tuvo, se ha extinguido. En los usos actuales, puede referir a una familia de ideologías, a una variedad de movimientos políticos, a un tipo de régimen, a un estilo de gobierno, a un modelo económico, a una estética o a un tipo particular de apelación política. Todo eso mezclado y sin ninguna claridad analítica. “Populismo” funciona obviamente como término peyorativo, orientado a desacreditar a quienes se lo aplica. Pero más importante que eso: se supone que las categorías con vocación taxonómica deben agrupar fenómenos sociales similares para hacerlos más comprensibles. No hay nada malo en ello –de hecho es algo fundamental –, pero a condición de que se agrupe a los fenómenos según los rasgos propios que posean. Como categoría taxonómica, “populismo” hace exactamente lo contrario. El único rasgo que comparten todos los fenómenos que son catalogados con esa etiqueta no es algo que son, sino algo que no son. Se los agrupa no por sus rasgos en común, sino simplemente porque ninguno de ellos (cada uno a su modo y por motivos diferentes) se corresponde con el tipo de movimientos, estilos, políticos o políticas que los liberales occidentales tienen a apreciar. En los debates actuales, “populismo” significa no mucho más que ser amistoso  con la clase baja –sea en términos de políticas concretas o simplemente de manera discursiva– o tomar medidas (o tener “estilos”) que desagradan a las élites políticas, económicas o culturales.  Porque, supongamos por un momento que manifestar cercanía hacia la clase baja fuera algo que se aparta de los ideales de las democracias “normales”, esto es, las que supuestamente dejan que el “pluralismo” oriente una negociación cordial de todos los intereses sociales, sin preferencia por ninguno. Y supongamos que tal desviación fuera tan importante que requiriera todo un concepto para nombrarla: no es “democracia” sino “populismo”. Aceptemos todo eso por un momento. ¿Cómo es entonces que no hay un concepto, una taxonomía específica, para nombrar la desviación opuesta, es decir, las ideas, actitudes, estilos o políticas que manifiestan cercanía con las clases altas y producen desagrado a las clases bajas? ¿Cómo es que tal apartamiento del ideal del pluralismo es simplemente una de las variantes aceptables de la democracia y no reclama una etiqueta especial que nos advierta sobre el peligro que implican? En la ausencia de respuesta a esas preguntas, la pretensión normativa del concepto de “populismo” queda perfectamente clara.   Lo que quiero decir, en resumidas cuentas, es que “el populismo” no existe. No hay ninguna “amenaza populista” al acecho de nuestras democracias. De hecho, no hay una sino varias amenazas que pesan sobre la vida democrática. Y también existen varios modelos de democracia posibles. “Populismo” nos hace creer que este escenario complejo de múltiples opciones y diversos peligros en verdad es sencillo. Se trataría de un escenario dividido en dos campos claramente distinguibles: por un lado la democracia liberal (la única que merece ser llamada “democracia”) y por el otro la presencia fantasmal de todo lo que no se corresponde con ese ideal y, por ello, debe rechazarse de plano. En otras palabras, “populismo” nos invita a cerrar filas alrededor de la democracia liberal (es decir, una democracia de alcances limitados tal como gusta a los liberales) para combatir a un solo monstruo compuesto por todo lo demás, en cuyo cuerpo indiscernible conviven neonazis, keynesianos, caudillos latinoamericanos, socialistas, charlatanes, anticapitalistas, corruptos, nacionalistas y cualquier otra cosa sospechosa. Y el problema es que esa forma de razonamiento nos impide ver dos hechos fundamentales. Primero, que dentro de esa masa de elementos “populistas” hay algunos que definitivamente son una amenaza a la democracia, pero también ideas, experimentos políticos y organizaciones que tienen el potencial de ofrecer formas mejores y más sustantivas de democracia para las sociedades modernas. Y segundo, que el propio liberalismo, con sus valores individualistas, su ethos productivista y su compromiso irrestricto con los intereses de los empresarios es, de hecho, una de las mayores amenazas que corroen las democracias actuales.

Publicado en: Revista Anfibia