Lecturas: “La nueva cultura juvenil”

Los jóvenes de hoy enfrentan nuevos desafíos que no pueden resolver recurriendo a viejos modelos. En esta transición entre un mundo que se termina –y del cual están desencantados– y otro en plena construcción, se valen de las nuevas tecnologías para vincularse con la experiencia y configurar sus identidades.

Escuela

Una generación en plena transformación

>Por Fernando Peirone*

Se podría decir que los jóvenes actuales participan de un movimiento tectónico transnacional y trans-clasista cuyos efectos y alcances aún no podemos prever ni evaluar. El modo errático con que se los refiere, con denominaciones tales como “jóvenes y”, “generación multitasking”, “nativos digitales”, “generación Einstein”, “generación multimedia”, “i-generation”, “bárbaros”, “generación post-alfa”, “generación app”, etc., refleja lo inquietante y enmarañado que se han vuelto estos jóvenes para la cultura dominante. Cada uno de estos heterónimos intenta describir y comprender un proceso colectivo de desclasificación de lo sociológicamente identificable que altera desde la lógica familiar, hasta los procesos cognitivos, pasando por la vida institucional, la producción cultural y los dominios del mercado. En cada territorio, en cada sector social, esta alteridad se manifiesta con un registro diferente y vinculado a su coyuntura, pero siempre potente, esquivo, interconectado y resignificando categorías. A propósito de esta irrupción, y asumiendo la responsabilidad de generar una instancia de comunicación y entendimiento, voy con las tecnologías interactivas, refleja las destrezas para plantearse y alcanzar metas personales, pero también revela la capacidad social de reaccionar ante la percepción de injusticias y desajustes entre aspiraciones y logros (2). En la misma línea argumental, Fernando Calderón y Alicia Szmukler realizan un aporte que nos ayuda a dimensionar a esta generación tecnosocial. Dicen que ya “es posible pensar en un nuevo tipo de politicidad, entendida como la búsqueda de un nuevo sentido de la vida y de la política” (3), y que esta emergencia se debe en buena medida al uso socialmente incluyente que los jóvenes hacen de las TIC, generando: 1) una expansión inédita de los medios horizontales, 2) un incremento cualitativo de la auto-comunicación de masas y 3) una “modificación en los patrones de conocimiento y aprendizaje”. Antes de seguir, es bueno aclarar que si bien los jóvenes son quienes más se ajustan a este carácter social, la edad no es un indicador de hierro ya que su alcance se difumina en un espectro etario amplio. Asimismo, hay que decir que entre los jóvenes también “se observan tendencias hacia la inacción, la contracción o incluso hacia la anti-agencia”. En otras palabras, no hablamos de un fenómeno homogéneo sino de una transición que aún no comprendemos acabadamente, ni ha terminado de manifestarse. Mundos desencontrados Entre los jóvenes actuales se observa una clara conciencia de la brecha experiencial que se abre entre su modo de habitar el mundo y la cultura hegemó- nica. Lo que resulta novedoso respecto de otras postas generacionales es el modo en que asumen esta situación. Hernán Casciari, sin ser joven pero a la vez siéndolo, lo expresa de manera contundente y desembozada: “No hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer” (4). Esta desafectación de lo real-hegemónico es un rasgo que caracteriza a buena parte de la generación tecnosocial. ¿Es posible deducir las formas y consecuencias de esa operatoria? Lo intentaré a partir de algunos apuntes de investigación. En “la lógica de los campos”, Pierre Bourdieu contempla al recién llegado que “trata de romper los cerrojos del derecho de entrada”, y al dominante que, instalado en el poder, “trata de defender su monopolio y de excluir a la competencia” (5). Considera, incluso, a quien intenta subvertirlo. Lo llama “hereje” y es quien plantea una ruptura crítica, en general ligada a las crisis. Pero aún en esta situación “la lucha presupone un acuerdo entre los antagonistas sobre aquello por lo cual merece la pena luchar”. De tal modo que quienes participan en la lucha, aun desde un contracampo, contribuyen a reproducir el juego pues acuerdan sobre el valor de lo que se disputa. ¿Pero qué sucede si quienes teniendo edad para ingresar en el juego, con plena conciencia de lo que se disputa, deciden no participar? ¿Cómo se metaboliza una desafectación del campo social, entendiéndolo como la yuxtaposición de campos heterogé- neos? No hablamos, claro está, de aquellos que quedan afuera del campo por la exclusión o porque en la estructuración del capital valorado no tienen nada para aportar (6). Hablamos de quiea compartir un remixado de apropiaciones y reflexiones sobre el devenir de la cultura juvenil. El impacto de las tecnologías El concepto “generación” nunca alcanzó a reflejar cabalmente formas de conciencia o procesos de identificación. Sin embargo, últimamente, esta idea ha sido revisitada. El norteamericano Howard Gardner y el italiano Franco Berardi, entre otros, vinculan la idea de generación a la tecnología, como el factor que establece un instrumental común, un tipo de sociabilidad y una duración. Antes, dice Berardi, podían pasar “dé- cadas o quizá siglos para que las personas se habituasen a usar una técnica que pudiera modificar las formas de pensamiento y las modalidades de acercamiento a la realidad” (1). Pero con el paso de la cultura alfabética a la cultura digital, la tecnología se convirtió en el común denominador de experiencias vitales, identitarias y transversales. Estas nuevas consideraciones hicieron que se comenzara a hablar de una generación tecnosocial enriquecida al compás de la proliferación de los dispositivos mó- viles, las aplicaciones y las redes sociales. Es el caso, sin ir más lejos, de Michel Serres. En su libro Pulgarcita, cuyo tí- tulo refiere a la generación que convirtió a sus pulgares y a los “mensajitos” de texto en una herramienta comunicativa, nos presenta un subtítulo sugestivo: “el mundo cambió tanto que los jóvenes deben reinventar todo”. A poco de empezar, el famoso epistemólogo francés nos revela que “las ciencias cognitivas muestran que el uso de la Red, la lectura o la escritura de mensajes con los pulgares, la consulta de Wikipedia o Facebook, no estimulan las mismas neuronas ni las mismas zonas corticales que el uso del libro, de la tiza o del cuaderno”. Es decir, no sólo se trata de una generación que, como sostiene Manuel Castells, está produciendo “cambios socioculturales de gran calado”, sino que además está experimentando un proceso cognitivo diferenciado y novedoso. El Informe 2009-2010 del PNUD sobre Desarrollo Humano para Mercosur, dice que los jóvenes de la región suramericana presentan una alta capacidad para actuar y provocar cambios en función de valores, aspiraciones y objetivos propios, siendo las mujeres las que más han desarrollado esa potencia social. Esta “capacidad de agencia”, que presenta una importante vinculación con las tecnologías interactivas, refleja las destrezas para plantearse y alcanzar metas personales, pero también revela la capacidad social de reaccionar ante la percepción de injusticias y desajustes entre aspiraciones y logros (2). En la misma línea argumental, Fernando Calderón y Alicia Szmukler realizan un aporte que nos ayuda a dimensionar a esta generación tecnosocial. Dicen que ya “es posible pensar en un nuevo tipo de politicidad, entendida como la búsqueda de un nuevo sentido de la vida y de la política” (3), y que esta emergencia se debe en buena medida al uso socialmente incluyente que los jóvenes hacen de las TIC, generando: 1) una expansión inédita de los medios horizontales, 2) un incremento cualitativo de la auto-comunicación de masas y 3) una “modificación en los patrones de conocimiento y aprendizaje”. Antes de seguir, es bueno aclarar que si bien los jóvenes son quienes más se ajustan a este carácter social, la edad no es un indicador de hierro ya que su alcance se difumina en un espectro etario amplio. Asimismo, hay que decir que entre los jóvenes también “se observan tendencias hacia la inacción, la contracción o incluso hacia la anti-agencia”. En otras palabras, no hablamos de un fenómeno homogéneo sino de una transición que aún no comprendemos acabadamente, ni ha terminado de manifestarse. Mundos desencontrados Entre los jóvenes actuales se observa una clara conciencia de la brecha experiencial que se abre entre su modo de habitar el mundo y la cultura hegemó- nica. Lo que resulta novedoso respecto de otras postas generacionales es el modo en que asumen esta situación. Hernán Casciari, sin ser joven pero a la vez siéndolo, lo expresa de manera contundente y desembozada: “No hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con Alzheimer” (4). Esta desafectación de lo real-hegemónico es un rasgo que caracteriza a buena parte de la generación tecnosocial. ¿Es posible deducir las formas y consecuencias de esa operatoria? Lo intentaré a partir de algunos apuntes de investigación. En “la lógica de los campos”, Pierre Bourdieu contempla al recién llegado que “trata de romper los cerrojos del derecho de entrada”, y al dominante que, instalado en el poder, “trata de defender su monopolio y de excluir a la competencia” (5). Considera, incluso, a quien intenta subvertirlo. Lo llama “hereje” y es quien plantea una ruptura crítica, en general ligada a las crisis. Pero aún en esta situación “la lucha presupone un acuerdo entre los antagonistas sobre aquello por lo cual merece la pena luchar”. De tal modo que quienes participan en la lucha, aun desde un contracampo, contribuyen a reproducir el juego pues acuerdan sobre el valor de lo que se disputa. ¿Pero qué sucede si quienes teniendo edad para ingresar en el juego, con plena conciencia de lo que se disputa, deciden no participar? ¿Cómo se metaboliza una desafectación del campo social, entendiéndolo como la yuxtaposición de campos heterogé- neos? No hablamos, claro está, de aquellos que quedan afuera del campo por la exclusión o porque en la estructuración del capital valorado no tienen nada para aportar (6). Hablamos de quienes reconocen la lógica de los campos porque crecieron bajo su gravitación y vigencia, pero no se sienten atraídos por el valor de lo que está en juego. ¿Por qué? Porque se saben damnificados directos, como en muchos casos lo fueron sus padres, que postergaron sueños y ofrendaron años de sus vidas sin recompensas personales ni la conquista de un futuro promisorio para legarles. Pero también –y este es el argumento más abarcador y potente– porque no advierten una utilidad práctica ni espiritual en lo que ofrecen los campos. Este escenario, con evidentes connotaciones políticas, no es un producto unilateral. Así como los jóvenes no le encuentran sentido a participar del diagrama de poder que estructura el espacio social, del mismo modo la configuración de los campos no concibe una representación por fuera de la estructuralidad en la que se inscribe. Son dos có- digos culturales. Uno hegemónico y respaldado por una larga tradición, pero tan incapaz de reconocer cualquier valor que no lo reafirme como de concebir la posibilidad de un capital cultural más allá de sus efectos. El otro, incipiente y asumiendo su debilidad, pero consciente de lo infructuoso que le resultan los intentos de entendimiento. Entonces: ¡ya fue! No vale la pena invertir energías en algo que no es viable, como tampoco tiene sentido disputar algo que no es una moneda de cambio válida en su realidad cotidiana. Lógica pragmática La desafectación tiene una relación directa con lo que expresan las investigaciones empíricas sobre los jóvenes actuales. Tienen escasa paciencia y viven dilemas nuevos que no pueden resolver basándose en modelos vivos anteriores. La combinación de estas dos variables hace que sus evaluaciones sean proseguidas por un decisionismo raudo. Los resultados de esta práctica no necesariamente son los mejores, pero sus yerros no son vividos como frustración: lo heurístico, adoptado del aprendizaje interactivo, ya forma parte de su modo de relacionarse con el mundo. Cuando algo demuestra cierto agotamiento o se vuelve disfuncional, dicen “ya fue”, y comienzan a evaluar la posibilidad de cambiarlo. No lo hacen como un tránsito hacia lo ideal. Sus cambios son pragmá- ticos, motivados por la necesidad de resolver inconvenientes y de producir significados nuevos. Entonces, cuando ya no hay “upgrades”, pasan a la versión 2.0  porque crecieron bajo su gravitación y vigencia, pero no se sienten atraídos por el valor de lo que está en juego. ¿Por qué? Porque se saben damnificados directos, como en muchos casos lo fueron sus padres, que postergaron sueños y ofrendaron años de sus vidas sin recompensas personales ni la conquista de un futuro promisorio para legarles. Pero también –y este es el argumento más abarcador y potente– porque no advierten una utilidad práctica ni espiritual en lo que ofrecen los campos. Este escenario, con evidentes connotaciones políticas, no es un producto unilateral. Así como los jóvenes no le encuentran sentido a participar del diagrama de poder que estructura el espacio social, del mismo modo la configuración de los campos no concibe una representación por fuera de la estructuralidad en la que se inscribe. Son dos có- digos culturales. Uno hegemónico y respaldado por una larga tradición, pero tan incapaz de reconocer cualquier valor que no lo reafirme como de concebir la posibilidad de un capital cultural más allá de sus efectos. El otro, incipiente y asumiendo su debilidad, pero consciente de lo infructuoso que le resultan los intentos de entendimiento. Entonces: ¡ya fue! No vale la pena invertir energías en algo que no es viable, como tampoco tiene sentido disputar algo que no es una moneda de cambio válida en su realidad cotidiana. Lógica pragmática La desafectación tiene una relación directa con lo que expresan las investigaciones empíricas sobre los jóvenes actuales. Tienen escasa paciencia y viven dilemas nuevos que no pueden resolver basándose en modelos vivos anteriores. La combinación de estas dos variables hace que sus evaluaciones sean proseguidas por un decisionismo raudo. Los resultados de esta práctica no necesariamente son los mejores, pero sus yerros no son vividos como frustración: lo heurístico, adoptado del aprendizaje interactivo, ya forma parte de su modo de relacionarse con el mundo. Cuando algo demuestra cierto agotamiento o se vuelve disfuncional, dicen “ya fue”, y comienzan a evaluar la posibilidad de cambiarlo. No lo hacen como un tránsito hacia lo ideal. Sus cambios son pragmá- ticos, motivados por la necesidad de resolver inconvenientes y de producir significados nuevos. Entonces, cuando ya no hay “upgrades”, pasan a la versión 2.0 sin añoranza, sin conflictos morales, sin solución de continuidad. Tal y como se criaron en un ambiente mediado por tecnologías configuradas con esa dinámica. En este sentido, y como se desprende de su propio lenguaje, lo real-hegemónico podría ser homologable a un sistema operativo. Por eso, ante un sistema que se mantiene vigente más por el apego a lo conocido y los favores prebendados que por su efectividad frente a las necesidades comunes, no es extra- ño que el reflejo de los jóvenes actuales sea primero la desafectación y después –simbólicamente– vociferar que “acá hace falta un nuevo sistema operativo”. Ante las evidencias de instituciones que “atrasan” y se vuelven disfuncionales, los jóvenes sencillamente resignifican lo político-social en el marco conceptual de la tecnología que define a su generación. Para ellos los recursos tecnológicos exceden lo meramente instrumental. La tecnología es una mediación conceptual con el mundo. Es un elemento constitutivo de su subjetividad que les permite abordar situaciones que no pueden dominar individualmente y que requieren de una capacidad cognitiva colectiva que sólo alcanzan con las tecnologías interactivas. Por eso cuando piensan en “sistema operativo”, piensan en una interfaz variable que permite gestionar recursos y aplicaciones de la más diversa índole. Porque esa es la ló- gica de su entorno, con renovaciones y cambios de patrones permanentes. Porque forma parte de las habilidades cognitivas y las destrezas sociales que desarrollaron para enfrentar “los desajustes entre aspiraciones y logros”. Estas prácticas sociales participan de un ethos epocal en el que la disposición al cambio es una herramienta de supervivencia. Lo podemos ver en los procesos de subjetivación con la incorporación de identidades múltiples y dinámicas, en la forma de organizar los proyectos laborales, en la impronta rizomática de la lógica relacional, pero también en la producción y circulación de saberes que devienen de prácticas inaugurales. Un pensamiento plural Los jóvenes actuales tienen su propio capital simbólico, y a pesar de la extraterritorialidad en la que se desarrolla, presenta una utilidad fundamental para la interacción con el orden cultural en el que ellos gestionan su identidad, proyectan sus sueños y encuentran sus interlocutores. Se trata de un “pensamiento plural” que está resignificando la idea de trabajo, futuro, familia, amistad, aprendizaje, dinero, sexualidad, intimidad, política, conocimiento, etc. ¿Cómo lo hacen? Asociando esos significantes maltrechos a otras prácticas y otros contextos. Entendiendo que participan de una serie de experiencias colectivas comunes que se desplazan de la intimidad a la extimidad, del tiempo secuenciado a un presente extenso y simultáneo, de los gentilicios condicionantes al ejercicio de una ciudadanía ubicua, de las identidades reificadas a las identidades móviles, de lo grave a lo liviano, de lo serio a lo divertido; adoptando una racionalidad de lo visible (imago) que no se subordina a lo decible (logos), pero que porta una gran potencia comunicativa y deliberativa que abre instancias de inter-comprensión anómalas, por fuera de la sujeción gramatical dominante. En este complejo juego de desafectación, desplazamientos y resignificación se encuentra la producción del saber juvenil. Apartamiento de la univocidad del logos. Adopción de una multiplicidad rizomática, en donde las referencias culturales previas se remixan con audacia y diversión. Resignificación colaborativa del sentido que ya no es homogéneo ni refiere a un centro de legitimación, sino que se construye en el “entre” de trayectorias nómades, invertibles, y heurísticas. Por todo lo dicho, estaríamos ante un acontecimiento múltiple, que no sólo altera la relación causa-efecto, aturde la composición disciplinar y hace caducar a las instituciones a un ritmo vertiginoso; también afecta la capacidad que tenía la sociedad para actuar sobre sí misma y (re)producirse. En términos de Bourdieu, podríamos decir que asistimos a una “revolución simbólica” que subvierte las estructuras cognitivas y cambia el orden representativo inoculando su virus en “la percepción y apreciación del universo social” (7). En palabras de los propios protagonistas de este cambio, se está “reseteando” el modo de producir sociedad en la medida en que se está generando “un modo de conocimiento, un tipo de acumulación y una imagen de la creatividad: un modelo cultural” (8). Esta es la dinámica del entorno de aprendizaje donde los adolescentes producen y recogen más de la mitad de los conocimientos significativos –que antes confería la escuela–, como un ejercicio indispensable para (inter)actuar en su sociedad. Es, a su vez, el contexto que los ha conminado a explorar un nuevo estatuto epistemológico, que a esta altura posee un nivel de desarrollo procedimental y didáctico nada despreciable. Todavía no ha sido desagregado ni debidamente explorado, pero resulta fundamental para reconocer sus procesos cognitivos e integrarlos a modelos escolares más acordes a los desafíos del siglo XXI, donde ellos desarrollarán sus propias variaciones de los campos, y donde sus prácticas estructurarán los modos de relacionarse con el nuevo capital valorado.

1. Franco Berardi, Generación Post Alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, Buenos Aires, Tinta Limón Ediciones, 2007, p. 76. 2. PNUD, Innovar para incluir: jóvenes y desarrollo humano. Informe sobre Desarrollo Humano para Mercosur 2009-2010, Buenos Aires, Libros del zorzal, 2009, p. 34. 3. Fernando Calderón y Alicia Szmukler, “Los jóvenes en Chile, México y Brasil. ‘Disculpe las molestias, estamos cambiando el país’”, Revista Vanguardia, Dossier Nº 50, Barcelona, enero-marzo 2014, p. 90. 4. Disponible en línea: http://editorialorsai. com/blog/post/para_ti_lucia 5. Pierre Bourdieu, “Algunas propiedades de los campos”, Sociología y cultura, México, Conaculta-Grijalbo, 1990, p. 136. 6. Este sería el caso de lo que Gayatri Spivak, inspirada en Gramsci, llama el “subalterno”, para referir a aquellos sujetos que no tienen posibilidad de expresarse ni de ser escuchados. 7. Pierre Bourdieu, El efecto Manet. ¿Qué es una revolución simbólica?, disponible en http://ssociologos.com 8. Alain Touraine, Producción de la sociedad, México, UNAM-IFAL, 1995, p. 38.

*Director del Programa de Saber Juvenil Aplicado de la Universidad Nacional de San Martín. Autor de Mundo extenso. Ensayo sobre la mutación política global, Fondo de Cultura Económica, 2012. Publicado por © Le Monde diplomatique, edición Cono Sur y UNIPE:  Universidad Pedagógica.

 

Lecturas: “Hay una juvenilización de la sociedad”. Entrevista a Pablo Vommaro

Vommaro reflexiona sobre la revalorización de los jóvenes y advierte que, en paralelo, se produce “una lectura de conflictos políticos en clave generacional”, por la que ciertos conflictos “no se presentan como disputas ideológicas sino como disputas generacionales”.

militancia

“La juventud aparece hoy como un valor en sí mismo. En política, y a nivel social en general, decir que un político o una fuerza política son jóvenes ya significa un atributo positivo”, afirma Pablo Vommaro, autor del libro Juventudes y políticas en la Argentina y en América Latina, primer volumen de la colección “Las juventudes argentinas hoy: tendencias, perspectivas, debates” (Grupo Editor Universitario). Posdoctor en Ciencias Sociales e investigador de Clacso, Vommaro señala –en diálogo con Página/12– aspectos que identifica como las ramificaciones de un proceso de “juvenilización” y asegura que muchas disputas políticas que son de naturaleza ideológica aparecen hoy bajo la forma de “disputas generacionales”: la nueva política contra la vieja.

–¿Por qué propone un “enfoque generacional” para estudiar a las juventudes y sus relaciones con las formas políticas?

–En parte tiene que ver con un desplazamiento de dos conceptualizaciones que, aunque parecen antiguas, siguen estando operativas sobre todo en el sentido común y en algunas políticas públicas. Por un lado, una concepción de los jóvenes más en clave biologicista: la juventud sólo como ciclo de vida. La segunda cuestión de la que era importante correrse era la concepción de la juventud en tanto moratoria. Es decir, en tanto suspensión del ciclo de vida, como un paréntesis: no es niño ni adulto, todavía no es ciudadano, todavía no es padre, todavía no es trabajador. Está en un momento propedéutico de introducción para cuando sea grande. La perspectiva generacional permite desplazarse de esas dos conceptualizaciones y, en segundo lugar, permite incorporar una serie de dimensiones sociales, culturales, históricas, relacionales que permite encarar a la juventud como una producción social.

–¿Este concepto más maleable de juventud es el que le permite identificar un proceso de “juvenilización” en la sociedad?

–Totalmente, y yo creo que es uno de los proceso más estructurales, que permite también entender el lugar importante de la juventud hoy en la política. Yo creo que en el mundo contemporáneo hay dos procesos que son la juvenilización y la feminización de la sociedad. La feminización tiene que ver con un montón de atributos supuestamente femeninos que hoy en día están difundidos por todas las dimensiones sociales. Y la juvenilización responde a una creciente importancia y valorización de lo juvenil en el conjunto de la vida social, no sólo de los jóvenes como sujetos, sino de atributos que podemos interpretar como juveniles. Tanto en las dimensiones culturales, en las pautas de consumo, estilos de vida, en la fuerza de trabajo y en otros ámbitos como las sexualidades o las migraciones y, claro, en la política.

–¿La juventud es hoy un atributo valioso para la política?

–Hoy lo juvenil se ha convertido en un valor positivo, que genera adhesiones y simpatías. Podemos decir que la juventud aparece como un valor en sí mismo. En política y a nivel social en general decir que un político es joven o una fuerza política es joven ya significa un atributo positivo. Y está bueno pensar cómo se construyó eso, porque hace 30, 40 años ¿qué se valoraba en política? La experiencia. Es el típico discurso de Perón, de Balbín: “Yo sé gobernar y como ya goberné, los quiero seguir gobernando”. Hoy en día, salvo excepciones, es “yo soy joven, yo no sé de política”. El paroxismo es Miguel Del Sel: “Yo soy un actor que no sé ser diputado, no me interesa la política, no quiero ser político: vótenme para gobernador porque no soy un político”. Entonces, hay una cuestión de una productividad de lo joven, hay una lectura de conflictos políticos en clave generacional. Es decir, conflictos que en realidad son de modelos políticos, de objetivos, de ideología, no se presentan como disputas ideológicas o de modelos políticos: se presentan como disputas generacionales: la nueva política contra la vieja política.

–¿Los ’90 no fueron años de apatía y desmovilización juvenil, como suele decirse?

–Los ’90 no fueron un momento de apatía, ni descompromiso, ni desinterés militante. Fueron un momento de recomposición militante. Uno puede ver un ciclo donde en los ’80 y fuertemente a partir del ’83 hay una primavera de participación democrática que se suele leer como participación de juventudes partidarias: la Coordinadora radical, la Juventud Universitaria Intransigente, el MAS, la Juventud Universitaria Peronista. Pero también hay una militancia barrial fuerte y una militancia en movimientos como son los de derechos humanos, que no son estrictamente partidarios. Si uno piensa que los ’80 fueron un momento de gran participación política, con la crisis de la deuda, las leyes de impunidad y un montón de cosas que demostraron que con la democracia no se comía, no se educaba y no se curaba, se produjo un desencantamiento ciudadano muy fuerte. Entonces vino el menemismo a prometer que se iba a recomponer esa confianza. Y se ven los ’90 como un momento de resistencia al neoliberalismo, pero con descompromiso, como una resistencia fragmentada, desde la individualidad, y con el aumento de la pobreza, el desempleo, la ruptura de lazos sociales. Todo eso existió y es un costado, pero también los ’90 fueron un momento de resignificación política donde la política en los barrios, la política de proximidad, la discusión de la representación por sobre la participación y todo lo que emerge o estalla en el 2001 comenzó a gestarse. Entonces yo diría que los ’90 no fueron un momento de descompromiso, sino de generación de otras formas de compromiso político, alternativas al sistema político y sus canales instituidos de la política.

–¿Qué pasó con los jóvenes luego de la crisis del 2001?

–Todo eso que señalé sigue existiendo, pero hay también un regreso a una confianza en el Estado y a un reencantamiento con lo público, que tiene dos costados: por un lado, una nueva centralización en el Estado como arena de disputa o como herramienta de cambio social. Si en los ’90 se militaba contra el Estado, después del 2003 y claramente desde el 2008 hay muchas juventudes que militan por el Estado, para el Estado o desde el Estado. Y eso no sólo tiene que ver con las juventudes kirchneristas, sino con varias fuerzas oficialistas a nivel provincial o distrital. Pero también hay un segundo proceso que tiene que ver con la ampliación de lo público, con la aparición de lo público no estatal. Por ejemplo, hoy aparece una política pública que para ser eficiente tiene que estar ejecutada desde los territorios y tiene que aliarse con organizaciones sociales. Ya un Estado no puede operar casi ninguna política pública sin que haya gente que la milite.

–¿Esa es una de las explicaciones posibles de por qué el kirchnerismo hace tanto hincapié en la juventud como uno de sus pilares?

–Sin duda. En el kirchnerismo coexisten al menos dos discursos sobre la juventud que son bien interesantes porque parecieran contradictorios, pero coexisten sin demasiado conflicto. Por un lado, lo que yo llamo la juventud futuro: una apelación a los jóvenes como los dirigentes del futuro: “Ustedes son mi relevo”. Ese discurso, que es más bien clásico, coexiste con el de la juventud presente, que es: “ustedes tienen hoy la responsabilidad, asuman hoy la responsabilidad”. Entonces hoy el ministro de Economía es joven, hay lugar para los jóvenes en la lista de diputados. Estos discursos contradictorios también moldean alguna política pública: hay algunas políticas públicas que están pensando más en formar a los jóvenes para mañana y otras que están pensando más en cómo los jóvenes pueden participar hoy.

–En su libro señala que hubo una ampliación de derechos y políticas públicas que alcanzaron a los jóvenes, pero que a la vez se sigue manteniendo un enfoque “adultocéntrico” en la puesta en marcha de estas medidas. ¿A qué se refiere?

–Creo que las políticas públicas de juventud tienen sobre todo dos falencias fundamentales: siguen siendo adultocéntricas y no son integrales. Lo adultocéntrico tiene que ver con políticas públicas de juventud pensadas desde el mundo adulto, sin participación o con participación subordinada de los jóvenes en su formulación. Siempre uso el ejemplo de las políticas de género: hoy es impensado que cualquier política de género no tenga participación de las mujeres en su planificación. Ahora, se naturaliza que los adultos formulen políticas públicas para los jóvenes. Tiene que ver mucho con cómo involucrar la participación directa no de jóvenes aislados, sino el protagonismo de colectivos juveniles. Pensar cuáles son las capacidades, qué saben hacer esas juventudes y cómo poder aprovechar esas capacidades para potenciar o fortalecer una política pública. Y cómo incorporar también las concepciones que tienen los jóvenes sobre determinados temas en las políticas públicas. Por ejemplo, muchas políticas de empleo siguen pensando en reinsertar al joven o mejorar su empleabilidad en el mercado laboral, pero no se centran en la concepción que los jóvenes tienen hoy del trabajo, que es muy otra a la de algunos años atrás: es un trabajo que está mucho más vinculado a la satisfacción de necesidades inmediatas y al consumo que al trabajo como un recorrido de vida que me da una satisfacción personal. Eso no se lo incorpora en los planes de empleo y hace que muchos planes fracasen.

Entrevista: Delfina Torres Cabreros.

Publicado en: http://www.pagina12.com.ar/diario/universidad/10-278351-2015-08-03.html

Claves para una política pública de juventudes

Cuándo pensamos en la relación entre políticas públicas y juventudes en la provincia de Córdoba, se nos vienen a la mente varias iniciativas, quizás algunos programas o tal vez proyectos con un alto componente de marketing a la vez que se nos dificulta representarnos una imagen acabada de su efectividad o eficacia. Sucede también, que los diversos proyectos políticos difieren en su mirada sobre lo público, sobre las políticas públicas y por supuesto, sobre las juventudes.

 

>Por Andrés Fernandez

¿Juventud o Juventudes?
Desde una posición democrática y progresista, es importante entender a la juventud desde una perspectiva de construcción sociocultural, que contemple a su vez la visión biográfica del sujeto. Esto nos permite reconocer las singularidades que adquiere el término en distintos momentos y espacios. Surgen entonces varias cuestiones a tener en cuenta: en primer lugar, que la edad como criterio biológico no alcanza para definir a “la juventud” ya que asume valencias distintas en diferentes sociedades, como así también al interior de una misma sociedad. En segundo término, que la juventud es también una concepción relacional, es decir “se define en relación a” y que puede encubrir una relación asimétrica en favor de los adultos, quienes se establecen como punto de referencia del “deber ser” que los jóvenes deben alcanzar. Por último, la juventud se fija de acuerdo a otras relaciones en las que se involucran los sujetos, como ser las territoriales, las de clase, las de género, las étnicas, etc. Esto genera que la condición juvenil sea vivida y expresada de diferentes formas, lo que nos lleva a identificar que no existe una única forma de ser joven, sino muchas. Por esta razón, es imprescindible hablar de “las juventudes” antes que de “la juventud”. Atendiendo a la creciente complejidad que implican los cambios tecnológicos y la aceleración de las transformaciones sociales, es fundamental que los gobiernos implementen planes integrales de juventud como vía hacia la defensa y promoción de los Derechos Humanos. Es un camino con numerosas dificultades, pero necesario y urgente.
Juventudes y Políticas Públicas
En relación a las políticas implementadas por los diferentes niveles del Estado, salvo algunos temas muy puntuales, parece una obviedad remarcar que existe una descoordinación y hasta una competencia en la relación con su “población – objetivo”. Esto genera una clara ineficacia en la aplicación de las políticas y una ineficiencia en la ejecución de recursos públicos. La necesidad de una coordinación o articulación entre Nación y Provincias y entre éstas y los gobiernos locales, radica justamente en la cada vez mayor complejidad que atraviesa a las relaciones sociales y a los efectos inequitativos del mercado. Más allá de los esfuerzos (importantes) dedicados por los municipios, es imprescindible una acción conjunta con los otros niveles del Estado que considere a las y los jóvenes como grupo estratégico del desarrollo de sus comunidades; ya que nos encontramos con numerosas deudas pendientes, que deben ser atendidas para evitar la profunda desigualdad y vulnerabilidad que genera el sistema económico – político imperante.
Deudas pendientes
Las y los jóvenes deben ser considerados como sujetos de derecho y en este sentido, el Estado debe garantizar las políticas que los contemplen como ciudadanos. Parece contradictorio entonces con el estado de Derecho, la vigencia de mecanismos autoritarios de control social que priorizan la primacía de un discurso inexpugnable sobre la seguridad. De igual manera, es prioritario pensar una reforma del sistema educativo que contemple los aspectos formales e informales de una verdadera herramienta emancipadora. Que la educación sea realmente un camino hacia una mayor igualdad. De la misma forma, es vital pugnar por la vigencia de un sistema integral de salud. El acceso al trabajo es otra de las deudas pendientes. Si bien son conocidas y abundantes las iniciativas que buscan capacitar o formar a las y los jóvenes (como paso previo al empleo), no es del todo claro que esas políticas sean tan efectivas como se las presenta. La escasez de estadísticas, por ejemplo, no permite trazar horizontes claros en políticas que debieran trascender a los períodos de gobierno para convertirse en claras políticas de Estado y que sin embargo son utilizadas como estrategias de marketing en una visión privatista y paternalista de la cosa pública. La permanencia en el territorio y el acceso al hábitat son dos cuestiones que se entrelazan y se alimentan mutuamente, pero que no figuran en la agenda. Es conocido el proceso de destierro que sufren muchos jóvenes de comunidades alejadas (en lo general, de comunidades rurales) que no encuentran posibilidades y deben alejarse de sus lugares de origen con todas las consecuencias que ello acarrea; como así también las dificultades de acceso al hábitat que los jóvenes de comunidades urbanas padecen como un elemento más de su vida cotidiana. El no acceso a servicios básicos como así también la creciente dificultad en lograr la vivienda propia son temas que debieran ser prioritarios.
Claves para una política pública de juventudes
En la búsqueda de políticas públicas que transiten el camino para superar las deudas pendientes y desde una perspectiva progresista, podríamos establecer algunas claves tentativas. En primer lugar la igualdad de oportunidades: que significa considerar a las políticas públicas de juventud como una herramienta de generación de igualdad y la garantía de los derechos respetando la diversidad de realidades de las juventudes. También considerar una visión de integralidad que implica analizar en toda su complejidad las situaciones que atraviesan a las juventudes. Es importante la participación de los jóvenes; ya que participar implica estar en movimiento, ponerle voz y cuerpo a los cambios. Es llevar adelante las ideas, de forma conjunta y para el bien común, buscando transformaciones a través de la acción colectiva. Es entonces necesaria una participación real de los protagonistas, es decir, de las y los jóvenes. Por su parte, no debe faltar el diálogo intergeneracional pero considerando que para dialogar entre generaciones es necesario superar las concepciones tradicionales que sectorizan a los jóvenes, el enfoque adultocéntrico, la conformación de micro–grupos de jóvenes que se excluyen del resto de la sociedad y la deficiente visualización de la juventud como “el futuro”. Por último, es imprescindible la transversalidad y la búsqueda de sinergias. Esto redunda en una mayor y mejor comprensión de las diversas dimensiones de la realidad como así también exige la coordinación entre los diferentes niveles del Estado y la participación de la sociedad tanto en la formulación como en la implementación de las políticas públicas de juventudes.