Lecturas: “Si gana Trump, EE.UU. hará un Brexit del Nafta”

“A los cubanos no les hizo falta remitirse a México cuando quisieron arreglar las cosas con Estados Unidos. Los cubanos se dirigieron a Canadá y al Papa”, dice el escritor y político mexicano Jorge Castañeda.

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>Por Eduardo Febbro (Desde Ciudad de México)

Jorge Castañeda es una figura intelectual y política atípica en América latina. Las fotografías que pueblan su vasta biblioteca reflejan la riqueza de una existencia llena de acción y controversias. La derecha suele estampillarlo de izquierda y esta última de derecha. Casi siempre lo acusaron de ser lo uno y lo otro opuesto. Alguna vez le imputaron haber sido un agente de los cubanos, y otras de ser un agente de la CIA. Jorge Castañeda es más bien un socialdemócrata con una polifónica obra escrita y una carrera política que marcó su época: este académico mexicano nacido en 1953 fue, entre 2000 y 2003, Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Vicente Fox. Esa presidencia no fue una más sino que encarnó, bajo las banderas del PAN, lo que en México se llamó “la transición”, es decir, el primer gobierno que rompió la legendaria hegemonía del PRI. Como canciller, Castañeda asumió el llamado “aggiornamento” de la política mexicana hacia Cuba que se tradujo por un cambio de rumbo radical donde México dejó de ser un interlocutor pasivo para volverse un actor crítico de la Revolución Cubana. En 2002, el gobierno mexicano votó contra Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra. 15 años después, con una efusiva convicción, Castañeda reivindica aquella postura. Hoy recuerda que “a los cubanos no les hizo falta remitirse a México cuando quisieron arreglar las cosas con Estados Unidos. Los cubanos se dirigieron a Canadá y al Papa”. Comunista en su juventud y asesor deCuauhtémoc Cárdenas en 1988, Castañeda escribió varios ensayos, entre los que se destacan una biografía del Che Guevara (La vida en rojo, una biografía del Che Guevara,1997, y La utopía desarmada,1995). Ambos ensayos le valieron densas polémicas. La biografía del Che alteró los nervios de los comunistas de América Latina y la Utopía Desarmada fue rotundamente rechazada por las izquierdas del continente. Sin embargo, en esa obra, Castañeda anticipaba un fenómeno que se traduciríamás tarde en la realidad política de América Latina:el abandono paulatino de la idea de revolución como bandera y la transformación de las izquierdas en partidos de gobierno con la plena aceptación de las leyes de mercado. En 2014 publicó una apasionante autobiografía, Amarres Perros, y este año un libro donde propone una agenda ciudadana para combatir los males de México (“Sólo así: por una agenda ciudadana independiente”, Editorial Debate. Este académico de larga trayectoria se postula ahora como candidato independiente como una forma de romper la tenaza de la partidocracia. La irrupción, en Estados Unidos, de Donald Trump lo propulsó de nuevo a la cima de la actualidad. Las aberrantes indecencias de Trump contra los mexicanos, su idea de construir un muro pagado por los mexicanos y los ataques xenófobos de Trump llevaron a Castañeda a liderar, en México, la respuesta a las indecencias del candidato republicano a la Casa Blanca. Castañeda interpeló a la sociedad civil y al gobierno para que, juntos, respondieran a las vulgaridades de Trump.

En el portal Proudtobemexican.com (orgulloso de ser mexicano, en inglés) el mismo dirigente aparece alentando a los mexicanos a salirle al paso a Donald Trump.

En esta entrevista exclusiva con Página/12 realizada en su domicilio de la capital mexicana, Jorge Castañeda analiza la compleja relación entre Estados Unidos y México, responde a Donald Trump, aborda la problemática de la inmigración y desarrolla las principales ideas de su “agenda ciudadana”.

–Donald Trump se instaló en el escenario político de Estados Unidos y, por vecindad y por sus declaraciones xenófobas contras los mexicanos, también se metió en la política mexicana. Sea cual fuere el resultado de las elecciones en los Estados Unidos, las declaraciones de Donald Trump tornaron más compleja la ya difícil relación entre México y Washington. Trump ensució esas relación. ¿ Qué pasará después?

–La relación de México con los Estados Unidos se va a complicar enormemente. Si Trump gana es casi el equivalente de un Brexit norteamericano del Nafta (Acuerdo de libre comercio entre EE.UU., México y Canadá). Metafóricamente, Estados Unidos se retira del Nafta. El problema está en el hecho de que la postura de Trump se va a reflejar en la plataforma del partido republicano en tres aspectos. Uno, la deportación de todos los indocumentados, que son como 12 millones, de los cuales 60 por ciento son mexicanos. El problema se presentará cuando haya que recibir a toda esta gente con el agravante de que muchos guatemaltecos, salvadoreños, hondureños van a decir que son mexicanos para que los deporten a México. El segundo aspecto es el muro. Ese muro sí se puede construir, si se puede lograr que los mexicanos lo paguemos a través de visas más caras, de impuestos sobre las remesas o aranceles sobre ciertos productos. Se puede. Es lo que Trump prometió. El tercer tema es el del proteccionismo. Trump puede poner en entredicho no ya el tratado de libre comercio, sino que puede usar el poder de convencimiento de la presidencia para desalentar nuevas inversiones de Estados Unidos en México. No se van a cerrar las plantas que ya existen. La fabrica de General Motors en Silao no se va a cerrar, tampoco la de Ford en Hermosillo. Pero es posible que las nuevas inversiones de Ford o de General Motors se suspendan porque no van a querer pelearse con el presidente de los Estados Unidos, si es que por desgracia llegara a ganar.

–Trump ha reactualizado con los niveles de intensidad, agresividad y vulgaridad que existen en Europa el tema del inmigrado, del otro como elemento tóxico. Esto no es nuevo en Estados Unidos, pero nunca se había llegado a que un alto responsable político lo encarnara de esa manera.

–Lo que los norteamericanos llaman el nativismo, es decir, estos brotes anti inmigrantes, son constantes en los Estados Unidos desde mediados del siglo XIX, cuando empieza la primera gran ola migratoria, que es irlandesa. Desde ese momento y hasta la semana pasada, con cierta regularidad, en los Estados Unidos hay estos brotesxenófobos, racistas, excluyentes, odiosos. Pero luego pasan. El brote actual no es producto de Trump, sino que Trump es un producto de ese brote. Esto se debe a que en los últimos 20 años no sólo hubo un aumento muy importante de la migración mexicana y centroamericana hacia los Estados Unidos, sino que se dirigió a muchas regiones donde antes no había migrantes. Los norteamericanos que estaban ahí se escandalizaron, se aterraron ante algo nuevo. ¿Quiénes son estos mexicanos que hablan un idioma raro, que juegan un deporte con un balón redondo en vez de ovalado, y que comen estas cosas rarísimas con las que parece que se le incendia a uno la boba? En suma, se preguntaban: ¿quién es esta gente? Claro, en Los Ángeles, en Chicago o en Texas no porque son 100 años de migración. En muchos sentidos ya es una cultura híbrida. Pero en Ohio, en Pensilvania, en Iowa, en Arkansas, donde hay trabajadores mexicanos en la industria del pollo, pues en esos lugares nunca habían visto un mexicano en sus vidas. Además, se preguntan: ¿pero esta gente es católica? Pero, ¿que es esto? ¿Aquí no hay católicos? Se enloquecen.

–¿Cuál podría ser entonces la geometría armoniosa para salir de esta crisis?

–Me parece que lo que hay que volver a hacer es tratar de ordenar el fenómeno migratorio con los sectores sensatos de los Estados Unidos . El ex presidente Fox y yo, cuando estuvimos en el gobierno, insistimos muchísimo en eso. No se pudo porque no se perseveró, porque hubo el 11 de septiembre y los errores de Bush. El hecho es que sí dijimos entonces que si no se arreglaba el tema migratorio entre los dos países, era una bomba de tiempo. Y la bomba de tiempo ya tiene nombre y apellido: se llama Donald Trump. Para arreglar esto hay que desactivar la bomba de tiempo, hay que legalizar a los mexicanos que están allá, permitir un flujo legal de los que están en México y van a Estados Unidos. Esta gente va a seguir yendo porque Estados Unidos necesita mano de obra y porque los salarios en México son bajos.En una planta de Ford, en México, un obrero con un buen empleo gana 400 dólares al mes. Y una mujer que trabaja haciendo limpieza doméstica en la ciudad de Nueva York gana más o menos 400 dólares diarios. ¿Cómo quiere que detengan esas migración ?. No hay que detenerla, hay que legalizarla.

–Pero ahora se da también a la vez un fenómeno nuevo y al revés: hay cerca de un millón de estaadounidenses residiendo en México. Se trata, de hecho, de la migración Norte/Sur más imponente de la historia moderna.

–Sí, es un dato impresionante. ¡México es el país donde hay más estadounidenses en todo el mundo! No hay otra lugar en el planeta donde residan tantos. Estos son residentes, no son turistas, es gente que vive aquí. Y, por cierto, prácticamente no hay incidentes. No ha habido grandes episodios de violencia. Para una población de ese tamaño, no pasa nada. Es gente bienvenida, que le aporta mucho a las comunidades donde viven y que también recibe mucho de las comunidades. Tienen una calidad de vida que no tendrían en los Estados Unidos. Y eso es algo muy positivo que México podría mostrar como ejemplo en Estados Unidos de cómo se puede tratar a la gente de afuera. El problema es que también en México hay 300 o 400 mil centroamericanos y nosotros los tratamos peor a ellos que los estadounidenses a nosotros.

–Lo que usted dice me remite al título de la autobiografía que usted publicó en 2014, Amarres Perros (Alfaguara). La relación con el vecino del norte es una suerte de amarre perro.

–Estamos amarrados, no se si habrá mucho amor, pero estamos amarrados y a veces es difícil, muy tenso. En este momento lo es, y no sólo por Trump. Sería un error pensar que ese es el tema principal. Creo que hay otro tema importante: hay mucha gente en los Estados Unidos que se muestra incrédula ante nuestra incapacidad, aquí, en México, de avanzar. Y nosotros estamos cada vez más desconcertados ante la hipocresía norteamericana, por ejemplo en el tema de la droga. Ellos legalizan –y qué bueno que lo hagan– y sin embargo siguen insistiendo en que se decomisen en México envíos de marihuana a Estados Unidos. ¿Cuál es la lógica de que se decomise marihuana en México cuando la que llega a Estados Unidos la venden en la primera tienda al lado de la frontera, y legalmente? Allá dicen: ¿por qué esos mexicanos no avanzan contra la corrupción, por el Estado de derecho, contra la violencia y las violaciones a los derechos humanos ?. Y nosotros decimos: ¿por qué no dejan de ser tan hipócritas? ¿Por qué siguen fastidiando a todo el mundo con su guerra contra las drogas, guerra que todo el mundo acepta que es un fracaso y que ha sido repudiada dentro de Estados Unidos? La guerra contra las drogas ha sido un fracaso como guerra, y un éxito como negocio.

–En el libro que usted publicó este año, Sólo así: por una agenda ciudadana independiente (Editorial Debate), usted propone una suerte de agenda ciudadana cuyos ejes son el combate contra la impunidad, la corrupción y las violaciones a los derechos humanos. Pero, sobre todo, el libro se conecta con lo que está ocurriendo en la gran mayoría de las democracias occidentales: el hartazgo ante los partidos políticos, ante la partidocracia. Hay un rechazo a la elite instalada. Ese fue uno de los ejes del discurso que le permitió, al menos al principio, al partido español Podemos prosperar en la enredadera del bipartidismo. Su iniciativa de un partido independiente no es común en México.

–¡Fue tan poco común que no era legal! En México, las candidaturas independientes, sin partido, están permitidas apenas desde el 2015. Fue una larga lucha que yo inicié en 2004. Tuve que remitirme a la Suprema Corte mexicana y después a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En todo caso, esas candidaturas independientes se convierten en un cauce para este sentimiento anti partidocracia, anti partidos. Este proceso lo vimos efectivamente en Europa y también en los Estados Unidos a través de la figura del outsider, es decir, Donald Trump por un lado y Bernie Sanders por el otro. Son gente que, políticamente hablando, viene de la nada. Sanders era un socialista democrático. Eso, en los Estados Unidos, era una cosa inexistente pero de repente puso en aprietos a Hillary Clinton. En cuanto a Donald Trump, es un empresario desbocado con una cantidad de barbaridades como propuestas que no sólo ganó la candidatura republicana, sino que está progresando en las encuestas. Aquí, en México, hay tres problemas ante los cuales la gente manifiesta su repudio a la clase política tradicional. La gente está harta de la corrupción, la gente está furiosa con los bajos salarios. En tercer lugar también hay en México un repudio hacia la violencia que azota a la sociedad en general y hacia las violaciones a los derechos humanos de ciertos grupos estudiantiles, jóvenes, activistas de la sociedad civil. Yo me dirijo a los que están hartos con estos tres temas, principalmente corrupción y derechos humanos. Creo también que el tema de los bajos salarios va a ir creciendo cada vez más. Todos sabemos que hay una enorme economía informal, que hay una enorme migración a los Estados Unidos y que hay grandes bolsones de pobreza. En suma, lo que funciona mal todos lo sabemos. El problema está en que lo que funciona bien también funciona mal. Los empleos industriales nuevos en la industria automotriz, en la industria de exportación de bienes electrodomésticos, todo eso que se produce en México se paga con salarios de 300 a 400 dólares al mes. Eso hace que la gente esté enojada por las bajos salarios cuando en realidad las cosas van bien. Y no le digo si eso se compara con los gastos multi bimillonarios de los magnates mexicanos y también del gobierno. Ese tema de los bajos salarios no hay que verlo como desigualdad en abstracto, ni tampoco como pobreza. Hay que abordar este tema a través del ingreso y cómo mejorarlo. Por ejemplo, podría ser a través de un ingreso básico universal, o como el impuesto negativo en los Estados Unidos. Se trataría de enfocar el tema desde el ingreso a las familias en vez del combate a la pobreza.

–En 1993 usted escribió el libro La utopía desarmada. La obra anticipaba una transformación de la izquierda latinoamericana y el ocaso de la idea de revolución. Entre ese momento y ahora pasaron varios gobiernos de socialdemocracia progresista en América latina. ¿Que balance hace usted de todo ese proceso?

–Diría que en una o dos partes del libro tuve razón: primero, se acabó la lucha armada y la revolución en América Latina. Hasta lo que quedaba, la semi guerrilla de las Farc, se ha acabado. Por otra parte, nunca hubo la posibilidad de que la revolución triunfara en Colombia. Segundo, la izquierda latinoamericana se aggiornó, se volvió democrática, se volvió abierta al mercado, se globalizó y se volvió respetuosa de los Derechos Humanos. Así empezó a ganar elecciones a partir del 99: Chávez en ese momento, Ricardo Lagos en Chile, Lula en Brasil, y así sucesivamente. Una parte de esa izquierda fue fiel a su aggiornamento previo. Siguió siendo demócrata cuando estuvo en el poder, siguió siendo globalizada y partidaria de la economía de mercado. Hubo otra izquierda que no siguió ese camino. Y, como lo vemos con Venezuela, fracasó muchísimo. Hace 25 años, yo planteaba en ese libro que ya no hay revolución, ya no hay lucha armada, ya no hay asalto al palacio de invierno o al cielo. Lo que hay es reformismo socialdemócrata y gracias a eso la izquierda va a ganar. Creo que acerté en eso. Hubo gobiernos de izquierda que fueron muy exitosos. En Chile, en Uruguay, incluso hasta algunos más radicales en la retórica como Correa y Evo Morales, pero bastante más prudentes en la realidad.

–¿Y la Argentina?

–La Argentina es inexplicable. Siempre ha sido inexplicable para todos, y lo es hoy más que nunca.

Publicado originalmente en: PÁGINA 12

Por qué los trabajadores blancos abandonaron al Partido Demócrata estadounidense. Parte I

Larga y fascinante entrevista con Judith Stein, la gran historiadora norteamericana que ha demolido los mitos liberal-progresistas sobre el racismo, el New Deal y las causas de la derechización del Partido Demócrata en los EEUU.

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El socialista Bernie Sanders hace decir a los liberales de izquierda las cosas más inopinadas.

El senador por Vermont gastó la mejor parte de 2016 lanzando su “socialismo” como una continuación de la mejor tradición reformista norteamericana. Y eso significaba hacer suyos los logros internos, nacionales, de Franklin Roosevelt y Lyndon Johnson.

De repente, sin embargo, algunos columnistas y comentaristas políticos habituales de la izquierda liberal dejaron de estar tan seguros de esos legados. El viejo testarudamente socialista estaría mirando al pasado con lentes de color de rosa, dijeron. Y escucharle alabar las reformas económicas progresistas de los viejos buenos tiempos bastó para que se pusieran ellos a revisar intelectualmente los fundamentos del logro legislativo más imponente del Partido Demócrata: el New Deal.

¿Por qué se volvieron las elites liberales de izquierda tan ambivalentes con unas reformas que, salvo una breve interrupción, contribuyeron a que su partido favorito mantuviera el control del Congreso durante 60 años? Con ese conjunto de políticas que ellos mismos presentaron durante años como el tipo de reformas “responsables” y “pragmáticas” de las que tendrían que aprender los radicales socialistas.

¡Ah! La respuesta es: racismo. Sólo la supremacía blanca, arguyen ahora esos progresistas escarmentados, apoyándose en el trabajo de algunos historiadores recientes, hizo posibles tanto el New Deal como la edad de oro del sindicalismo obrero organizado.

Así como la socialdemocracia escandinava se habría supuestamente fundado en una homogeneidad étnica, así también el New Deal habría prosperado a causa de la exclusión racial.  Y cuando los norteamericanos negros habrían empezado a exigir sus derechos, el New Deal –y el sindicalismo obrero— saltó por los aires, porque los trabajadores blancos abandonaron el Partido Demócrata en favor de Ronald Reagan.

En su esquema, esta historia parte de una potente crítica de izquierda al New Deal: la inclemente exposición de las contradicciones de la socialdemocracia que radicales como Leon Trotsky o Martin Luther King habrían entendido cabalmente.

Pero en manos de la actual intelligentsia liberal funciona de un modo algo diferente.  Para ellos, el arco de la política del siglo XX mostraría que la deriva que apartó al  Partido Demócrata del populismo económico progresista no es un error de sus prósperas elites, sino del persistente racismo de los reaccionarios trabajadores blancos.

En la entrevista que el miembro del Consejo Editorial de la revista Jacobin Connor Kilpatrick realizó a Judith Stein, la historiadora explica su desacuerdo con esa tesis. Mientras que otros historiadores han separado “raza” y “política económica”, Stein se ha centrado en la conexión entre ambas durante toda su carrera académica. Su primer libro fue un estudio del líder pan-africano Marcus Garvey como característico representante del nacionalismo negro que perneó la cultura política norteamericana entre 1890 y la Gran Depresión.

Luego pasó a investigar la era del New Deal, cuando el trabajador asalariado se convirtió en un actor central de la política negra. Stein decidió centrarse en la industria del acero: el único lugar (además del carbón) en el que los afroamericanos trabajaban tanto en el Sur como en el Norte.

Esa línea de investigación –resultado de la cual fue el libro Running Steel, Running America: Race, Economic Policy, and the Decline of Liberalism— la llevó al Sur, a Birmingham. Este estudio de la raza y el declive de la industria del acero en la postguerra llevó a su siguiente libro: The Pivotal Decade: How the United States Traded Factories for Finance in the Seventiesuna investigación sobre las decisiones que apartaron al Partido Demócrata del progresismo del New Deal.

Al contrario que los liberales de izquierda de nuestros días, Stein sostiene que no fue el racismo de los trabajadores blancos lo que empujó a la derecha al Partido Demócrata en materia económica. Sino que fueron las poderosas elites políticas y del mundo de los negocios quienes optaron por abandonar al trabajo organizado y a los sindicatos obreros y convertir al Partido de Roosevelt en el Partido de Clinton.

1 El nacimiento de Jim Crow

Jacobin: Antes de hablar de la muerte de las políticas del New Deal y del papel del racismo en el desbaratamiento de esos movimientos de reforma política, necesitamos hablar primero de Jim Crow y de cómo se llegó a establecer el disfranchisement por vez primera, es decir, la privación de derechos civiles y políticos.

Judith Stein: Digamos para empezar que Jim Crow y la privación de derechos son cosas distintas.  La privación significa elevar las barreras del sufragio. Lo hicieron de varias maneras: con impuestos de capitación, con pruebas de alfabetización y con los controles de registro impuestos por el Partido Demócrata.

Las más recientes investigaciones historiográficas sobre la privación localizan sus orígenes en las exigencias, por parte de los propietarios de plantaciones, de control de un trabajo que se había vuelto desafiante durante la depresión de la década de 1890. J. Morgan Kousser probó eso remontándose a los orígenes de esas leyes en todas y cada una de las legislaturas de los estados.

El primer estado fue Misisipi en 1890. Esa es una de las razones por las que se sostiene que nunca llegó a haber un movimiento populista en Misisipi. El último estado fue Georgia en 1908.

Kousser sostuvo que esas leyes de privación vinieron luego de una derrota del Movimiento Populista; así pudieron abrirse paso luego de perder, cuando la oposición era más débil. Así introdujeron las elites esa legislación.

Y Kousser demostró que las gentes que la introdujeron eran propietarios de plantaciones, no trabajadores. Venían de áreas dominadas por las elites, no de las regiones blancas pobres del Sur.

Fueran o no racistas los blancos pobres, lo cierto es que carecían de poder para promover la privación de sufragio (que, dicho sea de paso, les afectaba a ellos mismos también). Y las áreas blancas pobres fueron a menudo las únicas en las que se registró una viva oposición a las nuevas leyes.

¿A qué desafíos al poder de los propietarios de plantaciones trataban de hacer frente esas elites?

Al desafío que representaba el Partido Populista y al desafío que representaban los negros Republicanos. Entre 1894 y 1898, Carolina del Norte estuvo gobernada por una coalición birracial de Populistas y Republicanos. Era una coalición, porque los negros preferían seguir siendo Republicanos. Los negros y los blancos desafiaron al poder de los propietarios de plantaciones.

La coalición de Carolina del Norte consiguió un montón de cosas para los negros, no menos que para los blancos. Fue derrotada en 1898 por los Demócratas, blancos supremacistas que se sirvieron de la violencia para ganar las elecciones.

Y en otros estados, aun sin lograr acceder al poder, negros y blancos, separada o conjuntamente, desafiaron también el dominio de los propietarios de plantaciones.

¿Sobre qué se estaba luchando exactamente?

Muchos blancos abandonaron el Partido Demócrata a favor del Partido Populista, porque los Demócratas apoyaban políticas de tipos de interés elevados y ellos eran pequeños campesinos necesitados de crédito barato.

“Necesitamos que el gobierno regule los ferrocarriles. Queremos un gobierno que suministre crédito”. Esos eran los asuntos clave para los populistas.

Estaba el celebérrimo Tom Watson [un Populista de Georgia que luego se volvió un demagogo racista]. Es fama que Watson llevó a sus secuaces a defender a un granjero negro que estaba a punto de ser atacado.

No digo que eso sucediera cada día, no quiero pintar a los Populistas como ángeles. Lo único que trato de decir es que había mucho miedo entre las élites Demócratas a que esa insurrección popular durante la depresión de 1890 los desplazara y llegara a gobernar el Sur.

Actuaron de todas las maneras posibles. Violentamente, cuando lo consideraron necesario, aunque a largo plazo sabían que tendrían que conseguir alterar permanentemente el marco político mediante varias medidas de privación de sufragio.

Así, pues, ¿no fueron tensiones raciales las que destruyeron la alianza Populista?

¡Claro que no! La gente no entiende que, en el Sur de 1890, las elites blancas abogaban abiertamente por la violencia,

Respondiendo a otra alianza Populista-Republicana en Louisiana, el Evening Judge, un diario de Shreveport, declaró que:

“… es religiosa obligación de los Demócratas robarles las elecciones a Populistas y Republicanos si y cuando se presente la ocasión… Los Populistas y los Republicanos son nuestra legítima presa política. ¡Vamos! ¿Para qué estamos, si no?”.

Esas técnicas y violencias llevaron a los Demócratas a la victoria. El nuevo gobernador se manifestaba feliz de haber mantenido el “control de las cosas” en manos de quienes describía como “la inteligencia y la virtud del Estado” y por encima de “la fuerza bruta de los números”.

¿Llegaron a matar a alguien?

¡Claro! Mataron a montones de gente. Blancos y negros. En 1896, en el punto culminante de la insurgencia política en Louisiana, fueron linchadas 21 personas, un quinta parte del total de toda la nación.

¿Quiénes eran exactamente en ese momento  las elites del Partido Demócrata que sometieron a los Populistas?

Representaban a la clase de los propietarios de plantaciones y a la nueva clase industrial. Hay debate abierto sobre lo burgués que era el Sur de la época. Pero el grueso de los líderes procedían de la clase de los propietarios de plantaciones, porque eran ellos quienes más tenían que perder si votaban los negros.

Después de todo, si todos tus trabajadores en el Cinturón Negro votan, eso se traduce en poder de la mayoría negra, Reconstrución. De ningún modo estaban dispuestos a esto. Por eso eran los más resueltamente opuestos al sufragio negro.

Y si levas la historia hasta 1950, ¿dónde se formó el  Consejo de los Ciudadanos blanco? Pues se formó en el delta del Misisipi, en donde la proporción negro/blanco era todavía de 5 a 1, con lo que cualquier cosa parecida a una democracia habría traído consigo un poder negro.

Lo que habría significado un poder de los trabajadores.

Evidentemente. No es que les disgustara el color negro. Los esclavos se trajeron de África para trabajar. Se trataba, básicamente, de control del trabajo.

¿Qué hay de Jim Crow?

El caso Jim Crow se originó también como un fenómeno de elite. Acuérdate de la sentencia Plessy v. Ferguson, la legalización de la segregación racial por parte de la Corte Suprema en 1896.

¿Por qué creció y prosperó Jim Crow? Primero, exigió la privación del sufragio negro. El grueso de las leyes de Jim Crow vinieron luego de la privación de sufragio, porque no puedes tener un Jim Crow si votan los negros.

En segundo lugar, la mayoría de los estudiosos piensa que la industrialización del Sur socavó el tradicional sistema agrario de control social y relaciones raciales. La industrialización también exacerbó la competición sectorial por el trabajo entre la agricultura y la industria.

Esas tensiones sociales y económicas jugaron en contra de los desafíos populares al poder de la elite en la década de 1890. La segregación fue la respuesta, porque mitigaba las tensiones de clase y de raza en las áreas urbanas, mediaba en la competición entre la industria y la agricultura y resolvía las luchas políticas persuadiendo a los blancos para que cerraran filas en torno a la supremacía blanca.

Así que, básicamente, el origen de Jim Crow no es tanto el control de los propietarios de plantaciones, sino la urbanización. En las zonas de las plantaciones podía funcionar la vieja forma de control del trabajo. Puedes controlar a la gente usando los inveterados métodos de terrateniente-aparcero, terrateniente-jornalero.

En la ciudad, como dejó dicho Frederick Douglass del esclavo urbano, “es un hombre libre, el esclavo es un hombre libre”. Obviamente, exageraba. Pero distinguía bien entre la tiranía de vivir en una plantación y la relativa libertad de que gozas en la ciudad.

En las ciudades, en donde tienes negros emancipados, la segregación se consideraba una forma de organizar la sociedad para minimizar el conflicto. Y, obviamente, para hacer imposible que negros y blancos legaran a unirse nunca.

Blancos y negros no podían jugar a las damas en el parque (había una ley que decía textualmente eso en Birmingham). Para unirte solidariamente con otros, necesitas al menos conocerlos. La segregación hacía eso mucho más difícil.

Así, pues, Jim Crow, como la privación de sufragio, es también una respuesta al Movimiento Populista…

Desde luego. Las elites vieron eso como una manera de crear orden en la ciudad.

Huelga decir que necesitas partir de una sociedad racista para separar negros y blancos, pero no fue un atavismo. Fue una manera –y subrayo esto— de todo punto moderna de organizar a la gente sobre la base de la separación racial.

Algo de eso ocurrió también en el Norte. En algunas de las fábricas de acero en Aliquippa, Pensilvania, tenían a europeos del Este en una sección, a italianos, en otra y a negros, en otra. Todo muy moderno.

2 El Norte durante Jim Crow

Partamos de eso para hablar de lo que ocurría en el Norte en ese momento. La clase dominante en el Norte, ¿qué hacían en esa época? ¿Trataban también de privar del sufragio a sus trabajadores?

Hasta cierto punto, sí. En toda la nación, a la vista de las huelgas y de la aparición de terceros partidos en las dos décadas depresivas  –la de 1870 y la de 1890—, se cuestionó mucho la democracia.

Pero las elites del Norte no podían reducir radicalmente el electorado, porque los caudillos del aparato del partido, los machine bosses, eran demasiado fuertes, y protegían a los trabajadores y a los inmigrantes porque eran la fuente de su poder.

Pero sí que consiguieron introducir criterios más estrictos de residencia, que todavía perduran, y establecer otras medidas que hacían más difícil ir a votar.

La privación del sufragio fue menos radical en el Norte, porque los trabajadores y los inmigrantes tenían más poder que sus equivalentes en el Sur.

Pero algunas de las restricciones al sufragio del Norte todavía están entre nosotros. Mira lo que acaba de ocurrir en las primarias presidenciales de la ciudad de Nueva York. Para poder votar en las primarias del partido del pasado abril, uno tenía que haberse registrado en octubre de 2015.

Bueno, me parece que el relato es que la clase dominante siempre querrá controlar el sufragio de la clase obrera tanto como pueda, en el Norte o en el Sur, y que explotará cualesquiera vías sociales existentes en una determinada zona para conseguirlo.

Ciertamente. Pero eso no explica por qué la privación de sufragio fue menos radical en el Norte que en el Sur. Los órdenes del Norte y del Sur eran diferentes.

Los propietarios de plantaciones, especialmente durante la depresión de la década de 1890, tenían menos margen de maniobra, por lo que reaccionaron con viva dureza a los desafíos planteados a su dominación.

Todo esto es importante, porque, en el Sur, casi toda la población negra y la mitad de la población blanca dejaron de poder votar conforme a líneas divisorias de clase.

Lo que tienes entonces, pues, es una elite que vota y cuyas facciones compiten entre sí, pudiendo ignorar al resto. Eso fue la dominación de la elite, y funcionó por un tiempo.

3 Los Dixiecrats y el New Deal

Eso es dar un gran salto en la historia, pero vamos a entrar, si te parece, en la relación del New Deal con el Sur y con los trabajadores negros. La tesis de moda ahora es que el New Deal sólo pudo hacerse popular entre los trabajadores blancos porque, gracias a los Dixiecrats, excluyó a los trabajadores negros.

Si el New Deal era simplemente para blancos, ¿por qué se pasaron los negros del GOP [siglas de Great Old Party, el Viejo Gran Partido, como se conoce popularmente al Partido Republicano] al Partido Demócrata en 1934 y 1936, siguiendo el comportamiento electoral de los distritos de clase obrera negra? ¿Eran estúpidos? ¿O vieron en el New Deal algo que estos caballeros no son capaces de ver ahora?

Se podría argüir que los New Dealers hicieron demasiados compromisos con el Sur, pero eso no significa que hombres como el senador Robert Wagner, de Nueva York, escribieran leyes para una mayoría blanca lily-white.

Además, el argumento de que esas leyes eran simplemente racistas, porque excluían a los trabajadores agrícolas, es falso.

Por lo pronto, el grueso de las leyes de bienestar social excluían en todas partes a los trabajadores agrarios. Hoy, los trabajadores del campo en Nueva York tienen menos derechos que los trabajadores industriales. Encima, la mayoría de cultivadores en el Sur de los años 30 eran blancos, no negros. ¿Abogaban los legisladores sureños por salarios mínimos y pensiones para los cultivadores blancos?

Lo que el Sur temía era que el New Deal pusiera en peligro su control sobre el trabajo, negro y blanco. Después de todo, las ayudas y los empleos federales desafiaban su control sobre el trabajo al permitir que los trabajadores pudieran evitar la plantación.

Lo que a los sureños les gustaba del primer New Deal eran las ayudas a la agricultura y el crédito barato. Aunque FDR[oosevelt] no desafió al orden racial del Sur, muchos sureños blancos vieron en el New Deal y en el sindicato CIO [Congreso de las Organizaciones Industriales, por sus siglas en ingles] una amenaza de este tipo.

Cuando los mineros del carbón organizaron una huelga en Birmingham y alrededores y el sindicato comenzó a afiliar a trabajadores negros, las elites volvieron a ver el fantasma de la Reconstrucción.

Los negros se pasaron repentinamente al Partido Demócrata, tras décadas de lealtad a los republicanos. ¿Qué estaba pasando en la política negra para hacer eso posible?

Bueno, en 1933 se desarrollaba una gran disputa en el seno de la NAACP [Asociación Nacional Para el Progreso de la Gente de Color, por sus siglas en inglés], cuando los “Jóvenes Turcos” querían que la NAACP se convirtiera en un grupo capaz de organizar a los trabajadores negros.

No sólo le disgustaba eso a W. E. B. Du Bois, sino que a Walter White, la cabeza de la NAACP, tampoco le gustaba nada el asunto.

Muchos de los negros radicales —y no estoy hablando comunistas, sino de gentes como Abram Harris, un economista, como E. Franklin Frazier, o como A. Philip Randolph, obviamente— pensaban que los viejos grupos de derechos civiles no se ocupaban de los asuntos materiales, del pan nuestro de cada día, que es lo que interesaba a la gente.

El asunto, pues, para estos jóvenes era la importancia de la clase social.

Exactamente. Esa era la disputa que tenían con DuBois. DuBois abandonó la NAACP por varias razones. Estaba la polémica con Walter White a cuenta del nacionalismo de DuBois,

Pero había también un importante divorcio entre DuBois y algunos de sus jóvenes admiradores, como George Streator.

Streator había ido a la Fisk University, amaba a DuBois y empezó a trabajar para la revista de la NAACP, Crisis. Luego se fue y se convirtió en un organizador del sindicato textil Amalgamated Clothing Workers en Virginia.

Sobre este asunto, precisamente, había disputado DuBois. Du Bois sostenía que los trabajadores blancos eran siempre racistas. Y Streator ponía en cuestión su conocimiento de los trabajadores blancos, así como la idea que DuBois se hacía de una burguesía negra progresista, y le citaba una miríada de casos de oposición de las clases medias negras a la sindicalización.

Le dijo a DuBois: “Yo he terminado con toda doctrina de ‘solidaridad racial’ como salida”. La esperanza de DuBois en los años 30 eran las cooperativas, unas cooperativas que, dirigidas por la clase media negra, podrían hacer salir a los negros de la Gran Depresión.

Ese no es el tipo de pazguato debate que oímos ahora. ¿Por qué? Porque ambos pensaban que lo que estaba en juego era mucho. Tu posición sobre el modo en que debían organizarse los negros no era postureo, era de vital importancia para las gentes de color.

Incluso la Liga Urbana se mueve a la izquierda y se interesa en la sindicalización. Y eso que la Liga Urbana estuvo en los años 20 totalmente controlada por el empresariado.

En 1935 tienes también el National Negro Congress, que quería ser un equivalente de izquierda de la NAACP. Los miembros del Congreso Nacional Negro pensaban que la NAACP era una organización de predicadores y profesores, mientras que ellos representaban a las masas. Había cierta verdad en esa conclusión.

Decían, en esencia, que los negros eran obreros. Nuestros intereses están con los de los obreros blancos, no con los intereses de los capitalistas blancos, que han sido los predominantes en las organizaciones raciales de los 20 y que desde los tempos de Booker T. Washington habían empezado a dominar la política negra a fines de la década de 1890.

Todo esto suena familiar. Ahora mismo los mileniales negros generalmente apoyan a Bernie Sanders, mientras que la vieja guardia se aferra a esas organizaciones ilustradas financiadas por capitalistas.

Pero el movimiento hacia la izquierda fue más potente en la era de la Depresión. Los capitalistas dejaron de contribuir a la Liga Urbana.

En los años 20, la Liga solía hacer agitación a favor de más puestos de trabajo negro en las grandes empresas. Pero luego, con la Depresión, las grandes empresas despedían gente.

No es que de repente se encendiera una bombilla en sus cabezas; eran los hechos mismos de base los que hacían patente que sus viejas vías necesitaban rectificación.

El movimiento insurgente era activista, estaba cambiando potencialmente el curso de los acontecimientos y resultaba atractivo para los negros interesados en asuntos materiales.

Ralph Bunche era otro que, llegados a este punto, dijo: “Ya veis, cuando hacemos un mitin sobre derechos civiles, no viene nadie. Cuando hablamos de cosas materiales, viene todo el mundo”.

La gente no tenía trabajo. Un negro que había trabajado en la fábrica US Steel en Birmingham en 1937, preguntado por la posible discriminación en la factoría, respondió que lo único que le preocupaba era que en la fábrica “ganaba 37 centavos la hora y ahora apenas lograba 75 centavos por día en la hacienda agrícola”.

¿Pero qué hay del racismo en el movimiento obrero? Los negros eran o no excluidos de los sindicatos?

En primer lugar, el CIO [Congreso de Organizaciones Industriales, por sus siglas en inglés] era un sindicato nuevo. Era nuevo porque incluía a inmigrantes del este europeo y a negros que más o menos estaban excluidos de la vieja AFL [Federación Americana del Trabajo, por sus siglas en inglés].

Pero la idea de que los negros estaban excluidos de la CIO es pura ideología, no realidad. Los empleadores en el Norte y en el Sur no se privaban de decir a los blancos y a los inmigrantes –no eran lo mismo entonces— que no se afiliaran a la CIO, porque era un sindicato “negro”.

Y la pauta de sindicalización refuta esta idea de “la raza, primero” como modo de organización. En Birmingham, al comienzo los mineros del carbón, luego los trabajadores del acero y finalmente los trabajadores de las minas de hierro, formaron sindicatos integrados, probablemente las primeras organizaciones integradas de la época en el estado de Alabama.

Estoy segura de que muy pocos blancos de los que se juntaron con negros eran igualitaristas, pero medido con los criterios entonces habituales en Alabama muy probablemente lo eran.

Y en el oeste de Pensilvania sólo después del éxito del sindicato de trabajadores del acero a fines de los 30 se unieron los trabajadores blancos a los negros en la exigencia de que se contratara a maestros negros en las escuelas públicas y hubiera integración en las piscinas, en los teatros y en los restaurantes.

El sentimiento igualitario racial es a menudo la consecuencia, no la causa, de la sindicalización.

Déjame darte un ejemplo: Packinghouse Workers era otro sindicato organizado en los 30. Los trabajadores de plantas de empaque tenían terribles relaciones raciales en Chicago, porque en una huelga habida tras la I Guerra Mundial, las empresas empaquetadoras importaron negros como esquiroles.

Rompieron la huelga. Así que en los años 30 la animosidad entre negros y blancos era grande.

Lo que ocurrió y lo que hizo la unidad atractiva para los blancos es que sabían que había montones de negros, y que si no los incorporaban, no lograrían tener un sindicato.

Y en lo tocante a los negros, aunque habían sido antes los favoritos de la empresa, reconocieron también que eran los primeros en ser despedidos. Las empresas tenían “listas negras”, literalmente.

Como dije, a menudo, los buenos sentimientos raciales son la consecuencia, no la causa de la sindicalización. Jim Cole, un hombre negro que trabajaba en Chicago, fue entrevistado en 1938 por alguien del Federal Writers Project. Declaró esto:

“A mí no me preocupa si el sindicato no hace un poco más por aumentar nuestra paga o por mediar en agravios sobre algo. Yo creo siempre que ellos hacen la mejor cosa del mundo juntando a todos los que trabajan y rompiendo el odio y los malos sentimientos que eran antes tan frecuentes en relación con el negro. Todos hacemos ahora nuestro trabajo, y yo no puedo decir nada que no sea bueno del CIO.”

Eso es como un bofetón en la cara a los relatos académicos, ahora tan de moda, escépticos con la clase obrera, y según los cuales la gente tiene primero que purgarse de racismo antes de poder proceder a una revitalización exitosa del movimiento obrero.

La idea de que necesitas gente perfecta antes de afiliarse a los sindicatos se estrella contra la elocuente evidencia de los hechos.

Eso sólo lo dicen gentes que no necesitan realmente un sindicato. En otras palabras, quienes son incapaces de entender que la gente se une a los sindicatos por razones prácticas.

Yo me he servido de la locución “racialización de la explicación” para explicar este fenómeno académico. Especialmente en la era de Jim Crow, la gente a menudo concluye que cada vez que fracasaba un sindicato, tenía que ser a causa de la raza.

Eso carece de sentido. Los trabajadores pueden ser racistas, pero esa no es la razón esencial de que fracasen las uniones sindicales. Sólo si tu ves sólo la raza e ignoras todo lo demás.

Los historiadores del movimiento obrero muestran ese contexto, geografía, religión, género, calificación laboral, etnicidad y, sí, también raza: todos esos factores hacen de la solidaridad algo contingente, no algo que inexorablemente se sigue de las condiciones económicas o de las relaciones sociales de producción.

La actual escuela académica de los “wages of whiteness” [salarios de la blancura] reifica la blancura y la hace omnipotente para oponerse a un marxismo de caricatura que ya nadie sostiene.

¿Pero no fue W.E.B. DuBois quien dijo que los trabajadores blancos recibían un “salario psicológico” por su status racial que les alejaba de forjar alianzas interraciales?

La cita de DuBois aparece en su Black Reconstruction, que se publicó por vez primera en 1935. DuBois avanzó la idea de un “salario público y psicológico” para blancos contestando a la vieja cuestión planteada por Werner Sombart (“¿Por qué no hay socialismo en los EEUU?”).

¿Por qué rechazaban los trabajadores blancos hacer causa común con los trabajadores negros para hacer la revolución? DuBois sostenía que los agentes de la estrategia del divide y vencerás eran quienes detentaban el poder.

Pero en otra pieza publicada en 1933 DuBois se acercaba más a la tesis de Sombart de que el socialismo “naufragaba en bancos de roast-beef”: en otras palabras, que los norteamericanos eran demasiado prósperos para el socialismo. Aquí los “salarios de blancura” eran simplemente salarios convencionales.

Puesto que la cuestión de la agencia es crítica, ¿con cuál nos quedamos? ¿Y lleva razón DuBois? Inmediatamente después de estas líneas de la Black Reconstruction, Du Bois caracteriza al negro como “un ser humano enjaulado, empujado a un curioso provincianismo mental”, dominado por un “complejo de inferioridad”, “alguien que no se cree él mismo un hombre como los otros hombres”, “que no puede enseñar autorrespeto a sus hijos y que se hunde en la apatía y el fatalismo”.

Esa caracterización justificaba la creencia de DuBois de que sólo el decil talentoso podría producir la libertad negra.

¿Pero era correcta esa descripción suya de los negros? El grueso de la historia posterior refuta las tesis de DuBois.

Si estaba equivocado con los negros, ¿por qué tendría que estar en lo cierto con los blancos? En suma, DuBois ofrece visiones muy certeras de los blancos y de los negros, pero no siempre dio en el clavo.

Dadas mis dificultades para aceptar su formulación como un instrumento para comprender el Sur posterior a la Guerra Civil o los años 30 del siglo XX, aún es menos probable que me resulte útil para entender la historia contemporánea, cuya dinámica DuBois jamás experimentó y no digamos estudió.

Entrevistas: “Hay un legado latinoamericano que se está dejando de lado”

Desde 2009, la autora impulsa un debate que contemple la dinámica sociopolítica que impregna los últimos años en el continente. En el origen de su libro está también la creación de la cátedra de Teoría Social Latinoamericana en la Universidad Nacional de La Plata.

originarios

>Por Candela Gomes Diez

Problematizar el presente histórico siempre fue para Maristella Svampa un objetivo privilegiado de su producción literaria y académica. Socióloga, analista política, investigadora del Conicet y autora de numerosos artículos, ensayos y libros sobre la Argentina contemporánea –entre los que se destacan títulos como Los que ganaron. La vida en los countries y en los barrios privados (2001); Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones piqueteras (2003); La sociedad excluyente: la Argentina bajo el signo del neoliberalismo (2005); Minería trasnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales (2009) y Maldesarrollo. La Argentina del extractivismo y del despojo (2014)– Svampa propone en su último libro Debates latinoamericanos. Indianismo, desarrollo, dependencia y populismo (Edhasa), un ensayo en clave latinoamericana que excede la realidad local al mismo tiempo que la incluye. Pensar América Latina y entender sus procesos, conflictos, transformaciones y límites, fue el nuevo desafío, y lo que podía parecer un proyecto desmesurado se convirtió en un estudio riguroso que en sus más de quinientas páginas cruza la teoría con la experiencia de la autora, dada por su vínculo con movimientos políticos, sociales e intelectuales.

Fue en 2009 cuando, en el marco de un debate en torno a la escena política latinoamericana, en la Universidad de La Plata, Svampa compartió un artículo de su autoría en el que daba cuenta de la actualización de ciertos debates latinoamericanos referidos al avance de las luchas indígenas, al regreso del populismo y la problemática del desarrollo. Tiempo después volvió a exponer esas reflexiones en un curso del Doctorado de Estudios Latinoamericanos, en la Universidad Nacional Autónoma de México, y entendió el valor de esas ideas. “Ahí tomé conciencia de que estaba hablando del regreso de debates que eran centrales para entender la historia del pensamiento latinoamericano en la actual escena latinoamericana, y que para dar cuenta de ellos tenía que hacer su reconstrucción histórica”, recuerda.

Con ese fin, creó la actual cátedra de Teoría Social Latinoamericana, en la Universidad Nacional de La Plata, y comenzó a delinear los cuatro grandes ejes de su nuevo ensayo: las luchas de los pueblos originarios (indianismo); los modelos económicos implementados por los gobiernos de la región (desarrollo); la relación de subordinación de los países latinoamericanos respecto de las economías centrales (dependencia) y el regreso de modelos políticos que con el surgimiento del neoliberalismo parecían agotados (populismo). El proceso de investigación fue complejo e incluyó abundantes lecturas, encuentros con colegas y viajes fundamentales a México, Perú, Bolivia y Ecuador, siempre con el objetivo final de reivindicar la producción histórica de teoría y pensamiento latinoamericano para desde allí pensar la realidad política, económica y social actual desde una perspectiva de izquierda que escapa de la corrección política.

“Yo no hago una defensa acérrima o chauvinista del pensamiento latinoamericano –advierte la autora– pero lo que sí considero es que hay un legado de ese pensamiento que está siendo dejado de lado, o que no encuentra su lugar, en nuestros saberes académicos. Esto tiene que ver con nuestra condición de subalternidad y colonial de origen, que vuelve permanentemente a interrogarnos. ¿Por qué si se producen teoría y categorías de análisis en América Latina, éstas son tan subestimadas o reenviadas a un nivel de subalternidad, y todo lo que importa y lo que aparece como verdaderamente interpelante son los saberes que provienen de otras latitudes? El pensamiento crítico latinoamericano está haciendo un nuevo balance de estos temas”.

–¿Por qué circunscribió su ensayo a los debates en torno al desarrollo, la dependencia, el populismo y el indigenismo?

–Considero que son cuatro claves para entender América Latina hoy. Quizá hace veinte o treinta años habría elegido el tema de la democracia y los Derechos Humanos, pero hoy en la actualidad latinoamericana son esas cuatro temáticas las que están en tensión, se articulan, colisionan y aparecen de manera central definiendo debates en esta región. Nadie puede dudar, por ejemplo, que en los últimos veinte o treinta años ha habido una reemergencia de las poblaciones originarias como actor político. Aquí en la Argentina, donde éstas continúan estando en el margen de los márgenes, este tema no tiene tanta centralidad.

–Al respecto, usted cita a David Viñas, que señalaba que en la Argentina los indios fueron “nuestros primeros desaparecidos”. Sin embargo, en el último tiempo la problemática de los pueblos originarios ha adquirido mayor visibilidad en los medios, específicamente a través de la irrupción de la comunidad Qom en el escenario del debate social y político. ¿Cree que esto puede ser un síntoma de que la negación de la problemática indígena se está revirtiendo?

–En el libro subrayo que ha habido un avance en términos de visibilidad de los pueblos originarios en los últimos años, que tiene que ver con el avance de la conflictividad social. La expansión de la frontera del agronegocio, los desmontes, la deforestación y el avance de la frontera minera y petrolera perjudican sobre todo a poblaciones campesino–indígenas, y amenazan sus territorios. Esta situación ha hecho que estas comunidades, que son vulnerables, tengan un cierto protagonismo en las luchas. El caso de la comunidad Qom, con Félix Díaz, es digno de resaltar, pero también están las comunidades mapuches en Neuquén que sufren un fuerte proceso de criminalización y de arrinconamiento de sus territorios y que hace décadas vienen tratando de dar visibilidad a sus reclamos. Lo que sucede en la Argentina es la negación de la importancia que tienen los pueblos originarios en la propia historia. Por otro lado, el hecho de que el Estado no haya pedido perdón por el genocidio ocurrido a fines del Siglo XIX, y por las masacres que hubo en el Siglo XX, también pesa como un problema irresuelto en la Argentina. Este país todavía no ha resuelto cuál es el lugar de estos pueblos en el proceso de construcción de la Nación. Si uno se atiene a la lectura sobre los modelos de maldesarrollo hoy implementados en el país, esos pueblos no tienen lugar, porque ante el avance de la frontera del capital los que pierden son ellos.

–En otro orden, usted plantea la contradicción que se da entre la emergencia de gobiernos y pensamientos latinoamericanistas, antiimperialistas y progresistas, y la continuidad de una dependencia estructural que se manifiesta en la Argentina y en otros países de la región a través de proyectos como el extractivismo, la negación de lo indígena y la explotación de los bienes comunes, entre otros. ¿Cómo explica esta contradicción?

–La dependencia ha sido leída primariamente como una situación que, por supuesto, va cambiando a lo largo de los ciclos políticos y económicos. Pero uno podría decir que no toda situación es determinación, y hay elecciones políticas y económicas que impulsan o confirman esta situación de dependencia, y otras elecciones que van a implicar una tensión respecto de esa dependencia estructural. A partir del año 2000, efectivamente, hubo un cambio de época importante en América Latina, porque hubo un cuestionamiento del neoliberalismo y de la dependencia estructural, que vino de la mano de los movimientos sociales y que luego encontró una traducción en los nuevos gobiernos progresistas; pero si analizamos el ciclo que va desde 2000 a 2015 ese cuestionamiento no conllevó mayores márgenes de independencia económica. Los países latinoamericanos hicieron una gran apuesta antiimperialista, antineoliberal y latinoamericanista, y para mí el punto cúlmine de esa apuesta fue en 2005, con la cumbre en Mar del Plata donde se le dijo no al Alca, que implicó una articulación entre movimientos sociales y líderes gubernamentales. Y fue el punto cúlmine porque lo que podría haber sido un punto de partida para la construcción de una nueva plataforma continental independentista, y una nueva manera de concebir el lugar de América Latina en el mundo, en realidad fue un límite. Hubo una sobreabundancia de retórica, y los resultados son muy pobres a la hora de analizar el latinoamericanismo, porque si bien se le dijo no a los Estados Unidos y al acuerdo de libre comercio, los distintos países luego fueron firmando convenios y acuerdos unilaterales con ese país, y lo mismo hicieron con China. En vez de enfrentar a la República Popular de China, colectivamente, en términos regionales, cada país firmó acuerdos que implican un compromiso de las economías y del esfuerzo de toda la población durante décadas. Pensemos que las relaciones comerciales con China implican una mayor exportación de commodities y, por ende, una tendencia hacia la reprimarización de las economías.

–Cuando aborda el populismo en el libro, menciona que a la democracia inorgánica y plebeya que éste supone se le contrapone la idea de una república “posible”. Y este es un debate que se ha reactualizado en los últimos años y que piensa a la república y al populismo como dos únicas opciones contrapuestas de organización del país. ¿Cree que se puede romper con esa construcción dicotómica?

–Desde mi perspectiva es una construcción simplista. Oponer el populismo a la república implica no reconocer los aportes en el sentido de la democratización que han hecho los gobiernos que hoy denominamos populistas, e implica desconocer también los límites sociales y políticos de los modelos republicanos. Creo que la tensión entre república y democracia es parte del discurso hegemónico. Pensar que el cierre de este ciclo de quince años, en el cual prosperaron tantos gobiernos progresistas, va a implicar la consolidación de repúblicas latinoamericanas que respeten la independencia de los poderes, me parece una falacia y algo de un simplismo intolerable. Lo que sí ha sucedido es que los fuertes procesos de concentración de poder –y por eso hablo de populismos de alta intensidad– requieren repensar el rol del Ejecutivo en América Latina, cuestionar la tradición híper presidencialista, que tiene una larga historia y pensar en formas colectivas de ejercicio del poder ejecutivo. No creo que dentro de la perspectiva republicana clásica esos temas estén. El modelo republicano coloca en el centro el tema esencial de la concentración del poder en el Ejecutivo, pero no lo resuelve, más allá de hablar de la independencia de los poderes. Creo que hay que pensar los límites políticos, económicos y ecológicos en los cuales cayeron los gobiernos progresistas que en un momento quisieron monopolizar o apropiarse del espacio de la izquierda. Entre los límites políticos están la cancelación de las diferencias y la concentración del poder. Los límites económicos tienen que ver con el hecho de que efectivamente no constituyeron un giro a la izquierda en tanto y en cuanto no implicaron un cambio en la matriz productiva y tampoco tocaron a los sectores más poderosos. Y los límites ecológicos implican repensar, en el marco de una crisis civilizatoria, el modelo de desarrollo que hoy se está implementando en América Latina que está muy ligado al extractivismo y que implica no sólo destrucción del territorio y enajenación de bienes comunes, sino también restricciones y violaciones de derechos humanos de los pueblos que defienden esos territorios. Es necesario repensar estos tres temas desde una izquierda que pueda colocar un dique de contención a la marea de derecha que hoy amenaza a América Latina.

–A propósito, ¿qué lectura realiza acerca de la posición que asume hoy la izquierda frente a estos debates?

–Primero hay que decir que en la Argentina no hay una sola izquierda, sino muchas izquierdas, y matrices diferentes que conviven con mucho conflicto en nuestra tradición política. No es lo mismo la izquierda clasista y partidaria que la izquierda independiente y autonomista, o la izquierda llamada nacional y popular, a las que sumaría la izquierda más comunitaria e indigenista que tiene poca presencia en nuestro país. Lo que sucedió en los últimos años es que hubo una narrativa nacional y popular que logró monopolizar sobre todo el espacio de la centroizquierda y dinamitó la posibilidad de construir otras izquierdas y centroizquierdas. Y, por otro lado, la oferta política de lo que era la centroizquierda tradicional se derechizó. El caso de Lilita Carrió es el más típico. Uno de los grandes problemas que tiene la Argentina de hoy es que tenemos una izquierda muy limitada, que piensa dogmáticamente el rol del partido, como es el caso del trotskismo, y que tiene poca apertura para pensar otros temas que tienen que ver no sólo con el estilo de construcción del poder sino con las grandes temáticas que atraviesan el mundo y América Latina, y por otro lado tenemos una centroizquierda inexistente. Es un momento muy difícil. Y los movimientos sociales que anclan más en una izquierda independiente y autonomista están también muy debilitados, dispersos y fragmentados. Habrá que barajar y dar de nuevo, y ver desde qué lugar pensar la construcción de una izquierda creíble que desarrolle lazos con una centroizquierda, y que se construya como una alternativa al futuro. Este es uno de los grandes desafíos.

Publicado originalmente en: PÁGINA 12

Lecturas: “Debates en torno a la comunicación política en América Latina”

Las últimas campañas electorales presidenciales en diversos países de América Latina han demostrado que los discursos políticos no son homogéneos. El consultor y académico Mario Riorda responde algunas inquietudes sobre el desarrollo de la Comunicación Política en América Latina.

Com Pol

 1.     ¿Cuáles son los últimos debates que se abordan actualmente en la región en torno al concepto de comunicación política?

 Bueno, en la región como en casi gran parte del mundo, la comunicación política ha adquirido un nivel de visibilidad inusitado pero que aquí no se corresponde con la calidad y profundidad con la que debate e investiga estos temas. Sin duda alguna la relación entre política y medios de comunicación es el punto más público en las agendas, sea por voluntad de los políticos, pero en especial por la propia postura de los medios; en segundo lugar el estilo disruptivo de los líderes, en especial de los presidencialismos y los usos de lo que llamamos comunicación directa que evita la mediación de la prensa; y luego aparecen fenómenos como las prácticas comunicativas innovadoras, como las asociadas a las posibilidades tecnológicas y de redes sociales; las manifestaciones ciudadanas en sus diferentes formatos; sin dejar de olvidar las coberturas electorales que son las únicas que no revisten novedades significativas.

 2.     De los análisis comparativos que ha podido realizar de las campañas electorales presidenciales, ¿cuál es el fenómeno que se ha venido dando en nuestra región?

 Competitividad. Creo que la novedad (con la sola excepción de Bolivia en este último ciclo de elecciones nacionales) ha sido la competitividad, vale decir el estado de situación electoral en donde más de uno tiene chances ciertas de ganar, no teóricas. Igualmente es el fenómeno más circunstancial de todos. Quizás tenga que ver con que, a diferencia de principios de siglo, lo oficialismos ganaban más de lo que perdían y ahora no todos los oficialismos (por izquierda y por derecha) terminan sus mandatos con alto nivel de consenso y valoración pública.

 3.     ¿En qué consiste el concepto de homogeneización política?

 Es un concepto contemporáneo a lo que históricamente se denominó desideologización o dimensión publicitaria-espectacular de las campañas electorales. Este concepto supone la ausencia de diferencias o matices ideológicos y ubica las diferencias de las campañas en aspectos relativos al estilo o atributos personales más que a dimensiones políticas o ideológicas. Engloba tres décadas de discusión y describe al fenómeno electoral que se posa sobre temas comunes sobre los que difícilmente las mayorías no pudiesen estar de acuerdo. Llevado al extremo se convierte en una banalización de la política.

 4.     Se ha señalado que la región asiste a un cambio en la manifestación de posturas ideológicas ¿En qué consiste ese cambio?

Creo que en parte hubo un cambio y por otra parte un despertar de una tesis muy instalada en las élites, pero poco estudiada. Quizás si era real que parcialmente pudiera haber mucha homogeneización electoral, especialmente en la década pasada. Pero no es menos cierto que en realidad, lo que había era una enorme superposición de ideologías en un mismo contexto. Es decir, no había altos niveles de polarización producto de un núcleo ideológico común, eso no implicaba grandes diferencias de fondo sino de forma. La irrupción del proceso neoliberal significó un proceso de altísimo nivel de legitimación promedio de las sociedades, para incluir los procesos denominados reformas de primera y segunda generación. En esa lógica no es que no hubiera ideología, lo que no había era alta polarización, porque las ideologías estaban superpuestas. En mi libro “Ey, las ideologías existen”, pudimos investigar el fenómeno del discurso ideológico en 38 campañas presidenciales en 18 países y corrobarar que ¾ partes del discurso político es puramente personal. Y si bien algunos dicen que la homogeneización se da cuando las campañas electorales se centran puramente en los candidatos, eso también es una falacia. Ubicando a Hugo Chávez en un extremo y a Álvaro Uribe en el otro, nadie dudaría que esos dos contemporáneos dejaron de ser en algún momento dos manifestaciones de la más contundente híper-personalización, como tampoco nadie dudaría en quitar, minimizar o dudar que son perfiles absolutamente ideologizados.

 5.     En Latinoamérica ¿cuál es la tendencia dominante en el discurso en las campañas políticas presidenciales más recientes?

Dentro de los hechos que tiñen de modo característico a las campañas se evidencia una clara negatividad que define a las campañas en su verdadera esencia como procesos fuertemente contrastantes. Pero esta negatividad está rodeada de una híper-personalización de la política como nunca se ha visto en la historia democrática, de una fuerte concepción estética y persuasiva centrada en lo emotividad, expresada ahora en una disposición multipantalla; y con una fuerte carga ideológica, que si bien es inherente a la discursividad política, muchos habían creído que tendía a desaparecer cuando la región mostró todo lo contrario. De modo incipiente empiezan a aparecer estrategias más o menos sofisticadas en la comunicación digital pero que no se organiza del todo convergente en la relación medios on line-off line.

 6.     Una premisa básica de la comunicación política es comunicar ideas ¿Se ha cumplido ello en las últimas campañas analizadas?

No solo en las últimas, sino en las penúltimas y en las antepenúltimas. Irónicamente puede afirmar que las viejas plataformas electorales son ya una pieza arqueológica. Las campañas se ganan con propuestas algunas veces otras veces con posiciones o proposiciones más o menos generalistas, centradas en valores o rumbos, en estilos abstractos. Dependen los contextos. Analizando las últimas campañas presidenciales de Argentina, Venezuela y México, sólo el 20% del contenido de los spots electorales se dedicaba a cuestiones programáticas. El resto preferentemente situado en comunicar atributos que definen, aún desde lo ideológico, a la persona-candidato.

 7.     ¿Se ha superado la lógica del show en el ámbito de la comunicación política?

Sí y no. Si comparado a la década del 90, y no dependiendo de determinados sistemas de medios. La idea del show todavía está instalado en muchos creativos publicitarios que creen que la política debe ser divertida. No lo niego en algunos ámbitos o contextos, pero no es ello garantía de efectividad. Menos si salimos de lo electoral y pensamos lo gubernamental que es largoplacista por esencia. La idea del entretenimiento político definido como politainment es un concepto peligroso que a la larga puede generar estigmas preocupantes. Por otra parte, concebir a la política así es degradarla o bien dar por finalizada la batalla de la política por incidir en la agenda pública, adjudicándole una derrota frente al sistema de medios. Esa fue la tesis en los noventa, hoy por suerte relativizada.

 8.     ¿Qué cambios visualiza en la región en los procesos electorales que se realizarán de aquí al 2017?

 De lo que dije probablemente nada nuevo. Las innovaciones en la comunicación no son tan vertiginosas y requieren de ciclos y de prácticas o líderes que “agreguen” un estilo o hechos para que se considere tendencia. Los académicos, los consultores y también los periodistas debemos salir de la endogamia localista para pensar un poco más regional y comparativamente los procesos de cambio en esta materia. Es una fuerte tentación sólo teorizar en base a “nuestro caso”…
 

COMUNICACIÓN GUBERNAMENTAL:

 9.     ¿Hacia dónde va la Comunicación Gubernamental en América Latina?

 Creo que la idea de darle un norte o rumbo político, ideologizado y con fuerte carga de valores es uno de los hechos más significativos que puede observarse. Esto que llamo “Mito de Gobierno” no todos lo logran. Es una narrativa, un relato que tiene plena correspondencia con la acción gubernamental, pero la abstrae, la simplifica, la ordena y la expande cuando las cosas se hacen bien. Es una sofisticación de la nueva comunicación política que ayuda a la construcción del consenso y es el elemento más visible en estos tiempos.

 10.  ¿Cuáles son las nuevas herramientas y tendencias actuales en la Comunicación Gubernamental?

 Muchas. Quizás en términos de desafío pensar y actuar convergentemente entre la multiplicidad mediática, entre los flujos multidireccionales diversos y propender a acciones de micro segmentación que se transformen en información relevante, sea el futuro por venir. Microsegmentación que haga que un servicio sea información o que una información sea un servicio.

 11.  ¿Cómo entender el concepto de Comunicación Gubernamental 360?

 Es comprender que un gobierno está expuesto en un rango de riesgo de 360 grados. Que es visto, sentido y juzgado desde los 360 grados, de ahí su agobio, la aparición de una dimensión plebiscitaria en el sentido de que rinde cuentas en formato 24/7 (24 días los 7 días de la semana), mucho más desde que existen las redes. Pero también, si se lo propone, puede intentar comunicarse y relacionarse también hacia los 360 grados. He ahí la complejidad para la gestión, he ahí también su oportunidad.

 12.  ¿Qué conceptos o elementos surgen en la gestión de la Comunicación Gubernamental?

 Muchísimo. Quizás, a diferencia de otras comunicaciones, quisiera resaltar tres. Institucionalismo, porque una comunicación gubernamental no dura un mes o dos meses como una campaña. Largoplacismo, porque define los niveles de expectativa que hay que manejar. Es desde este término en donde la necesidad de legitimación supera con creces a la necesidad publicitaria-propagandística. Y la comprensión de que, como los gobiernos tienen un rasgo de riesgo 360, se convierten esencialmente en instituciones crisis-propensas. Ello obliga a darle sobriedad o mucho más dosis de complejidad al análisis de la gestión comunicacional.

 13.  ¿La gestión gubernamental ha sido superada por el manejo discursivo o de “manipulación populista”?

La manipulación populista constituye como frase un adjetivo de un estilo, no un sustantivo. Por lo tanto bien puede ser un estilo para quién vea ahí una oportunidad o lo haga por convicción ideológica, tanto como una postura sumamente criticable para quién ese estilo no le gusta. Sí debo afirmar que los gobiernos que se autodefinen como nacionales populares han desarrollado (no de modo excluyente) acciones que llevan a una consolidación de su mito de gobierno como antes no se había visto y marcaron un antes y un después, independientemente de los juicios de valor que sobre ellos se tenga.

 14.  ¿De qué hablamos cuando nos referimos a Microtargeting

Microtargeting o microsegmenación es la idea de personalizar al extremos los mensajes para que, al invadir mi privacidad, sienta que vale la pena porque estoy recibiendo información útil a mi vida, sea en cuestiones materiales como en acciones simbólicas. Es un uno a uno entre la política y el ciudadano. En la región estamos lejos de acciones muy profesionales en ese sentido porque se requieren (para hacerlo a una escala significativa) bases de datos digitalizadas y enriquecidas, y todavía tenemos una concepción demasiado analógica.

 15.  ¿Cómo ha incidido la comunicación en el predominio del Poder Ejecutivo en América Latina?

El objetivo de la comunicación política es la máxima incidencia posible en la agenda pública. Por lo tanto los ejecutivos siempre intentan maximizar su rol en esa puja frente a los medios. Pero no estamos en una época donde la política esté en su mayor momento de poder, al contrario, es donde está más cuestionada y los gobiernos se ven menos efectivos frente a las demandas. Por eso creo que los gobiernos que han articulado con parte del sistema de medios y con parte de las ciudadanías una alianza, se han fortalecido relativamente frente a alianzas de igual tenor al frente. Pero son alianzas inestables, dinámicas, complejas y que de a poco van comprendiendo que la inestabilidad de las representaciones políticas y sociales no tiene puntos de llegada, es siempre precaria, inestable y cambiante. Antes el ejecutivo como la jerarquía del estado era el símbolo de la representación y el artífice de todas las respuestas. Hoy lejos de ello y el hiato o vacía que se genera entre la calidad y cantidad de las demandas ciudadanas y la capacidad de respuesta del gobierno es enorme.

 16.  ¿Se puede gobernar bien comunicando mal? o ¿comunicar bien gobernando mal?

Uno de los errores típicos de la comunicación política en general y específicamente de la comunicación gubernamental es creer que la comunicación tapa, muta o transforma todo lo que la política no hace. Por eso afirmo que es mentira que se gobierne bien y se comunique mal. Esta práctica es recurrente en nuestro contexto. Si la comunicación gubernamental tiene como objetivo contribuir a la construcción del consenso, y si éste no se logra, no es un problema de comunicación sino, básicamente, un problema político. Por ello entiendo claramente que no toda comunicación es política, pero toda política representa un fenómeno comunicacional que, tarde o temprano, termina impactando positiva o negativamente, en la propia política. Así, toda política tiene en su propio objeto una dimensión comunicacional. Pero esa dimensión comunicacional debería devenir en estratégica antes que en meramente instrumental. Sólo comunicación es aire puro.

 17.  ¿Cómo evalúa el proceso de Comunicación Gubernamental en el Ecuador?

Sumamente interesante. Quizás Ecuador represente marcadamente una síntesis perfecta de todo lo que hablamos en esta entrevista. Uno puede estar a favor o en contra, pero Correa ha generado un debate en torno a su estilo y su comunicación política que se convierte en uno de los casos modelos más atractivos para estudiar (desapasionadamente) en toda la región.

 18.  ¿Considera que existe una cultura democrática en la región?

 Decididamente si, más allá de los vaivenes institucionales que cada tanto existen en los diferentes países.

 

Publicado por: REVISTA LA VERDAD

Entrevista: Cristian Bravo Gallardo