Adiós a la alianza con Cuba

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>Por Luciana Garbarino

El nuevo gobierno de Brasil, a pesar de ser interino, propuso un giro radical en materia de política regional. Los alcances del nuevo rumbo impactan de lleno en sus vecinos sudamericanos, pero también en otros socios estratégicos más lejanos como Cuba

Volver a la pequeña esquina”. Tal podría ser el título de un tango escrito hacia los años 20 en algún rincón lluvioso de Buenos Aires. Pero la realidad es mucho más ruin que esa pintoresca imagen. Con esas palabras, Celso Amorim –canciller durante los gobiernos de Lula y ministro de Defensa de Dilma– definió la nueva orientación de la política externa de Brasil en la era de Michel Temer. A pesar de ser interino y de tener escándalos frecuentes a causa de la corrupción de sus miembros, el nuevo gobierno brasileño se propuso un giro radical en materia económica y diplomática. Si respecto del primer punto los objetivos trazados fueron “mayores libertades y menos intervención”, respecto del segundo la propuesta es similar: la nueva Cancillería llega con la promesa de “hacer negocios”. Entre las diez directrices que presentó al asumir José Serra, el nuevo el ministro de Relaciones Exteriores, la primera es que la diplomacia “sirva a los intereses de Brasil” y no a “las conveniencias y preferencias ideológicas de un partido político y sus aliados en el extranjero”. Llama la atención esta afirmación por parte del alguien que, por primera vez después de quince años, ocupa el Palacio de Itamaraty sin ser diplomático de carrera y que tiene una filiación partidaria explícita: Serra pertenece al Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), fuerza que lo convirtió en ministro de Fernando Henrique Cardoso, gobernador, senador y diputado por San Pablo, y candidato a presidente en dos oportunidades (2002 y 2010). Con un nivel de cinismo que desconcierta, Serra continuó su decálogo con el compromiso de estar “atentos a la defensa de la democracia, de las libertades y de los derechos humanos en cualquier país”. En consonancia con los intereses del macrismo, planteó la necesidad de “renovar el Mercosur para corregir lo que necesita ser arreglado”, con miras a habilitar los tratados bilaterales de libre comercio con países que no integran el bloque y a eliminar la unión aduanera. También en sintonía con los nuevos intereses argentinos, habló de “seguir construyendo puentes con la Alianza del Pacífico”.

No es de extrañar entonces que una de las primeras acciones del flamante gobierno haya sido despedir a Marco Aurélio Garcia, asesor de Lula y de Dilma en política exterior y hombre clave para la integración latinoamericana. Tampoco sorprende la emisión de un comunicado rechazando las afirmaciones de Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua que calificaron de “golpe” al proceso de destitución iniciado contra Dilma Rousseff. A simple vista, lo que puede resultar más llamativo es la insistencia en el cambio de rumbo en materia de política exterior, teniendo en cuenta que la desplegada durante los años petistas fue realmente exitosa. Pero, si se analiza con más profundidad, se anuncian tanto rupturas como continuidades en el plano diplomático: sólo algunos de los socios cosechados en estos últimos años resultan indigeribles para el nuevo gobierno.

La pesada herencia

Por ser un actor de peso global, desde la llegada de Lula al poder la estrategia de Brasil consistió en abonar la construcción del multilateralismo apoyándose en el diálogo y la cooperación, en especial Sur-Sur. No se trataba de cuestionar el orden internacional existente, sino de ampliar los márgenes de negociación frente a las principales potencias. Tal como lo explica Monica Hirst, el objetivo era “maximizar oportunidades de iniciativas políticas, especialmente por medio de coaliciones con otros poderes emergentes, dirigidas a estimular inclusión, cambio y mayor representatividad en el terreno de la gobernanza global” (1). Los beneficios fueron múltiples: Brasil se consolidó como líder regional, impulsó la creación de la Unasur y la CELAC, fortaleció su participación en las misiones de paz de la ONU, se integró al BRICS y al IBAS, multiplicó acuerdos y alianzas con países de la periferia en Medio Oriente, África y América latina y llegó a poner a uno de los suyos en la dirección general de la OMC. Este activismo internacional, no obstante, reposó en buena medida en la figura de Lula, y esto explica en parte la modificación de la situación durante la presidencia de Dilma. Si bien el rol de Itamaraty siguió siendo relevante (como lo ejemplifica la denuncia en la ONU contra Estados Unidos por espionaje), progresivamente fue perdiendo protagonismo, hecho agravado por el estancamiento económico en el que cayó el país. El nombramiento de Serra, en este sentido, anuncia la intención de volver a otorgarle prioridad a la política exterior brasileña, con la salvedad de que en adelante tendrá otras prioridades.

Lo que más irrita al nuevo gobierno en materia internacional, como a toda la derecha sudamericana, es la política desplegada a nivel regional: Lula profundizó los vínculos con los gobiernos de centroizquierda y jugó un rol fundamental como mediador en diversas situaciones de conflicto en el bloque bolivariano (en Bolivia y en Venezuela). Pero quizá uno de los peores elementos de “la pesada herencia” sea la relación con Cuba.

Desde que Brasilia restableció relaciones diplomáticas con La Habana en 1986, el intercambio entre ambos países no dejó de incrementarse, con mayor intensidad desde la llegada del PT al poder. Cuando Lula llegó a la presidencia, los vínculos con la isla se apoyaron fundamentalmente en las coincidencias ideológicas, pero luego de la apertura económica impulsada por Raúl Castro, las relaciones tomaron un tinte más pragmático ante las oportunidades de negocios que se abrieron.

Brasil fue adquiriendo por este camino cada vez mayor relevancia para la isla, hasta convertirse en un aliado estratégico en América Latina. La novedad se produjo en un contexto en el que Cuba se proponía salir de su aislamiento internacional, tejer vínculos en la región que trascendieran a Venezuela y encontrar inversores que acompañaran la actualización del modelo socialista. Brasil, por su parte, apostó a la relación con Cuba al verla como un puente hacia el mercado del Caribe –y en un futuro no demasiado lejano también hacia Estados Unidos– y hacia otros países de la periferia. Para Itamaraty La Habana era considerada una “superpotencia” diplomática gracias a sus vínculos con el mundo en desarrollo, los cuales podían ser funcionales a la estrategia brasileña de fortalecer sus posiciones en ámbitos internacionales y organismos multilaterales (2).

Cuando Serra habla entonces de “desideologizar” la política externa, alude a una reformulación de las relaciones con los países bolivarianos más Cuba, y a un acercamiento con las principales potencias; es en esa clave que debe leerse su reciente viaje a París en el que se reunió con el Consejo de Ministros de la OCDE. Sin embargo, en otros aspectos le dará continuidad a los lineamientos que se venían desplegando durante el período anterior, como la centralidad otorgada a los foros de coordinación con socios estratégicos en el marco del IBAS y el BRICS.

Efecto mariposa

Como novena economía mundial, principal Producto Interno Bruto de América Latina y primer socio comercial de casi todos los países del Mercosur, es indudable que la crisis brasileña tendrá repercusiones en todos los rincones del mundo, empezando por sus vecinos de Sudamérica. Forzando la analogía, se podría decir que estamos ante una suerte de efecto mariposa. El famoso concepto formulado por el meteorólogo Edward Lorenz plantea que la mínima variación de las condiciones iniciales de un determinado sistema puede provocar su evolución en formas completamente diferentes. Según el mito, su nombre proviene de un proverbio chino que versa: “el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tornado al otro lado del mundo”. Siguiendo con el razonamiento, para países como Cuba, que tienen a Brasil como socio comercial fundamental –su segundo socio en la región– y que han entrado en la “lista negra”, las consecuencias de este giro político resultan impredecibles. Más aún considerando que la situación para la isla ya es delicada a causa de la inestabilidad de Venezuela, su otro aliado estratégico y principal proveedor de petróleo.

Hasta el momento, la relación entre Brasil y Cuba consistía básicamente en el intercambio de alimentos y maquinaria industrial brasileños por productos farmacéuticos y minerales cubanos. También era importante la articulación entre ambos en materia de salud: el programa “Más Médicos” permitió que unos 11.000 médicos cubanos presten servicio en las zonas más pobres de Brasil. Pero lo fundamental es que Brasil es uno de los principales inversores de la isla, y por lo tanto un actor esencial en el proceso de apertura económica. Para graficarlo con un hecho concreto, la remodelación del puerto Mariel, situado a unos 40 km de la Habana y piedra angular para la atracción de la inversión extranjera, estuvo a cargo de la empresa brasileña Odebrecht. La construcción contó con un financiamiento de 800 millones de dólares por parte del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) –una institución estatal brasileña– y suscitó grandes críticas hacia Dilma por parte de la oposición de su país. En plena campaña presidencial de 2014, la candidata del PT justificó el proyecto por la gran cantidad de puestos de trabajo que había generado –456.000 según sus palabras– y por la oportunidad que representaba para el empresariado local de insertarse en el mercado del Caribe. A pesar de las acusaciones de corrupción que atraviesan a la empresa en su país de origen, Odebrecht tiene varios negocios activos en Cuba: la expansión de la terminal tres del aeropuerto internacional de La Habana, la administración y modernización de un ingenio azucarero en Cienfuegos y está en estudio la posibilidad de construir una planta productora de envases y embalajes plásticos en la zona de desarrollo económico de Mariel.

Como se aprecia, la diferencia de modelos entre ambos países no es percibida por los inversores brasileños como un obstáculo, sino todo lo contrario. El representante de Odebrecht en Cuba, Mauro Augusto Hueb, elogió el “alto nivel cultural, sentido de la disciplina y una facilidad de aprender impresionante del trabajador cubano” y afirmó que en la isla su empresa encontró “un gran potencial de permanencia y perpetuidad” (3).

La necesidad respecto del gigante sudamericano no impidió que al momento de la destitución de Dilma el gobierno cubano condenara el golpe en Brasil y alertara sobre “la contraofensiva reaccionaria del imperialismo y la oligarquía” (4), irritando aún más a Serra, que salió a retrucar “esas mentiras”.

Política de reducción de daños

Algunos analistas interpretan el acercamiento de la isla hacia Estados Unidos como una acción preventiva a la decadencia venezolana. Sin dudas la lección aprendida tras el período especial fue lo suficientemente clara como para entender que la prosperidad de Cuba no puede depender íntegramente de un solo país. Lo cierto es que la normalización de las relaciones con su antiguo enemigo está generando grandes expectativas económicas. Los meses recientes estuvieron cargados de novedades en este sentido, siendo la visita de Obama a La Habana en marzo la noticia de mayor trascendencia.

En el marco de esta apertura exterior, Cuba también regularizó su relación con la Unión Europea. El 11 de marzo La Habana y Bruselas cerraron un acuerdo de diálogo político y cooperación que puso fin a veinte años de despliegue de la “posición común”, que desde 1996 condicionaba la relación bilateral a reformas políticas en la isla.

Habrá que ver si esta diversificación le permite a la isla soportar el tornado que está despertando el aleteo brasileño.

1. “Los desafíos del gigante emergente”, en Explorador Brasil, Luciana Ravinovich (coord.), Le Monde diplomatique/Capital intelectual, mayo de 2013.

2. “Volver al futuro”, Explorador Cuba, Luciana Garbarino (coord.), Le Monde diplomatique/Capital intelectual, marzo de 2016.

3. “El grupo brasileño Odebrecht amplía su presencia en Cuba”, 3-2,2016, www.14ymedio.com

4. Declaración del Gobierno Revolucionario de Cuba, 12-5-16, www.minrex.gob.cu/es/declaracion-del-gobierno-revolucionario-5

 

Publicado originalmente en: EL DIPLÓ

Lecturas: “El país real, el país imaginado”

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La historia de Cuba ha estado marcada por la superación de los desafíos. Hoy, con Raúl Castro al mando, le toca enfrentarse a la actualización del modelo socialista, en un intento por superar las dificultades que golpean a la isla desde la caída de la URSS.

>Por Luciana Garbarino

Difícil; el camino será difícil. Desde su primer discurso tras el triunfo de la Revolución el 1º de enero de 1959 en Santiago de Cuba, hasta el anuncio de su renuncia al cargo de Presidente casi medio siglo después, el 19 de febrero de 2008, Fidel Castro insistió en que la Revolución no sería una tarea fácil. En apenas unos pocos años se llevó adelante el Programa del Moncada: la reforma agraria, la campaña de alfabetización y la gratuidad de la enseñanza, las nacionalizaciones, el fomento a la cultura, la ley de reforma urbana –que hizo propietarios de sus viviendas a la mayoría de los cubanos–. La hostilidad de Estados Unidos frente a un poder que cuestionaba su hegemonía sobre la isla y que había derribado al dictador Fulgencio Batista, servil a sus intereses, no se haría esperar. De inmediato suspendió su cuota azucarera, rompió relaciones con Cuba e inició acciones directas (invasión a la Bahía de Cochinos, imposición del bloqueo, etc.), las cuales no harían más que incrementarse desde que la isla se proclamó socialista el 16 de abril de 1961 –según una de las lecturas posibles, como reacción a las agresiones estadounidenses– y se acercó al bloque soviético. El pueblo cubano, acostumbrado a la adversidad, no tardaría en hacer de la resistencia al imperialismo una bandera. Y así fue que tras uno de los primeros ataques, la explosión del buque La Couvre en el puerto de La Habana, Fidel lanzó un mensaje eterno: “¡Patria o Muerte!”.

En la construcción de ese sueño igualitario que irradiaba sus convicciones al mundo entero, el vínculo con el campo socialista se fue intensificando. La década del 70 y hasta mediados de los 80 fueron años de prosperidad para la isla, con altos niveles de crecimiento, ocupación, salarios y desarrollo educativo y cultural. Y aunque es evidente que existían problemas (la persecución a la disidencia, la censura), la falta de desarrollo industrial se sentía poco gracias al padrinazgo de la Unión Soviética que suministraba el petróleo y la maquinaria, a veces al alto precio de colocar sus misiles nucleares. Pero este romance llegaría a su fin y revelaría su peor rostro: la dependencia. Tras la disolución de la URSS a fines de 1991, Cuba entró en una profunda crisis denominada con benevolencia “Período especial en tiempos de paz”. El caos era generalizado: penuria energética y alimentaria, derrumbe de las exportaciones, escasez de divisas, caída del 35% del PIB en pocos años, endurecimiento del bloqueo hasta la asfixia. Pero más grave aun era el desencanto con el modelo de buena parte de la población –en especial de las nuevas generaciones– y la necesidad de “resolver” para sobrevivir, que derivó en la emergencia del mercado negro y la corrupción. De un rincón al otro del mundo se repetía –en especial en Miami– que ahora sí el socialismo tropical había entrado en su hora final. Contra todo pronóstico, eso no sucedió; el gobierno implementó una estrategia de supervivencia que implicó una relativa apertura económica (atracción de inversiones extranjeras, dolarización parcial de la economía, etc.) permitiendo poco a poco, y con muchas dificultades, salir a flote. “Ni renunciaremos a la esperanza, ni renunciaremos a las oportunidades que la vida nos ha dado de construir nuestro destino sin importarnos las difíciles condiciones de hoy. ¡Y para arrebatarnos lo que tenemos, tendrán que exterminarnos, si es que pueden exterminarnos!” tronaba Fidel en 1992, en un intento de envalentonar al pueblo para emprender la hazaña.Como resultado de esos años, la transformación de la estructura productiva fue total: un sector central como el azucarero pasó de representar el 80% de las exportaciones en 1990 a sólo el 47% en 1997, mientras que en el turismo se produjo un salto espectacular que llegó a significar la mitad de los ingresos por exportaciones de servicios en 1998. La llegada masiva de turistas trajo sus contradicciones: junto con las divisas y la fiebre de consumo de Caribe y exotismo socialista, los viajeros traían sus cámaras fotográficas, sus zapatillas de marca, su estilo de vida hasta entonces ajeno a la isla.

A lo cubano

La salida de esa profunda crisis, sin embargo, no fue total y se hacía evidente que el modelo exigía una reformulación más profunda. En ese contexto, el precario estado de salud de Fidel Castro condujo a la asunción de su hermano como presidente. Raúl había desempeñado un rol importante en la apertura económica de hace más de veinte años y parecía ser el hombre capaz de administrar el pragmatismo necesario para llevar a cabo la compleja tarea de “actualizar el modelo socialista”: introducir modificaciones en el sistema económico preservando el sistema político. Pero mientras que en los 90 las transformaciones se dirigieron en lo fundamental a obtener divisas tratando de mantener la inmutabilidad de la economía interna, los cambios recientes apuntaron justamente a tratar de alterarla. En 2007 se logró el consenso para el inicio de las “reformas estructurales” que impulsaron la entrega a privados de tierras estatales ociosas y el despido de trabajadores del sector público. Poco después, en abril de 2011, el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba definió los “Lineamientos de la política económica y social” –previamente sometidos a discusión popular– que anticiparon otras novedades: autorización a la compraventa de viviendas y automóviles, reformulación de las políticas sociales, impulso al trabajo por cuenta propia, flexibilización de la política migratoria, atracción de inversiones extranjeras. Aunque las medidas están mostrando resultados positivos –en 2015 la economía cubana creció un 4%–, la agudización de las desigualdades asoma como una consecuencia no deseada de los cambios.

Consultado por el rumbo del modelo cubano, José Luis Rodríguez, ministro de Economía entre 1995 y 2009, insiste en que la transición no se parece en nada a las experiencias de los países de la ex URSS “que ampliaron cada vez más los mecanismos de mercado […] hasta que del socialismo de mercado quedó solo el mercado sin socialismo”. Y resume el plan revolucionario del siguiente modo: “En primer lugar se mantiene la propiedad social sobre los medios de producción fundamentales […]. Se establecen límites al desenvolvimiento de la propiedad no estatal al reducir su capacidad de acumulación y se asegura la prestación de los servicios sociales básicos universal y gratuitamente” .

En el plano externo, la diversificación de las relaciones internacionales fue asombrosa: Cuba se reinsertó en América Latina, renovó sus vínculos a nivel global y recompuso las relaciones con Estados Unidos y la Unión Europea. A pesar de la permanencia del bloqueo y de la desconfianza que tiñe el acercamiento con Washington, se multiplicaron los beneficios indirectos del proceso: normalización de los flujos financieros externos, acrecentado interés por invertir en el país, renegociación de la deuda externa.

No hay dudas de que Cuba enfrenta hoy múltiples desafíos; quizá el mayor sea construir una transición política que garantice la continuidad de la gesta heroica una vez que la generación de la Sierra Maestra se haya extinguido. Pero, ¿cuándo no tuvo que hacerlo? De lo que se trata en una Revolución, decía Fidel Castro aquel 1º de enero de 1959, es precisamente de hacer cosas que no se han hecho nunca.

1. De allí surgió la actual dualidad monetaria, en la que conviven el peso cubano convertible (que reemplazó al dólar en 2003) y el peso cubano.
2. La Jornada, 21-11-14.

Publicado originalmente en: El Dipló

Lecturas: “¿Cuánto y cómo paga EE.UU. a Cuba por el alquiler de Guantánamo?”

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>Por Daniel García Marco

Desde hace 113 años, un pedacito de Cuba está bajo control de Estados Unidos por un alquiler anual que podría ser el que se paga mensualmente por un buen apartamento en una gran ciudad.

La historia del arrendamiento de Guantánamo está llena de curiosidades y constituye uno de los principales escollos en el proceso de deshielo que iniciaron ambos países el 17 de diciembre de 2014.

Raúl Castro, presidente de Cuba, tendrá la oportunidad de mencionar el tema a su homólogo, Barack Obama, en la histórica visita que realiza a La Habana el mandatario estadounidense los días 21 y 22 de marzo.

No será una novedad. Cuba insiste sobre todo en dos aspectos para que la normalización de relaciones entre los dos países, enemigos ideológicos durante más de medio siglo, se consume.

El primero es el fin del embargo económico y comercial que Estados Unidos impone a la isla desde 1961.

El segundo es la devolución de la base Guantánamo, situada en la región del mismo nombre en el sureste de la isla, frente a la costa de Haití, un lugar estratégico en el Mar Caribe.

La valla que separa la base del territorio cubano

Así lo recordó el diario oficial “Granma” la pasada semana en un editorial.

El territorio ocupado por la Base Naval de los Estados Unidos en Guan­tá­namo, en contra de la voluntad de nuestro go­bierno y pueblo, tiene que ser devuelto a Cu­ba, cumpliendo el deseo unánime de los cu­ba­nos desde hace más de cien años”.

Enmienda Platt

Desde 1903 concretamente, cuando Estados Unidos intervino en la guerra de Cuba contra España por lograr su independencia en 1898. Pero el respaldo no fue gratuito.

En la primera Constitución de la República de Cuba, Washington forzó la inclusión de la llamada Enmienda Platt, por la que la isla quedaba obligada a ceder partes de su territorio a su vecino del norte.

Se reconocía la soberanía de Cuba, pero se preservaba suficiente influencia como para proteger los intereses estadounidenses.

De este modo, el 16 de febrero de 1903, los presidentes de ambos países, Tomás Estrada Palma y Theodore Roosevelt, firmaron un acuerdo por el que Cuba cedía a Estados Unidos “por el tiempo necesario y para los propósitos de estación naval y estación carbonera” dos territorios, en Guantánamo y en Bahía Honda. Éste último nunca se hizo efectivo.

Dos soldados ante un cartel de McDonald's

En el acuerdo se reconocía la soberanía de Cuba, pero el territorio quedaría bajo la “jurisdicción completa y el control” de Estados Unidos.

El 2 de julio de 1903 ambos países firmaron un tratado en el que se especifican los detalles del arrendamiento. Por ejemplo, que Estados Unidos se hace cargo del mantenimiento de la valla. Y el precio: “La suma anual de dos mil dólares en moneda de oro de Estados Unidos”.

Luego veremos realmente qué valor monetario tiene ese anacronismo.

Izado de la bandera de EE.UU. en Guantánamo

Ese precio era alto para la época, pero Cuba no incluyó ningún tipo de ajuste de precio, por lo que ahora, el alquiler de los 116 kilómetros cuadrados resulta ínfimo.

“Se puede decir que lo que paga Estados Unidos por Guantánamo es casi nada“, afirma a BBC Mundo el profesor Michael Strauss, que enseña en el Centro de Estudios Diplomáticos y Estratégicos en París, es autor del libro “The Leasing of Guantanamo” (2009) y quizás sea el mayor experto sobre la curiosa relación legal.

Pero más que “casi nada”, sería más ajustado decir “nada”. Desde el triunfo de la Revolución en la isla en 1959, Cuba sólo cobró una vez el cheque por el alquiler anual.

“Por confusión”

Al menos así lo aseguró Fidel Castro en una de sus “Reflexiones” en el diario Granma en 2007, cuando aún era presidente.

“El (cheque) correspondiente a 1959, por simple confusión, fue convertido en ingreso nacional. Desde 1960 hasta hoy jamás se han cobrado y quedan como constancia de un arrendamiento impuesto durante más de 107 años”.

Cuba consideró siempre a la base de Guantánamo como el reflejo del “imperialismo” de Estados Unidos, que además de influencia ganó una plaza estratégica para sus embarcaciones en el Mar Caribe.

Las relaciones se rompieron tras la Revolución, pero Estados Unidos mantuvo Guantánamo.

Aunque nunca hubo una pelea militar por el enclave, sí se registraron en el pasado pequeños enfrentamientos entre soldados de ambos países. Tras la reja existe una zona intermedia, ya en Cuba, que funciona como territorio de nadie y que incluso llegó a estar minado.

Límite entre la base y Cuba

Pasaron los años y Estados Unidos fue reinterpretando los usos de estación naval y carbonera especificados en el acuerdo.

Como parte de esa interpretación decidió abrir en 2002 el penal en la base de Guantánamo, criticado por la comunidad internacional y para cuyo cierre el presidente Obama presentó el mes pasado un nuevo plan que deberá aprobar el Congreso.

Que el territorio sea soberanía de Cuba pero con jurisdicción de Estados Unidos genera lo que Strauss denomina un “agujero negro legal”.

“El monstruo de Frankenstein”

Al no ser territorio de Estados Unidos, los métodos de interrogatorio y las garantías para los presos no responden ante las leyes del país. Ni ante las de Cuba. Un limbo donde ni La Habana ni Washington ni la comunidad internacional ejercen jurisdicción.

“Guantánamo puede verse como un equivalente territorial al monstruo de Frankenstein: un lugar que elude el control legal de Estados Unidos y de Cuba“, dice Strauss.

Obama aspira a cerrar la prisión, pero en ningún momento habla de entregar a Cuba el territorio de Guantánamo. Las autoridades niegan que eso vaya a suceder y dicen que es un asunto que no está en discusión, pese a que La Habana siempre lo pone sobre la mesa.

Presos en Guantánamo

Strauss asegura que como el alquiler nació de un acuerdo ejecutivo entre los dos presidentes, Obama podría dejarlo también sin efecto si lo acuerda con Raúl Castro. En ese caso no sería siquiera necesario el visto bueno del Senado.

Además, como el alquiler no es a perpetuidad, podría cesar en cuanto el Pentágono reconozca que su uso ya no es necesario.

No parece probable que nada de eso suceda. La entrega, si se llegara a producir, quedará para próximos gobiernos.

Y los republicanos no son muy partidarios de hacerlo.

El senador republicano y excandidato a la presidencia Marco Rubio, de origen cubano, recordó la pasada semana en un debate que se opone al deshielo y que los terroristas más peligrosos deberían ser confinados en Guantánamo.

Valor escaso

Ahora que los dos países se acercan, ¿qué valor tiene realmente Guantánamo para Estados Unidos?

“Una vez que se cierre la prisión, casi ninguno”, dice a BBC Mundo Strauss, que señala que con los avances tecnológicos, el repostaje de naves en la bahía ya no tiene sentido, por lo que no se justifica la presencia de la Marina.

“Puede ser un elemento útil para negociar”, afirma el experto, que cree que Estados Unidos podría ceder el terreno a cambio de concesiones.

Raúl Castro y Barack Obama

De hecho, la ley Helms-Burton de 1996 ya estipula que Estados Unidos puede dar los pasos para su devolución con la condición de que Cuba instale un gobierno democrático, por lo que de alguna manera indicaba que el valor militar y estratégico es ya escaso o nulo.

Pero mientras, la base y la prisión siguen funcionando. Un total de 5.394 personas, entre militares y civiles, trabajan allí cada día, según confirmó la base a BBC Mundo.

Y por lo tanto, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sigue enviando los cheques a Cuba.

Antes del 17 de diciembre del año pasado, cuando se restablecieron relaciones diplomáticas y se reabrieron las embajadas, lo hacía a través de la delegación suiza.

El precio: US$4.085 al año, según el último ajuste que hizo Estados Unidos en 1973.

Una imagen de uno de los cheques

Cuba no los cobra, y los cheques, según el ejemplo que publica Strauss en su libro “The Leasing of Guantanamo”, se anulan si no se cobran en un año.

Se cargan a la Marina estadounidense y se dirigen al Tesorero General de la República de Cuba, figura que desde hace años no forma parte de la estructura del gobierno de la isla.

Ni el Departamento del Tesoro, ni el de Defensa ni el de Estado respondieron las peticiones de BBC Mundo para saber adónde va a parar ese dinero.

“Gracias a Cuba, es la mejor partida del presupuesto de Estados Unidos“, bromea Strauss.

Publicado originalmente en: BBC MUNDO

Lecturas: “Aguafuerte cubana”

 Con la llegada a la presidencia de Cuba de Raúl Castro en 2008, el país comenzó a vivir una serie de transformaciones cuyos efectos ya se sienten en la vida cotidiana. Entre la expectativa y la desconfianza, la población expresa sus impresiones de esta nueva época.
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> Por Luciana Garbarino

Es martes por la mañana, y La Habana está calma y expectante. Como antes de un aguacero, que también se anuncia para esas fechas. La inmensa explanada de cemento de la Plaza de la Revolución, se asemeja, un 28 de abril, a una ciudadela de piedra en ebullición. En pocos días tendrá lugar el desfile del 1º de mayo, un evento que para los cubanos es mucho más que la conmemoración del día de los trabajadores o un mero feriado. El 1º de mayo es uno de esos días que, como el 28 de enero, aniversario del natalicio del Apóstol José Martí, o el 26 de julio, día de la Rebeldía Nacional, alimentan el espíritu revolucionario y reafirman las convicciones en el socialismo, que a veces las dificultades cotidianas hacen tambalear. Al abrigo de los semblantes del Che y Camilo, y bajo la consigna “Unidos en la construcción del socialismo”, los preparativos para la jornada avanzan vistiendo de azul, blanco y rojo cada rincón entre la avenida Céspedes y la avenida Boyeros.

A pesar de la temperatura que ronda los 39º, definitivamente anormal para una primavera habanera, el clima que se vive es de fiesta. “Todos a la plaza el 1º de mayo”, puede leerse en la vidriera de los comercios, muchos de ellos cuentapropistas, entre los enormes carteles y pintadas que celebran el 56º aniversario de la Revolución y el retorno a la isla de los cinco héroes detenidos en Estados Unidos (1): “Firmes y victoriosos entre nosotros”.Es que el 17 de diciembre de 2014 se inició una nueva era en la historia de la Revolución Cubana, y del mundo entero. El anuncio de la normalización de las relaciones con Estados Unidos comenzaba a cerrar uno de los grandes capítulos inconclusos del orden mundial desde el fin de la Guerra Fría. La noticia fue recibida con entusiasmo por el pueblo caribeño, pero también con fuerte sorpresa, ya que hasta ese mismo día las negociaciones se habían mantenido en el más absoluto silencio. Al indagar un poco sobre la nueva etapa que se despliega, la mayoría se muestra entusiasta, ya que considera que un cambio resultaba necesario, incluso imprescindible. En un mundo en permanente transformación, esa relación de enemistad permanecía congelada desde hace medio siglo y con el encono de los más duros años anticomunistas. Sin embargo, también se advierte desconfianza y escepticismo entre la población. Ramón, contador, ingeniero de Baracoa y miliciano desde sus 15 años, cree que “los cambios tienen que ser económicos, pero no ideológicos. No se puede confiar en el imperialismo ni un tantito así”, clama citando al Che.

De a poco, en las calles coloniales de La Habana vieja, caminando por el malecón o paseando en los carros americanos se ven turistas estadounidenses. Aunque cuesta diferenciarlos dentro de la marea de canadienses, italianos, alemanes, franceses, quienes inundan la isla todos y cada uno de los días del año, su acento se vuelve cada vez más frecuente. Eduardo, un señor de mediana edad, me cuenta en un almendrón (2) hacia El Vedado que está ampliando una casa que tiene en una playa cercana a La Habana “porque cuando venga el turismo yanqui, hay que estar preparado. Van a ser millones”. Entretanto, la diplomacia de ambos países ya mantuvo tres rondas de negociaciones para el restablecimiento de las relaciones diplomáticas y la apertura de las embajadas. En la actualidad, aunque Estados Unidos no cuenta oficialmente con una sede diplomática, sí tiene una Sección de Intereses en la capital cubana, que formalmente pertenece a la embajada de Suiza. Como dice Babi, una maestra de escuela y de vida, mientras abre sus ojos saltones por sobre sus cristales redondos: “Se supone que no tienen embajada, pero no creo que necesiten 16 pisos sólo para entregar visas…”. Aunque hubo importantes avances en las conversaciones bilaterales, entre ellos que Cuba haya sido eliminada de la lista de países patrocinadores del terrorismo el pasado 29 de mayo, todavía persisten diversas dificultades, como la limitación del radio de movimiento para los diplomáticos cubanos en Estados Unidos y los estadounidenses en Cuba. Entre todos los obstáculos, no obstante, el mayor es el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por John F. Kennedy, que castiga a la mayor isla de las Antillas desde 1962, y que es condenado por casi todos los Estados del mundo, salvo por Israel y por el propio perpetrador, desde luego. La perversidad de esta medida –“el genocidio más largo de la historia” puede leerse en calles y carreteras cubanas– llega al punto de la persecución extraterritorial contra ciudadanos, instituciones y empresas de terceros países que establezcan relaciones con Cuba. Por ejemplo, por mencionar sólo algunos puntos, se prohíbe que empresas subsidiarias de compañías norteamericanas que se encuentren en terceros países mantengan cualquier tipo de transacción con empresas en Cuba, o que empresas de terceros países vendan bienes o servicios a Cuba cuya tecnología contenga más de un 10% de componentes estadounidenses. Los daños de esta afrenta comenzaron a ser parcialmente aligerados a partir de diciembre de 2004, cuando se abrieron para el país nuevas posibilidades de inserción internacional a través de la creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) junto a Venezuela. Desde la llegada al poder de Hugo Chávez, el vínculo con Caracas ha sido muy estrecho y de una importancia fundamental para la economía de Cuba, en especial en materia de provisión de crudo. Tal es así, que su muerte golpeó en las entrañas al pueblo cubano. “Creía que era yo quien se moría. Lloré durante tres días seguidos”, me confiesa Eugenia, una señora triniteña entrada en años.

En lo que fue sin dudas un momento emblemático de los nuevos tiempos que corren, Raúl Castro y Barack Obama se estrecharon las manos en la VII Cumbre de las Américas el pasado abril en Panamá. “Me informaron al principio que podría hacer un discurso de ocho minutos […] y como me deben seis cumbres de las que nos excluyeron, seis por ocho, cuarenta y ocho, le pedí permiso al presidente Varela unos instantes antes de entrar a este magnífico salón, para que me cedieran unos minutos más”, bromeaba el presidente cubano al iniciar su exposición.

La marca en el talón

Tomás Salazar Rodríguez recoge con suavidad los mangos que caen, con la cadencia de la naturaleza, de los árboles añejos que envuelven a la granjita Siboney. Esos mismos árboles que en la madrugada del 26 de julio de 1953 fueron testigos de la partida de ciento treinta y cinco jóvenes que se aprestaban a torcer el rumbo de la isla. Comandados por Fidel Castro, Abel Santamaría Cuadrado y Raúl Castro, los combatientes intentarían tomar el Cuartel Moncada, el Hospital Civil y el Palacio de Justicia de Santiago de Cuba para iniciar el proceso de liberación de la dictadura de Fulgencio Batista. Aunque esta primera acción fracasaría, ese día fue el bautismo de fuego de un largo proceso revolucionario que cambiaría la vida de todos, también la de Tomás. Además de ser jardinero del museo, Tomás es actor, poeta y un ávido lector de literatura e historia. “Me encanta escuchar las visitas guiadas. Siempre aprendo algo nuevo. También aprovecho para practicar mis líneas de teatro al caminar de aquí a mi casa”. Mientras almuerza su arroz congrí al abrigo del sol, me dirige una mirada dulce, cansina, que invita al diálogo. Luego de un breve intercambio, recita, con la ayuda de su pletórica memoria, una poesía que Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, tal como me lo presenta, le dedicó al Comandante (3): “Fidel, Fidel, los pueblos te agradecen/ palabras en acción y hechos que cantan,/ por eso desde lejos te he traído/ una copa de vino de mi patria:/ es la sangre de un pueblo subterráneo/ que llega de la sombra a tu garganta,/ son mineros que viven hace siglos/ sacando fuego de la tierra helada./ Van debajo del mar por los carbones/ y cuando vuelven son como fantasmas.” […].

La tarde se escapa entre versos, recuerdos y cavilaciones. La juventud es una preocupación para los adultos de la isla. Se trata de la generación del “período especial”, el durísimo tiempo que siguió a la caída de la Unión Soviética. Desaparecido el gigante comunista, Cuba quedó de un momento a otro sin abastecimiento de alimentos, tecnologías ni insumos, carente de suministro eléctrico, de petróleo y de financiamiento externo… Tomás dice que su hijo “ve al capitalismo con buenos ojos. No se conforma con un solo par de zapatos como yo”. Pero cuando le pregunto al poeta si no le preocupa la continuidad de la Revolución, levanta la cabeza, y desde la profundidad del ala de su sombrero de paja, me observa y sentencia: “La juventud es rebelde. Si no lo fuera, Raúl y Fidel no habrían hecho la Revolución”. Para él, la tenacidad de las exigencias de los jóvenes no amenaza la firmeza de sus convicciones. Por su parte, está seguro de que los nuevos cuadros del Partido tienen plena formación y capacidad para continuar con el proceso revolucionario. Se dice que el sucesor de Raúl Castro en 2018 podría ser el actual joven vicepresidente del Consejo de Estado, Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez, el primero de una generación nacida luego de la Revolución en alcanzar una posición tan alta.

A unos 240 km, pero bajo el mismo calor oriental, Ramón, el miliciano baracoense, se muestra más cauteloso respecto del futuro. Teme por el rumbo del país cuando los hermanos Castro ya no estén: “Ellos son líderes que el pueblo respeta mucho”. La presencia de Fidel se siente en todo el territorio como una inspiración y una guía permanentes, a pesar de que su figura como tal no se ve en carteles ni monumentos. Aun entre los menos convencidos, el viejo líder barbudo infunde un respeto y una admiración insustituibles.

Si bien los años más oscuros del “período especial” hoy han quedado atrás, el trauma persiste. Todavía puede verse a algunas personas pidiéndoles a los turistas jabón, champú, a pesar de que esos artículos se consiguen con relativa facilidad a precios accesibles. Es que las cicatrices de esas privaciones no son fáciles de sanar. Y no sólo de la memoria. Esther, una habanera risueña y fornida de un poco más de 40 años, recuerda aquella época difícil: “Yo lloraba en las charlas donde nos explicaban todo lo que iba a faltar. En ese entonces estaba embarazada. ¿Con qué voy a alimentar a mi niño?, me preguntaba”. Su rostro combina una sonrisa dulce y una mirada nostálgica; en su relato se descubre el orgullo con las conquistas de la Revolución, pero también la tristeza de quien tiene a su sangre lejos. Esther dice que el 90% de las veces, los hijos de las mujeres de su generación viven en el exterior. “Nosotras decimos que llevan la marca del talón. Porque en los 90 eran muy pequeños, y al tener que trasladarse en la parrilla de la bicicleta, muchos sin querer metían los pies en los rayos y eso les provocaba heridas y quemaduras por rozamiento en los talones”. Como en una parábola del célebre mito de Aquiles, la mayor flaqueza de la Revolución quizás es hoy la partida de muchos de sus jóvenes; un desafío que los cambios actuales pretenden revertir.

Pero Cuba no es tierra de lamentos. “Por entonces, incluso en las noches de apagón del crudo verano –retoma Esther–, la gente subía sus colchones a la terraza y se ponía a cantar y a bailar.”

Aire fresco

“Se vende o se permuta”, “gran oportunidad”. Escritos con marcador o con bolígrafo, estos carteles artesanales engalanan las coloridas casas cubanas. Porque entre los diversos cambios que introdujo Raúl desde su llegada al poder, está la liberación de la compraventa de viviendas y automóviles y la modificación de las normas migratorias. Las transformaciones han sido recibidas, en general, como una bocanada de aire fresco. “Ahora puedes vender tu carro o hacer una piscina en tu casa”, me dice Alberto, dueño de un Lada que tiene sus batallas. Uno de los cambios que despiertan mayor preocupación en el pueblo es la apertura de la economía a la inversión extranjera, salvo en los sectores de educación, salud y defensa. “Es un mal necesario –dice Overlis, viejo militante del Partido–. Necesitamos mejorar nuestra infraestructura, ¿tú me entiendes?” En los lineamientos del VI Congreso del PCC, formulados en abril de 2011, puede leerse con claridad: “El modelo reconocerá y promoverá, además de la empresa estatal socialista, forma principal de la economía nacional, a las modalidades de la inversión extranjera, las cooperativas, los agricultores pequeños, los usufructuarios, los arrendatarios, los trabajadores por cuenta propia y otras formas que pudieran surgir para contribuir a elevar la eficiencia”.

Desde entonces, se han ampliado los sectores de trabajo del cuentapropismo, se ha entregado tierra estatal a usufructuarios privados en forma gratuita por diez años, se ha otorgado mayor libertad de decisión a las empresas estatales y se han fomentado las cooperativas no agrícolas (CNA), entre las principales medidas implementadas.

Son las siete de la mañana del 1º de mayo. Las columnas de trabajadores se organizan por sector, sindicato o institución, encabezadas por el bloque de la salud, indiferentes a las nubes tormentosas que ya rugen su humedad. Las palabras de apertura de Ulises Guilarte de Nacimiento, líder de la Central de Trabajadores de Cuba, se multiplican por Radio Rebelde a través de los altoparlantes dispuestos en la avenida Paseo: “La clase obrera cubana tiene contundentes razones y argumentos para festejar unida el día de los trabajadores… trasladando al mundo el mensaje de unidad en torno a su Revolución, a Fidel y a Raúl”. Entre banderas cubanas y venezolanas, al ritmo de las congas y los tambores, comienza el desfile hacia la Plaza de la Revolución. En lo alto de las escalinatas, y bajo el gigantesco monumento a José Martí, Raúl Castro y Nicolás Maduro saludan al pueblo trabajador que viste con orgullo su uniforme. Son millones las personas que en todas las grandes ciudades del país se han volcado a la calle a revalidar su confianza en el socialismo. Al cabo de dos horas, la movilización ha terminado y La Habana va recuperando poco a poco la calma. Pero la alegría y la esperanza quedan flotando en el aire. “Nos sobran razones para vencer” alcanzo a leer mientras me alejo…

1. Gerardo Hernández, René González, Ramón Labañino, Antonio Guerrero y Fernando González fueron arrestados el 12 de septiembre de 1998. En junio de 2001 fueron condenados a un total de cuatro cadenas perpetuas y 75 años de prisión.
2. Los almendrones son vehículos fabricados antes de 1960, año en el que entró en vigor el embargo aplicado por Estados Unidos. Muchos de ellos funcionan como taxis en la ciudad de La Habana.
3. Pablo Neruda, Canción de gesta, 1960.

Publicado en © Le Monde diplomatique, edición Cono Sur