Ganó Trump: ¿y ahora qué?

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>Por Andrés Fernández

Luego de culminar el proceso electoral “más salvaje de la historia” según algunos analistas norteamericanos, el magnate de frondosa cabellera rubia fue electo presidente. Más allá de los resultados electorales objetivos, intentaremos aquí realizar un resumen del camino transitado hasta llegar a la definición que todo el mundo observó con enorme expectativa; para luego ensayar algunos interrogantes que surgen a partir de ahora.

 

¿QUIÉN ES DONALD TRUMP?

Pero empecemos por el principio. A pesar de que es el flamante presidente del Estado más poderoso del mundo, para algunas personas es aún un personaje desconocido. O por lo menos, desconocido como dirigente político.

Trump nació en Nueva York hace setenta años. Fue uno de los cinco hijos de Mary Anne MacLeod y de Fred Trump, que se casaron en 1936.

Luego de un breve paso por la Universidad de Fordham en el Bronx durante dos años, continuó sus estudios en la Escuela de Negocios Wharton de la Universidad de Pensilvania para iniciar su carrera en los negocios en la empresa de bienes raíces de su padre.

Excepto durante un breve momento en la década del noventa, cuando se declaró en bancarrota comercial, Trump no dejó de acrecentar su fortuna.

Según la revista Forbes su valor neto es de US$4.500 millones. Wealth-X dice que es US$4.400 millones, mientras que el índice de Bloomberg dice que es sólo US$2.900 millones. En cualquier caso, Trump afirma que “tiene mucho más”.

Con los años, se dedicó a invertir en hoteles, casinos, desarrollos inmobiliarios, la “industria” relacionada al golf y el espectáculo. Tanto es así, que se lo relaciona inmediatamente con el reality show “The Apprentice”.

Según afirman analistas económicos, Trump obtuvo de su padre no sólo financiación, sino también su estilo de negociación[1]. En este punto, es de esperar que intente continuar con el mismo estilo desde el máximo cargo ejecutivo de los Estados Unidos, con consecuencias inciertas.

En síntesis, su fortuna proviene de numerosas fuentes de inversión pero quizás la más relevante, esté constituida con los ingresos obtenidos por el uso de licencias con su nombre. La principal fortaleza de Trump, es justamente su propio nombre, utilizado a lo largo y a lo ancho del planeta, pero especialmente en su propio país.

Quizás eso explique como el “relato Trump”, ahora catalogado como populista, pudo penetrar en la sociedad estadounidense y romper con la tradición de las elites dirigentes de ambos partidos mayoritarios.

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TRUMP: EL CANDIDATO

Donald Trump, presentaba oficialmente su candidatura a presidente en junio del año 2015[2]. En su discurso, denunciaba la decadencia económica de los Estados Unidos y la ineficacia de la administración Obama en política exterior, especialmente, en Oriente Próximo.

Una de sus críticas más poderosas, estaban dirigidas a la élite política estadounidense afirmando que sólo alguien como él, desligado a la política y sus falsas promesas, era capaz de reorientar el rumbo del país: “¡Yo devolveré a EE UU su grandeza!”, afirmaba.

En aquel momento, Trump se situaba a mitad de tabla en la pugna por la Casa Blanca, según los sondeos relevados por Real Clear Politics[3].

Con el correr de la campaña electoral, el candidato se fue consolidando cada vez más. En primer lugar, derrotando a sus contendientes dentro del Partido Republicano. Incluso quienes denostaban sus verdaderas posibilidades, empezaron a ver con recelo el crecimiento del ahora electo presidente. Entre los republicanos, los principales dirigentes comenzaron a operar contra Trump en un intento desesperado por detener una inminente nominación oficial[4].

En cualquier caso, lo más llamativo de la campaña electoral, fue que el candidato republicano no modificó su esencia. Agresivo, sin filtros y haciendo gala del mismo personaje que los estadounidenses habían conocido en los medios de comunicación, Trump realizó numerosas declaraciones públicas que despertaron igual cantidad de resistencias.

El primer “escándalo”, se desató cuando planteó (sin pelos en la lengua) que en el caso de ser electo presidente, levantaría un “muro” en la frontera con Méjico y que además lo pagaría dicho país[5]. Después siguieron denuncias sobre el uso de armas, su destrato hacia las mujeres, su recurrente burla hacia personas con discapacidad y su posición respecto a la política inmigratoria.

En el caso de la política exterior, Trump mostró un claro mensaje. En primer lugar, hizo responsables tanto al presidente Obama como a Hillary Clinton sobre la expansión del ISIS y la crisis en Medio Oriente. Por otro lado, se mostró reacio a los procesos de integración económica y política, con especial énfasis en la conformación del NAFTA (lo llamó “el peor acuerdo de la historia”), los acuerdos Transpacífico y el sostenimiento de la OTAN[6].

Uno de los puntos que más se le criticó al candidato republicano, fue la supuesta ausencia de un plan económico sumado a su presunta impredecibilidad[7] [8].

Por último, recordemos que no fueron menores las críticas receptadas respecto a la evidente “irascibilidad” de Trump ante el intercambio en los debates[9] o en las redes sociales. Tanto es así, que el New York Times le dedicó una sección especial recopilando todos los insultos hacia “personas, lugares o cosas”[10].

PERO ENTONCES ¿POR QUÉ GANÓ TRUMP?

Curiosamente es el interrogante que más se repitió a lo largo y a lo ancho del mundo. Analistas, catedráticos y “opinólogos” por igual, siguen rastreando las razones de algo que parecía imposible. De la misma manera, surge cada vez con mayor fuerza, una potente crítica a las encuestas; a su fiabilidad y validez para analizar procesos electorales.

Lo real y concreto, es que los medios de comunicación también se hacen eco del mencionado interrogante. Muchos de esos medios (particularmente, los del país del norte y sus repetidoras asociadas) adoptaron una posición más que crítica ante la candidatura de Trump.

Pero ensayando una respuesta, es evidente que no hay una sola causa. Y aún si señalamos algunos puntos que consideramos relevantes, de seguro que quedan elementos por analizar.

En primer lugar, Donald Trump recibió apoyos masivos de los blancos de clase media y media baja, trabajadores de ciudades medianas y/o de las zonas rurales del centro del país. Tal es el contraste con la candidata demócrata, que Hillary triunfó en 31 de las 35 ciudades más pobladas. En este sentido, habría que pensar e inducir porqué el discurso anti-inmigración triunfó en los grupos mencionados.

En segundo lugar, es importante ver como Florida no se volcó de manera determinante a favor de Hillary Clinton como anunciaban algunas encuestas. Pero todos pasan por alto, que el voto “latino” o “hispano” no está constituido de manera homogénea, ya sea por origen y/o por pertenencia socio-económica. Para algunos tuvo mayor peso el acercamiento de la administración Obama con Cuba que el supuesto “racismo” de Trump y sus seguidores…

El tercer elemento, que el candidato republicano explotó con éxito, es el creciente rechazo a la clase dirigente, a una elite o casta alejada cada vez más de los ciudadanos. Por eso llegó como “outsider” y triunfó aún contra la estructura de su propio partido. El discurso anti-sistema (por lo menos, el vigente en el país del norte), característico de las exposiciones de campaña de Trump tuvieron su contracara en la candidatura de Bernie Sanders (socialista en el Partido Demócrata), que también señalaba el agotamiento de un modelo que beneficia exclusivamente a los ricos y poderosos.

Dos cuestiones a señalar en este punto: hubiera sido interesante ver una confrontación Sanders – Trump, pero el primero perdió en elecciones primarias con Clinton. Por otra parte, resulta llamativo observar que la ciudadanía se exprese contra la clase dirigente y vea en Trump un modelo de éxito. Millonario y empresario, que no paga impuestos y que se declaró a favor de recortar los gastos en el Sistema de Salud y que sin embargo, encontró masivos apoyos en las clases populares. Pareciera ser, que Trump se convirtió, en el portavoz de una supuesta renovación del mito del “sueño americano”. Queda por ver, si también ocupa el lugar de paladín de una nueva versión del “destino manifiesto”.

Finalmente, señalar algo que emerge como característica de los sistemas político-electorales contemporáneos. La discusión política adquiere elementos de la industria del entretenimiento: los debates entre candidatos, apuestas, “mercado” de encuestas; todo queda subsumido en un escenario donde los más aptos son los más preparados para el show. Por lo menos, eso demuestra en parte, la campaña mediática de ésta elección.

Quizás Trump lo supo desde el primer momento. Nada mejor para la política-espectáculo, que un showman cercano al público.

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SI, PERDIÓ HILLARY CLINTON ¿Y AHORA QUÉ?

El presidente electo ya fue catalogado como misógino, racista, agresivo e irascible. Al mismo tiempo, los opositores lo ubican como un claro exponente del “populismo” conservador. Sea cuales fueren las “etiquetas” elegidas para describir a Trump, lo importante a indagar ahora es cuál será el rumbo que tomará su administración a partir de su asunción oficial.

Igualmente, no parece el momento de expresar conclusiones determinantes, todo lo contrario. Es quizás el momento oportuno de pensar más interrogantes, particularmente por su incidencia en nuestra región, como por ejemplo: ¿cuál será el plan económico? ¿Cómo procederá ante los TLC y la política exterior? ¿Cuál será su estrategia militar y de defensa? ¿Cómo será su relación con Latinoamérica? ¿Y con Europa?

Por otra parte, aparecen otros interrogantes más ligados a la política interna, como por ejemplo: ¿cómo se reconfigurará el sistema de partidos en los Estados Unidos? ¿Hay espacio para el surgimiento de terceras fuerzas? ¿Cómo será su relación con el Partido Republicano y sus líderes?

Un nuevo tiempo parece estar comenzando, pero es aún temprano para saberlo.

 

 

[1] Ver http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/04/160413_economia_origen_fortuna_trump_lf.shtml

[2] Ver http://www.telam.com.ar/notas/201506/109114-donald-trump-candidatura-presidente-estados-unidos.html

[3] Ver http://www.realclearpolitics.com/epolls/latest_polls/

[4] Ver http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/03/160303_eeuu_elecciones_romney_republicanos_contra_trump_ep.shtml

[5] Ver http://verne.elpais.com/verne/2016/11/09/articulo/1478663733_305924.html

[6] Ver http://www.democracynow.org/es/2016/7/28/titulares/trump_threatens_to_abandon_nato_allies_if_countries_don_t_pay

[7] Ver http://expansion.mx/economia/2016/11/01/370-economistas-piden-no-votar-por-trump-aunque-clinton-tampoco-los-convence

[8] Ver http://www.lanacion.com.ar/1942434-los-economistas-afirman-que-hillary-garantizaria-un-mayor-crecimiento-economico-para-eeuu-y-el-mundo-que-trump

[9] Ver http://mixpolitico.com.ar/post/hillary-clinton-y-donald-trump-se-cruzaron-en-el-ultimo-debate-presidencial/

[10] Ver http://www.nytimes.com/interactive/2016/01/28/upshot/donald-trump-twitter-insults.html?_r=2

Uno que muere y otro que bosteza

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>Por Carlos Gabetta

La propuesta socialdemócrata languidece, muere. Los últimos estertores provienen del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), cuyo líder, Pedro Sánchez, tuvo que “alejarse” al cabo de una rebelión de sus parlamentarios y principales dirigentes (los “barones”), más empeñados en conservar sus escaños y privilegios que en resolver la crisis. El dilema: apoyar la “institucionalidad”, o sea facilitar la continuidad del ultraliberal y ultracorrupto gobierno del Partido Popular, o precipitar nuevas elecciones que, según las encuestas, marcarían un nuevo y grave retroceso del PSOE.

Las “bases”, entretanto, navegan entre la expectativa de una propuesta socialdemócrata digna de ese nombre y la indiferencia o la emigración hacia “Podemos”, la formación de Pablo Iglesias, un populista inspirado en la “revolución bolivariana”. Entre una aspiración que la dirigencia del PSOE –también implicada en variados asuntos de corrupción– ha abandonado desde los tiempos de Felipe González, o el abrazo a un “relato revolucionario” populista que no es más que la ocupación del vacío político que vienen dejando en todo el mundo los fracasos de liberales y socialdemócratas, por un grupo de oportunistas vocingleros y amorales.

Más de lo mismo en Alemania, Francia, Italia, Brasil; incluso en los países escandinavos: en las últimas elecciones al Parlamento europeo, la extrema derecha triunfó en Dinamarca… Es que “hoy la crisis económica y financiera es global; está instalada en el corazón del sistema y su persistencia provoca remezones políticas (…) oficialmente desaparecida la propuesta socialdemócrata, las bases se agitan hacia el populismo con ‘relato’ de izquierdas, o el populismo puro y duro de derechas.” (http://www.perfil.com/columnistas/Socialistas-de-derecha-20141011-0022.html).

Ante esta evidencia, que lleva décadas, la socialdemocracia no dispone de un diagnóstico preciso de situación, ya que ha abandonado su base teórica; el análisis socialista. El ejemplo regional de este desconcierto ante la profundidad de la crisis económica capitalista, que políticamente se expresa como corrupción generalizada de la política, es el Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil. Aunque es comprobable que los gobiernos de Lula, e incluso Rousseff, han favorecido la situación de amplios sectores sociales, también lo es que se “adaptaron” a los manejos de la política; que en el mejor de los casos nada hicieron contra la corrupción y acabaron contaminados. Ya se verá qué dice la historia de la destitución de Rousseff y qué pasa con las graves acusaciones contra Lula, pero nadie discute la condena por corrupción aplicada en 2012 a José Dirceu, jefe de gabinete de Lula… Con lo cual la situación en Brasil parece calcada de la española: una derecha corrupta reemplaza a una “izquierda” ídem.

Y mientras tanto, la crisis mundial se acentúa. Las recetas neoliberales tornan a expresarse como bajísimas tasas de interés para “estimular el consumo”. ¿Les suena? Se prepara una nueva burbuja, quizá más grande que la que condujo a la crisis de 2008. Ahí tenemos nada menos que al Deutsche Bank, cuya situación es tal “que obliga a considerar un rescate urgente” (El País, Madrid, 10-10-16). Y la crisis de la banca italiana, griega; los estremecimientos de la Bolsa china…

Algunas señales de un resurgir del espíritu socialdemócrata provienen de Gran Bretaña y Estados Unidos. Jeremy Corbin obtuvo el 61% de apoyos de la base laborista ante los “barones” que intentaron desplazarlo. Las propuestas de Bernie Sanders, que estuvo a punto de destronar a Hillary Clinton, están opacadas por el debate sobre asuntos de sexo entre ésta y Donald Trump, pero volverán a primer plano cuando uno de los dos gobierne y deba enfrentar problemas estructurales.
Pero por ahora sólo son bostezos; arrebatos éticos y morales. La izquierda aún no ha despertado.

*Escritor y periodista.

 

Publicado originalmente en: PERFIL

La izquierda, entre las calles y las instituciones

Líderes cuestionados, desconexión de la política real, derechas triunfantes: en Europa el progresismo vive una crisis de identidad.

nota izquierdas>Por Pablo Stefanoni

Desde mediados de los años 90, las izquierdas europeas y estadounidenses volvieron a mirar hacia América Latina. Primero, atraídas por la inesperada rebelión zapatista liderada por el subcomandante Marcos y, ya desde comienzos del siglo XXI, convocadas por el “giro a la izquierda” inaugurado con el triunfo de Hugo Chávez a fines de 1998. El “extremo occidente” latinoamericano, retomando la expresión del historiador Alain Rouquié, devolvía nuevamente imágenes de un mundo encantado por la política a un Norte atravesado por la despolitización y la abstención electoral.Pero hoy esta “excepción global” que representó el giro a la izquierda en América del Sur -en palabras del historiador británico Perry Anderson- parece estar llegando a su fin y una expresión de ello es que, desde hace algún tiempo, las izquierdas continentales comenzaron a mirar hacia el norte en busca de alguna señal renovadora, y hasta se escucharon los ecos de expresiones como “necesitamos un Podemos” en Argentina o en Brasil.

Se trata de una situación sorprendente, ya que el partido español liderado por Pablo Iglesias nació inspirado precisamente en el ciclo populista latinoamericano. El número dos del partido, el joven Iñigo Errejón, hizo su tesis doctoral sobre Evo Morales y varios de sus integrantes fueron asesores de gobiernos sudamericanos. Podemos es la fuerza que más esfuerzo político y teórico viene haciendo para superar el encierro identitario y el sentimentalismo por los viejos símbolos, evitar la testimonialidad y, más en general, superar la crisis ideológica de las izquierdas europeas. Su crecimiento fue posible por la creciente grieta entre la clase política y los ciudadanos y este partido fundado en 2014 apostó a nuevas estéticas, como escribir su programa en el formato de un catálogo de muebles de la famosa firma nórdica Ikea.Es cierto que la crisis acompaña a las izquierdas desde sus orígenes. Ya a fines del siglo XIX se habló por primera vez de la “crisis del marxismo”, y figuras como el socialdemócrata alemán Eduard Bernstein o el sindicalista revolucionario francés Georges Sorel iniciaron revisiones de la obra de Karl Marx porque veían que el marxismo tal como era ya no se adecuaba a la realidad de Europa occidental. Luego, aunque el leninismo triunfante pareció demostrar que la vía revolucionaria estaba abierta, el occidente europeo, como advirtió el italiano Antonio Gramsci, parecía esquivo a cualquier socialismo “maximalista”. Pero aun así, el temor al comunismo y la potencia del proyecto socialdemócrata alumbraron en la posguerra Estados de bienestar inéditos en la historia de la humanidad.

Hoy, a casi un siglo de la Revolución rusa, la izquierda anticapitalista es marginal y la socialdemocracia se encuentra sumergida en una profunda crisis de identidad. Especialmente en los últimos años de la Guerra Fría, los partidos socialistas adoptaron el atlantismo y los planes de ajuste, sus líderes se “aburguesaron” y la Tercera vía de Tony Blair acabó por borrar las fronteras con la centroderecha. Sus nuevas figuras están a años luz de Willy Brandt u Olof Palme, por no hablar de Clement Attlee. Muchos se volvieron “lobistas” de grandes intereses empresariales y en el sur de Europa la crisis económica de 2008 estalló en manos de los socialdemócratas. Además, la globalización, el debilitamiento del Estado nación y la pérdida de peso del sindicalismo contribuyeron a que hoy poderosos partidos como el SPD alemán batallen para no caer por debajo del 20% de los votos.

En busca de la dignidad perdida

Paralelamente, la vieja cultura comunista, anclada en los barrios obreros y “cinturones rojos”, ha desaparecido. Sus fiestas, sus símbolos, sus lenguajes de clase, sus apuestas estéticas “antiburguesas” y sus militantes aguerridos, si bien pueden seguir existiendo, se parecen cada vez más a inercias del pasado. Dos casos muy emblemático son los de los PC italiano y francés, otrora partidos de masas. El primero se autodisolvió en una fecha tan emblemática como 1991, y el segundo perdió el peso de antaño. Adicionalmente, las izquierdas ya no son capaces de contener las aspiraciones populares, en paralelo al debilitamiento de las identidades colectivas producto de la precarización y el individualismo triunfante.

En este marco, el voto a la extrema derecha puede operar en parte -y de manera paradojal- como un intento último por recuperar colectividades y dignidades perdidas. Al menos así lo lee el sociólogo Didier Eribon, quien en su libro de memorias Regreso a Reims recuerda cuando su madre, antigua votante comunista, le confesó que “alguna vez” votó por el Frente Nacional.

En este contexto europeo, Pablo Iglesias se sinceró y declaró que nunca podrían ganar las elecciones españolas con la bandera o la estrella roja, y junto con Iñigo Errejón y otros profesores de la Universidad Complutense, Podemos buscó resolver estos dilemas apelando a la teoría del populismo del argentino Ernesto Laclau, autor de La razón populista y fallecido en 2014. La apuesta de Podemos fue reemplazar el antagonismo izquierda-derecha por “arriba-abajo”, traducido en un discurso de la gente contra la casta política-empresarial.

Aunque su enorme crecimiento no fue suficiente para llegar a la Moncloa, Podemos logró 70 diputados a sólo dos años de su fundación. Pero además, Errejón e Iglesias -que emergieron en el escenario habilitados por el movimiento de indignados- buscaron romper con una tendencia que destacó recientemente el académico y activista Razmig Keucheyan en su libro Hemisferio izquierda. Un mapa de los nuevos pensamientos críticos: el aumento de sofisticación de los intelectuales críticos y de izquierda en paralelo a su desconexión de la política real, lo que incluye un desplazamiento hacia los campus de universidades norteamericanas. En un caso poco habitual, los líderes de Podemos actúan como políticos y como analistas de sus propias decisiones: hacen “populismo” y explican los mecanismos internos de esa forma de hacer política desde entrevistas, libros o programas televisivos como Fort Apache.

Sin embargo, la reciente “socialdemocratización” de su discurso muestra una paradoja: mientras la socialdemocracia vive su peor crisis, el discurso socialdemócrata parece la única vía de acceso, para las izquierdas, a posibilidades reales de crecimiento electoral. Por eso, Podemos buscó construir aires de familia entre su líder y el joven Felipe González que, en 1982, llevó al PSOE al gobierno durante la transición posfranquista.

Dos líderes old style

Pero Iglesias no está solo en el paisaje de las nuevas izquierdas antielitistas del Norte. También está el caso, que podría aparecer curioso, de dos veteranos líderes old style que lograron seducir a multitud de los jóvenes veinteañeros: Jeremy Corbyn (67 años) en Gran Bretaña, que gracias al voto de los no afiliados se apoderó de la dirección laborista en unas internas partidarias, y Bernie Sanders (74) en EEUU, quien, asumiéndose socialista democrático, le dio pelea a Hillary Clinton en las primarias demócratas. “Hace un año, sólo algunos progresistas soñadores hubieran predicho que un funcionario que pasa los 70 años, socialdemócrata y del estado de Vermont se convertiría en el líder de un movimiento juvenil que, seriamente, haría temblar el paso asegurado de Hillary Clinton a la nominación demócrata”, escribió David Horsey en Los Angeles Times.

Sanders buscó, sobre todo, reponer algunos temas socioeconómicos en un país en el que la política de izquierda se volvió identitaria y cada colectivo lucha por sus propios intereses (minorías étnicas y sexuales, por ejemplo), logrando expresar un malestar extendido. Así, denunció al 1% de superricos. En una encuesta de la Universidad de Harvard, el 41% de los jóvenes entre 18 y 20 años apoyan la idea del “socialismo”, y si bien en EEUU éste tiene connotaciones socialdemócratas, el término socialista era hasta hace poco una mala palabra de la Guerra Fría. Muchos de esos millennials fueron seducidos por Sanders, un admirador del sindicalista anticapitalista Eugene Debs, quien en las presidenciales de 1912 obtuvo el 6% de los votos.

No obstante, a pesar del descontento existente, el filósofo esloveno Slavoj Zizek recuerda que hoy es más fácil convencer a alguien del fin del mundo que del fin del capitalismo, transformado según el italiano Raffaele Simone en un auténtico “monstruo amable”. Incluso reformarlo resulta cada vez más complejo precisamente cuando la desigualdad -como mostró el éxito de El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty- ha ganado visibilidad y renovados cuestionamientos.

“Pero mientras que Sanders recentró en EEUU el discurso de la izquierda en temas socioeconómicos y de clase, en países como Francia y Gran Bretaña se está configurando una suerte de guerra cultural entre una izquierda cosmopolita y un populismo de derecha de base popular, como pudo verse en la batalla del Brexit”, apunta el analista Marc Saint-Upéry.

En ese marco, las izquierdas ¿deben moderarse más para atraer el centro? O por el contrario, ¿deben radicalizarse para asentarse mejor entre los descontentos y diferenciarse del “sistema”? ¿Deben apostar a un populismo de izquierda para contrarrestar al populismo xenófobo de derecha? ¿Deben tratar de “reinventar Europa desde abajo” o replegarse al Estado nación? ¿Deben apostar más a las calles o a las instituciones?

He aquí, en pocas palabras, las preguntas que desvelan a las izquierdas del presente. Pero ya no hay, como en el pasado, Internacionales que unifiquen las estrategias a escala global. Corbyn se encuentra hoy bajo el fuego de los diputados laboristas que no aprueban el “giro a la izquierda” que promueve; el griego Alexis Tsipras sólo trata de sobrevivir y esperar que algo mejore, y Pablo Iglesias reconoció que Podemos no pudo “asaltar el cielo” en un solo golpe el pasado 26 de junio, pese al desprestigio de los viejos partidos.

Iglesias admitió que ahora viene lo más difícil: reinventar un espacio de izquierda sin que la vieja socialdemocracia se haya derrumbado y con una derecha que logró evitar el fracaso. Por eso, Iglesias sintetizó con honestidad brutal: “Puede ser que ganemos las elecciones en cuatro años o que nos demos una hostia (golpe) de proporciones bíblicas”. Si algo se perdió en la izquierda es la vieja confianza en las “leyes de la historia”.

Publicado originalmente en: LA NACIÓN

Lecturas: Hector Sigala, la voz que lidera la “revolución política” de Bernie Sanders en las redes

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>Por Laura Riestra

Tiene 74 años, pero está gestionando de tal forma las redes que a día de hoy ha conseguido darle la vuelta a todas las encuestas y robarle protagonismo a la mismísima Hillary Clinton. Ha logrado, además, servirse de ellas para expandir su mensaje y hacer que cale entre los jóvenes, entregados por completo a su causa. Sí, hablamos de Bernie Sanders quien, eso sí, no está solo en todo esto: se ha rodeado muy bien para cosechar sus éxitos.

Una de las batallas clave se libra en Facebook, en Twitter, en Instagram. Ahí el protagonista es un joven latino de 27 años, Héctor Sigala, quien dirige las redes sociales de su campaña. Sigala responde humilde a las preguntas de El Huffington Post, cediéndole toda causa de éxito al senador por Vermont y a sus ideas. “Sanders las sabe usar muy bien. Antes de que las cosas se pusieran al nivel tan vertiginoso en el que están a día de hoy, él nos proponía los temas sobre los que quería hablar cada día y nos los dictaba para que los publicáramos. Comprende perfectamente que usar las redes sociales es una excelente manera de hacer que su mensaje llegue a los jóvenes”.

Sigala lleva cuatro años en el equipo de Sanders y define a este socialista que aspira a ser el próximo presidente de EEUU como una persona “dedicada, auténtica” y que “siempre” está trabajando. Asegura, además, que resulta “emocionante” trabajar con alguien que ha estado comprometido con las mismas metas progresistas “desde hace más de 30 años”.

FLINT, MI - FEBRUARY 25: Supporters of Democratic Presidential Candidate Sen. Bernie Sanders (D-VT), Jordan Martin of Lansing, Michigan and Kylee Fagan of Flint, Michigan wait for him to arrive at a community forum on the water crises in Flint at Woodside Church February 25, 2016 in Flint, Michigan. The next democratic primary is February 27 in South Carolina.   Bill Pugliano/Getty Images/AFP == FOR NEWSPAPERS, INTERNET, TELCOS & TELEVISION USE ONLY ==

Bill Pugliano/Getty Images/AFP

Entre esas metas, este joven enumera la de combatir el cambio climático, reconstruir la clase media, eliminar la influencia financiera en la política, luchar por justicia racial y proteger y expandir los derechos de la mujer. Sabe bien de qué habla, los motivos por los que estos objetivos calan entre la gente: mucho de lo que Sanders quiere para Estados Unidos es con lo que él mismo siempre ha soñado. “Conocí la pobreza y los estragos del migrante en carne propia, y en especial las dificultades que trajo a mi familia la reforma de 1996 de los programas de asistencia, y todo eso me ha servido como motivación para trabajar como un defensor social y poner todo mi empeño posible en la labor que realizo por Bernie Sanders”, explica.

EL EFECTO ‘BERNIE’

Sigala inmigró de México muy pequeño y trabajó durante sus años de estudiante hasta obtener su licenciatura en Ciencias Políticas en la Universidad George Washington. Antes de unirse a la campaña por la nominación, trabajó en la oficina de Sanders en el Senado desde 2012, y al mismo tiempo ejerció de Director de Comunicaciones de la Asociación del Personal Hispano del Congreso en 2013. Todo esto fue antes de que el senador le pidiera que se uniera a su campaña en las primeras dos semanas de su lanzamiento. “Como ya conocía sus posturas sociales, me pidió que asumiera la posición de Director de Medios Digitales, lo cual incluye nuestra presencia en redes sociales y la presentación de nuestro sitio web“, explica.

A partir de ahí comenzó un nuevo rumbo para este joven, una nueva etapa en la que todos los días son intensos. “Comienzan muy temprano y terminan pasada la medianoche. No hace falta decir que ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Sé que cada gramo de energía que cada persona pone dentro de esta campaña, ya sea un integrante del personal o uno de nuestros miles de voluntarios, produce dividendos en la transformación del discurso político y económico de esta nación”, asegura Sigala.

“La clave está en que la gente joven está sintiendo por primera vez una gran emoción hacia una candidatura política”. 

Eso es todo, simplemente no hay ningún secreto sobre el éxito de la campaña. “La clave está en que la gente joven está sintiendo, en muchos casos por primera vez, una gran emoción hacia una candidatura política y esa es la del senador. Y esto no es porque sea un tipo que está de moda, sino por sus ideas y su honestidad”, analiza el director de la campaña en redes de Sanders.

CADA TUIT IMPORTA

Lo cierto es que con cada tuit saben cómo captar la atención de los votantes: “Quieren seguir a Sanders porque están profundamente interesados en nuestra campaña y eso se debe a que estamos hablando de cuestiones que importan. Hay mucho interés y esa es la razón por la que estamos recaudando millones de dólares, que no proceden de multimillonarios, sino de gente trabajadora que dona unos cuantos dólares a la vez”, explica Sigala. “Por eso esta campaña es tan especial. No hablamos sólo de la necesidad de eliminar los intereses financieros que están distorsionando nuestra política, sino que estamos dirigiendo una campaña de la gente que no depende de donadores opulentes”, sentencia.

Esa es, básicamente, su estrategia. De ahí que para conseguir que llegue a buen fin, se les ocurriera tuitear sobre los debates republicanos la opinión del senador por Vermont. Es su “revolución política”, con la que quieren integrar a personas “que han dejado de creer en el proceso político o que jamás han estado interesados en él”. “Comentar sobre el debate republicano fue una herramienta para que pudiéramos difundir nuestro mensaje entre millones de personas que de otra forma jamás hubieran sido contactadas. Y, de hecho, esa misma noche pudimos entrar en su radar usando sólo Twitter”, explica sobre su gestión Sigala.

Sigala plasmó en su cuenta personal cómo vieron juntos el debate, el pasado mes de agosto, sobre el que fueron publicando las opiniones del senador por Vermont:


Aquí el resultado de lo que sucedió al terminar: el tuit del equipo de Sanders fue el más retuiteado, por encima de cualquier otro de los aspirantes del partido contrario:

“Se acabó. Ni una sola palabra sobre desigualdad económica, cambio climático o la deuda estudiantil. Por eso los republicanos están desconectados (de lo que ocurre en el país)”, rezaba el mensaje publicado. Fue un éxito rotundo.

Después han seguido superando retos. Cuando Sanders presentó su candidatura, estaba hasta 40 puntos por detrás de Clinton en Iowa, pero la realidad fue bien distinta: quedaron segundos por una diferencia de cuatro votos. “El día de los ‘caucus’ de Iowa estábamos muy emocionados y de hecho fue un gran día. La historia se repitió en New Hampshire: en mayo del año pasado, cuando Bernie declaró su candidatura, Bloomberg/St. Anselm College publicó una encuesta en la que la líder era Hillary Clinton, por una diferencia de 44 puntos. Los comentaristas políticos profesionales consideraban a Hillary Clinton la nominada inevitable y predestinada. Y en muchos aspectos, ese no ha sido el caso”, recuerda.

Ahora la próxima gran cita con las urnas será este sábado en Carolina del Sur, donde la clave estará en captar el voto afroamericano. Después, en sólo cuatro días, llegará el ‘Súpermartes’, donde empezarán a decantarse de verdad las cosas a favor de uno u otro aspirante. Eso sí, Sigala tiene muy claros los retos a los que se enfrentan: “Tenemos que emplear el alcance de las redes sociales para motivar a los jóvenes votantes del país. Tenemos que lograr que salgan a las urnas y que voten por el futuro que quieren para nuestro país”. Además, de la mano de estas herramientas digitales, se organizarán para tener presencia en los estados en los que no pueden estar físicamente: “Todos son retos nuevos, y en muchos casos, son cosas que ninguna otra campaña ha vivido, pero nos estamos enfrentando a ellos de forma exitosa y derribándolos uno por uno”, concluye.

Publicado en: HUFFINGTON POST

Lecturas: “Un socialista a la conquista de la Casa Blanca”

Las primarias estadounidenses comienzan el 1º de febrero. Aunque Hillary Clinton parece bien encaminada para ganar la candidatura demócrata, su adversario “socialista” Bernie Sanders logró un avance notable en los últimos meses. A pesar de la oposición del establishment, sus ideas le dan voz a una izquierda casi inaudible en Washington.
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>Por Bhaskar Sunkara*

Para los electores de izquierda en Estados Unidos, uno de los rasgos más sobresalientes de Bernie Sanders es su trayectoria eminentemente familiar. El senador por Vermont y precandidato presidencial en las primarias del Partido Demócrata –del cual no es miembro– para las elecciones de noviembre de 2016 asomó a la escena pública de la misma manera que la mayoría de los progresistas de su país, es decir, a través de organizaciones agonizantes que sobreviven al margen de la vida política estadounidense.

Nacido en Brooklyn en 1941 de padres judíos emigrados de Polonia, Sanders era estudiante universitario cuando se unió a la Liga de Jóvenes Socialistas (Young People’s Socialists League, YPSL), la sección estudiantil del Partido Socialista de Estados Unidos. En los años siguientes, mientras la YPSL se hundía bajo el peso de sus divisiones, se lanzó de lleno en los combates de su época: lucha por los derechos cívicos, contra la guerra de Vietnam, etc. Luego, se implicó en el Partido de la Unión y la Libertad, una pequeña formación implantada en el estado montañoso de Vermont donde, en varias ocasiones, se postuló, sin éxito, para los cargos de senador y gobernador.

A fines de los años 1970, se alejó de la política y se involucró en proyectos de educación popular. Luego, en 1979, grabó para el sello Folkway Records los discursos del quíntuple candidato del Partido Socialista de Estados Unidos para la elección presidencial, Eugene V. Debs. Resucitó así declaraciones tales como “Yo no soy un soldado capitalista, soy un revolucionario proletario” o “Me opongo a todas las guerras, con excepción de una”. Profesiones de fe a contracorriente en un país que se preparaba para abrazar la contrarrevolución reaganiana.

Dos años más tarde, sin embargo, para sorpresa general, Sanders logró hacerse elegir alcalde de Burlington, la ciudad más grande de Vermont; una proeza aplaudida por The Vermont Vanguard Press, el semanario local, que proclamó en una edición especial la “república popular de Burlington”. El nuevo alcalde colgó en la pared de su escritorio un retrato de Debs. Reelegido en tres ocasiones a la cabeza de la comuna, se entusiasmó y logró imponerse en 1990 como diputado independiente en la Cámara de Representantes. Conservaría su banca hasta 2006, año en que fue elegido como senador por Vermont. El retrato de Debs adorna ahora su escritorio del Capitolio, en Washington.

“Revolución ciudadana”

Como independiente, Sanders no dudó en postularse como candidato contra el Partido Demócrata. Su visión del socialismo recuerda no obstante más al ex primer ministro sueco (1982-1986) Olof Palme que a su mentor, el probolchevique Debs. Le gusta destacar los éxitos del Estado de Bienestar sueco en contraste con las desigualdades que dividen a la sociedad estadounidense, insistiendo siempre en la pobreza infantil y la ausencia de una cobertura de salud eficaz y accesible.
En su boca, el término “socialismo” permite sobre todo transmitir la larga y rica historia del campo progresista en Estados Unidos, ampliamente silenciada por los discursos oficiales. En los hechos, su línea política como senador por Vermont sigue de cerca la línea del ala izquierda del Partido Demócrata. Como lo proclamaba el 22 de mayo de 2005 Howard Dean, entonces jefe del Comité Nacional del Partido Demócrata, en el programa Meet the Press, “se trata simplemente de un demócrata progresista. La realidad es que el 98% de las veces Bernie Sanders vota con los demócratas”.

El único miembro independiente del Congreso no es pues un partidario de la revolución, ni siquiera un radical del temple de Jeremy Corbyn en el Reino Unido (1).

Su lucha se centra en la redistribución de las riquezas, no en su propiedad o su control. Así, en un discurso reciente, recordó que no creía en la “propiedad pública de los medios de producción” (2). No por ello su compromiso progresista deja de demarcarse claramente de la posición pro-patronal de su adversaria Hillary Clinton.

Todo opone a la dirigente demócrata y su rival socialista. No se trata sólo de una cuestión de estilo, aun cuando el lenguaje cuidadoso de la dama, cuyas palabras parecen haber sido sopesadas una por una por sus consejeros en comunicación, contrasta con el verbo sin florituras del otro. Tampoco se trata de una cuestión de trayectoria, aun cuando, en la época en que Sanders militaba por los derechos cívicos –en 1964–, Clinton apoyaba al candidato republicano ultraconservador Barry Goldwater. La diferencia fundamental se basa en la esencia misma de sus visiones políticas. Clinton que, en 2003, votó “sí” a la guerra en Irak, no deja pasar una ocasión de recordar a su público que ella “representaba a Wall Street” cuando era senadora por Nueva York. Su competidor, ferviente militante pacifista, pretende una “revolución política”; con esta expresión entiende no la construcción de una sociedad socialista, sino la implicación del pueblo en la vida democrática del país, un poco a la manera de la “revolución ciudadana” invocada en Francia por Jean-Luc Mélenchon.

Para cualquier observador resulta sorprendente que un socialista pueda ser popular en los Estados Unidos del siglo XXI. La existencia de personalidades políticas ancladas en la izquierda no es una anomalía en Europa, pero lo es en Estados Unidos, que no tuvo jamás un partido popular de masas capaz de llegar al poder y de instaurar un régimen distributivo de gran amplitud. Sin embargo, durante la mayor parte del siglo XX, fueron muchos los militantes demócratas que cimentaron las premisas de un sistema semejante. Sindicatos obreros, organizaciones de derechos cívicos, asociaciones, etc.: las fuerzas sociales comprometidas con este proyecto no desaparecieron. Pero como no ejercen ningún control sobre un partido dedicado fundamentalmente a la defensa de los intereses del capital, se las aparta del debate público, a menudo sin que opongan resistencia. Mientras el abismo que las separa de las personalidades destacadas del partido se profundiza cada día más, no es sorprendente que la palabra de un Bernie Sanders despierte un interés cada vez mayor.

Transformar la política

Las posiciones ideológicas de Clinton se basan principalmente en la tradición de la “tercera vía” establecida por los Nuevos Demócratas. Éstos se formaron a fines de los años 1980 bajo los auspicios del extinto Consejo de Dirección Demócrata (Democratic Leadership Council, DLC). Su plataforma, concebida para responder al conservadurismo triunfante de la era reaganiana, postulaba que la decadencia de los movimientos sociales anunciaba el fin de una política de justicia fiscal y que convenía aliarse al principio de un Estado chico, centrado en la ayuda a las empresas más que en la protección a los ciudadanos –a los que se limitaría a conceder algunas migajas simbólicas–.

A lo largo de los años 1990, la pareja formada por el presidente William Clinton y su esposa contribuyó poderosamente al cumplimiento de esta mutación ideológica. Fue Clinton, y no Ronald Reagan, quien proclamó el “fin del Estado de Bienestar tal como lo conocemos”. La que entonces era la primera dama –y abogada– no escatimó su apoyo a las reformas inspiradas por los Nuevos Demócratas, como la ley de 1996, que recortó la ayuda social a los más pobres (3). En cuanto a Barack Obama, a pesar de que prometió el cambio cuando se enfrentó a ella durante las primarias del partido, en 2008, su política en la Casa Blanca alteró muy poco el programa del ex DLC –si exceptuamos la reforma, inacabada, del seguro médico–. Su voluntad permanente de compromiso con el sector empresarial ha decepcionado a una parte de la base demócrata.

Algunos movimientos de izquierda intentaron subvertir la línea presidencial estos últimos años, sobre todo después de la crisis de 2008. El surgimiento de Occupy Wall Street, la huelga de docentes de Chicago, la movilización de los trabajadores de comida rápida, las protestas callejeras contra la violencia policial, los debates públicos sobre la desigualdad de ingresos, son todas erupciones sociales (no tan mencionadas por los medios de comunicación como las pedanterías del Tea Party o los delirios de Donald Trump) que sugieren que la izquierda estadounidense, a la que se imagina agonizante, podría estar en vías de resurgir.

El propio Sanders describió su candidatura como una tentativa de consolidar y de organizar esta izquierda dispersa que se esfuerza en hacerse oír: “Si me presento, es para contribuir a formar una coalición que pueda ganar, que pueda transformar la política” (4). Nadie puede predecir los efectos a largo plazo de su campaña; pero seis meses después de su entrada en la arena, parece haber tocado una cuerda sensible en el país. Algunos de sus convocatorias atraen a varias decenas de miles de personas. A una distancia de una decena de puntos en Iowa, está a la cabeza en New Hampshire, donde debe desarrollarse la segunda primaria demócrata. Más sorprendente aun es que el candidato socialista haya logrado reunir tantos fondos –una condición sine qua non para sobrevivir en la vida política estadounidense; ya recaudó 41,5 millones de dólares entre 681.000 donantes–. Su progresión impulsó a Clinton a modificar algunas de sus posiciones: en octubre, por ejemplo, anunció su oposición al proyecto del gran mercado transatlántico, que antes apoyaba.

Influir en el debate público

Los obstáculos que se le presentan a Sanders son, de todos modos, considerables, por no decir infranqueables. En la mayoría de los Estados tradicionalmente favorables a los demócratas, los electores consideran que sus chances de ganar son menores que las de Clinton –aun cuando las encuestas lo dan ganador frente a un candidato republicano–. Además, no puede contar con el apoyo de ninguno de los “super delegados”, ese grupo de notables y representantes o antiguos representantes que significan, por sí solos, un quinto de los delegados de una convención demócrata. Aun las figuras más progresistas del partido, como Elizabeth Warren, Jesse Jackson o Bill de Blasio, se abstuvieron de apoyarlo públicamente.

Para complicar más el panorama –y ofrecer un indicio del estado actual del movimiento sindical en Estados Unidos–, las organizaciones de trabajadores tampoco se pelean por apoyar a Sanders. En noviembre, el poderoso Sindicato Internacional de Empleados de Servicio (SEIU), que representa a dos millones de asalariados, tomó partido por Clinton, a pesar de los vivos debates internos (5). Dos meses antes, la Federación Americana de Docentes (AFT) había hecho lo mismo. Clinton ya puede exhibir el apoyo de 9,5 millones de sindicados, o sea los dos tercios de la cifra total.

Ciertamente, hay excepciones notables: National Nurses United, el principal sindicato de enfermeras y enfermeros con 180.000 adherentes, o el Sindicato Americano de Trabajadores Postales (APWU), que cuenta con 200.000 afiliados, se enrolaron detrás de Sanders. Pero las grandes centrales consideran más prudente apostar a la favorita. Sucede lo mismo con una buena parte de las redes de la sociedad civil –en particular los pastores negros, muy escuchados en sus parroquias–, poco dispuestos a asumir riesgos. Clinton no tiene pues de qué inquietarse demasiado. Además de su gran notoriedad, saca provecho de las resonantes actuaciones de Trump, que incitan a muchos estadounidenses a volcarse sobre la candidata aparentemente más seria y más tranquilizadora. Los Nuevos Demócratas supieron mantener siempre su dominio presentándose como el mal menor…

La campaña de Sanders no apunta ni a transformar el Partido Demócrata desde adentro, como esperaban hacerlo Eugene McCarthy en 1968 o George McGovern en 1972, ni a construir una fuerza de izquierda comparable a la “coalición arco iris” que emergió en los años 1980 en torno a la candidatura de Jesse Jackson. Pero ofrece a millones de excluidos la ocasión de alzar la voz y de exigir algo más que una política de connivencia con Wall Street. Por esa razón, el candidato socialista seduce a los electores con la idea de que un Estado puede salir en ayuda de los desfavorecidos, por poco que se apoye en movimientos sociales capaces de instaurar una relación de fuerzas con el poder del dinero.

Aunque no dejó de crecer durante los últimos meses, la cantidad de militantes comprometidos en la campaña del candidato socialista no supera los pocos miles. Sobre una población de 330 millones de personas, es poco. Pero quizás no haga falta muchos más para infundir ideas de izquierda en el debate público y dar argumentos a los que sienten confusamente que la “clase de los multimillonarios”, como la llama Sanders, no es ajena a sus desgracias.
Dada la naturaleza y la historia del Partido Demócrata, participar en sus primarias es una estrategia seguramente osada. Pero el senador independiente por Vermont no tiene mucho que perder y sí mucho por ganar, comenzando por el nacimiento de un nuevo público interesado en la temida “palabra con S”.

1. Véase Alex Nunns, “Jeremy Corbyn, el hombre a derribar”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, noviembre de 2015.
2. Discurso en la Universidad Georgetown, Washington, DC, 19-11-15.
3. Véase Loïc Wacquant, “Quand le président Clinton ‘réforme’ la pauvreté”, Le Monde diplomatique, París, septiembre de 1996.
4. “Bernie Sanders is thinking about running for president”, The Nation, Nueva York, 18-3-14.
5. Brian Mahoney y Marianne Levine, “SEIU endorses Clinton”, Político.com, 17-11-15.

Publicado Originalmente en EL DIPLÓ