Psicología del terrorista suicida

Terrorismo

> Por Daniel Eskibel

Era la mañana del 11 de septiembre de 2001 y encendí el televisor mientras me vestía para ir a trabajar. La CNN transmitía su programación habitual y yo apenas le prestaba una atención periférica.

De pronto algo despertó mi curiosidad. Algo raro ocurría. El presentador de CNN informaba con cierta extrañeza sobre un accidente en las Torres Gemelas de Nueva York. Aparentemente una avioneta habría chocado contra una de las torres.

Me senté en la cama, todavía sin pantalones, y presté atención. Minutos después las cámaras de televisión mostraban en directo un segundo avión chocando contra las torres. Con la consciencia y el espanto de que algo terrible estaba ocurriendo, me quedé allí, a medio vestir, hipnotizado frente a la pantalla del televisor. Ese día no fui a trabajar.

Desde aquella mañana terrible el tema del terrorismo suicida quedó instalado en la agenda de la psicología política.

Cuando la política y la psicología se cruzan

Abundan los análisis del terrorismo suicida desde las explicaciones políticas, religiosas, económicas, históricas, sociales y culturales. Y son análisis extremadamente valiosos. Y explican buena parte del fenómeno, por cierto.

Pero son análisis que se detienen en un punto. Porque brindan explicaciones sobre el surgimiento y las características de determinados grupos que buscan impulsar violentamente su agenda política. Y esas explicaciones permiten entender el entorno del terrorismo suicida, el contexto del que se nutre.

Pero esas explicaciones no logran desentrañar qué procesos internos conducen a algunas de las personas de ese entorno a convertirse en terroristas suicidas, mientras otras personas de su mismo entorno no lo hacen.
¿Qué hay de específico en el terrorista suicida?
Para resolver esa interrogante es que la psicología se transforma en una herramienta imprescindible.

Ya sobre el final de aquel lejano año 2001 escribí un trabajo sobre la psicología del terrorista suicida. Fue lo mejor que pude avanzar entonces sobre el tema. Ahora retomo aquel trabajo, descarto algunas hipótesis, reformulo otras, desarrollo algunos aspectos y mantengo la mayoría de los conceptos.

El resultado final lo verás en 3 artículos:

  • Psicología del terrorista suicida
  • Psicoanálisis del terrorista suicida
  • Psicología social del terrorista suicida

Comencemos por definir claramente el objeto de estudio.

La esencia del terrorismo suicida

La psicología del terrorista suicida es aún una zona oscura de las ciencias humanas y sociales.
Este estudio pretende incursionar en dicha zona y generar hipótesis de trabajo que ayuden a comprender con mayor profundidad un fenómeno que conmociona al mundo.

El punto de partida consiste en identificar las notas esenciales que caracterizan al terrorismo suicida. Si dejamos entre paréntesis todo lo accesorio nos encontramos con unos pocos elementos que forman parte estructural de estos eventos.

Lo accesorio para una interpretación científica de estos casos está dado por todo aquello que diferencia unos episodios de otros: lo accidental, las coordenadas espacio-temporales, los detalles anecdóticos, la precisión del acto terrorista, las consecuencias del mismo, los blancos elegidos, la nacionalidad y la cultura de quienes cometen los atentados, la organización a la que pertenecen y los objetivos que declaran perseguir.

Más allá de esa superficie surgen regularidades, aspectos sin cuya presencia el terrorismo suicida no sería lo que es.
Las notas esenciales son las siguientes:

  1. Homicidio de una o más de una persona.
  2. Suicidio de los atacantes.
  3. Destrucción de bienes materiales.
  4. Fundamentación supraindividual del acto a través de explicaciones políticas, ideológicas, religiosas, históricas o sociales.
  5. Sentimiento de pertenencia a una organización militarizada rígidamente estructurada.
  6. Planificación minuciosa de los atentados.
  7. Búsqueda de la espectacularidad del evento.
  8. Explotación del factor sorpresa.
  9. Primacía absoluta de la acción sobre los otros lenguajes humanos.

Dejamos de lado, a los efectos de esta definición operacional de terrorismo suicida, otros fenómenos fronterizos con el mismo: el terrorismo sin suicidio ni directo ni indirecto del atacante, la acción violenta individual y la violencia espontánea ya sea individual o colectiva.

Metodología de análisis

El objetivo de este trabajo es profundizar en la psicología del terrorista suicida, apuntando hacia la construcción tanto de un perfil psicológico de quienes protagonizan estos actos como de un modelo explicativo de su conducta.

Se trata de un estudio exploratorio donde convergen diversas disciplinas: los estudios de laboratorio sobre el cerebro y la conducta, las ciencias del comportamiento, el psicoanálisis y la psicología social. Con esta caja de herramientas teórico-técnicas y con una concepción epistemológica basada en la conjunción y la integración de la diversidad, podemos abordar el fenómeno que nos ocupa.

Contamos con una dificultad metodológica por demás obvia: no podemos, por definición, realizar entrevistas ni análisis directos de ninguna clase al terrorista suicida. Simplemente porque muere al consumar su acto. Pero sí podemos aplicar el instrumental teórico-técnico sobre los datos disponibles respecto a su vida y al acto terrorista en sí.

El cerebro y la conducta del terrorista suicida

Hace varias décadas que Paul MacLean dio a conocer las conclusiones básicas de su estudio de laboratorio sobre la evolución cerebral y la conducta animal y humana (“A triune concept of the Brain and Behaviour”, University of Toronto Press, Toronto, Canadá,1973). Sus conceptos son un aporte inestimable a la hora de interpretar muchas conductas difíciles de entender.

MacLean elabora un modelo acerca de la estructura y el funcionamiento del cerebro humano. Lo concibe como si fueran tres ordenadores biológicos interconectados, cada uno de los cuales posee su propio sistema operativo diferente al de los otros dos. Cada uno de los tres “cerebros” que todos llevamos tiene singulares correspondencias con una etapa trascendente de la evolución de las especies:

  1. El ordenador más primitivo es el Complejo R, compartido en rasgos generales con reptiles y mamíferos y constituído por la médula, el cerebro posterior y zonas del cerebro medio.
  2. Rodeando al Complejo R se encuentra el Sistema Límbico, que en sus aspectos más desarrollados es característico de los mamíferos.
  3. Y el tercer ordenador, el más típicamente humano y el de más moderna evolución, es el Neocórtex.

En suma, y sobresimplificando: la conducta del ser humano es programada desde tres computadoras biológicas con sistemas operativos altamente diferenciados. Una de ellas opera con bases racionales y capacidad de abstracción, otra lo hace con las intensas emociones de los mamíferos y la otra con el comportamiento ritual de los reptiles. Es el modelo del Cerebro Trino, según MacLean.

Mi hipótesis en este aspecto es que en el terrorista suicida se registra un predominio funcional del Complejo R.

Para MacLean el Complejo R es vital en la determinación de la conducta agresiva, la territorialidad, los actos rituales y las jerarquías sociales. Si analizamos estas cuatro zonas de la conducta del terrorista suicida las encontramos altamente reforzadas y exacerbadas:

  • La agresividad no es adecuadamente contenida y canalizada, sino que se desborda y estalla en violencia contra otras personas, contra objetos materiales y contra sí mismo.
  • La territorialidad adquiere un peso enorme: trazar fronteras infranqueables entre los territorios reales y virtuales de “ellos” y “nosotros”, defender su propio territorio, atacar el de los otros, explorar la zona del ataque y planificar las acciones desde zonas protegidas o clandestinas que les brinden seguridad.
  • La vida cotidiana del terrorista suicida es plena de rituales: pensamiento ritualizado por factores políticos o religiosos que imponen fórmulas repetitivas y rígidas, ritos impuestos por el entrenamiento terrorista y por las peculiaridades de una vida clandestina, ceremoniales burocráticos de la organización que integra, y hasta el atentado como el último ritual que lo “purifica” y lo “salva” desde la primitiva ceremonia del sacrificio humano.
  • El establecimiento de jerarquías estrictas es otro de los nudos de su personalidad en la medida que la disciplina, la verticalidad del mando, el cumplimiento de las órdenes y el respeto a la autoridad de los jefes del grupo son factores siempre presentes en estas situaciones. El orden y la simplicidad del mando exigen ausencia de dudas y de críticas.

Este predominio funcional del Complejo R tiene dos caras complementarias. Por un lado la fuerza de los componentes reptílicos ya mencionados. Y por otro lado la debilidad de factores del Sistema Límbico y del Neocórtex que en condiciones normales podrían operar como controles o mecanismos de equilibrio y compensación.

Podríamos afirmar que hay elementos límbicos y corticales claramente bloqueados en estas personas: la empatía emocional con las personas que van a morir en el atentado,
el temor a la propia muerte, la compasión por las víctimas, la creatividad para escapar de los rígidos determinismos intelectuales y culturales, la libertad para pensar con cabeza propia y el amor por los seres queridos con el consiguiente deseo de compartir su vida con ellos.

¿Todo esto significa que el cerebro del terrorista suicida es diferente al de los demás seres humanos?
No. Su cerebro es igual al tuyo y al mío.
Nadie nace equipado mental y emocionalmente para convertirse en terrorista suicida.
Pero lo más perturbador es que todos tenemos la potencialidad para hacerlo. Nuestro cerebro tiene esa potencialidad.

Porque como explican los trabajos de MacLean, nuestro cerebro es al mismo tiempo humano, mamífero y reptiliano. Y nuestro cerebro es capaz de motivarnos para las conductas más maravillosas, pacíficas, solidarias y creativas. Pero ese mismo cerebro es capaz de empujarnos hacia las conductas más terribles.

En algunas personas (y no solo terroristas suicidas) se produce este predominio funcional del Complejo R. ¿Por qué ocurre en algunos y no en todos? ¿Qué es lo que provoca o desencadena ese predominio? ¿Qué es lo que bloquea el contrapeso de otras zonas del cerebro?

Son preguntas de alto valor académico y práctico, especialmente práctico. Porque como sabes, aquella fatídica mañana del 11 de septiembre de 2001 no fue un hecho aislado.
Pero para buscar más respuestas tendremos que pedirle auxilio al psicoanálisis, lo cual será motivo de un segundo artículo.

 

Maquiavelo & Freud

Acerca de Andrés Fernández

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